Manuel Ugarte, Escritor y Diplomático            Patria Para Todos

PRÓLOGO DE PATRIA PARA TODOS

La presente edición digital que Patria Para Todos, Chile, tiene el gusto de ofrecer a los compatriotas de Latinoamérica se hace con varios propósitos que hacen necesaria tal explicación.

En primer lugar porque hace referencia a la lucha llevada a cabo por el gran patriota latinoamericano Manuel Ugarte, que retomando las banderas de Bolívar, Sucre, San Martín, O’Higgins, Artigas, Carrera y quienes le precedieron y sucedieron se transformó en bisagra sucesoria entre los luchadores del S. XIX y el S. XX, de las banderas que por doscientos años permanecen como estrella convocatoria de la causa de la revolución inconclusa.

En segundo lugar, porque a diferencia de “otras” ediciones digitales, esta no “excluye” como si lo hicieron aquellas, el prólogo de otro gran intelectual latinoamericano, Jorge Abelardo Ramos, que si se ha acompañado a esta edición de PATRIA PARA TODOS. Y esto tal vez necesite una explicación aclaratoria. Otras ediciones digitales, a las que ni Ugarte ni Ramos se hubiera opuesto, tomando la edición de 1962, de las Ediciones de La Patria Grande, levantadas por el gigantesco esfuerzo de Ramos, lo han excluido, escamoteando el significativo esfuerzo de este autor, que fue quien rescató a Ugarte del olvido a que se lo había sometido. Así, continuando con la labor de los cipayos que sepultaron a Ugarte, los nuevos cipayos ocultan a Ramos, en esa labor de ocultar a las nuevas generaciones a aquellos que alfombraron el camino de fundamentos sobre el que estas puedan avanzar. Y da lo mismo de un lado que del otro de la Cordillera de los Andes que une a Chile y Argentina. Los que ocultan a Ramos para escamotear indirectamente a Ugarte, podrían compararse con los que ocultan y escamotean a Recabarren, aún con mayor grado de infamia para proclamarse sus herederos. Dejamos así en claro nuestras diferencias con aquellos que Ramos llamaba “revolucionarios de lechería”, capaces de discutir los mínimos vericuetos de la revolución, que nunca llevan a la práctica, y más aún en la práctica conspiran contra las realizaciones revolucionarias.

PATRIA PARA TODOS, que comparte el pensamiento de Ramos que la Revolución reconoce autorías, pero no derechos de propiedad cuando la verdad revolucionaria está en juego, pone así en manos de los lectores esta obra básica del pensamiento revolucionario latinoamericano, sin pastores, sin elegidos, sin vanguardias esclarecidas, en el concepto de que el poder es para que lo ejerza el Pueblo, pero también para que el Pueblo elabore su cultura, sin las mezquindades de pseudo intelectuales, que jamás podrán escribir un libro propio como lo hizo Ugarte, ni un prólogo como el que se acompaña, como lo hizo Ramos.

Sólo pensamos que son los fundamentos, para que el Pueblo escriba su propia historia.

PRÓLOGO DE JORGE ABELARDO RAMOS a la edición de 1962 realizada por ediciones de la Patria Grande, Librería del Mar Dulce.

La Editorial “Patria Grande” ha tenido la amabilidad de pedirme unas palabras prologales para la primera edición argentina de “El destino de un continente”. El nombre de la editorial que auspicia con su nuevo sello esta segunda edición española de la obra evoca no solamente un libro homónimo del gran escritor, sino también la clave de su duro combate. Por “la patria grande” luchó durante toda su vida Manuel Ugarte. La continuidad de su pensamiento resulta un tanto asombrosa en un continente habituado a presenciar conversiones personales y políticas de toda laya. No haré aquí una biografía de Ugarte. Al lector curioso en comprender el completo silencio creado alrededor de su nombre lo remito a un trabajo consagrado al tema1.

“El destino de un continente” fue publicado por primera vez en Madrid, en el año 1923. Posteriormente fue traducido a la lengua inglesa por una editorial neoyorquina. La editorial española desapareció más tarde sin que se reeditase ni en España ni en América Latina la obra en cuestión. En cuanto a la empresa norteamericana, rehusó hacerlo cuando años después del fallecimiento de Ugarte, su esposa le inquirió detalles al respecto. Tampoco en su tierra natal ningún editor manifestó jamás interés por publicar ninguna obra de Ugarte. Conocido internacionalmente, con todas sus obras agotadas, aclamado en sus años de lucha por verdaderas multitudes en cada país latinoamericano, Ugarte no vio publicado en vida ningún libro en su propio país2. Esta indiferencia glacial por sus libros y su personalidad obedece seguramente a una causa, sobre todo en la Argentina, donde desde hace más de un cuarto de siglo la actividad editorial es una industria que mueve poderosos capitales.

Voy a explicar el secreto. Manuel Ugarte inicio en América Latina, a comienzos del siglo, la lucha contra el imperialismo. Pero su antiimperialismo no era la expresión de un nacionalismo parroquial, sino de un nacionalismo latinoamericano. Para Ugarte el antiimperialismo constituía una derivación del combate por la unidad nacional de América Latina. Lo sorprendente de su lúcida acción fue que, al revés de los verbalistas que lo imitaban -como Alfredo Palacios- fue antiimperialista tanto cuando el imperialismo gozaba de tranquilidad, como cuando entraba en crisis.

La producción editorial capitalista en nuestro país ha montado una maquinaria comercial muy importante, que junto a la de México y en competencia con lo de España, dominan el mercado del libro latinoamericano. Se publican entre nosotros toda suerte de obras, pertenecientes a las más variadas literaturas, en sus ejemplos más sublimes o detestables; cuanto engendro sociológico emana de la cabeza de cualquier profesor universitario de tercer orden de cualquier país del mundo y de cualquier siglo, libros de ciencia política, de viajes, de aventuras, de memorias, novelas, poesías, ensayos, tratados de economía, en una palabra cuanto puede abrazar el espíritu humano, despierto o dormido, pero el nombre de Ugarte no figura jamás.

Si para Alfredo Palacios, Sánchez Viamonte y otros “antiimperialistas” por el estilo, el “latinoamericanismo” servía en períodos de paz, pero se volvía inconveniente cuando el imperialismo libraba su guerra con otros bandidos del capital financiero, para Ugarte, en cambio, el sentido de su lucha permanecía invariable. Por el contrario, consideraba que en esos momentos la bandera latinoamericana debía ser más vigorosa que nunca y que esa era precisamente la oportunidad para que los países semicoloniales aceleraran su emancipación. De ahí que Ugarte fuera neutralista en las dos guerras mundiales de este siglo. Su crítica al imperialismo no decayó cuando los stalinistas sustituyeron mundialmente la lucha contra el imperialismo por la “lucha contra el fascismo”, arrastrando a la izquierda cipaya al pantano, mientras glorificaban a Franklin Roosevelt. ¡Como para preguntarse por qué Ugarte fue silenciado y difamado! Su autodestierro fue una virtual proscripción que le infligieron todos: los órganos del imperialismo en la Argentina, que lo execraban por su actitud ante los imperios, y la “opinión pública de izquierda” que le volvió la espalda por su nacionalismo continental. Regresó en 1945 de Europa para votar con su pueblo el 24 de febrero de 1946. El gobierno del general Perón lo designó embajador en México, Nicaragua y Cuba, al mismo tiempo que el imperialismo yanqui bloqueaba a la Argentina durante los primeros seis años de ese régimen.

No es que Ugarte se hubiera hecho “peronista”, mejor podría decirse que en esos años Perón se había hecho “ugartista”. En una época como la actual, en que el “antiimperialismo” de ciertos sectores de la izquierda cipaya forma parte de la estrategia mundial de la burocracia soviética y no brota de las necesidades profundas del programa unificador de la revolución nacional latinoamericana, la expresión misma de “antiimperialista” inspira serias reservas mientras no se precisen sus alcances. Las formulas antiimperialistas no serán sino una frase vacía en nuestro continente sin el contenido sustancial que las justifique: la creación de la Confederación Nacional Latinoamericana. Ese es el secreto de la inspiración de Ugarte, ese es el mérito, esa es la razón de su resurgimiento.

No es una simple casualidad que el más grande pintor ecuatoriano, Guayasamín, haya creado un gran mural en la Universidad de Guayaquil y en el figure Ugarte junto a San Martin, Bolívar y Albizu Campos. ¡Tan solo la Argentina paga con silencio!

Fue un socialista de espíritu nacional; pero su nacionalismo ni fue reaccionario ni puramente argentino: fue democrático y latinoamericano. Combatió el delirio librecambista de la oligarquía y sus aliados “de izquierda”; “La Argentina será industrial o no cumplirá su destino”, dijo; coincidió con Yrigoyen en la defensa de la neutralidad en 1914 y con Perón en el neutralismo de 1943-45; simpatizó con la Revolución Rusa, pero no se enajenó a la burocracia contrarrevolucionaria; fue artiguista, sanmartiniano y bolivariano, al mismo tiempo que defensor de la clase obrera. Confesemos que para un hombre del 900, situado en el cuadro histórico de una Argentina agraria y próspera, sostener esas ideas era la mejor forma del suicidio político y literario. Es nuestro deber valorar la excepcional probidad de Ugarte y la firmeza de su conducta, como la de un verdadero precursor del pensamiento nacional del proletariado revolucionario. Y a la luz de su valerosa existencia, aprender cómo se achica o se agranda la fama en la tierra que vio morir en el ostracismo europeo al general San Martín.

JORGE ABELARDO RAMOS, Buenos Aires, marzo de 1962.

(1) “Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana”, por Jorge Abelardo Ramos, Editorial Coyoacán, Buenos Aires, 1961.

(2) En 1953 la Editorial Indoamérica publicó “El porvenir de América Latina”, con un estudio preliminar del autor de este prólogo. En 1961 la Editorial Coyoacán editó “La Patria Grande” y “La reconstrucción de Hispanoamérica”.

PREFACIO

Hay un ímpetu dominador que ha empujado en todo tiempo a los grupos fuertes a imponer a los débiles su fiscalización o su tutela. Alejandro, César, Napoleón, y en las épocas recientes los pueblos que marchan a la cabeza de enormes dominios coloniales, sólo han perseguido a través de los pretextos invocados (autoridad, cultura, libertad, civilización) el sometimiento general a un hombre, a un núcleo, a una raza, a un misticismo histórico que se juzga destinado a propagar en torno el fuego de su propia vida.

El imperialismo empieza donde acaba la conglomeración de elementos homogéneos y donde se abre la zona de opresión militar, política o comercial sobre conjuntos extraños. No se puede decir que Prusia fue imperialista al realizar la unidad de Alemania. No cabe hacer ese reproche al Piamonte porque precipitó la conglomeración de Italia. Tampoco sería justo acusar de imperialismo a los Estados Unidos, si mañana pesaran sobre la isla de Jamaica, que por el idioma, religión y tradiciones quedaría dentro del propio medio al entrar en el sistema planetario de Washington. No fue imperialismo el de Bolívar, ni lo sería tampoco el de la nación latinoamericana que tuviera la visión del porvenir y emprendiera la reconstrucción del bloque primitivo dentro de los límites que le asignan los antecedentes. Pero sí es imperialismo el de Inglaterra en Asia, al sojuzgar a las razas primeras que arrojaron alguna luz sobre las tinieblas del mundo; el de los Estados Unidos en Panamá; el de todo país que se impone en órbitas diferentes. Trátese de coerción y conquista militar, o de infiltración y captación oblicua, ya sea que sólo intervenga la diplomacia o el comercio, ya sea que salgan a relucir las armas, el imperialismo existe siempre que un pueblo quiebra su cauce para invadir directa o indirectamente tierras, intereses, o conciencias que no tienen antecedentes ni lazos de similitud que lo acerquen a él.

Ante los estados de la América Latina se ha planteado desde que nacieron a la vida independiente el problema primordial de saber en qué forma y por qué medios alcanzarán a desenvolver su libre evolución, dado el crecimiento fantástico de las colonias inglesas emancipadas. La preocupación se hace más poderosa en los momentos actuales. Si las grandes potencias de Europa llegan a temblar por su suerte en el sálvese quién pueda de naciones originado por el reciente cataclismo, ¿cómo no han de mirar con inquietud el porvenir nuestras repúblicas, salvaguardadas hasta hoy solamente, en la apariencia, por una abstracción de derecho, y en la realidad, por la distancia o el equilibrio de las diversas ofensivas conquistadoras?

Nadie admira más que yo la grandeza de los Estados Unidos y pocos tendrán una noción más clara de la necesidad de relacionarnos con ellos en los desarrollos de la vida futura; pero esto ha de realizarse sobre una plataforma de equidad. A pesar del renombre de yancófobo que se me ha hecho, leyenda falsa como tantas otras, no he sido nunca enemigo de esa gran nación. Para quién reflexiona, no pueden existir en política internacional aborrecimientos. He justipreciado las corrientes con la preocupación exclusiva de lo que es nocivo o favorable para nuestra salud. Si me he levantado contra la presión que gravita sobre México, Cuba, Nicaragua, Filipinas, Panamá, Puerto Rico, etc., ha sido en nombre de necesidades generales. Si hablé de resistencia, fue atendiendo a las exigencias del porvenir. Todo ello al margen de las animosidades, pero en un terreno firme de patriotismo. Creo que debemos oponer una política conjunta a las inmixiones del Norte. En Francia, en Alemania, en Inglaterra, hay pensadores que propician soluciones divergentes, y se manifiestan partidarios de alejarse o de acercarse a estos o a aquellos países, de acuerdo con su interpretación honrada de los intereses de su grupo. Nadie les atribuye por ello enconos o prejuicios. Una concepción diplomática, importa orientaciones globales que se mueven en órbitas superiores al instinto, a la amistad y a los sentimientos.

Lejos de toda acritud, no hay, pues, en estas páginas el más leve deseo de ir contra nada, ni contra nadie. Quien lea con atención, adivinará en el ritmo sereno cuanto voluntariamente queda por decir. Si algunos capítulos tienen carácter de memoria, es porque la anécdota sirve para juzgar el estado colectivo. Pero el que escribe no cae en el engaño de creer propio el rayo de sol que se posa sobre él. Hasta la indigencia del estilo está diciendo que la obra nace sin pretensiones, sin literatura, en franca comunión con la juventud y con el pueblo, como un grito que sale del conjunto. Ni un instante se presentó al espíritu la jactanciosa idea de modificar la situación internacional, ni mucho menos la fantasía de encabezar una orientación política disidente de la de los Gobiernos. El autor se limita a contar lo que ha pensado y lo que ha visto, a exteriorizar su inquietud, a exponer una certidumbre que ha hecho sus pruebas en la conciencia, puesto que la defiende desde hace más de veinte años.

Acaso es útil que la acción sea sellada por el sufrimiento. Desconfiaríamos de nosotros, si no alimentásemos entereza para sobrellevar las adversidades. Dudaríamos de la colectividad, si no tuviésemos confianza en su justicia. A los mismos que nos hostilizaron, les pedimos equidad para las ideas. Esta ligera exploración en los hechos pasados, las realidades presentes y las posibilidades futuras, se inspira en un ideal que, aunque detenido, contrariado, anulado, en su realización y florecimientos por divisiones, errores y apetitos, perdura en el corazón de nuestros pueblos y deriva paralelamente de la imposición de las realidades y de la lógica de la historia. Cuanto más nos alejamos de la tierra en que nacimos, más nos acercamos a ella. Que este libro llegue a la juventud en una atmósfera de patriotismo superior. El autor ha puesto en él toda su sinceridad.

MANUEL UGARTE

Niza, julio, 1923.

CAPÍTULO PRIMERO

EL LOBO Y LOS CORDEROS

Mi primer viaje a nueva york. Indicios del problema. Los errores de una raza. El sentimiento de patria. Algunos rasgos del carácter norteamericano. Extraño poder de captación. México, bajo Porfirio Díaz. Una campaña desde Europa. La gira por América.

Para encontrar el origen de mi convicción en lo que se refiere al peligro que el imperialismo norteamericano representa con respecto a los pueblos de habla española y portuguesa en el Nuevo Mundo, tendría que remontarme hasta el año 1900, cuando, apenas cumplidos los veinte años, hice el primer viaje a Nueva York.

En el fondo de mi memoria veo el barco holandés que ancló en el enorme puerto erizado de mástiles, ennegrecido por el humo. Las sirenas de los barcos aullaban en jauría alrededor de una gigantesca Libertad, señalando el mar con su brazo simbólico. Los rascacielos, desproporcionadamente erguidos sobre otros edificios de dimensiones ordinarias, las aceras atestadas de transeúntes apresurados, los ferrocarriles que huían en la altura a lo largo de las avenidas, las vidrieras de los almacenes donde naufragaban en océanos de luz los más diversos objetos, cuanto salta a los ojos del recién llegado en una primera visión apresurada y nerviosa, me hizo entrar al hotel con la alegría y el pánico de que me hallaba en el pueblo más exuberante de vida, más extraordinario de vigor que había visto nunca.

Yo llegaba directamente de Francia, después de dos años pasados en París, y el viaje, que no obedecía a ninguna finalidad concreta, a ninguna idea preconcebida, era exclusivamente de turista curioso, de poeta errante que busca tierras nuevas y paisajes desconocidos. Después de publicar en París varios libros, sentí la curiosidad de conocer la vida y las costumbres del portentoso país que empezaba a asombrar al mundo, y algunos artículos publicados en pequeñas revistas reflejaron, en su tiempo, mis primeras admiraciones.

Como viajero, llevaba dos puntos de arranque o de comparación: Buenos Aires, donde he nacido, y París, donde acababa de iniciar la carrera como escritor. Añadiré que mi cultura era exclusivamente literaria, ajena a toda sociología y a toda política internacional. Ignoraba el imperialismo, no me había detenido nunca a pensar cuáles pudieron ser las causas y las consecuencias de la guerra de los Estados Unidos con España, y estaba lejos de adivinar el drama silencioso y grave que se desarrolla en el Nuevo Mundo, partido en dos por el origen y por el idioma. De suerte que no cabe imaginar antipatía, prejuicio u hostilidad previa. El pueblo norteamericano no era para mí, entonces, más que un gran maestro de vida superior, y celebré sin reservas el inaudito esfuerzo desarrollado en poco más de un siglo. Las comprobaciones penosas para nuestro patriotismo hispanoamericano, las inducciones inquietantes para el porvenir, las pruebas de las intenciones que abriga el imperialismo en lo que respecta al resto del Continente, empezaron a nacer a mis ojos en el mismo territorio de los Estados Unidos.

Yo imaginaba ingenuamente que la ambición de esta gran nación se limitaba a levantar dentro de sus fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo y encomiable de todos los pueblos, y nunca había pasado por mi mente la idea de que ese esplendor nacional pudiera resultar peligroso para mi patria o para las naciones que, por la sangre y el origen, son hermanas de mi patria, dentro de la política del Continente. Al confesar esto, confieso que no me había detenido nunca a meditar sobre la marcha de los imperialismos en la historia. Pero leyendo un libro sobre la política del país, encontré un día citada la frase del senador Preston, en 1838: “La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina, hasta la tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza.”

La sorpresa fue tan grande, que vacilé. Aquello no era posible. Si un hombre de responsabilidad hubiera tenido la fantasía de pronunciar realmente esas palabras –me dije-, nuestros países del Sur se habrían levantado en seguida, en una protesta unánime. Cuando tras el primer movimiento de incredulidad, recurrí a las fuentes, pude comprobar a la vez dos hechos amargos: que la afirmación era exacta y que los políticos de la América Latina la habían dejado pasar en silencio, deslumbrados por sus míseras reyertas interiores, por sus pueriles pleitos de frontera, por su pequeña vida, en fin, generadora de la decadencia y del eclipse de nuestra situación en el Nuevo Mundo.

A partir de ese momento, dejando de lado las preocupaciones líricas, leí con especial interés cuanto se refería al asunto. ¿Era acaso posible dormitar en la blanda literatura, cuando se ponía en tela de juicio el porvenir y la existencia misma de nuestro conjunto? Así aprendí que el territorio que ocupaban los Estados Unidos antes de la Independencia, estaba limitado al Oeste por una línea que iba desde Quebec hasta el Mississipi y que las antiguas colonias inglesas fueron trece, con una población de cuatro millones de hombres, en un área de un millón de kilómetros cuadrados. Luego me enteré de la significación del segundo Congreso de Filadelfia en 1775; de la campaña contra los indios; de la adquisición de la Luisiana, comprada a Francia en 1803; de la ocupación de la Florida, cedida por España en 1819, y de la vertiginosa marcha de la frontera Oeste hacia el Pacífico, anexando tierras y ciudades, que llevan nombres españoles.

Estas nociones elementales, que —dada la instrucción incompleta y sin plan, que es la característica de las escuelas sudamericanas— no había encontrado nunca a mi alcance, durante mis estudios de bachiller, aumentaron la curiosidad y la inquietud. En un diario leí un artículo en que se amenazaba a México, recordando conminatoriamente cuatro fechas, cuya significación busqué en seguida. En un texto de historia descubrí que, en 1826, Henry Clay, secretario de Estado americano, impidió que Bolívar llevara la revolución de la Independencia hasta Cuba. En un estudio sobre la segregación del virreinato de Nueva España, hallé rastros de la intervención de los Estados Unidos en el separatismo de algunas colonias, esbozando la política que después se acentuó en las Antillas. Más tarde, conocí las exigencias del general Wilkinson, defensor interesado de los establecimientos de Ohio, y empecé a tener la revelación, sin comprender aún todo su alcance, de la política sutil que indujo a dificultar la acción de España, explotando el conflicto entre Fernando VII y Bonaparte.

Todavía no se había publicado el formidable libro del escritor y diplomático mejicano don Isidro Fabela, y no existía una historia general del imperialismo en el Continente.

Incompletas, sin conexión, al azar de lecturas sumarias que dirigió la casualidad en la desorientación de la primera juventud, fueron llegando así hasta el espíritu las primeras verdades basadas en hechos incontrovertibles que conocían todos los hombres ilustrados en el mundo, y que, sólo los hispanoamericanos, a quienes especialmente se referían, parecíamos ignorar, sumidos como estábamos, y como seguimos estando, en un letargo inexplicable.

Las interrogaciones se alinearon entonces las unas junto a las otras. ¿Cómo no surgió una protesta en toda la América de habla española, cuando los territorios mejicanos de Texas, California y Nuevo México fueron anexados a los Estados Unidos? ¿Por qué razón no hubo en el Continente una sublevación de conciencias, cuando los que fomentaron el separatismo de Cuba en nombre de la libertad, invocando altos principios de justicia y argumentando el derecho de los pueblos a disponer de su suerte, impusieron la Enmienda Platt y la concesión de estaciones navales estratégicas en las costas de la isla? ¿Se concilia acaso, con la plena autonomía de nuestros países, la existencia en Washington de una oficina de repúblicas hispanoamericanas, que tiene la organización de un Ministerio de Colonias? ¿No implica la doctrina de Monroe un protectorado?, etc.

El mapa daba a las preguntas una significación especial. A un siglo de distancia, las trece colonias inglesas, que tenían una población de cuatro millones de hombres y ocupaban un área de un millón de kilómetros cuadrados, se habían transformado en una enorme nación compuesta de cuarenta y cinco Estados, que reúnen una población de cien millones de habitantes, y cubren un área de diez millones de kilómetros cuadrados, donde saltan a los ojos los nombres nuestros —Santa Fe, San Francisco, Los Ángeles—, como un reproche que viene desde el fondo de las épocas contra la incuria y el indiferentismo de una raza.

Lo que en realidad aparecía ante los ojos, superponiéndose a las líneas coloreadas de la carta geográfica, era el doloroso drama de un Continente, descubierto bajo la bandera de España, que fue la primera en flamear en los mares del Nuevo Mundo, ganado a la civilización con la inteligencia y con la sangre de los heroicos exploradores que hablaban la lengua castellana, fecundado por nuestra religión, anexado un momento a la plenitud de nuestra gloria, sin rival entonces en el mundo, y atacado después por influencias extrañas que hacían pie en él y se extendían omnipotentes, venciendo a los que primero llegaron y haciéndoles retroceder, no sólo en la posesión de la tierra, sino en la influencia moral, no sólo en el presente, sino el porvenir.

Falta de destreza en las lides diplomáticas, ausencia de previsión y de orden, indisciplina a la vez y anquilosamiento, acaso lógica fatiga después de largas cabalgatas en los siglos, faltas, en fin, de la voluntad o del carácter, habían agrietado y disuelto el inmenso imperio, aislando a la antigua metrópoli hispana en los picachos de sus recuerdos, y abandonando en pleno océano, a merced de las tempestades, a veinte repúblicas que no atinaban a encontrar rumbo, porque a los grandes patriotas de la independencia, que tendieron siempre a la confederación, habían sucedido los caudillos o los gobernantes timoratos o ambiciosos que, después de multiplicar durante una generación las subdivisiones para crear feudos o jerarquías, se debatían, prisioneros de los errores pasados, en el sálvese quien pueda de una muchedumbre sin solidaridad.

Del sueño grandioso de los grandes hombres que encabezaron el levantamiento de las antiguas colonias, sólo quedaba un recuerdo lejano y un fracaso tangible: Bolívar en el Norte y San Martín en el Sur, habían iniciado vastas conglomeraciones que tendían a hacer de los antiguos virreinatos un conjunto coherente, una nación vigorosa que, por su extensión y su población, hubiera podido aspirar a equilibrar en este siglo el peso de los Estados Unidos. Pero las rivalidades mezquinas, los estrechos localismos, las ambiciones violentas, la baja envidia, todos los instintos subalternos habían anulado la acción de esos próceres, multiplicando los desmigajamientos artificiosos y haciendo de la América latina un imponente semillero de pequeñas repúblicas, algunas de las cuales tenían menos habitantes que un barrio de la ciudad de Nueva York.

Eran veintiséis millones de kilómetros cuadrados, escalonados desde el trópico hasta los hielos del Sur, con todos los cultivos, con las riquezas más inverosímiles, y en esa enorme extensión vivían ochenta millones de hombres, indígenas unos y herederos de las civilizaciones más grandes que conoció la América antes de la Conquista; españoles otros de origen o mezclados entre sí, pero unificados todos, con el aporte de inmigraciones cuantiosas, en una masa única que hablaba la misma lengua, tenía la misma religión, vivía bajo las mismas costumbres y se sentía ligada por los mismos intereses. Sin embargo, en vez de formar una sola nación, como lo hicieron las colonias anglosajonas que se separaron de Inglaterra, estaban divididas en veinte países diferentes, y a veces hostiles entre sí, sin que asomara la razón o la lógica de esas subdivisiones, que sólo servían para sancionar el desamparo y la debilidad colectiva.

Contemplando el mapa se advertía que no se habían respetado ni las antiguas divisiones de virreinatos, las únicas que hubieran podido justificar en cierto modo una organización fragmentaria del conjunto que reclamara y alcanzara simultáneamente la independencia. En el afán de multiplicar los cargos públicos para satisfacer la avidez de los que en muchos casos no tenían más propósito que dominar y obtener satisfacciones personales, se habían trazado al capricho las fronteras, sin buscar, las más de las veces, ni la precaria justificación de tradiciones locales, accidentes geográficos o intereses económicos especiales. Las patrias habían nacido a menudo de una sublevación militar, o de una diferencia de amor propio entre dos hombres. Y lo que pudo ser una gran fuerza altiva que interviniera eficazmente en los debates del mundo, defendiendo los intereses y las concepciones de un grupo realmente sólido, creado por la historia, estaba reducido a un doloroso clamorear de núcleos débiles que se combatían entre sí o se agotaban en revoluciones absurdas, sin fuerza material ni moral para merecer en conjunto el respeto de las grandes naciones.

Así fui aprendiendo, al par que la historia del imperialismo, nuestra propia historia hispanoamericana en la amplitud de sus consecuencias y en su filosofía final. Lo que había aprendido en la escuela, era una interpretación regional y mutilada del vasto movimiento que hace un siglo separó de España a las antiguas colonias, una crónica local donde predominaba la anécdota, sin que llegara a surgir de los nombres y de las fechas una concepción superior, un criterio analítico o una percepción clara de lo que el fenómeno significaba para América y para el mundo. Y con el conocimiento de la historia común, venía la amarga tristeza de comprender que nuestros males eran obra, más que de la avidez de los extraños, de nuestra incapacidad para la lucha, de nuestra falta de conocimiento de las leyes sociológicas, de nuestra visión estrecha y ensimismada, de nuestra dispersión y nuestro olvido de los intereses trascendentales.

Los Estados Unidos, al ensancharse, no obedecían, al fin y al cabo, más que a una necesidad de su propia salud, como los romanos de las grandes épocas, como los españoles bajo Carlos V, como los franceses en tiempo de Napoleón, como todos los pueblos rebosantes de savia; pero nosotros, al ignorar la amenaza, al no concertarnos para impedirla, dábamos prueba de una inferioridad que para los autoritarios y los deterministas casi justificaba el atentado.

Si cuando las colonias anglosajonas del Norte se separaron de Inglaterra, hubiera aspirado cada una de ellas a erigirse en nación independiente de las otras, si se hubieran desangrado en cien luchas civiles, si cada uno de esos grupos tuviera su diplomacia independiente, ¿se hallarían los Estados Unidos en la situación privilegiada en que se encuentran ahora? ¿Es posible escribir una historia del estado de Connecticut aisladamente de la historia de los Estados Unidos, ofreciendo a la juventud un ideal superior que cohesione y retenga? Si existieran severas Aduanas entre los diferentes Estados de la Confederación Norteamericana, ¿sería posible pensar en el estupendo desarrollo comercial que comprobamos hoy? Desde los orígenes de su independencia, cuando estipularon que las tropas que acompañaban a Lafayette volverían después de contribuir a determinar la independencia americana a su país de origen sin intentar reconquistar el Canadá, que Francia acababa de perder por aquel tiempo, desde que hicieron fracasar el Congreso de Panamá, aún en medio del desconcierto producido por la guerra de Secesión, los Estados Unidos han desarrollado, dentro de una política de perspicacia y de defensa propia, un pensamiento central de solidaridad, de autonomía y de grandeza. Nuestras repúblicas hispanoamericanas, en cambio, que han aceptado a veces el apoyo de naciones extrañas a su conjunto para hacer la guerra a países hermanos limítrofes, que han llegado hasta requerir esa ayuda extranjera para las luchas intestinas, que han entregado la explotación de sus tesoros a empresas de captación económica, que creen aldeanamente en la buena fe de la política internacional y se ponen a la zaga del resbaloso panamericanismo, ¿no son en realidad naciones suicidas? ¿No son dignas descendientes de nuestra admirable y romántica España, que, cegada por la espuma de sus infecundos debates internos, ignoraba que al enajenar la Florida en 1819, firmaba, a pocas décadas de distancia, la irremediable pérdida de las Antillas?

Así razonaba el que escribe mientras recorría las calles de Nueva York en el deslumbramiento y la gloria de la portentosa metrópoli. Ciertas palabras de Bolívar, que había releído en esos días, zumbaban en los oídos: “Primero el suelo nativo que nada; él ha formado con sus elementos nuestro ser; nuestra vida no es otra cosa que la herencia de nuestro pobre país; allí se encuentran los testigos de nuestro nacimiento, los creadores de nuestra educación; los sepulcros de nuestros padres yacen allí y nos reclaman seguridad y reposo; todo nos recuerda un deber; todo nos excita sentimientos tiernos y memorias delicadas; allí fue el teatro de nuestra inocencia, de nuestros primeros amores, de nuestras primeras sensaciones y de cuanto nos ha formado.”

El lírico párrafo estaba al diapasón de los fervores juveniles. “Sí -añadía yo, hablando conmigo mismo, mientras descendía por Broadway en el estruendo indescriptible de la colmena enorme-, la patria antes que nada; todo el bienestar, todo el progreso, toda la riqueza, toda la civilización, no valen lo que vale el rincón modesto y tibio en que nacimos. Si los grandes ferrocarriles, las casas de treinta pisos y la vida vertiginosa, la hemos de pagar al precio de nuestras autonomías, prefiero que perdure el atraso patriarcal de nuestros lejanos villorrios.” Y en la imaginación surgía, junto a la monstruosa Babel de la desembocadura del Hudson, no la sombra de mi Buenos Aires natal, que ya era también por aquel tiempo una gran ciudad a la europea, sino el recuerdo de remotos caseríos semisalvajes que había tenido ocasión de visitar en América. En medio del mareante remolino del barrio de los negocios, donde hasta las piedras parecían trepidar con una actividad humana, los evocaba con especial satisfacción. Aquello podía ser absurdo, aquello podía ser incómodo, aquello podía ser la barbarie; pero aquello era mío.

A medida que crecía mi admiración por los Estados Unidos, a medida que sondaba la poderosa grandeza de ese pueblo, que indiscutiblemente eclipsaba cuantos progresos materiales había soñado yo en Europa, se afirmaban y acrecían mis temores. La bandera norteamericana ondeaba en las torres, balcones y vidrieras, aparecía en los avisos, en los libros, en los tranvías, reinaba en el escenario de los teatros, en las páginas de los periódicos y hasta en los productos farmacéuticos, en un delirio de nacionalismo triunfante, como si se abriera una nidada de aguiluchos, dispuesta a transportar a los hechos las previsiones de Mr. Stead en un libro: La americanización del mundo en el siglo XX.

¡Cuán poderosos eran los Estados Unidos! Mi España tumultuosa y populachera, con sus grandes multitudes oleosas que invaden al atardecer las calles estrechas entre el rumor de los pregones y las charlas ruidosas de los grupos; mi buen París flaneur de los bulevares alegres, cubiertos de mesas rumoreantes en las grises divagaciones de los crepúsculos; mi Italia coloreada, evocadora y, meridional, hecha de languideces y de rayos, de odios y de amores, toda la vieja latinidad, triunfadora en otras épocas, quedaba tan eclipsada, que en las interminables avenidas cortadas en todas las direcciones por locomotoras jadeantes que escupían humo sobre los vidrios y ensordecían al transeúnte con el fragor de sus ruedas, en las calles obstruidas de automóviles y transeúntes, por donde se abría paso a veces, anunciada por una campana febril, la fuga infernal de los carros de los bomberos, tuve la sensación de haber salido de la órbita de mi destino para explorar edades desconocidas, en la vaga lontananza de épocas que no hubieran llegado aún.

Al mismo tiempo que mis admiraciones, aumentaban mis desilusiones.

¡Oh, el país de la democracia, del puritanismo y de la libertad! Los Estados Unidos eran grandes, poderosos, prósperos, asombrosamente adelantados, maestros supremos de energía y de vida creadora, sana y confortable; pero se desarrollaban en una atmósfera esencialmente práctica y orgullosa, y los principios resultaban casi siempre sacrificados a los intereses o a las supersticiones sociales. Bastaba ver la situación del negro en esa república igualitaria para comprender la insinceridad de las premisas proclamadas. Expulsado de las universidades, los hoteles, los cafés, los teatros, los tranvías, sólo parecía estar en su sitio cuando en nombre de la ley de Lynch le arrastraba la multitud por las calles. Y era que si en los Estados Unidos existe una élite superior capacitada para comprender todas las cosas, la masa ruda, autoritaria, sólo tiene en vista la victoria final, como todos los grandes núcleos que han dominado en los siglos. Excepción hecha del grupo intelectual, la mentalidad del país, desde el punto de vista de las ideas generales, se resiente de la moral expeditiva, del cowboy violento y vanidoso de sus músculos que civilizó el Far-West, arrasando a la vez la maleza y las razas aborígenes en una sola manotada de dominación y de orgullo. Se sienten superiores, y dentro de la lógica final de la historia, lo son en realidad, puesto que triunfan. Poco importa que para contestar a la burla sobre nuestras revoluciones, nuestras mezclas indígenas, nuestros gustos meridionales y nuestras preocupaciones literarias, forcemos al llegar a Nueva York una sonrisa para satirizar la tendencia yanqui, a bautizar las malas acciones con nombres atrayentes, rejuveneciendo la ingenua habilidad del personaje de la novela francesa, que llamaba besugo al conejo para ayunar, sin dejar de comer carne, en Cuaresma. El hecho indestructible es que los Estados Unidos, sacrificando las doctrinas para preservar sus intereses, creen cumplir hasta con su deber, puesto que preparan la dominación mundial, para la cual se creen elegidos.

Un supremo desprecio por todo lo extranjero, especialmente por cuanto anuncia origen latino, y una infatuación vivificante, un poco parvenu, pero sólidamente basada en patentes éxitos, da al carácter norteamericano cierta tosca y brutal tendencia a sobrepasar a otras razas, cierto exclusivismo diabólico que dobla y humilla al que llega. Más de una vez tuve que hacer una réplica severa o que interrumpir un diálogo para no oír apreciaciones injuriosas sobre la América Latina. Nosotros éramos los salvajes, los fenómenos ridículos, los degenerados para la opinión popular. En los núcleos cultos se evitaba cuanto podía ser personalmente modesto, pero nadie ocultaba su desdén olímpico por las “republiquetas de aventureros” que pululaban al sur de la Confederación Norteamericana. Los grandes diarios hablaban sin ambages de la necesidad de hacer sentir una “mano fuerte” en esas “madrigueras” y acabar con las asonadas y los desórdenes que interrumpían el sagrado business del tío Sam. Los políticos prodigaban en el Senado las más inverosímiles declaraciones, como si la Casa Blanca ejerciera realmente jurisdicción hasta el Cabo de Hornos y no tuviera la más vaga noticia de la autonomía de nuestras repúblicas. Y estaba tan cargado el ambiente, que en un gran mitin electoral, donde triunfaba en todo su esplendor el prestigio de la nueva democracia, oí, entre aplausos, afirmaciones que preparaban la frase histórica que tantos comentarios levantó después: “Hemos empezado a tomar posesión del Continente.”

¡Hemos empezado a tomar posesión del Continente! Un político notorio pudo lanzar esa afirmación en una asamblea pública, y toda la América Latina calló. ¿Qué sopor, qué ceguera, qué perturbación mental inmovilizaba a nuestros pueblos en el carro despeñado que nos llevaba a todos al abismo? Los gobernantes hispanoamericanos, obsesionados por el pequeño círculo en el que viven, ceñidos por preocupaciones subalternas, sin visión general del Continente y del mundo, tienen de la diplomacia una concepción ingenua. No se atienen a los hechos, sino a las palabras. ¿Pero, ¿por qué no tomaban nota de aquellas palabras?

Así ha venido anemiándose durante un siglo la América latina, y así ha venido robusteciéndose la América inglesa al amparo del candor de los unos y de la suprema habilidad de los otros. Los Estados Unidos se han mostrado creadores en todos los órdenes, y han tenido la ciencia de transformar leyes y procedimientos, principios y sistemas, desde la enseñanza hasta el periodismo, desde la agricultura hasta la edificación.

Un sabio desarrollo de la iniciativa y una tendencia experimental han dado a esa nación la capacidad necesaria para subvertir y perfeccionar lo conocido, sobrepasando cuanto existió en las civilizaciones que al principio imitaron. Sería vano suponer que estos progresos no han tenido un pendant en la diplomacia. La elevación material no ha sido un hecho aislado y mecánico, sino el resultado de una mayor capacidad mental que se manifiesta en todos resortes. A los edificios de cincuenta pisos, corresponden ideas de cincuenta pisos también.

De Nueva York, por Chicago, Omaha y Salt Lake, llegué a San Francisco, donde, sea dicho al pasar, abundan los míster Pérez y míster González, que, después de haberse afeitado las barbas y el origen, hablan con singular desdén de sus ex hermanos del Sur.

La prodigiosa fuerza de atracción y de asimilación de los Estados Unidos está basada, sobre todo, en las posibilidades (u “oportunidades”, como allí se les llama) de prosperidad y de acción que ese país ofrece a los individuos. La abundancia de empresas, el buen gobierno, los métodos nuevos, la multiforme flexibilidad de la vida y la prosperidad maravillosa, abren campo a todas las iniciativas. Alcanzado el éxito, éste sería motivo, suficiente para retener al recién llegado por agradecimiento y por orgullo, aunque no surgiera, dominándole todo el contagio de la soberbia que está en la atmósfera. Algunos hispanoamericanos que emigran de repúblicas pequeñas, empujados por discordias políticas, y logran labrarse una pasable situación en las urbes populosas del Norte, se desnacionalizan también, llevando la obcecación en algunos casos al extremo de encontrar explicables hasta los atentados cometidos contra su propio país. Suele ocurrir, en otro orden, que estudiantes muy jóvenes que partieron de nuestro seno para seguir una carrera en universidades de la Unión, se dejan marear por el ambiente nuevo o por las comodidades materiales que él ofrece, y vuelven a su patria desdeñosos y altivos, proclamando en inglés la necesidad de inclinarse, auxiliares inconscientes de la misma fuerza que debe devorarlos. En esta blandura está acaso el peor síntoma de nuestra descomposición y de nuestra vulnerabilidad. Podemos admirar el progreso y la grandeza que ha llevado en un siglo de vida a ese país hasta las más altas cúspides, podemos ser partidarios de que las naciones hispanoamericanas cultiven con los Estados Unidos excelentes relaciones comerciales y diplomáticas, podemos desear ver aclimatadas en hispanoamérica todas las superioridades de educación: orden, confort y prosperidad; pero ello ha de ser sin ceder un ápice de la autonomía de nuestras naciones, tratando de país a país, de potencia a potencia, sin abdicación ni sometimientos, salvaguardando distintivas, idiomas, altivez, bandera, presente y porvenir.

La América latina, próspera y en pleno progreso en algunas repúblicas, retardada en su evolución en otras, tiene todo que aprender de los Estados Unidos y necesita la ayuda económica y técnica de ese gran pueblo. Pero ¿es fuerza que para obtenerla renuncie a sus especiales posibilidades de desarrollo, a su personalidad claramente definida, a sus antecedentes imborrables, a la facultad de disponer de sí misma? En este estado de espíritu, seguí por la costa hasta Los Ángeles y San Diego. Desde la última de estas ciudades, por ferrocarril, llegué a la frontera de México, deseoso de conocer ese país, que había sufrido tantas injusticias de parte de los Estados Unidos, y que, limítrofe con ellos, en el extremo norte de la parte hispanoamericana del Continente, representa algo así como el común murallón y el rompeolas histórico que, desde hace un siglo soporta los aluviones y defiende a todo el Sur.

En la época en que se desarrollaba este primer viaje, del cual sólo hablo a manera de antecedente, se hallaba a la cabeza de la república el general don Porfirio Díaz, rodeado de un grupo de hombres particularmente inclinados a contemporizar con el peligro, haciendo la part du feu.

Se extremaban por entonces en aquella república los métodos de mansedumbre, bondad y obsequiosa deferencia que hoy siguen empleando la mayor parte de los países del Sur, sin advertir que cuanto más grandes son las concesiones, más crecen las exigencias, en un engranaje que acostumbra a un pueblo al sometimiento y engríe al otro fatalmente. Es la carretera que lleva a dos abismos: a la anulación total de la nacionalidad, determinada gradualmente por sucesivas abdicaciones, o a una última resistencia desesperada, que obliga a afrontar en peores condiciones el mismo conflicto que originariamente se deseaba evitar.

Desde la frontera surge viva y patente la oposición inconciliable entre los dos conjuntos. El anglosajón, duro, altivo, utilitario, en la infatuación de su éxito y de sus músculos, improvisa poblaciones, domina la naturaleza, impone en todas partes el sello de su actividad y su ambición, auxiliado y servido como lo fueron los romanos de las grandes épocas por razas sometidas —indios, chinos, africanos—, que recogen las migajas del festín, desempeñando tareas subalternas. Frente a él, el mejicano de pura descendencia española o mestizo, prolonga sus costumbres despreocupadas y acepta las presentes del suelo, fiel a tendencias contemplativas o soñadoras que le llevan a ser desinteresado, dadivoso y caballeresco, susceptible ante el igual, llano con el inferior, dentro de una vida un tanto patriarcal, donde el indio no está clasificado por su raza, sino como los demás hombres, por su ilustración y su cultura.

Los rastros de la tenaz, ininterrumpida infiltración, los encontramos, desde el puente sobre el río Bravo, que separa los dos territorios, en todas las manifestaciones de la actividad, empresas, hoteles, transportes, como si la sombra de los Estados Unidos se proyectara fatalmente sobre las comarcas vecinas. El ferrocarril que me condujo por Chihuahua, Zacatecas, Aguas Calientes y Guanajuato, hasta la capital, pertenecía por aquel tiempo a una empresa norteamericana, y los revisores y empleados de todo género hablaban casi exclusivamente el inglés, con grave perjuicio para los viajeros, que no podían hacerse entender en su propia tierra.

Algo de esto ha sido corregido después por la revolución mejicana de 1913, que, desde el punto de vista internacional, representa una reacción. De ellos nos ocuparemos a su tiempo en otro capítulo.

La política del general Díaz estaba hecha, como ya dijimos, de genuflexiones que empezaban en los ferrocarriles del Norte y acababan en el arrendamiento de la Bahía de la Magdalena, pasando por los resortes más importantes del país. Era la hora en que los Estados Unidos desarrollaban la “penetración pacífica”, y el “partido científico” de México empleaba la táctica de las “concesiones hábiles”. Hasta que llegó el momento en que, por oportunista y conciliante que fuera, el Gobierno de México no pudo hacer más concesiones. La entrevista celebrada en El Paso entre el general Díaz y el presidente Taft, dio por resultado la ruptura silenciosa. Una negativa para reforzar la jurisdicción norteamericana en la Baja California; la protección prestada al presidente de Nicaragua, don José Santos Zelaya, que escapó a las represalias en un cañonero mejicano, y un hipotético Tratado secreto con el Japón, fueron las razones propaladas oficiosamente. Acaso mediaron otras. El caso es que desde ese momento inició el viejo autócrata mejicano su tardía resistencia al imperialismo. Y por coincidencia singular desde ese día fue también posible la primera revolución, encabezada por don Francisco Madero.

Cuando llegué por primera vez a la capital de México, en 1901, era aquélla una próspera ciudad de más de medio millón de habitantes, donde se respiraba un ambiente de cultura y bienestar. Recuerdo el derroche de lujo, las fiestas frecuentes, el progreso urbano, y, como nota especial y pintoresca, el pomposo desfile del presidente por la calle de Plateros, en una gran carroza seguida por un regimiento de aquella “guardia rural”, tan típica y tan airosa que llenaba las funciones de la gendarmería en Francia o de la Guardia Civil en España, cuerpo selecto que, con sus trajes de charro mejicano y sus briosos caballos enjaezados a la moda del país, daba una extraña sensación de bizarría.

Lo primero que se notaba al llegar, era la falta de libertad interior. No había más partido político que el que estaba en las alturas; no asomaba un solo diario de oposición; no se celebraba un mitin que no fuera para ensalzar al Gobierno inamovible, que enlazaba sin accidente un período con otro, en la serena continuidad de una monarquía. El poder central tenía la destreza de atraer a los unos con prebendas y de amedrentar a los otros con sanciones, estableciendo en la apariencia una unanimidad adicta. Sin embargo, se adivinaba en la sombra, como contraposición al sometimiento, la rebelión desorientada que debía dar nacimiento a la anarquía futura.

Desde el punto de vista de la prosperidad, el país se hallaba aparentemente en excelentes condiciones. Grandes trabajos públicos, empresas poderosas, ferrocarriles en construcción, edificios monumentales sorprendían al viajero que había oído hablar en los Estados Unidos con tan irrevocable desdén del país vecino. Pero horadando esa apariencia de desenvolvimiento financiero y auge nacional, se descubrían los hilos de oro que ponían en movimiento desde el extranjero todos los resortes. Económicamente, el país estaba, en realidad, en poder de los Estados Unidos.

Durante esa permanencia en México, conocí y frecuenté a la intelectualidad joven del país, que se agrupaba alrededor de una publicación sin precedente y sin continuación en la América latina. Me refiero a la Revista Moderna, que dirigía don Jesús Valenzuela, espíritu superior que murió poco tiempo después, dejando más anécdotas que obras realizadas. Allí conocí a Luis G. Urbina, que fue después secretario de la Embajada de México en España; a Ciro Ceballos, director de la Biblioteca Nacional; a Amado Nervo, que murió cuando iba a tomar posesión de su cargo de ministro en la Argentina; a Juan Sánchez Azcona, embajador en España; a Jesús Urueta; al dibujante Julio Ruelas, que murió en París; a Alfonso Cravioto, Rubén Campos y muchos otros que han ocupado u ocupan altas posiciones oficiales. Nunca hubo en nuestra América una floración conjunta de brillantes espíritus como la que en aquel momento se levantaba, en la que con orgullo llamaban todos: la capital azteca.

Además de los citados, recuerdo al pintor Ramos Martínez, que obtuvo en París señalados éxitos; a José Juan Tablada, que representó más tarde a su país en Colombia; a los escultores Guerra y Nava, levantados también para la consagración europea; a Bernardo Conto, que murió muy joven, y a don Justo Sierra, que, por su fama, edad y situación política, era el padre espiritual del grupo.

A los hombres políticos que llevaban por entonces el timón del país, no tuve ocasión de conocerlos. Oí citar a un financista, un general y un diplomático como personas aptas y perspicaces; pero es casi seguro que la política interior, el mantenimiento del régimen, la conservación de las situaciones adquiridas, nuestra bambolla oficial de siempre, retenían por completo su atención. El descuido y la falta de ideales han sido la distintiva de nuestros gobiernos. Y como en aquel tiempo no existían muchas de las causas tangibles de inquietud que hoy arremolinan los espíritus, el olvido tenía que ser más hondo y el sueño más completo.

En el pueblo, sin embargo, y especialmente entre la juventud, existía un vivo resentimiento y una hostilidad marcada contra el gringo1. En el hotel, en el café, en el teatro, se advertía el claro antagonismo que nacía, como nacen los grandes sentimientos colectivos, sin reflexión ni lógica, del recuerdo confuso y de la instintiva adivinación. La manera despectiva y autoritaria de los turistas norteamericanos tenía su parte en el asunto, pero las grandes corrientes no nacen de incidentes individuales y callejeros. Había algo más grave que venía de año en año en la honda tradición verbal del pueblo que no lee periódicos ni forma parte de los corrillos en las ciudades, algo que era como un inextinguible rencor por la guerra abusiva y las expoliaciones de 1845 y 1846, algo que traducía la imborrable cólera de un conjunto valiente desarmado ante la injusticia, algo que parecía hacer revivir en los corazones el grito del último cadete de Chapultepec al rodar al abismo, ante la invasión triunfante, sin separarse de su bandera.

El pueblo sabía que la mitad del territorio de su patria le había sido arrebatado por el país vecino; sentía la influencia creciente que ese mismo país venía ejerciendo sobre la tierra que aún le quedaba, y adivinaba en el porvenir las nuevas agresiones que debían producirse. Una voz del pasado y una voz del porvenir murmuraban al oído del pelao perdido en la llanura y del adolescente que apenas entraba en la Universidad, que el extranjero invasor estaba siempre en las ciudades, si no en forma de soldados, en forma de empréstitos, en forma de intrigas diplomáticas, en forma de influencia a veces sobre los propios gobiernos, y la eterna presencia de aquella sombra en el suelo ensangrentado y mutilado por ella, mantenía latente la irritación y la cólera a pesar de la prédica de los periódicos y las manifestaciones oficiales. No era fruto ese estado de una propaganda agitadora. Nadie hablaba en público del asunto. Pero en el mutismo y en la inacción, aislados los hombres los unos y los otros, de una manera simultánea, isócrona, surgía el mismo pensamiento contra el intruso que, después de haberles despojado de la tierra, les suplantaban en la riqueza; contra el gringo, que abusaba de la superioridad de su poder y su malicia para explotarles en todas las ocasiones, para engañarles en todas las encrucijadas, para humillarles en todos los momentos con el refinamiento de crueldad, de parecer siempre, inocente y hacer caer la culpa y la vergüenza sobre los mismos sacrificados.

Cuanto más humilde era la situación social, más diáfano aparecía ese sentimiento, como si la incultura y la falta de intereses económicos y compromisos sociales acentuaran, con la sinceridad, la libre expresión de una palpitación general; cuanto mayor era la juventud, se exteriorizaba la corriente con más ímpetu, como sí a medida que transcurría el tiempo y se alejaban las épocas de sacrificio y de dolor, se afirmara más y más en las nuevas generaciones el rencor causado por la injusticia.

No se ha comprendido aún el alcance de esa brusca anexión de un territorio de dos millones de kilómetros cuadrados, que va del golfo de México a la costa del Pacífico. Desde los apellidos de los primeros exploradores —Camillo, Alarcón, Coronado, Cabeza de Vaca— hasta los nombres de las ciudades —Los Ángeles, San Francisco, Santa Bárbara—, todo indica el franco origen hispano. Pertenecían a México desde la independencia por la Geografía, por el idioma, por la raza, y no había la sombra de un litigio que pudiera justificar reclamaciones. Sin embargo, en un momento dado, se desencadenó la invasión, los ejércitos llegaron hasta la capital, y México tuvo que firmar cuanto le exigieron. No se alzó una voz en la humanidad, para condenar el atentado. Los pueblos permanecieron impasibles. Los nobles humanitarios, que sin ser franceses han llorado la suerte de la Alsacia-Lorena, que sin ser poloneses se han conmovido ante los sufrimientos de Polonia, no tuvieron una palabra de simpatía para la víctima. El atentado se consumó en la sombra, y el olvido cayó tan pronto sobre él, que cuando lo evocamos hoy, algunos llegan hasta a ponerlo en duda.

Ha sido hasta ahora el destino de nuestra raza. El derecho, la justicia, la solidaridad, la clemencia, los generosos sentimientos de que blasonan los grandes pueblos, no han existido para la América latina, donde se han llevado a cabo todos los atentados —violaciones de territorio, persecución de ciudadanos, mutilación de países, injerencia en los asuntos internos, coacciones, despojos, desembarcos abusivos—, sin que el mundo se conmueva ni surjan voces compasivas; de tal suerte parece establecido que la integridad de nuestras patrias, la libertad de nuestros compatriotas, la posesión de nuestras riquezas, todo lo que constituye nuestra vida y nuestro patrimonio, deben estar a la merced de cuantas tropas persigan una aventura, de cuantos gobiernos quieran fomentar disturbios para deponer a los presidentes poco dóciles; de cuantas escuadras tengan el capricho de obligarnos a recibir sus visitas.

Para nosotros no existe, cuando surge una dificultad con un país poderoso (y al decir país poderoso me refiero no sólo a los Estados Unidos, sino a ciertas naciones de Europa), ni arbitraje, ni derecho internacional, ni consideración humana. Todos pueden hacer lo que mejor les plazca, sin responsabilidad ante los contemporáneos ni ante la historia. Desde que las antiguas colonias españolas dispersaron su esfuerzo, los gobiernos imperialistas no vieron en el confín del mar más que una debilidad.

Así se instalaron los ingleses en las islas Malvinas o en la llamada Honduras Británica; así prosperó la expedición del archiduque Maximiliano; así nació Panamá; así se consumó la expoliación de Texas, Arizona, California y Nuevo México. Estamos asimilados a ciertos pueblos del Extremo Oriente o del África Central, dentro del enorme proletariado de naciones débiles, a las cuales se presiona, se desangra, se diezma y se anula en nombre del Progreso y de la Civilización, y los atentados que se cometen contra nosotros no levantarán nunca un clamor de protesta, porque los labios del mundo están sellados por la complicidad o por el miedo.

Esta situación se echa de ver, especialmente, en el caso de México. Hábilmente preparada por una información engañosa que desacredita a ese país, y fiel a su áspero indiferentismo, que sólo se conmueve cuando ello puede ser útil para las tres o cuatro naciones-caudillos que se reparten el predominio del mundo, la opinión universal ha asistido impávida a los atropellos de que viene siendo víctima desde hace un siglo, y la única vez que Europa intentó detener el empuje imperialista, no fue para beneficiar al país dolorido, sino para imponer una nueva sangría en su propio beneficio, con la expedición austro-francesa de 1864. Para no sucumbir, México hubiera tenido que defenderse solo contra las asechanzas de los demás y contra su propia inexperiencia, sofocando la guerra civil, burlando los lazos que le tendían, manteniendo en jaque, después del desastre, a la misma fuerza que le había arrollado, sin apoyo de nadie ni de nada, ni aún de la América latina, ni aún de las repúblicas hermanas del Sur, que tanto por solidaridad racial como por analogía de situación, debían hacer suyos los conflictos, por lo menos en la órbita de las representaciones diplomáticas.

¡Pero estamos tan lejos de tener en la América latina una noción exacta de nuestros intereses y nuestros destinos! En vano sabemos que la injusticia que a todos nos lastima es un resultado de nuestra propia dispersión. Se multiplican las divergencias para batirnos en detalle, y nosotros nos seguimos dejando burlar con la misma ingenuidad de los galos ante César, o de los indios ante Hernán Cortés, sin llegar a advertir la demarcación lógica y natural que nos distingue y nos sitúa en el Continente y en el mundo.

Así iban las reflexiones al embarcar de nuevo para Francia, después de haber pasado algunas semanas en aquella tierra, donde tantas pruebas quedaban de la grandeza colonial de España, donde tantos monumentos habían dejado el esplendor de los aztecas, donde se reunían dos pasados y estaba el vértice del porvenir. Mis veinte años entusiastas medían la magnitud de la obra a que parecían predestinadas las nuevas generaciones: trabajar en favor de un Continente moralmente unido hasta rehacer por lo menos diplomáticamente el conjunto homogéneo que soñaron los iniciadores de la Independencia, reconquistar con ayuda de la unión el respeto y la seguridad de nuestros territorios, y hacer a cada república más fuerte y más próspera dentro de una coordinación superior, garantía suprema de las autonomías regionales.

Penetrado de ese propósito, y aprovechando la difusión que tiene en nuestra América una voz lanzada desde Europa, emprendí, al regresar a París, una campaña periodística que duró largos años, utilizando todas las tribunas: El País, de Buenos Aires, que dirigía por entonces el doctor Carlos Pellegrini, después presidente de la Argentina; La Época2, de Madrid, diario conservador y gubernamental, que tenía positiva influencia en los círculos políticos; La Revue Mondiale, de París, que dirigía M. Jean Finot. Hablé de los engañosos Congresos Panamericanos, de la guerra comercial que hacía ganar a los Estados Unidos todos los mercados de América en detrimento de otras naciones, de la mentalidad latina de las repúblicas del Sur, de la acción de la intelectualidad francesa en nuestros países, de cuanto podía contribuir a sacudir la somnolencia de los grandes núcleos del viejo Continente y a determinar una acción capaz de contrarrestar el avance del imperialismo. En París Journal 3, que bajo la dirección de M. Gerault-Richard, era por aquel tiempo el diario mejor escrito y mejor leído, completé luego en una docena de editoriales la dilucidación del problema.

En Francia, nadie rehuía la verdad. Los periódicos se referían constantemente al asunto, y polemistas del prestigio de Paul Adam declaraban sin ambages: “Los yanquis acechan el minuto propicio para la intervención. Es la amenaza. Un poco de tiempo más y los acorazados del tío Jonathan desembarcarán las milicias de la Unión sobre esos territorios empapados de sangre latina. La suerte de esas repúblicas es ser conquistadas por las fuerzas del Norte.” Esto lo decía el gran escritor en uno de sus prestigiosos artículos de Le Journal, a raíz de una “intervención amistosa”. M. Charles Boss insistía, por su parte, en Le Rappel: “Vamos a asistir, porque en Europa somos impotentes para oponernos a ello, a la reducción de las repúblicas latinas del Sur y a su transformación en regiones sometidas al protectorado de Washington.” Muchos altos espíritus, como Mr. Jean Herbette 4, corroboraban esta convicción, nacida de la observación imparcial. Sin embargo, en algunas de nuestras repúblicas se seguía poniendo en duda la realidad de la situación. ¡Singular miopía! Todos comprobaban en torno el atentado y clamaban contra él; el único que ni lo veía ni protestaba era la víctima. Y esta actitud era tanto más paradojal cuanto que en los Estados Unidos mismos se levantaban voces valientes contra el imperialismo, y más de un norteamericano espectable discutía la actitud de su país con respecto a las repúblicas hispanoamericanas.

Movido por el deseo, si no de hacer compartir la convicción, de empujar por lo menos a discutir estos asuntos, escribí entonces El porvenir de la América Latina, cuya primera edición apareció en 1910 5.

No me corresponde decir cuál fue la suerte de este volumen, que Rubén Darío calificó en un artículo de “sensacional”6, ni recordar lo que sobre él se escribió en España y en América. Pero si Max Nordau dijo en La Nación, de Buenos Aires, que “el programa expuesto en ese libro era grandioso”; si Enrique Ferri escribió: “yo también he planteado ese problema en una conferencia y he llegado a ideas completamente concordantes”; si Francisco García Calderón declaró que yo “entregaba a América, presa de la anarquía, una idea directora”, algunos diarios de ciertas repúblicas hispanoamericanas tacharon la obra de inexacta y alarmista.

De nada valía que el Evening Mail 7 de Nueva York, declarase que el libro era “excelente, lógico y completo”, o que el New York Times 8 le dedicara una atención inusitada en un largo estudio con títulos a seis columnas. Cuando este último diario consultó sobre el asunto la opinión de “un diplomático argentino residente en Nueva York”, éste contestó que “el autor era muy joven y que, por lo tanto, su modo de pensar no era el mismo que el de los argentinos viejos y de criterio maduro”. Ante lo cual argüía maliciosamente el articulista: “Todo esto puede admitirse; pero el que los espíritus moderados piensen así, no implica que la juventud americana se deje influir por ellos más que por Ugarte, que goza de gran popularidad en aquellos países.”

El error que daba nacimiento en nuestra América a estas discrepancias de criterio, nacía de la concepción localista que tanto nos ha perjudicado. Cada república se consideraba —y se considera aún— totalmente desligada de la suerte de las demás, y en vez de llevar su curiosidad y su inquietud más allá de sus fronteras inmediatas, dentro de la lógica geográfica, diplomática y económica de su destino, veía como extraños a sus preocupaciones los peligros que podían correr las otras. Se llegó hasta hacerme el reproche de interesarme demasiado por “países extranjeros”. Olvidaban las palabras de José Enrique Rodó: “Patria es, para los hispanoamericanos, la América española. Dentro del sentimiento de la patria cabe el sentimiento de adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la región, a la comarca; y provincia, regiones y comarcas de aquella gran patria nuestra, son las naciones en que ella políticamente se divide. Por mi parte, siempre lo he entendido así. La unidad política que consagre y encarne esa unidad moral —el sueño de Bolívar— es aún sueño, cuya realización no verán quizá las generaciones hoy vivas. ¡Qué importa! Italia no era sólo la expresión geográfica de Metternich antes de que la constituyeran en expresión política la espada de Garibaldi y el apostolado de Mazzini. Era la idea, el numen de la patria; era la patria misma, consagrada por todos los óleos de la tradición, del derecho y de la gloría. La Italia, una y personal, existía: menos corpórea, pero no menos real; menos tangible, pero no menos vibrante e intensa que cuando tomó contorno y color en el mapa de las naciones.”

La necesidad, cada vez más clara, de contribuir a salvar el futuro de la América latina, mediante una prédica que despertase en las almas ímpetus superiores y nobles idealismos, capaces de preparar a distancia, si no una unidad como la de Italia o como la de Alemania, por lo menos una coordinación de política internacional, llevó así al pacífico escritor a desertar su mesa de trabajo para subir a las tribunas y tomar contacto directo con el público.

La primera conferencia sobre el asunto la dicté en España. El Ayuntamiento de Barcelona celebraba el centenario de la República Argentina el 25 de Mayo de 1910, y fue en el histórico Salón de Ciento donde expuse las “Causas y consecuencias de la Revolución Americana” 9. Recuerdo el hecho porque representa el punto de partida de la campaña emprendida después por toda América.

He pensado siempre que España debe representar para nosotros lo que Inglaterra para los Estados Unidos: el antecedente, el honroso origen, la poderosa raíz de la cual fluye la savia primera del árbol. En medio de la desagregación política y en una etapa de cosmopolitismo inasimilado, para mantener el empuje y la hilación de nuestra historia, conviene no perder de vista ese glorioso punto de partida, esa espina dorsal de recuerdos.

En ese antecedente está el eje de la común historia en América. Por otra parte, hablar de la independencia de una de las repúblicas hispanoamericanas como si se tratara de un hecho exclusivo y regional, es dar prueba de limitación de juicio. Con la misma razón, cada provincia, dentro de cada república, podría aspirar a tener una historia independiente, multiplicando las subdivisiones hasta el infinito. En movimientos de ese orden debemos llegar al fondo de las simultaneidades y las repercusiones, abarcando hasta los horizontes, viendo el fenómeno en toda su amplitud, comprendiendo, en fin, más que los hechos aislados, el ritmo de una vasta corriente. Las hojas caen y revolotean en la atmósfera, pero es el viento el que las lleva.

En esa conferencia sostuve que, como el levantamiento de las diversas colonias se produjo casi en la misma fecha, sólo era posible hablar de la independencia de cualquier república del Continente dentro de la orquestación general de las independencias hispanoamericanas. Añadí que, sin menguar la nobleza, el heroísmo y la gloria, los diversos movimientos separatistas de 1810, en los cuales intervinieron, aunque sea oblicuamente, intereses o esperanzas comerciales o políticas de Inglaterra y de los Estados Unidos, fueron en algunas comarcas prematuros, como lo prueba el hecho de que, aun en las regiones más prósperas, después de buscar monarcas extranjeros para gobernarnos, aceptamos reyecías ideológicas para dirigirnos, pidiendo siempre a otros lo que no era posible aun de nuestra propia sustancia.

Observando los fenómenos universales, vemos que la independencia política de los pueblos es consecuencia o corolario de diferenciaciones étnicas, capacidades comerciales u originalidades ideológicas preexistentes, y acaso estos factores no habían alcanzado todavía definitivo desarrollo en todas las zonas de nuestra América, puesto que, infantilmente débiles, después de abandonar el seno materno, tuvieron que aceptar algunas nuevas repúblicas el biberón de otras naciones, desmintiendo en la realidad los mismos fines iniciales del movimiento insurreccional.

Sin embargo, más que de falta de madurez para la vida autónoma, adoleció nuestra América hace un siglo de falta de conocimiento de la política internacional, porque el fraccionarse en dieciocho repúblicas, después de hacer abortar el épico intento de Bolívar y San Martín, no supo prever ni la imposibilidad histórica de muchas de esas patrias exiguas, ni la precaria situación en que se hallarían algunas para desarrollarse, dentro de su esfera, con tan precarios elementos, ni las acechanzas de que debían ser víctimas todas en medio de los remolinos de la vida.

Por eso es que considerando los hechos en su amplia filosofía superior y no desde el punto de vista de las pequeñas vanidades, podemos afirmar que los resultados del separatismo no han sido en todas las zonas de la América latina igualmente satisfactorios, y que si tenemos en algunas legítimas razones locales para enorgullecernos de él, en conjunto y en bloque se traduce en el balance de las grandes liquidaciones históricas, en cuantiosas pérdidas para el idioma y la civilización hispana (Texas, Arizona, California, Nuevo México, Puerto Rico, Santo Domingo, etc.), en simple cambio para algunas comarcas de la soberanía directa de la nación madre por la soberanía indirecta de una nación extraña, y, en general, para el conjunto, en un protectorado anglosajón, que tal es la esencia de la discutida doctrina de Monroe, por un lado, y de la poderosa influencia de Inglaterra, por otro.

He tenido ocasión de declarar que escribir para el público no es imprimir lo que el público quiere leer, sino decir lo que nuestra sinceridad nos dicta o nos aconseja el interés supremo de la patria. Y es la patria mía, en su concreción directa que es la Argentina, y en su ampliación virtual que es la América hispana, lo que he tratado de defender, arrostrando todos los odios. El 14 de octubre de 1911 di una conferencia en la Sorbona10.

Al encarar el problema de América desde el punto de vista de la latinidad, era mi propósito dar mayor amplitud a la tesonera prédica, despertando el interés en países concordantes y haciendo un llamamiento a sus conveniencias materiales y morales.

Francia tiene cuantiosos intereses en la América latina, no sólo desde el punto de vista económico, sino desde el punto de vista intelectual. La difusión de sus ideas y de su espíritu en las tierras nuevas, le ha creado una especie de imperio moral que ha visto siempre con descuido, pero que tendrá que considerar al fin con interés creciente.

Ideales de la revolución, tendencias filosóficas, literatura, arte en general, y con todo ello formas de vida, gustos, direcciones humanas, cuanto puede ser prolongación de un alma nacional, han dejado en las repúblicas hispanoamericanas tan profunda huella y rastro tan fijo, que casi puede decirse que Francia convive con nosotros y que la anulación de nuestro ser autónomo y de nuestras características significaría para ella una gigantesca disminución de su reflejo en el mundo. Al llamarla en auxilio nuestro, no hacíamos, en realidad, más que incitarla a defender una parte de su patriotismo espiritual.

Nos hallábamos por aquel tiempo muy lejos de prever la guerra que debía desencadenarse tres años más tarde, y era el momento en que Francia veía con disgusto el avance vertiginoso de la infiltración norteamericana en tierras que, sin ser infieles al origen, respondían culturalmente a su llamada y seguían sus inspiraciones. El trance difícil llevó después a la gran nación a no atender más que a su defensa. Pero por aquellos años, decía, Francia era acaso la nación de Europa que con más libertad censuraba la acción imperialista en América, y la campaña fue recibida con singular beneplácito. Mi asidua colaboración en diarios y revistas de París, la docena de volúmenes que había publicado y, sobre todo, la coincidencia de intereses que enlazaba nuestras reivindicaciones nacionalistas con tendencias y aspiraciones francesas, contribuyeron a dar a esta conferencia una resonancia inusitada en una capital, habitualmente sorda para las cosas de América 11

Quince días después partía yo con el fin de realizar la gira continental, de la cual hablaré en los capítulos siguientes. Quería entrar en contacto con cada una de las repúblicas cuya causa había defendido en bloque; conocerlas directamente, observar de cerca su verdadera situación y completar mi visión general de la tierra americana, recorriéndola en toda su extensión, desde las Antillas y México, hasta el Cabo de Hornos.

Las distintas zonas están tan dolorosamente aisladas entre sí, las informaciones que tenemos sobre ellas son tan deficientes, que un argentino habla con más propiedad de Corea que de Guatemala, y un paraguayo sabe más de Alaska que de Cuba. Mi propósito era romper con la tradicional apatía; vivir, aunque fuera por breve tiempo, en cada uno de esos países, para poder rectificar o ratificar, según las observaciones hechas sobre el terreno, mi concepción de lo que era la patria grande.

A este fin primordial, se unía el deseo de tratar personalmente a los gobernantes, a los hombres de negocios, a los escritores, a los publicistas, a los dirigentes del Gobierno y de la opinión, a la juventud, en fin, cuya simpatía sentía latir a lo lejos, y de la cual me llegaban ecos reconfortantes.

La América a la cual yo había dedicado mi esfuerzo desde la primera juventud, cuyos intereses políticos había defendido en todo momento, cuya literatura joven había reunido en conjunto en un volumen, con cuyos altos espíritus estaba en correspondencia, cuyas palpitaciones todas, sin que yo hiciera diferencia entre una república y otra, llegaban en París hasta mi mesa de trabajo, era, sin embargo, todavía para mí, con excepción de la Argentina, donde había nacido, y de México, donde había tenido la revelación del común problema, una zona geográficamente desconocida; y a través de las nociones adquiridas por referencias de libro y comunicaciones de todo orden, adivinaba yo vagamente líneas y detalles nuevos, ramificaciones complementarias, golpes de vista generales, color y atmósfera, cuanto escapa al texto o a la fotografía y sólo es posible comprender o abarcar en la visión directa.

Lo que más me interesaba descubrir era el estado de espíritu de la enorme zona y su disposición para la vida independiente, procediendo a lo que podríamos llamar un sondaje del alma colectiva en los momentos difíciles que se anunciaban para el Nuevo Mundo.

El hispanoamericano que se lanzaba así a recorrer un Continente sin mandato de ningún Gobierno, sin apoyo de ninguna institución, luchando por un ideal, sin más armas que su patriotismo y su desinterés, tenía que ser, naturalmente, para algunos, viajero poco grato y testigo molesto.

Adivinaba las hostilidades acerbas y las rudas luchas que me aguardaban, así como presentía los entusiasmos a que debía dar lugar el gesto entre las nuevas generaciones. Fue deliberadamente, con pleno conocimiento de causa, que emprendí el viaje difícil. Sobre la base del conocimiento que esta primera gira me permitió adquirir, se han acumulado después las notas recogidas en el constante estudio de las cuestiones de América y las observaciones acumuladas en viajes posteriores. Es un panorama lo que aspiro a reflejar en este libro, en un momento en que mientras empiezan a perfilarse las líneas de la nueva política mundial, los latinoamericanos nos preguntamos: “¿Cuál será la ubicación de, nuestras repúblicas en los remolinos del futuro?”

Notas

1 Este calificativo se aplica en México exclusivamente al norteamericano, y no como en Argentina, a todos los extranjeros.

2 Números del 27 de octubre 1906, 8 de febrero 1907, etc.

3 Números del 13 de febrero, 5 de octubre 1911, etc.

4 “Les Latins du Nouveau Monde comprennent le danger comme le témoigne léloquent ouvrage de M. Manuel Ugarte: El porvenir de la América Latina. L’Europe se repentira peu-etre de ne pas avoir vu aussi clair.” Le Siecle, de París, 1 de marzo 1911.

5 EDITORIAL PROMETEO. Valencia.

6 Mundial, Febrero de 1912.

7 The Evening Mail. 17 de febrero de 1911.

8 New York Times, 5 de marzo de 1911.

9 Mi campaña hispanoamericana (discursos y alocuciones).EDITORIAL CERVANTES. Barcelona, 1922.

10 Esta conferencia fue organizada por el Comité France-Amerique y por el Groupement des Universités, y presidida por M. Paul Appel, decano entonces de la Facultad de Ciencias, quien dijo al terminar su discurso de presentación: “Este escritor es también un hombre de acción, de carácter independiente, que se mantiene al margen de la política directa de un país determinado y persigue un ideal más elevado, más vasto: el de realizar la unión en la independencia de las repúblicas latinas de América para el desarrollo de un porvenir común de civilización y de progreso.”

11 Toda la Prensa, desde Le Temps y Le Fígaro, hasta los órganos exclusivamente políticos, como L’Action, L’Aurore y la Petite République, publicó largas reseñas y propicios comentarios.

CAPÍTULO II

EL NAUFRAGIO DE LAS ANTILLAS

Una visión de la habana. Cuba y el canal de panamá. La enmienda Platt. Sistemas de presión. La opinión del presidente Gómez. Una hipótesis. Santiago de cuba. La isla de santo domingo. Ironías de la historia. El espejismo de las palabras.

Rumbo a La Habana, en las horas muertas de navegación, sobre el océano inmóvil, que parecía un trasunto de la política imperialista -¡inocente en la apariencia, y ayer se había tragado un trasatlántico!-, veía surgir yo, con la imaginación, todo el Continente, toda su historia, todo su incierto porvenir, desde que las carabelas de Colón lo descubrieron, hasta que se intensificó la expansión, pasando por la Colonia, los separatismos, y lo que fue en algunos puntos insegura y fugaz independencia.

Las palabras de Sáenz Peña, presidente en aquellos momentos de la República Argentina, volvían a mi recuerdo: “La raza latina atraviesa, sin duda, momentos de oscuridad y abatimiento, que contrastan con su pasada grandeza histórica; pero el eclipse es transitorio y la raza que ejerció la soberanía del mundo, difundiendo su aliento poderoso en la inmensidad de los mares y en las regiones desconocidas e ignoradas, ha de recuperar algún día el abolengo de sus energías, de sus iniciativas, de sus empresas y de sus glorias, moviendo los resortes de la voluntad, que son atributos de esa alma que Edmond Demolins quiere cambiar por otra, sin recordar que ella ha inspirado el heroísmo, la gloria y la grandeza: exploraciones, inventos, artes y ciencias que no son patrimonio del anglosajón y que forman el opulento inventario de la raza latina. La Liga latinoamericana es una concepción que se percibe fecunda y provechosa en los acontecimientos del futuro: ella fue acaso peligrosa para nuestras repúblicas amorfas, en los días dudosos en que fuera concebida por Bolívar; pero no lo será en el porvenir, como no lo sería hoy mismo, definida como está la soberanía de las naciones, sobre las bases de un respeto recíproco. Dentro de esos organismos, cabe políticamente la unidad de destinos y de pensamiento, como cabe la solidaridad de los principios que deben defender las naciones de este Continente, ya que un derecho de gentes especial aspira a presidir su evolución.”

Desembarqué muy de mañana. Las calles estrechas, atestadas de vehículos que iban desde el puerto hasta los barrios centrales, me dieron la sensación de un emporio de prosperidad. Comercio, actividad, vida, riqueza, saltaban a los ojos del recién llegado, imponiendo la realidad de una victoria. Pero era fácil advertir también, con sólo leer los letreros de los negocios, la influencia preponderante. En el Hotel de Inglaterra, organizado a la manera norteamericana, se confirmó la impresión. El viajante de comercio yanqui y el idioma extranjero lo acaparaban todo. El dólar era la moneda oficial. Hubo un momento en que me creí en Nueva York. El barbero, el lustrador de zapatos, el chófer, parecían transplantados directamente de Broadway. Eché los ojos sobre un periódico, casi únicamente dedicado al football, y leí: “Un batting realling de los azules en el noveno Yining… se ve el home run de Baker en el momento en que Mathewson empuja a Merkle para hacer un out…“. Todo esto con enormes títulos y grabados a tres columnas. En el hall, frente al ascensor, un grupo de cubanos discutían en inglés. Sin embargo, la ciudad de clásico corte colonial español, con sus casas de dos pisos, pintadas de colores vivos y sus ventanas con reja, estaba diciendo a voces que existía otra vida, que no asomaba aún en la actividad matinal, acaparada por los comerciantes y los viajeros apresurados, pero que palpitaba en el retiro de las casas cerradas, en el fondo de la nacionalidad engruñida en sus recuerdos o en sus esperanzas; otra vida que, por retardataria o por fiel, se mantenía ajena al vértigo que parecía invadirlo todo. Bajo el sol radioso, en la ciudad todavía fresca, me alejé hacia el mar por el paseo Martí, entre dos hileras de suntuosas viviendas particulares, claro exponente de la vida rumbosa de las grandes familias cubanas. A poco andar advertí en la acera una placa con una inscripción: “Este parque fue arreglado bajo la administración del general americano X” (aquí el nombre). Yo no conocía todavía la predisposición que tiene el colonizador a levantarse monumentos a sí mismo. Después descubrí, en el curso del viaje, las autoapologías de Panamá y el inverosímil grupo alegórico que en Puerto Cabello (“A los soldados norteamericanos que contribuyeron a la independencia del país”) usurpa un lugar que podrían reclamar los ingleses de Mac Gregor.

Un automóvil de alquiler me permitió recorrer el admirable paseo a lo largo del mar, las avenidas pintorescas del Vedado, las calles centrales llenas de tiendas lujosas, el barrio de los bancos, y al azar de la excursión, ilustrada por los comentarios del chófer, traté de hacerme una idea superficial del conjunto, observando, al pasar, notas salientes: el enorme edificio del Club de Empleados de Comercio, que reúne 32.000 socios; los florecientes Círculos de residentes españoles (asturianos, gallegos, catalanes, etc.)12; las casas de los grandes diarios montadas a la moderna; la Secretaría de Sanidad, instalada en el Manhattan House; el derroche de publicidad mural; la excelente pavimentación; un hospital que lleva todavía el nombre de “Real Hospital de San Lázaro, 1861”; la abundancia de librerías; el lujo invasor; la Universidad, instalada en las afueras de la ciudad, en un sitio pintoresco… Esto en cuanto se refiere a las cosas. En lo que respecta a las personas, con las cuales cambié rápidas palabras al pasar, encontré, en algunas, desaliento; en otras, enérgica decisión. Un comerciante francés me dijo: “Aquí todo ha terminado; antes llegaban cuatro barcos franceses al mes; ahora apenas llega uno; los norteamericanos no permiten competencia y acabarán por ser los únicos dueños.” En cambio, un intelectual joven, me declaró: “Este pueblo ha derramado tanta sangre para ser independiente, que no cabe permitir ni la sospecha de que se resigne a no serlo alguna vez; trate de llegar usted hasta el fondo del alma cubana.”

Al regresar al hotel, a las diez de la mañana, cuando la ciudad empezaba a tomar su verdadera fisonomía multiforme, comprendí que había grandes fuerzas en lucha y que el problema de Cuba era tan completo que escapaba a la primera visión del turista. Nada es más fácil que formular afirmaciones decisivas, cuando el que escribe sólo tiende a sorprender o a interesar al lector; pero cuando no se trata de escribir un libro de vanidad o de imaginación, sino una obra sincera y patriótica, ajena a toda intención especulativa, el asunto resulta menos manejable. No habrá consideración de prudencia o de popularidad que me impida decir, en el curso de estas páginas, toda la verdad, por dolorosa que resulte para el orgullo local de la región o para el ideal hispanoamericano del que va trazando estas líneas; pero he de cuidarme también de dejarme ofuscar por apariencias, de rendir tributo a prejuicios o de ver las cosas exclusivamente desde el punto de vista de una tesis, forzando los hechos, como hacen algunos, para que concurran a una demostración determinada.

En el caso que examinamos, asoma este peligro más que en ningún otro. Se ha hablado tanto de la subordinación de la isla, de la anulación de la nacionalidad y hasta de la traición de Cuba con relación al conjunto, al cual étnicamente y moralmente pertenece, que el que llega siente pesar sobre su espíritu las lecturas, los comentarios, la atmósfera creada exteriormente sobre una situación internacional que, por ser única en la historia, merece más atento estudio y examen más prolijo.

El “destino manifiesto” de los pueblos resulta a menudo una excusa para favorecer abandonos; pero es innegable que determinadas circunstancias históricas o geográficas ejercen presiones poderosas que pueden llevar a un conjunto a encrucijadas de las cuales es difícil salir.

Cuba es el eje entre el Canal de Panamá y la Florida. “Por el canal de Panamá -dice el escritor cubano Carrera y Justiz en su libro Orientaciones necesarias-, ya desde 1826, Henry Clay, el famoso secretario de Estado americano, sugirió la neutralización de Cuba, impidiendo que Bolívar, con un ejército, invadiera esta isla; por el Canal, principalmente, se hizo una más amplia afirmación de la doctrina de Monroe, que influye hoy la política del mundo y rige los destinos de América; por el Canal fue mutilada Colombia, perdiendo su soberbio porvenir de grandeza política; por el Canal apareció de improviso un nuevo Estado, Panamá, la bella Andorra americana; por el Canal, más que por otras causas, vino la guerra de los Estados Unidos contra España, para que una nación europea no influyese en esa comunicación interoceánica; por el Canal tuvimos en Cuba la Enmienda Platt y el tratado permanente con los Estados Unidos y las estaciones navales extranjeras en nuestro territorio, tal como tiene por las mismas causas, análogamente, esa enmienda o ese tratado y esas estaciones navales, la República del Panamá.

Si todo eso provino de la sola perspectiva del Canal, si es ése el tremendo prólogo de un acontecimiento, tan grave en la historia política y social del mundo, medítese una vez que esté abierta al servicio del Universo la ansiada comunicación de los dos Océanos, cuáles serán sus inmensas consecuencias, remotas o inmediatas, y cuanto ellas habrán de afectar a Cuba, ya por su excepcional posición geográfica frente al istmo que se abre, ya por quedar nuestra isla más o menos interpuesta entre Nueva York, la gran metrópoli americana, y Panamá, eje futuro de un movimiento universal.”

El publicista nicaragüense don Alejandro Bermúdez, añade en un estudio sobre Cuba y Panamá: “Es mucho lo que Cuba dio para el Canal de Panamá y mucho también lo que seguirá dando”, y cita luego una nota dirigida en el año 1854 por el secretario de Estado norteamericano Mr. William L. Mercy al ministro James Buchanan, en la cual se habla de Cuba como de una zona sometida a la rotación de los Estados Unidos por razón de su situación geográfica 13.

Claro está que este criterio sobre la sujeción estratégica y el fatalismo de las vecindades llevaría de etapa en etapa a la conquista de un mundo. Cada nueva posición adquirida concede derechos sobre otras, o abre zonas de irradiación constantemente ampliadas, y no hay lógica para detenerse en la peregrinación. Pero en cuestiones internacionales, ya sabemos que, desgraciadamente, el derecho no es, en resolución, más que una palabra que sirve para designar el poder económico militar de un conjunto expansionista. Es el “derecho del comercio”, es el “derecho del orden”, es el “derecho de la sanidad”, es el “derecho de la civilización”, según se invoquen para la conquista o el protectorado pretextos económicos, pacificadores, profilácticos o culturales. Tratándose de pueblos débiles, el derecho de defender la propia tierra sólo es “barbarie”, y es “justo” que desaparezcan las patrias, las banderas, las tradiciones, los idiomas que entorpecen la expansión de los núcleos victoriosos, aunque éstos sean étnicamente inferiores. La marcha del mundo se ha regulado así desde los orígenes, y cuantos no lo entienden de esta suerte, han sido “insurrectos” o “rebeldes” al defender su propio territorio. El matonismo internacional se ha legalizado por medio de una jurisprudencia inverosímil, que llega a bautizar las peores injusticias con el nombre de derecho superior. Claro está que también coopera en ello la impericia política de los pueblos sacrificados. ¿Cómo explicar de otra suerte que la Florida, vendida por España, haya dado derecho pues para desalojar a esta nación de Cuba?

España ha demostrado siempre en su política colonial -pese a los detractores- una inalterable grandeza, un idealismo fuerte, un heroísmo de leyenda; pero desde el punto de vista administrativo y comercial, ha multiplicado los desaciertos, no sólo cuando fue en los siglos XVII y XVIII rigorista y estrecha, sino también y sobre todo cuando, reaccionando sin tino contra los errores pasados, quiso ser abierta y tolerante, como durante los últimos años de su dominación en Cuba. Permitir el auge de los intereses comerciales norteamericanos en las costas antillanas, equivalía a declinar su soberanía, dejando que se produjera la situación a que se refiere el doctor Evelio Rodríguez Lendián, al estudiar los efectos del bill Mac Kinley: “Nos dimos cuenta de que nosotros no dependíamos económicamente de España, sino de los Estados Unidos; que nuestra metrópoli mercantil lo era de hecho el poderoso vecino, y que bastaba una sola palabra suya, una simple modificación del Arancel, para que la prosperidad y el bienestar de que Cuba disfrutaba, desaparecieran del todo, sumiendo al país en la ruina y la miseria; que, en fin, nuestro porvenir dependía por completo de la voluntad de los Estados Unidos.”

El separatismo cubano y la resistencia española fueron así dos ímpetus nobles condenados a la esterilidad por las circunstancias, dos exteriorizaciones de nuestro eterno carácter soñador, porque ambos se basaban en generalidades y en ideologías políticas, dejando de lado los ejes del problema, que eran la posición geográfica y la soberanía económica sobre la isla. Aunque España hubiera conseguido sofocar de una manera durable la revolución, sólo conservaría hoy una dominación nominal sobre un territorio y una sucursal para colocar el excedente de sus funcionarios. Aunque los cubanos hubieran conseguido la verdadera independencia, sin enmienda Platt, sólo hubieran alcanzado a aplazar la cristalización en tratado o en disposición constitucional de una sujeción que existía de hecho. La imprevisión de los unos y los otros, hermanos en la raza y en el error, determinó la situación actual, que acaso pudo ser impedida en su tiempo mediante la concesión, por una parte, de la amplia autonomía que reclamaban los elementos moderados de Cuba, y la adopción, por otra, de medidas especiales que asegurasen la posesión económica de la isla por los naturales, es decir, la verdadera libertad. Los Estados Unidos son nuestro mejor cliente, decían por entonces los que se dejaban fascinar por la ganancia del momento. Pero, en realidad, ¿consumían los Estados Unidos cuanto importaban de Cuba? Hay razones para creer que tuvieron la suprema habilidad de substituirse a la metrópoli y a los mismos isleños en la gerencia de la riqueza regional, y en la mayor parte de los casos sólo fueron intermediarios de la exportación y acaparadores, que regularon la valorización del producto, quedándose con el más claro beneficio.

Las circunstancias en que se produjo la revolución cubana no amenguan ciertamente el noble propósito de los generosos patriotas que, como José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo, Bartolomé Maso, los hermanos Sanguily o Antonio Zambrana creyeron en la buena fe de los Estados Unidos. Las resoluciones adoptadas por el Congreso de esta nación al lanzarse a la guerra contra España, proclamaban el desinterés y se defendían “enfáticamente” (como dicen en Nueva York) de “la menor intención de ejercer soberanía, jurisdicción o contralor sobre Cuba”, insistiendo siempre en que “el pueblo cubano era, y de derecho debía ser, libre e independiente”. Pero los actos de toda buena diplomacia han sido siempre la negación de sus palabras. Y el ímpetu romántico de la revolución cubana que conmovió a las juventudes del Continente y nos empujó a los que éramos niños todavía a manifestar en las calles, en los tiempos heroicos en que Estrada Palma y Gonzalo de Quesada peregrinaban proscriptos, inflamando los corazones con su prédica; el sacrificio triunfal de los guerrilleros que regaban con sangre la manigua, combatiendo contra sus hermanos de raza en aras de un imposible ideal nacional; la epopeya intensa del indómito pueblo que se arremolinaba en torno de una esperanza, rompiendo con sus propios padres, en la fascinación y el deslumbramiento de una gran quijotada internacional; todo lo que se había elevado en la atmósfera, iluminando horizontes y derroteros, cayó lamentablemente en el mar, como los papeles quemados y las cañas rotas de gigantescos fuegos artificiales que hubieran entretenido durante algunos años la infantil credulidad de una raza. En medio de una España debilitada, donde los políticos que no habían sabido prever el desastre prolongaban sus eternas querellas de primacía, en medio de una frágil nación cubana devorada por la ambición de las facciones y los caudillos, en medio de un Continente atónito, sólo quedaron férreos, terminantes, categóricos, los artículos 3°, 4°, 6º y 7º de la llamada Enmienda Platt:

“El Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercer el derecho de intervenir para la preservación de la independencia de Cuba y el sostenimiento de un Gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual y al cumplimiento de las obligaciones con respecto a Cuba, impuestas a los Estados Unidos por el tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba.”

“Todos los actos realizados por los Estados Unidos en Cuba durante su ocupación militar, serán ratificados y tenidos por válidos, y todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de aquéllos, serán mantenidos y protegidos.”

“La isla de los Pinos queda omitida de los límites de Cuba propuestos por la Constitución, dejándose para un futuro tratado la fijación de su pertenencia.”

“Para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados, que se convendrán con el presidente de los Estados Unidos.”

Lo que da la medida del portentoso engaño en que viven algunos políticos de la mayor parte de las repúblicas hispanoamericanas, engaño mantenido hábilmente por las agencias noticiosas del Norte, es la frecuencia con que revolotea en la atmósfera, como un pájaro oscuro, la afirmación de que “los Estados Unidos dieron la libertad a Cuba y luego se retiraron”. Ignoran que nuevos métodos de captación económica y de superdirección política hacen, en las épocas modernas, casi inútil la ocupación permanente de las naciones pequeñas, y que para los países conquistadores es hasta una comodidad renunciar al mando directo, siempre que una serie de sutiles disposiciones o de propicias circunstancias les reserve el papel superior de dictadores económicos, árbitros en las querellas internas y supremos protectores en la vida internacional.

La situación de Cuba fue definida por Mr. Sydney Brooke en el Harper’s Weekly, en un artículo que, traducido y reproducido inextenso, sin protesta alguna, por La Discusión, de La Habana, tiene en cierto modo un visto bueno de veracidad reconocida por los cubanos mismos.

Cuando la república de Cuba hizo su aparición en el escenario internacional -dice el articulista-, “vióse en seguida que no era libre ni independiente. Encontrábase tan cercada de condiciones y restricciones, que casi más parecía una esclava que un estado autónomo.”

Basta recordar el caso de la compra de armas que hizo Cuba a Alemania antes de la guerra, y que una simple representación del Gobierno de los Estados Unidos dejó sin efecto; o el conocido asunto de la Compañía norteamericana concesionaria de la pavimentación y alcantarillado de La Habana, en favor de la cual intervino el Gobierno de los Estados Unidos, obligando al de Cuba a aceptar, sin objeción alguna y manteniendo todos sus compromisos, cuantas modificaciones quiso la Compañía introducir en el contrato ya firmado, modificaciones que, según un político cubano, “llevaban aparejados un perjuicio y una menor garantía para la eficiencia de dichas obras”.

El cubano se encontró después del separatismo en una situación especial. Fresca aún la sangre y vivos todavía los rencores contra su madre patria, de la cual acababa de separarse, conservaba, sin embargo, distintivas imborrables que la alejaban fundamentalmente del nuevo dominador. Había caído bajo otra soberanía, pasando por la trampa de la independencia, y después de haberse emancipado de España, se daba cuenta de que la llevaba dentro de su propio ser. Entre el pasado y el presente se ahogaba el soplo de vida de una nacionalidad nueva que no había tenido tiempo de robustecerse, que no sabía donde apoyarse, quimera náufraga entre el egoísmo de los hombres. La sombra de España perduraba todavía en todas partes. La sombra de los Estados Unidos se reflejaba ya en todas las cosas. ¿Dónde estaba Cuba?.14

Es la perplejidad que un diputado cubano tradujo en un artículo, con gracejo que esconde apenas la melancolía:

“—El criado me entregó una tarjeta postal.

“—¿De los Estados Unidos? —dije.

“—No, señor; de la ciudad…

“—¡Ah!, s i … En efecto, la dirección decía: “Ciudad” (traducción de City), a pesar de llevar la cartulina un sello en el que se leía: Postal Card, Two cents, y de ostentar estos letreros: United States of America. Write only the address on this side. Ya iba a indignarme cuando pensé que no teníamos motivo de queja, pues algo habíamos ganado, ya que hasta hace poco teníamos otras tarjetas que, además del retrato (de quién, de Martí, de Céspedes, de Maceo? ¡No!) de Jefferson, traían matasellos con lindezas como Havana, Carriers Dep’t.

“La carta exigía inmediata contestación. Me vestí rápidamente; escribí una esquela; le puse un sello que tenía tres palmitas o un vapor, no sé bien, aunque sí recuerdo que no era el escudo de la república, y corrí a un buzón cercano. Pero frente al aparato oficial me detuve indeciso, porque se destacaban en él estos letreros: Pull Down Letters. U. S. Mail, y yo sospeché que pudiera pertenecer a alguna de las nuevas Sociedades americanas, quizá a una Pull Down Cº Limited.

“Íbamos por la línea elevada, y como yo hiciera notar a mi compañero que había un escudo de España en la Cámara; otro en la Aduana; otro grande, de mármol, en la Hacienda, y que cada puerta de los muelles luce los castillos y leones o el escudo de La Habana con una corona real, me dijo, a punto que bajábamos del carro:

“—Mire usted: esta calle se llama “del General Enna”, en honor del que peleó contra Narciso López. Sale frente al palacio de la Presidencia, que a su vez ostenta en la entrada de honor el escudo de España, en mármol, sin que haya, aunque sea debajo, sombra de armas de Cuba.

“Yo le interrumpí, rogándole que me acompañara al correo, para continuar luego la conversación. Me dirigí a una mesa. En la pared había un gran almanaque en el que se leía: Tuesday 17 th May; y debajo se ha traducido mal en un cartón provisional que dice Buzón el letrero grabado en cobre que dice Packages. Sobre tres ventanillos hay la palabra Registry y en una sola Certificados. En otras, Money orders, Stamps, general Delivery, etc., y cada uno de los novecientos apartados tiene como adorno un águila americana de bronce. ¡Novecientas águilas!”

Conociendo estos antecedentes y otros muchos que no traigo a colación para no multiplicar las citas, y observando de cerca los equilibrios y el engranaje de la vida actual de la isla, lo que sorprende precisamente, digámoslo de una vez, es la vigorosa corriente de cubanismo que aumenta y se ensancha, pasando por encima de las realidades, como si una fuerza moral tan poderosa como invulnerable diera jaque en la lucha a las mismas fuerzas materiales.

Conquistado el país económicamente, inmovilizado internacionalmente, el espíritu de Martí se debate, sin embargo, y se insurrecciona en los entusiasmos del pueblo, en los idealismos de la juventud, en la palpitación general que, ajena a toda ambición o venalidad, traduce el instinto colectivo en su savia sincera. Si entre los terratenientes, los comerciantes o los políticos no faltan quienes pacten con el invasor y favorezcan más o menos oblicuamente la infiltración, alegando indistintamente, puesto que sólo se trata de invocar pretextos, la inexistencia del peligro o la imposibilidad de conjurarlo; si la necesidad de mantenerse a flote y prosperar en un ambiente saturado de anglosajonismo interventor obliga a algunos a esconder sus ideas y a ponerse al servicio de lo que triunfa; si el esnobismo ofusca a otros hasta el punto de hacerles considerar como un encumbramiento la pérdida de su nacionalidad, la masa honrada y recia de la población urbana o rural se mantiene desconfiada y hostil ante el extranjero expeditivo que interrumpe el ritmo de sus costumbres, anula su historia naciente y acapara la riqueza nacional.

Bastaría un llamamiento autorizado o un grito oportuno para que se llenara como antes la manigua de guerrilleros dispuestos a hacerse matar de nuevo por la imposible independencia. (Pero ¿quién les proporcionaría ahora las armas?) la misma estatua de Maceo, colocada frente al mar como un desafío al prejuicio contra la gente de color, es un símbolo del estado de los espíritus. Desvanecidas las ilusiones que pudo hacer concebir una primera intervención aparentemente generosa, queda el profundo malestar causado por las rozaduras de amor propio. Unido este sentimiento de hostilidad a la constante sujeción que todos se ven obligados a ejercer sobre sí mismos para evitar pretextos de intervención, subordinando a esa idea los movimientos de la vida, se ha creado en las clases populares y entre el elemento juvenil una atmósfera de descontento que se fortifica ante situaciones como la de la isla de los Pinos, donde la tierra ha pasado casi en totalidad a manos de propietarios norteamericanos, y donde Cuba ejerce una jurisdicción ilusoria, sujeta todavía a la “futura fijación de pertenencia” prevista por la Enmienda Platt. Pero aquí nos encontramos en presencia de una de las contradicciones más curiosas. Aunque sea el sentimiento popular desfavorable a los Estados Unidos, nunca será posible en Cuba un levantamiento, no ya contra la influencia extraña, ni siquiera contra los gobiernos locales auspiciados por ella. Más que con ideales, la guerra se hace con armas, comunicaciones y dinero. ¿A quién vendería Cuba su producción? ¿Quién le proporcionaría pertrechos? ¿Con ayuda de qué cables, de qué hilos telegráficos, de qué antenas se comunicaría con el mundo? La gravitación norteamericana es una fatalidad que sólo podría ser sacudida el día remoto en que, a consecuencia de una nueva conflagración y en medio de un desastre universal, fueran vencidos los Estados Unidos. Pero, en el desmoronamiento, ¿no perecería Cuba también?

Los métodos de captación son los de todos los imperialismos. Presión sobre los hombres públicos, cuyas ambiciones políticas se favorecen o no, según la dosificación de sus simpatías hacia el pueblo dominador; presión sobre los hombres de dinero, haciéndolos prisioneros de intereses extraños a los de su patria y a veces nocivos para ella; presión sobre las altas clases sociales, a las cuales se fascina con elegancias de Nueva York, inclinándolas a desatender la vida del propio terruño; presión, en fin, sobre las colectividades extranjeras, especialmente la española, que por su arraigo y número puede constituir un núcleo de resistencia, halagando sus intereses económicos y entrelazándolos con los del invasor. Todos los movimientos, todos los actos, todos los instantes de la existencia colectiva están así influenciados en ciertos círculos, porque cultivando la admiración en unos, la avidez en otros, el desaliento en los de más allá, y obstaculizando el paso a todo lo que no lleve partículas del alma o del interés norteamericano, la misma bandera de Cuba, al flotar en la atmósfera azul, acaba por proyectar sobre las piedras la sombra de una águila yanqui.

Las desavenencias de un escritor con un propietario de periódico, pusieron de manifiesto hasta dónde puede llegar esta corriente. A raíz de un viaje a los Estados Unidos, el dueño de El Diario Español escribía al director del mismo, don Adelardo Novo: ‘”… ya usted vio el resultado de las elecciones en este país, era sabido, y como veo en el aire que al fin se tragarán a la pobre Cuba, creo se debe ir cambiando periódicamente el sistema establecido de atacar a los norteamericanos… “A lo cual contestó violentamente el director del periódico: “Insiste usted en su carta sobre el cambio que debe dar El Diario Español, abriéndose solícito a la expansión. Eso no puede ser. Por los cables ya estaba enterado del resultado de las elecciones en los Estados Unidos, y no he visto en él razón alguna que aconseje variar la doctrina del periódico. Para un periódico español, sería papel poco noble el de asociarse a los planes de nuestros enemigos, y enemigos de Cuba y de todo lo que huele a latino. Claudicar ante ellos, sería contribuir a que arraigara en Norteamérica la creencia de que somos poco menos que despreciables los latinos. Para El Diario Español no puede haber más programa que la defensa de los intereses de la raza en América, ofreciendo constante barrera a los planes expansionistas de esos terrenos instigadores de las revoluciones centroamericanas, fomentadas con el premeditado fin de enturbiar el río para pescar mejor. Mientras haya en Cuba un cubano que, por amor a las tradiciones de su raza, pretenda conservar su independencia patria, conquistada a fuerza de tanta sangre, vertida en lucha fratricida, El Diario Español debe estar a su lado o desaparecer.”

En este ambiente de lucha tuve que dar mi conferencia sobre el problema americano, en realidad sobre el caso de Cuba.

Al acto, que tuvo lugar en la Universidad, bajo la presidencia del rector, doctor Berriel, haciendo la presentación de estilo el decano de la Facultad de Derecho, don Evelio Rodríguez Lendián, asistió, según un diario, ”cuanto tiene La Habana de intelectualmente selecto”, y nadie protestó contra la tesis sostenida. La prensa tuvo palabras favorables, especialmente el diario oficioso El Triunfo, que dijo: “Esas mismas aspiraciones que hacen grande a Ugarte, fueron uno de los sueños de nuestro nunca bien llorado mártir José Martí, y han de ser el lábaro que una generación sana y vigorosa tremole para ir con él a la victoria, haciendo de esas utopías una religión.”

De la situación de Cuba, no era Cuba la única responsable. Alguna responsabilidad tenía también la América latina. Tal fue por lo menos mi impresión cuando visité al que era entonces presidente de la república. El retrato del general Gómez cabe en cuatro líneas. Un soldado recio, franco, de ojos vivaces, con más aspecto de caudillo que de hombre de estado, escucha mucho y habla poco, sugiere más de lo que dice; se expresa con elocuencia sobria, pero a veces más que con las palabras marca lo que quiere con un gesto; dura energía, incipiente diplomacia y un poco de la sutil malicia del guerrillero completan las grandes líneas de esta personalidad bien marcada, de rasgos propios, fundamentalmente cubana. Después de la breve presentación que hizo el ministro de la Argentina, don Baldomero Fonseca (yo no había sido todavía puesto en interdit por el gobierno de mi país), el presidente me dijo bruscamente, como si continuara un diálogo:

-Ustedes nos reprochan que no hemos defendido bien el legado de la civilización hispana; pero ¿qué han hecho ustedes para alentarnos, para apoyarnos, para indicarnos que no estábamos solos?

El reproche llegaba hasta el fondo del alma sudamericana. Nosotros no hemos roto la cadena- parecía gritarnos Cuba por boca de su representante—; los que la han roto han sido ustedes, al dejar que la cadena fuera cortada. En análogo sentido oí hablar después al presidente de la Cámara de diputados, don Orestes Ferrara, quien me ofreció una comida, a la cual asistieron, entre otros, don Carlos Fonts Sterling, don Carlos Armenteros, don Fernando Ortiz, don Ezequiel García, don Mario García Kohly, don José A. González Lanuza, don Ricardo Dolz, don Jesús Castellanos y don Manuel María Coronado, director de La Discusión.

Al ministro de Relaciones Exteriores, que lo era entonces el viejo patriota don Manuel Sanguily, le traté por primera vez en un almuerzo ofrecido por don Modesto Morales Díaz, director de El Triunfo. Estaba también allí don Ramón A. Catalá, presidente de la Asociación de la Prensa y director de El Fígaro. Era el canciller un hombre nervioso y locuaz que improvisaba las preguntas y las respuestas, haciendo el diálogo consigo mismo, y no deslizó una sola palabra sobre el conflicto de razas que divide al Nuevo Mundo, aunque en sus ojos, cuando se hablaba del asunto, surgía corno el resplandor de un machete en la manigua.

Entre los intelectuales a quienes conocí, citaré, al azar de los recuerdos, con las omisiones inevitables dado el tiempo transcurrido, a don Sergio Cuevas Zequeira, don Wilfredo Fernández, director de El Comercio; don Elíseo Giberga, al caricaturista Massaguer, a los hermanos Carbonell, a don Juan M. Dihigo, secretario de la Universidad; a Marco Antonio Dolz, Enrique Fernández Miyares, Federico Urbach, Carlos de Velasco, Lola Rodríguez de Tió y Enrique Fontanills.

Puedo afirmar que no hallé una voz que propiciara la abdicación o el abandono de los ideales de la independencia. Si el símil no resultara atrevido, diría que las almas se ponían de puntillas y se empinaban para recibir la luz de la independencia, que todavía entraba por las rejas de la libertad cubana.

Es muy fácil condenar desde lejos las actitudes y trazar austeras normas de conducta desde la cómoda situación del espectador, libre de las adherencias del medio; pero otra cosa es vivir en el país, otra es estar sujeto a las atracciones, los compromisos y las influencias que supone la permanencia definitiva en un lugar. Si los tripulantes de un barco quisieran ser ajenos a su marcha y a sus derroteros; si los habitantes del planeta buscáramos evadirnos de su ruta para peregrinar en otras órbitas, sería, acaso, cosa más hacedera que aislarse, inmunizarse y mantenerse extraño a las corrientes que arrebatan, a veces, en los siglos la suerte de una nacionalidad.

Las fuerzas económicas, morales, directivas de Cuba, violentadas por las prolongaciones de hechos que parecieron anodinos en su origen, prisioneras de las consecuencias de errores sobre los cuales no es posible volver, están sujetas, por la fatalidad de las realidades y la gravitación de los intereses, a actitudes y movimientos que con mayor o menor intensidad se reflejan sobre el conjunto de la nación. Pero lo que es exacto, tratándose de un país pequeño y aislado, no lo sería, pensaba yo, en el caso de que ese país se hallara vinculado estrechamente con otros del mismo origen y con el apoyo moral de un continente tratara de recuperar la volición de sus movimientos, buscando nuevos mercados para su producción, creando intereses encontrados, multiplicando peligros que se anularan entre sí.

Los hombres públicos que tienen la responsabilidad de los destinos colectivos, si posponen las ambiciones directas al bien supremo de la colectividad en el porvenir, tienen que considerar las diversas hipótesis y colocarse por el pensamiento en todas las situaciones posibles, previendo las contingencias que en el recorrido de cada una de ellas se pueden presentar. De aquí que muchas veces, dentro de la misma nación, coexistan personalidades igualmente autorizadas y sinceras que defienden soluciones antagónicas, inspiradas en una misma preocupación del bien común. Por eso cabe preguntarse, lanzando la imaginación a derecha e izquierda, en grandes raids exploradores de lo no realizado, qué pasaría si después de haber concertado directamente con las repúblicas hermanas del Sur, hiciera un día Cuba un empréstito en Francia, comprara locomotoras en Alemania, contratara oficiales japoneses para la organización de su ejército, y si ante la inevitable protesta del ministro norteamericano, en vez de inclinarse como de costumbre, contestara que, como un homenaje a la buena fe de los Estados Unidos, Cuba quería demostrar al mundo que se habían cumplido las promesas de hace veinte años, que era dueña de su albedrío, y que esto, lejos de debilitar los lazos que la unen a la república anglosajona, los estrechaba más. La hipótesis de los bombardeos y los desembarcos está sujeta a discusión.

Por todopoderosa que sea una nación, no se atreve a afrontar la reprobación universal cometiendo exabrupto una injusticia estruendosa, sobre todo si la América latina, en su conjunto, hacía sentir su solidaridad moral. No cabe duda de que la acción empezaría por ser indirecta. ¿Cerrarían los Estados Unidos sus aduanas a los productos cubanos? Como algunos de ellos son indispensables para la vida norteamericana, la represalia comercial tomaría probablemente una forma mixta, hiriendo sólo en lo que no tuviera rebote ofensivo y dejando hacer en lo demás. ¿Fomentaría con ayuda de algunos ambiciosos una revolución? Es ésta una pregunta a la cual sólo puede contestar el patriotismo cubano. Tengo para mí que la popularidad de un gobierno capaz de estas actitudes sería tal, que ninguna palabra divergente encontraría eco contra él. ¿Intrigaría para crear conflictos con Europa? Recurrir a este expediente sería olvidar que la emancipación económica de Cuba beneficiaría indirectamente a Europa, para la cual se abrirían de nuevo mercados que hoy le están prohibidos. El imperialismo vacilaría fatalmente, hasta inventar el conflicto confesable que, previa preparación de la opinión pública, le permitiera hacer sentir su formidable acción; pero no cabe duda de que esa acción acabaría por desbaratar todos los programas. Por otra parte, ni en Cuba, ni en América, ni en el mundo, hay nadie capaz de intentarlo a la hora actual. Se pudo hacer, quizá, pero por no haberse hecho a tiempo, no se podrá hacer acaso nunca. Y ésta es la palabra amarga que encontramos a cada instante cuando analizamos nuestra situación.

La juventud de La Habana, a raíz de mi viaje, convocó asambleas y mítines 15 y fundó centros latinoamericanos de defensa bajo la dirección de Roger de Lauria, Sergio la Villa, Guerra Núñez, Martínez Alonso y tantos otros espíritus entusiastas de la nueva generación. El medio, las circunstancias, los desalientos, interrumpieron el ímpetu inicial; pero la animosa tentativa queda como un antecedente.

Al internarme en la isla, al entrar en contacto con aquella naturaleza portentosa, se acentuó la impresión. Los campos, de un verde inaudito, de donde surgen erguidas las palmeras, se extienden en ondulaciones rápidas bajo el cielo en delirio, acribillado de nubes blancas. En la atmósfera cálida e inmóvil, sobre la hierba y sobre el lodo de los caminos desiguales, labrados por las huellas profundas de las carretas que avanzan lentamente al paso rítmico de los bueyes, revolotean enjambres de mariposas que dan al paisaje agreste no sé qué extrañas reminiscencias de égloga. Se comprende lo que debió ser la lucha armada en esas tierras desiguales, de vegetación pletórica, donde los hombres y los ejércitos desaparecen diabólicamente, en una orgía de emboscadas y sorpresas. De tiempo en tiempo surge entre los árboles el sombrero de paja de un guajiro. Se sabe va a caballo por el movimiento cadencioso que parece mecerlo entre las frondas, como si un oleaje invisible lo levantara y lo hundiera, o como si la tierra palpitante del trópico lo arrebatara en su respiración de bochorno y de fatiga. El telégrafo y el mismo ferrocarril en que vamos parecen profanaciones en medio de la naturaleza indomable. Grandes pájaros solemnes surcan el espacio quieto, y como las nubes flotan a ras de las colinas, parecen a veces surgir bruscamente del cielo para caer sobre los árboles. Los maizales, los cotoreros, las plantaciones de café, los platanales, se suceden en un vértigo de riquezas. Y las pequeñas habitaciones de madera, con corredor al frente, ante las cuales dormitan los caballos atados a un poste por el cabestro; los bueyes, melancólicos y errantes, que se detienen absortos para ver pasar el ferrocarril; los horizontes desiertos bajo la hoguera enloquecida del crepúsculo, dan una sensación romántica de libertad, de equilibrio, de serenidad silvestre, que hace recordar con desdén la vida reglamentada de Europa; la felicidad no está en Londres, o en París; la felicidad no está en La Habana misma, donde el confort y las fórmulas van barriendo los últimos vestigios de la blanda vida ancestral; la verdadera dicha ingenua está acaso en estos campos fértiles y olorosos donde vibra de tiempo en tiempo una canción plañidera, donde las mujeres vestidas de blanco parecen esperar a que se corporice su ilusión en las puertas de las casas, y donde la naturaleza conserva su misterio, su rusticidad, su fuerte savia reconfortante.

Algunas pequeñas estaciones llevan nombres de terratenientes extranjeros, y en ciertos lugares las chapas han sido arrancadas violentamente por humildes patriotas anónimos. Al llegar a Camagüey, en el patriarcal hotel bordeado de tinajas y plantas tropicales, donde me ofrecen frutas nuevas: guanábana, chirimoya, mamés, piña, y desde donde veo pasar por la calle, jugando con el abanico, seguidas por una dueña, airosas siluetas de mujer envueltas en telas claras, me siento realmente en el corazón de Cuba. “Los cruzamientos de sangre, lejos de disminuir el valor de los pueblos, no hacen más que aumentarlo” -dice Jean Finot en su estudio sobre el prejuicio de las razas-. Y acaso ése sea el resultado de la mezcla indohispanoafricana que se advierte al internarse en las calles animadas y turbulentas, llenas de grupos vocingleros, donde se discuten la naturaleza, vemos que una de las formas de defensa de los seres pequeños es hacerse “no comestibles”. Lo que es refractario o inasimilable para el sacrificador, tiene ya por ella sólo una garantía de perdurar.

Todo es, naturalmente, relativo. Los métodos se han perfeccionado a lo largo de los siglos. El imperialismo se anexaba en las primeras épocas a los habitantes en forma de esclavos. Después se anexó la tierra sin los habitantes. Ahora se aclimata el procedimiento de anexar la riqueza sola, sin la tierra y sin los habitantes, reduciendo al mínimo el desgaste de la fuerza dominadora. Una nación que tiene en sus manos el contralor de la riqueza y el comercio de otro país, es, en realidad, dueña de él y de los que en él viven, no sólo en lo que al orden económico se refiere, sino hasta en los asuntos de política interior y exterior, dado que el andamiaje de una patria en la vida moderna reposa sobre las finanzas y son éstas las que regulan sus diversos movimientos.

En Guantánamo, la Caimanera, y, sobre todo, en la posesión norteamericana, con su instalación de telegrafía sin hilos, sus carboneras, sus depósitos y sus acorazados anclados en la bahía, se siente la presencia de una nueva Roma que hace silenciosamente la guardia alrededor de su Mediterráneo. A Santiago de Cuba llegué por el Cuba Railroad Company una tarde en que se verificaba una manifestación de gente de color en honor del diputado don Evaristo Estenoz. De la estación bajó hacia el centro de la ciudad una muchedumbre a pie y a caballo que rodeaba el carruaje descubierto del caudillo. Hombres sudorosos, mujeres con niños en brazos y una nube de negrillos, afónicos, clamoreaban alrededor del jefe. Era la rebelión de la esclavitud, abolida en los Códigos, pero mantenida en los hechos por prejuicios que perduran.

Santiago de Cuba es una hermosa ciudad próspera y alegre, con el aspecto característico de las poblaciones del trópico. Luz, flores, hermosas mujeres, gesticulación abundante, ventanas con reja, y junto al idealismo de las costumbres, el comercio, el intercambio, la vida de hoy. Me pareció advertir mayor fiereza en el nacionalismo de esta ciudad. Las capitales de provincia, resguardadas del cosmopolitismo que se reconcentra en las capitales, conservan casi siempre con mayor vigor sus distintivas. La Habana está en contacto diario con el mundo. De aquí la aparente superficialidad que advertimos en algunos centros. Santiago de Cuba se ha engrandecido cultivando casi exclusivamente las características de su vida colonial, y así se explica su fuerte cubanismo.

Esta tendencia la hallé principalmente en el almuerzo popular que me ofreció la Asociación de la Prensa, en el teatro de Vista Alegre. Los discursos del presidente de esa institución, señor Espinosa; de don Joaquín Navarro (Ducazcal) y de los señores Valencia, Aristigueta y Clarens, tradujeron una palpitación tan honda, tan nacional, que nos sentimos envueltos en la bandera del país y compenetrados con sus destinos.

La maniobra ensayada por los que deseaban desvirtuar la significación de la campaña emprendida, fracasó en Santiago, como había fracasado antes en La Habana. Hacerme pasar por enemigo de la independencia de Cuba y partidario de una imposible vuelta al colonialismo español en un país que acababa de salir de la guerra separatista y donde perduraban los naturales apasionamientos de la lucha, pareció a algunos la manera más hábil de sofocar la voz que se levantaba.

Pero el buen sentido se interpuso. Lo que yo defendía era otra cosa. ¿Quién podía soñar en rehacer situaciones definitivamente anuladas, resucitando quiméricos virreinatos en el siglo XX?

Sólo se trataba de la supervivencia del espíritu y del alma que España dejó en las tierras nuevas, es decir, en realidad, de nuestra nacionalidad misma, porque ella no es, si lo miramos bien, más que una resultante de los antecedentes étnicos y culturales. Defender el idioma castellano, oponerse a la conquista angloamericana, luchar por el mantenimiento de nuestras autonomías actuales, son actos de verdadera independencia. Y así lo comprendieron todos, dejando caer esta primera piedra arrojada en mi camino por los que a lo largo del viaje no cesaron después de hostilizarme, buscando en la intriga lo que no podían obtener por otros medios.

El último día de noviembre, después de haber pasado un mes en Cuba, seguí viaje en un pequeño barco costero, con rumbo a la República de Santo Domingo, a cuya capital llegué dos días después. Acababa de sufrir aquel país una de sus sacudidas dolorosas, golpe de Estado, revolución o lo que fuere, en la cual había perdido la vida el presidente Cáceres.

Antes de salir de Cuba fui advertido de ello. Se me mostró un editorial referente a la oportunidad de la visita, publicado en el Listín Diario, órgano oficial, por aquel tiempo, del gobierno dominicano 16.

Pero, triste es decirlo, las discordias civiles son, en algunas repúblicas, tan frecuentes y normales, que dejar de visitarlas en medio de esos disturbios sería, renunciar a conocerlas realmente.

La isla donde abordó Colón, iniciando la portentosa serie de descubrimientos y exploraciones que debía perfilar costas nuevas en mares desconocidos, ha sido desde los orígenes la región del Nuevo Mundo más castigada por guerras, revoluciones, conjuras y desembarcos militares. Pero a través de las vicisitudes y sangrientas porfías, bajo el coloniaje primitivo, durante la irrupción francesa, en medio de la segunda dominación española, en la lucha contra la invasión haitiana, en la tercera guerra de la independencia y en los innumerables levantamientos y motines de sus últimos años de vida autónoma, se advierte como un hilo central el mismo espíritu hirsuto que enlaza el filibusterismo de las primeras épocas con el endémico oposicionismo de las últimas, en una cadena trazada con eslabones de sangre alrededor del ensueño de una imposible libertad.

En la mayoría de los naufragios, la culpa no es de la barca, ni del mar; la culpa es de los vientos. Y han sido los vientos de la ambición internacional los que han determinado la hecatombe dolorosa. En los primeros tiempos, Francia trató de suplantar a España en Santo Domingo, e Inglaterra apoyó a España para disminuir a Francia; en los últimos, los Estados Unidos consumaron la derrota latina, afirmando su dominación donde España y Francia habían fracasado. Las guerras de raza dentro de la isla, como las guerras de partido en cada subdivisión de ella, no fueron más que acciones concurrentes o instrumentos ciegos puestos al servicio de las sutilezas de la política internacional. Lo único que se puede reprochar a los dominicanos es la nerviosidad ingenua con que cayeron en los lazos, desatando su combatividad en luchas fratricidas que preparaban el sometimiento. La situación no ha sido determinada sólo por el clima o por los atavismos, como afirman algunos. Es obra también de la diplomacia, que prepara los naufragios para recoger los restos en la playa, sacrificando a veces fuentes de vida nueva que pudieron fructificar en la historia llevando su tributo al progreso universal. Abandonados a sí mismos, los antillanos se hubieran desarrollado blandamente, de acuerdo con sus características, en la órbita ideológica que fundó allá las primeras Universidades de América. La culpa no es de Santo Domingo, repetimos. Y si algún día se hiciera el balance de las responsabilidades históricas, comprenderíamos que la pequeña Antilla, lejos de perecer por sus propios errores, se ha ahogado en lo que podríamos llamar los remolinos de la civilización.

La primera visión que tuve del país al desembarcar, fue la Aduana en poder de empleados norteamericanos. Como garantía del pago de los intereses y amortización de la deuda total del país (20.000.000 de pesos oro), se vio obligado el Gobierno de Santo Domingo a entregar, en 1907, ese primer jirón de su autonomía a los Estados Unidos. Suponer que una concesión semejante puede ser temporal, es ignorar el sentido de la historia. Santo Domingo esperaba redimirse en quince años, es decir, la mitad del tiempo estipulado en el contrato, y con ese fin hizo los sacrificios pertinentes, suprimiendo gastos y aumentando los ingresos de las rentas internas. Pero el interés económico y político del prestamista está precisamente en esos casos en que no se liquide la deuda. Más tarde veremos, al hablar de la situación económica de Nicaragua y del ferrocarril de Guayaquil a Quito, el mismo procedimiento, que obedece a planes superiores de captación financiera.

A fines de 1911, cuando llegué a Santo Domingo, estaba latente la acción que debía desarrollarse después. En el puerto se levantaban, inmóviles, las torres grises de los acorazados, y en la población circulaba, como un hálito frío, el presagio de los futuros derrumbamientos.

Ciudad clara, de casas pintadas de colores vivos, plazas a la andaluza y calles anchas cruzadas por vehículos rápidos y livianos. Las viejas iglesias y los monumentos coloniales recuerdan el esplendor de lo que en otros tiempos se llamó “La Española”, primer florón en América del enorme imperio hispano. Bajo una cripta, la urna de los restos de Colón. La vida sencilla y casera, acentuada por el natural retraimiento de la inmediata sacudida política y de la presentida amenaza extraña, no fue obstáculo para una franca hospitalidad. En el Ateneo conocí a los mejores espíritus del país; en una escuela dirigida por la señora de Henríquez comprobé el loable esfuerzo educacional que prosperaba a pesar de todas las dificultades. Y en algunos hogares, que me abrieron sus puertas con generosa hidalguía, comprendí que la pequeña población tenía un corazón grande.

Al abordar el tema de la gira en el amplio salón del Ateneo, por cuyas ventanas abiertas se veía el mar y los barcos de guerra extranjeros, encontré un ambiente de recogimiento que no olvidaré jamás. No se oyó un aplauso durante la conferencia, y los que estallaron al fin tampoco fueron bullangueros. Pero el fervor con que todos estrecharon mi mano y las lágrimas que vi rodar de algunos ojos, decían mucho más. Como yo había renunciado al convencionalismo de la retórica, el público renunciaba al convencionalismo de la aprobación, y era una emoción muda la que nos oprimía. El conferencista no había hecho más que decir que la América latina se ahogaba y que en nuestra propia indisciplina encontraba apoyo el invasor. Pero estas verdades elementales rimaban con la secreta preocupación de todos, y al sacar el problema de los términos nacionales para llevarlo al terreno continental, ampliando el conflicto, se abría en las almas una esperanza de redención ante la hipótesis de la solidaridad.

La Argentina, Chile, el Brasil, aparecían en el sur del Continente como la fuerza salvadora que, combinada con la Europa latina, podía detener los acontecimientos. Todos sabían que la política de cohesión y de “altruismo egoísta” que defendiendo a las demás naciones afines del Continente sancionaría la seguridad común, estaba muy lejos de ser aceptada en el sur. Pero amanecía la esperanza de que otros hombres y nuevas generaciones comprenderían la urgencia de esas acritudes.

La tesis que yo sostenía durante el viaje era la de una entente de los pueblos hispanos de América, para asegurar su autonomía y oponer un bloque y una común acción de resistencia cada vez que una nación fuerte del mundo quisiera abusar de su poder, batiendo en detalle a regiones que debían ser consideradas como solidarias.

Claro está que la actitud general de previsión tendría que aplicarse especialmente a los Estados Unidos, no por expresa voluntad nuestra, sino como resultado lógico de la política de absorción que ese país está desarrollando. Pero el propósito inicial y durable, en su ética superior, no encerraba hostilidad especial contra ningún país; tendía a la preservación de nuestras nacionalidades, lo mismo en el orden económico y cultural que en el orden político; a la autodefensa contra todo lo que pudiera disminuir o alterar la situación presente.

El presidente del Ateneo de Santo Domingo, don Federico Henríquez y Carvajal, hermano del que fue después presidente de la República en las horas difíciles de la ocupación norteamericana, Américo Lugo, delegado de su país al Congreso panamericano de Buenos Aires, Tulio Cestero, que ocupaba por entonces el cargo de ministro de la República Dominicana en Cuba, y cuantos intelectuales de ese país he conocido: Federico García, Godoy, Logroño, Piñeyro, Pérez Alfonseca, Rafael Sánchez, Primitivo Herrera, del Castillo Márquez, tantos otros de seguro prestigio cuyos nombres escapan a la pluma en una enumeración rápida, sentían la urgencia de esta misma necesidad continental.

Pero la pequeña república estaba condenada a perecer. Cuando me embarqué de nuevo, tuve el presentimiento de que me despedía de un agonizante. Cinco años después se precipitaron los acontecimientos, a que haré referencia al final de este libro. Un capitán de la marina norteamericana barrió cuanto quedaba de la soberanía nacional, reduciendo al silencio las protestas en medio del mutismo y la inmovilidad del Continente, deslumbrado por los acontecimientos de Europa.

No visité la vecina república de Haití porque estaba ya sumergida por el imperialismo y porque es doloroso comprobar que la historia tiene ironías sangrientas. Un país de gente de color como Haití, “protegido” y “civilizado” por una nación que en sus ciudades aísla y persigue al negro, le cierra sus universidades y lo quema en las plazas públicas, es una de esas paradojas trágicas que nacen a veces en la imaginación de los grandes humoristas. No ha habido en el curso de la humanidad un pueblo que con mayor saña haya despreciado, vejado y exterminado al negro no ha habido en los siglos una raza que haya tenido por él mayor repulsión y odio, y es precisamente ese conjunto el que en nombre de “principios superiores” planta definitivamente su bandera en Haití; suplantando en sus derechos originales a la España descubridora y católica, a la Francia liberal e igualitaria, a la misma intentona de nación independiente, a cuanto pudo ser razonable. El absurdo es una de las formas de la lógica internacional, pero nunca se presentó tan flagrante como en este caso.

Sólo he venido a desenredar la intriga que me impidió hacer escala en la isla de Puerto Rico, algunos años después, cuando el presidente de la Cámara de Representantes, don José de Diego, me reprochó la omisión y descubrimos que mis telegramas de La Habana y de Santiago de Cuba no habían llegado a su destino. Claro está que mi propósito era ir también hasta San Juan, capital de una de las demarcaciones más prósperas del archipiélago. Las circunstancias especialísimas en que ha quedado esa región después de la guerra de los Estados Unidos con España, avivaban ese deseo.

Bajo la dominación española, Puerto Rico disfrutaba de una amplia autonomía. Tenía dos Cámaras y un gabinete ejecutivo. Todos los resortes de la administración estaban en manos de portorriqueños. La metrópoli se limitaba a nombrar un gobernador general y la isla era, en realidad, independiente. La “vetusta” monarquía de la “vieja y atrasada” España había implantado el régimen más liberal que es posible concebir. Cuando, sin levantamiento, ni revolución, ni desavenencia con la metrópoli, por simple imposición de un tratado de guerra, pasó Puerto Rico a poder de los Estados Unidos, las cosas cambiaron radicalmente. He visto billetes de Banco de Puerto Rico en inglés. La “moderna” democracia del “país de la igualdad” impuso otras costumbres. Como contraposición al régimen anterior, hubo un gobierno militar, una Cámara alta nombrada por el presidente de los Estados Unidos, una burocracia norteamericana y un Tribunal Supremo emanado de Washington.

España cometió en América todos los errores posibles. Pero algún día comprenderá el mundo y comprenderemos nosotros mismos, engañados por declamaciones interesadas y tendenciosas prédicas que su gestión, calumniada por los que aspiraban a suplantarla, fue a menudo, dentro de su tiempo, más benigna que la de los demás países colonizadores. Las interpretaciones hostiles han encontrado tanto crédito, que casi parece una herejía evocar a propósito de estos asuntos algo que no sea el “obscurantismo inquisitorial”. Pero basta la más ligera investigación para comprobar que las matanzas de indios en América las llevaron a cabo igualmente los anglosajones y los españoles, con la única diferencia de que mientras los anglosajones las continuaron hasta 1900 y en los Estados Unidos apenas sobreviven cien mil indios, los hispanos las interrumpieron en 1800 y en la América española quedan cincuenta millones. Al alcance de todos está la prueba de que la esclavitud fue abolida en las colonias españolas mucho antes que en las colonias inglesas, y de que el negro, que hasta en nuestros días es prisionero en los Estados Unidos, goza de la más amplia libertad en las regiones que derivan de España. La contradicción se hace más potente al comparar el sistema que antes existía en Puerto Rico con el que empieza hoy 17.

La magia de las palabras nos ha deslumbrado hasta ahora. Invocando la “libertad”, el “progreso”, la “civilización”, nos han hecho hacer o aceptar cuanto favorecía intereses extraños; el separatismo, el libre cambio, el panamericanismo, el monroismo, y hemos sido los eternos creyentes que ansiando igualar a los grandes pueblos, nos hemos supeditado a sus conveniencias. El interés extranjero se ha disfrazado de principio general o de noble sentimiento, y no hemos sabido ver a través de él las verdaderas intenciones cuando nos han proporcionado medios para “equilibrar nuestras finanzas”, cuando nos han “ayudado a conseguir la libertad”, cuando nos han prestado fuerza para “derrocar tiranos”, cuando nos han brindado apoyo para “obtener la victoria” sobre otra nación limítrofe del mismo origen, o cuando en nombre del “humanitarismo”, o de la “paz”, han intervenido en la solución de nuestros conflictos. Las bellas declamaciones sólo sirvieron para que evolucionaran con mayor comodidad las influencias predominantes.

Al recorrer las Antillas, y al evocar su historia en los últimos tiempos, salta a los ojos, de una manera especial, esta verdad dolorosa. La América latina se ha engañado, como se engañó España al acudir a una guerra de sentimientos. Las tendencias del conjunto le han llevado a la ruina. Y al considerar en bloque las causas generales del desastre, que compromete en las perspectivas futuras del mundo la personalidad de estos pueblos, surgen, claros y evidentes, dos fenómenos correlativos: el conocimiento que otros tienen de nuestros defectos, y la impericia que nos impide prever las consecuencias de los idealismos.

Notas

12 De los 38.296 inmigrantes que entraron a Cuba en 1912, 30.660 eran españoles.

13 En el año 1852, los ministros de los Estados Unidos en Inglaterra, Francia y España, reunidos en Ostende, propusieron la compra de Cuba, declarando que si no aceptaba España, los Estados Unidos “se considerarían, justificados, dentro de toda consideración de orden divino y humano, para arrancársela a España”.

14 En realidad, la nacionalidad cubana, que se robustecía antes de la independencia, declina después de ella. El diputado don Ezequiel García Ensenat, dijo en la Cámara de Representantes textualmente: “El hijo de padres españoles nacido en Cuba era siempre cubano; y esa verdad no destruye esta otra: el hijo de anglosajón es siempre anglosajón. Aquí el norteamericano conserva todas sus costumbres, su carácter, sus prejuicios, y, sobre todo, su nacionalidad, habiendo llegado, cuando ocupó militarmente nuestro país, a importar hasta sus alimentos y a llevarse hasta sus cadáveres.”

15 “El primer acto público de la Asociación latinoamericana en Cuba, entidad nacida bajo las inspiraciones del escritor argentino Manuel Ugarte, que va de pueblo en pueblo predicando la cohesión latinoamericana como la única medicina posible contra la hegemonía anglosajona en el Nuevo Mundo, que sin aquel freno llegaría a ser una tristísima realidad, ha sido un acto verdaderamente hermoso. Hay que felicitar a los que con el entusiasmo de la juventud y del convencimiento han echado sobre sus hombros la ímproba labor de mantener una propaganda activa que no ha de reportar el menor provecho tangible e inmediato a los que la realizan, como no sea el bienestar moral que produce al buen ciudadano el cumplimiento de sus deberes para con la patria.”  (De un editorial de El Triunfo, de La Habana, 26 de febrero de 1912).

16 Decía el citado periódico: “Se nos ha dicho que un grupo de escritores de esta capital pensaba dirigir una nota cablegráfica a Manuel Ugarte, quien se halla actualmente en La Habana, indicándole que no realizara, por ahora, su visita a este Santo Domingo de Guzmán, como se propone llevarlo a cabo el ilustre publicista argentino. “Parece que los jóvenes intelectuales que se disponen cablegrafiar al señor Ugarte en el sentido indicado, lo hacen porque sentirían que no se hiciera al literato sudamericano el recibimiento merecido, dado el natural retraimiento en que están en estos momentos nuestras clases sociales; pero nosotros creemos que, si bien es cierto que la recepción que a Ugarte se hiciera no revestiría la esplendidez que todos deseáramos, siempre se le agasajaría merecidamente y tendría oportunidad de oír, de labios de dominicanos autorizados, frases demostrativas de lo que aquí pensamos respecto a nuestro porvenir y notaría el ferviente americanista, los loables esfuerzos que en práctica ponemos para encumbrar la república.

“De venir el fecundo intelectual, sería dentro de algunos días, y para entonces reinará más calma en los espíritus, y el sosiego natural que ha de existir, seguramente, nos permitiría estar más solícitos con ese mensajero de la paz y del progreso de estos pueblos, que lo que suponen los que opinan que sería preferible manifestarle a Ugarte que no viniera al país.

“Que venga el maestro de la juventud americana, que venga el amigo de la paz, y que su palabra fraternal sea a manera de lazo que nos una a todos y que ate fuertemente por los vínculos del deber y del amor a los que amen la patria y deseen para ella eternidades de ventura, efectividades de grandeza.”. Listín Diario, 25 noviembre de 1911.

17 El gobernador de Puerto Rico, señor Yager, decía en Washington, al ser llamado por el presidente Wilson y el secretario de la Guerra, señor Baker: “No retiraremos jamás nuestro pabellón de Puerto Rico ni de Santo Domingo, porque para mantener el orden y fomentar la prosperidad en el Caribe, es imprescindible que ejerzamos allí un control político, militar y naval. Los Estados Unidos dominan actualmente todas las aproximaciones del Mar Caribe, y aunque nosotros no tenemos tendencias imperialistas, estamos en el deber y en la necesidad de conservar las Indias Occidentales como una salvaguardia de la doctrina de Monroe.”

CAPÍTULO III

EL PEÑÓN MEJICANO

Ángulos salientes del carácter mejicano. La ilusión del presidente madero. Intrigas palaciegas. Opiniones norteamericanas y opiniones mejicanas. La agitación popular. Política internacional. Una conferencia pacífica. El viaje de señor Knox. La fuerza vital de un pueblo.

Antes de embarcarme para México, tuve la revelación de las proporciones y el alcance que adquiría la gira, sin que yo mismo lo quisiera, por simple gravitación de las circunstancias. Las noticias telegráficas recibidas en Cuba, las referencias de los periódicos y las resoluciones votadas por importantes centros de la capital mexicana, se hacían eco de tanto entusiasmo que comprendí que tendría que ir mucho más lejos de lo que había previsto. En México no esperaban ya al literato, y sí lo recordaban algunos, sólo era como antecedente ilustrativo. El pueblo y la juventud se preparaban para recibir al obrero de una doctrina de resistencia. La idea encontraba terreno maravillosamente propicio en aquella patria mutilada. Lo que en realidad iba a llegar, era una idea, y sólo así se explican las avalanchas que se desencadenaron en los días de lucha a que dio lugar la obcecación de algunos políticos.

Lo que empezó siendo pensamiento se transformó en acción. Confieso que vacilé un instante. El teórico iba a tener que trocarse en orador y en político. A la mansa aprobación que le rodeaba, sucedería la controversia estridente. ¿Tendría yo fuerzas para llevar hasta el fin la campaña? Pero las consideraciones personales desaparecieron ante la urgencia de realizar una obra, que todos los dictados del deber, que todas las intimaciones del instinto de conservación hacían impostergable. Y fue a sabiendas de lo que exponía y de lo que me aguarda, que acepté esta nueva faz del viaje.

Desde el puerto de Veracruz se tiene la sensación de originalidad y de fuerza que es la distintiva de la nación mejicana. No hay en América un grupo más homogéneo, ni más singularizado por el tipo y las costumbres. Aun en medio de la civilización moderna y del auge que han difundido allí las más altas formas de vida y cultura europea, subsiste y se acentúa una orgullosa corriente autóctona, que viene desde los orígenes de la civilización azteca.

El resultado no fue el mismo en los dos núcleos indígenas poderosos que la conquista española halló en el Nuevo Mundo. La fusión racial, la comunión indohispana se hizo en el alto Perú sobre la base del invasor, en México sobre la base del invadido. Al margen de la dominación política, en la conglomeración lenta que debía determinar la vida futura, se sobrepusieron allá los elementos nuevos y aquí los antiguos, arrastrando en su marcha a cuanto debía llegar después.

Esta disyuntiva, más que étnica espiritual, ha dado a México mayor diferenciación y arraigo. A ello ha contribuido la constante amenaza extranjera, aunando en el peligro la voluntad colectiva de perdurar como núcleo distinto. Completado todo ello por un carácter recio, altivo y soñador, un fuerte orgullo, cierta feliz predisposición a las artes, y el espíritu combativo e irreductible que se ha evidenciado en oportunidades tan diversas, ha surgido ese áspero peñón mejicano que el imperialismo viene azotando desde hace tanto tiempo, sin lograr derribarlo, ni cubrirlo, gigantesca atalaya de los demás pueblos de nuestra América.

Los tres días que pasé en Veracruz los empleé en recorrer la próspera y pintoresca ciudad, en visitar los Centros obreros y Ateneos populares, y en discurrir la mejor manera de llegar a México al margen de los partidos políticos, sin que nada pudiera dar lugar a que se me atribuyesen preferencias o simpatías en un sentido o en otro. No era tarea fácil conseguirlo en un país agrietado por la discordia, donde aun repercutían los ecos de una revolución reciente, y donde, a pesar de la momentánea estabilización, se prolongaban las divergencias iniciales y nacían, dentro del mismo bando victorioso, antagonismos nuevos. Los telegramas que recibía de la capital, los comisionados que llegaban para acompañarme, confirmaban estos temores. Claro está que como extranjero legal nada tenía que ver en luchas que sólo me interesaban desde el punto de vista de la mayor o menor capacidad defensiva del país ante las pretensiones extrañas. Pero la suspicacia partidista podía versen el acto más anodino una inclinación. En el ambiente todo era política, situación que encontré repetida después en la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas. Estar con éstos, era fatalmente estar contra aquéllos.

Los que no han visto de cerca parecidas situaciones, no pueden hacerse una idea de la vibración nerviosa y la susceptibilidad que electriza el ambiente. De aquí mi contrariedad al verme en el caso de aceptar para el viaje la compañía de dos diputados delegados del gobierno del señor Madero. Uno de ellos, el señor Cutberto Hidalgo, ha sido después, en 1922, ministro de Relaciones Exteriores, bajo la presidencia del general Obregón, del cual hablaremos en otro capítulo, al final de este libro. Recuerdo que en el trayecto, mientras el tren corría bordeando precipicios por el portentoso encadenamiento de laderas y recodos inverosímiles que va desde la costa hasta la meseta central, tuve ya la sensación de lo que debía ocurrir al llegar a México. En algunas estaciones, especialmente en Orizaba y en Córdoba, esperaban el paso del tren numerosas delegaciones juveniles y populares que, al notar la presencia de los parlamentarios en cuestión, dejaron ver claramente su desagrado. En estas condiciones llegué a la capital de la república el 3 de enero de 1912. En la estación había música, flameaban banderas y se pronunciaron discursos; pero el ambiente era de confusión y desconfianza. “Se ha vendido al presidente” -dijo textualmente un pelao a mi paso-. Un núcleo de intelectuales jóvenes se retiró en silencio. Y cuando entré al hotel, me encontré rodeado de gente oficial.

La maniobra consistía en aislarme, hacerme hablar ante alguna pequeña asamblea de fieles del gobierno, y dejarme salir del país sin establecer contacto con la opinión pública, que tan maravillosamente coincidía con lo que yo iba sosteniendo.

La conmoción revolucionaria que, después de treinta años de paz ininterrumpida, acababa por aquel tiempo de experimentar la república mejicana, ha sido considerada, generalmente, como una simple reacción de la democracia contra la dictadura del general Díaz. Y claro está que, en su faz popular e interna, no podía ser sino una reacción de la savia joven y de la opinión independiente contra la inmovilidad electoral y la asfixia política; todo ello prueba de salud y de vitalidad nacional. Pero desde el punto de vista exterior, el asunto cambia de aspecto. ¿Cómo se hizo posible ese movimiento? Todos los resortes del país estaban en la férrea mano del tirano y nada lograba moverse sin su venia. Madero no gozaba de especial prestigio. Para que el levantamiento llegase en tan poco tiempo a arrollar todas las fuerzas y a imponerse en un país tan vasto, fueron necesarias circunstancias especiales, que los mismos insurrectos ignoraban seguramente; pero que aun sin quererlo ellos, pesaron de una manera decisiva en el desenlace del conflicto.

La entrevista del presidente de México con el presidente de los Estados Unidos, señor Taft 18, realizada en El Paso, tuvo, como ya dijimos, por consecuencia inmediata una ruptura. El arrendamiento de la Bahía de la Magdalena, un tratado secreto con el Japón y la protección prestada a un presidente de Nicaragua, pusieron en pugna al viejo dictador de México con las crecientes exigencias del imperialismo. Y hay una coincidencia que alguien dilucidará mañana con ayuda de documentos: a la tardía reacción intentada por el general Díaz contra la política de acatamiento, correspondió de una manera casi simultánea el auge de la insurrección maderista. Los revolucionarios, absorbidos por la lucha interior, no advirtieron este hecho. La pasión política, exasperada por largos años de silencio forzado, lo cubría todo. Pero del otro lado de la frontera se afirmaba la esperanza de obtener, en medio de las luchas civiles, lo que había negado un último escrúpulo de la dictadura.

Por convicción, recelo o condescendencia, el gobierno del señor Madero fue desde su iniciación gran amigo del panamericanismo y de la política de Washington.

La juventud, el pueblo, las energías sanas, tienen un misterioso instinto que las orienta. No es fuerza que las guíen, no necesitan razonar siquiera; ignoran de dónde viene la luz, pero ven. Y algo de esto debe ocurrirle al pueblo mejicano. Estaba en masa con la revolución que le devolvía sus derechos, se envanecía del triunfo y aclamaba a sus caudillos; pero consecuente con su tradición, vigilaba sus límites. Por encima de los diferentes gobiernos, en la sucesión de toda su historia, a través de los conciliantes desfallecimientos o las imprudentes irreflexiones de algunos de sus mandatarios, siempre ha mantenido su actitud desconfiada, porque un instinto obscuro le hace sentir el acecho en la sombra.

Observando detalles de la vida a través de los periódicos durante los días que me recluyó en el hotel una breve enfermedad, empecé a atar algunos cabos sobre la verdadera situación del país. El general Orozco mostraba su descontento en el Norte; en el Sur se extendía la insurrección de Zapata, y el general Reyes, representante de las supervivencias del régimen anterior, acababa de ser encarcelado. El hombre más impopular de la ciudad era un hermano del presidente, don Gustavo Madero, a quien se atribuían negocios escandalosos. La prensa hacía gala de una gran libertad, como si quisiera resarcirse del silencio de tantos años. Una compañía minera norteamericana, cuyo capital era de 2.250.000 dólares, pagaba ese año 1.800.000 en dividendos. En Chiapas, un norteamericano obtenía una concesión de 600.000 acres de tierra. El enorme teatro en construcción y todas las obras públicas, habían interrumpido sus trabajos. El típico traje de la Guardia Rural caía, substituido por el uniforme kaki: copia exacta del que lleva el ejército norteamericano 19. Las asociaciones obreras alcanzaban particular desarrollo y ejercían influencia creciente. El recuerdo del atentado de Tejas estaba presente en el ánimo de la juventud 20. Se advertía una rara multiplicación de partidos. El comercio y la industria se mostraban recelosos. Y en todos los órdenes, por encima de las declamaciones y los entusiasmos de un pueblo que inauguraba, por decirlo así, una vida nueva, se advertía una profunda desorientación, un hervidero confuso, muy explicable después de tan vasta y fundamental conmoción. En medio de este estado de incertidumbre y nerviosidad pública, predominaba, como he dicho, la desconfianza. Fue el mayor enemigo que tuve que vencer en la ciudad. De los otros, hablaremos después.

La primera visita tenía que ser, naturalmente, para el jefe del país. Intervino en el asunto don Juan Sánchez Azcona, secretario por entonces de la Presidencia, a quien yo había conocido en mi primer viaje. Después de algunas vacilaciones, me hizo saber que el jefe del Estado me recibiría en el Palacio Nacional.

El señor Madero era un hombre de escasa estatura, grandes ojos y tez morena. Gesticulaba con abundancia. Aun creo estarle viendo, de pie, en medio del amplio salón, con una rodilla apoyada, sobre una silla, declamando los beneficios de la revolución. Tenía algo de iluminado y mucho de testarudo. Como su ascensión al poder había sido una aventura de cinematógrafo, conservaba de la brusca improvisación un orgullo recién pintado que se pegaba a todas las cosas. Cuando traté de orientar la conversación hacia la política internacional, se tornó monosilábico. “El panamericanismo… el progreso… la civilización”. Pero ¿el caso de Cuba? ¿El de Panamá? “Imposiciones geográficas”… México era una nación “tradicionalmente amiga de los Estados Unidos”… “el Nuevo Mundo”… “el progreso sobre la vetusta Europa”… No faltó un solo lugar común de lo que llamaremos, con ayuda de una locución que es aún familiar en Francia, el derrotismo hispanoamericano. Sánchez Azcona trató de apartar al presidente de fórmulas que, por prescripción, han caído en el dominio público. Pero el caudillo se mantuvo inflexible. Había en aquel carácter, a la vez ingenuo y combativo, una indomable energía.

Yo escuchaba con el mayor respeto al mandatario y le acompañé, al final de la entrevista, en el inocente juego de dominó, que después hube de repetir con tantos otros presidentes durante el curso del viaje.

– La Argentina progresa maravillosamente.

– México se halla en plena prosperidad.

Fichas que se correspondían siempre;

– Es aquél un gran país.

– No lo es menos éste.

Pero salí del Palacio Nacional con la sensación de que, a pesar de todos los convencionalismos, aquel hombre tan insuficiente, tan limitado, era sincero. Para él no había en su país más problema que derrocar al “tirano” e implantar la “democracia”. La realización de lo que esta palabra encierra aparecía semivelada por la bruma, y no estaba él muy seguro tampoco de cómo alcanzaría tan alto ideal. Sin embargo, “esa era su misión”. Y a ella se aferraba, sin admitir que pudieran asomar otros problemas. Un poco por desconocimiento de la política internacional, y otro poco por aparatosa prudencia de neófito en tan complicados asuntos, entendía que la táctica mejor era la inmovilidad de palabra ante los hombres y la inmovilidad de acción ante los hechos. Como se creía un gran político, estaba seguro de poder improvisarlo todo llegado el caso. Idealista y soñador, ignoraba que el trust del petróleo y la Standard Oil C 21 tienen hoy, desgraciadamente, más importancia para nuestra América que la revolución francesa y la Declaración de los Derechos del hombre. La controversia ideológica, el problema palpitante, estaba aún para él entre los girondinos y los dantonistas. La vida no podía haber seguido rodando después. El error de Madero fue suponer que su plataforma y su teatro eran los libros que había leído aturdidamente y sin plan antes de lanzarse a capitanear guerrillas. Tenía la superstición de la Marsellesa. Y en la realidad de un Continente huracanado, su doctrinarismo anacrónico sólo podía encontrar consagración en el martirio, porque todos los que fracasan entre sangre son mártires. Así fue resbalando suavemente hasta la tumba el demagogo de biblioteca, sobre quien el escritor cubano Márquez Sterling ha escrito bellas páginas, no siempre verosímiles. El film terminó en algo que recuerda las carretas de la Convención o la aventura de Varennes. Desde el punto de vista interior, su romanticismo no resultó vano, porque fue el pórtico franqueado al despertar de un pueblo. Desde el punto de vista exterior, dio origen a una agravación de todos los peligros.

La visita protocolar no detuvo la hostilidad de los hombres de la situación. Se acumulaban ante mí los obstáculos, y en apariencia se me brindaban las mejores facilidades. Así se anunció que el ministro del Gobierno cedía para una conferencia el teatro Arbeu, en los propios momentos en que yo comprobaba que, ni pagándolo de mi peculio, podía obtener ningún local para ese fin. El diario oficial Nueva Era publicó un editorial en el cual, después de ensalzarme, declaraba que yo venía a defender la “unión entre las dos Américas”, obligándome así a una primera rectificación 22. Me invitaron oficialmente a una conferencia del diputado Jesús Urueta, y cuando llegué al teatro me hallé en el palco del señor Gustavo Madero, colocándome ante el dilema de retirarme, cometiendo una descortesía, o de aceptar, indisponiéndome con la opinión pública, dado el desprestigio que rodeaba a este hombre público. En la portería del hotel se declaró a cuantos periodistas vinieron que yo “había dado orden de no recibirlos, porque no quería ser molestado por la Prensa”. Se llegó hasta hacer correr soto voce la especie de que yo había recibido del Gobierno mejicano una suma considerable. Y fue tal el descrédito que empezó a gravitar sobre el viajero a causa de estas sutilezas, que me vi en la necesidad de provocar una explicación pública.

Había un precedente que no era posible olvidar. Cuando Rubén Darío fue a México para asistir a las fiestas del Centenario de la Independencia, una influencia se interpuso para sustraerle a las ovaciones que le esperaban. Estaba presente en todos los espíritus la trabazón de silencios y contraórdenes que detuvo al poeta en la costa y le impidió llegar hasta la capital. Era entonces ministro de Instrucción Pública el señor don Justo Sierra, y sobre las maniobras que se multiplicaron, algo podría decir el pintor mejicano Ramos Martínez, que acompañó a Darío en tan difíciles momentos. No era Rubén un hombre de palabra elocuente que pudiera amotinar a las muchedumbres en las calles; pero había escrito el Canto a Roosevelt, había hablado de “los cachorros sueltos del león español”. Su nombre podía servir para exteriorizar resistencias nacionales. El Gobierno deseaba evitar explosiones de entusiasmo que contrariaban su política. De aquí el esfuerzo para impedir su presencia, haciendo caer sobre el propio poeta las responsabilidades y las culpas de los que con una mano le invitaban y con otra le detenían. Aleccionado por la experiencia, aproveché una circunstancia feliz. La Asociación de Periodistas de México inauguraba, el 11 de enero de 1912, su nuevo local, y me presenté sin previo anuncio, acompañado de dos amigos, el periodista don Rodrigo de Llano y el poeta don José de J. Núñez y Domínguez. Presidía el señor Ignacio Herrerías. Después de oír la lección de una moción, según la cual se acordaba no apoyarme en ninguna forma a causa de mi pretendida descortesía con la Prensa, pedí la palabra y expliqué llanamente la situación. Ajeno a toda tendencia política, independiente de todos los bandos, sólo venía a coincidir con las aspiraciones superiores del pueblo mejicano, defendiendo una tesis de acercamiento y de resistencia al imperialismo. La sinceridad es siempre más fuerte que las intrigas, y la asamblea me acompañó en corporación hasta el hotel, quedando así sellado el pacto que unió a los periodistas y a la juventud hasta el fin de la campaña. Sólo refiero estas incidencias para dar una idea del ambiente, y porque arrojan luz sobre la situación internacional del Gobierno. El lector tendrá paciencia para acompañarme en esta involuntaria autografía hasta el fin.

Desde aquel momento, la Prensa estuvo de mi parte, con excepción del diario Nueva Era, que publicó las opiniones de algunas personalidades norteamericanas residentes en México 23, a lo cual contestó otro diario reproduciendo el pensamiento de la mayoría de los diputados mejicanos 24.

El señor Justo Sierra me declaró abiertamente que el tema que me proponía abordar podía ser origen de una reclamación por parte del país vecino, insinuándome que ése era no solamente su sentir, sino el del ministro de Relaciones, y que esperaba de mi patriotismo que renunciara a dar la conferencia, para evitar una humillación a México. Yo contesté que la única humillación para un pueblo era no poder hablar con libertad dentro de sus fronteras. Y como al hacer pública la conversación, tratara de rectificar el señor Sierra, invoqué el testimonio del señor Ibarrola, secretario de la Escuela de Ingenieros, que me acompañaba en la entrevista, quien corroboró de una manera absoluta la exactitud del diálogo 25. Coincidió el incidente con la publicación de una carta abierta firmada por varios estudiantes 26.

“No creemos que usted sea capaz, decían, de vender su silencio; al menos, así lo esperamos. ¿Sería posible que un hombre de la ilustración y del criterio de usted, merecidamente prestigiado, quede en semejante ridículo? Si así fuera, no habría entonces nada que hacer. Si así procediesen las personas que son por su posición insospechables y por la misma razón inatacables, que se dicen apóstoles de la unión, no habría ya nada que esperar: la sumisión latinoamericana sería un hecho.”

La respuesta fue: “Tengan confianza en mí, como yo la tengo en ustedes.”

Esa misma tarde dije toda la verdad a los reporteros que vinieron a entrevistarme. Colocado en la situación incómoda de que unos me reprocharan mi silencio y otros me impidieran romperlo, no quedaba más camino que entregar la causa al pueblo. La opinión pública sólo necesitaba una situación clara para pronunciarse, y la primera observación de carácter general y durable que se desprende de estos incidentes, es la impetuosidad patriótica de la juventud mejicana.

Al día siguiente, muy temprano, resonó un clamor bajo las ventanas del hotel. Un grupo numeroso de estudiantes subió hasta mis habitaciones. ¡Al balcón! Y me empujaron hasta la barandilla. La calle estaba obstruida por una masa juvenil, a la cual se habían sumado núcleos obreros. Eran los estudiantes de ingeniería que, al conocer la noticia, se habían negado a entrar a clase y venían a ofrecer su apoyo al viajero. De la muchedumbre surgió, sobre los hombros de los demás, una silueta que, con ademán enérgico, ofreció la manifestación. Fue imposible oír lo que decía. En aquel momento desembocaban de la calle Plateros los estudiantes de Bellas Artes, y poco después aparecían los grupos compactos de medicina, derecho y preparatorios, seguidos por grupos que cubrieron totalmente la avenida interrumpiendo el tráfico. Predominaba el grito de: ¡Viva México libre! Una bandera argentina surgió y fue saludada con ovaciones. Varios estudiantes tomaron la palabra desde mi propio balcón, haciendo declaraciones entusiastas en favor de la unión latinoamericana. Cuanto más violentos eran los párrafos, cuanto más claramente desafiaban, mayor era la aclamación con que la asamblea los acogía. Cuando al agradecer, emocionado, la demostración, empecé diciendo: “En mi calidad de extranjero…”, una formidable protesta se levantó de todas partes. “No, gritaban; usted no es extranjero; usted es mejicano, porque viene a defender a nuestra patria”. Cuando cité los nombres de Bolívar y San Martín, se descubrieron todas las cabezas. Nunca he sentido una emoción semejante. Era el desborde de todos los instintos patrióticos que encontraban al fin la válvula de escape en una explosión contra la intriga de los políticos y en un juramento de fidelidad a los idealismos batalladores.

Rotas las vallas, todos los elementos del país exteriorizaron su protesta, desde la Sociedad de Abogados, hasta el último Centro obrero. El ministro de Instrucción Pública creyó calmar la agitación cerrando los Centros universitarios, pero sólo consiguió enconar los espíritus. Un incidente inesperado aumentó la agitación. El presidente del partido constitucional maderista, que se había singularizado por su hostilidad a la campaña, formuló en el diario oficial algunas declaraciones hirientes para los estudiantes, reprochándoles que se dejaran guiar por un recién llegado. Con esta publicación coincidió la de un editorial de Nueva Era, briosamente escrito por un literato extranjero que, por entonces, se hallaba en el país, pero completamente inadmisible desde el punto de vista mejicano 27. Estas dos manifestaciones acabaron de desquiciar la situación.

“No se guarda memoria -decía un periódico 28– de que haya ocurrido alguna vez caso semejante al de ayer; en el corto espacio de ocho o nueve horas, las declaraciones del jefe de un partido por una parte, y un editorial de un periódico gobernista por la otra, determinarán la más enérgica de las protestas entre las masas estudiantiles, secundadas por elementos populares.” Otro diario titulaba su editorial: “Dos Gobiernos contra un hombre”. Sabiendo que las escuelas se hallaban clausuradas, la juventud afluyó instintivamente al local de una Sociedad de alumnos ubicada en el callejón de la Condesa, y después de un mitin tumultuoso, en que se fustigó al ministro de Relaciones y al órgano oficial, la ola juvenil, entre la cual surgían, en fraternal unión, los típicos sombreros del pelao, se derramó por las calles de la ciudad dispuesta a ejercer sus represalias.

No me corresponde referir la escena significativa que se desarrolló en el Palacio de Gobierno. Dejo la palabra a los diarios locales. La Comisión de estudiantes que subió hasta el despacho presidencial, llevó al señor Madero hasta el balcón, y, ante la enorme muchedumbre que llenaba la plaza, el estudiante de leyes, don Luis Jaso, formuló en nombre de todos las siguientes preguntas, que transcribo de El Imparcial, de 27 de enero de 1912.

“Señor presidente: ¿Se hace usted solidario de las declaraciones de hoy de Nueva Era? ¿Se trata de impedir que hable Ugarte? ¿Opina usted como el presidente del Partido Constitucional sobre la conducta y el valer de la clase estudiantil y del Profesorado?”

En medio del silencio, el presidente tomó la palabra en la forma que reproduzco, textualmente también, con acotaciones y todo, del diario El Imparcial, de la misma fecha.

“Señores: no me hago solidario de las opiniones, y lamento que se haya producido de esa manera; no tratamos de impedir que hable Ugarte; me duele sobremanera que un extranjero haya venido a hacerme ese reproche y que engañe a ustedes. (Protestas. ¡No! ¡Viva Ugarte! ¡Viva la América Latina!) Tampoco es cierto que vacilemos en defender la integridad del territorio… (Gritos: ¡Abajo Calero!)”

El presidente se retiró del balcón y fue en su despacho donde contestó a los delegados señores Jaso, Buenabad y Muñoz 29. Era el señor Madero, como he dicho, un hombre recio, que no se dejaba intimidar. Pero esa misma cualidad le perjudicó.

Su cólera le llevó a lanzar dos afirmaciones imprudentes: que no podía autorizar manifestaciones contra un pueblo amigo “que había apoyado la revolución”, y que la frase reprochada a Nueva Era una simple transcripción de un libro mío, El porvenir de la América Latina, en la cual sólo faltaban las comillas.

La confesión de que el enemigo tradicional había auspiciado la conmoción interna, y la absurda inexactitud de la última acusación, fruto todo de un carácter desorbitado e irascible, fue el golpe de gracia. El estudiante señor Buenabad salió de nuevo al balcón, acompañado por los estudiantes Enrique Soto Paimbert y Gay Fernández; refirió irónicamente al pueblo el final de la entrevista, y la muchedumbre, irritada, se puso en marcha hacia la redacción del diario oficial. Alguien arrojó desde un balcón una bandera española, y fue una aclamación en honor de la madre patria. Desde una tienda de la avenida central, un desconocido distribuyó banderas hispanoamericanas y japonesas. La manifestación amenazaba tomar un carácter agresivo. Pero los estudiantes son en todos los países los primeros guardianes de la cultura, y uno de ellos se levantó de nuevo para calmar los ánimos. Si la manifestación revistió después otro carácter y llegó a gestos extremistas, fue por obra de nuevos elementos.

Pero, ¿no había en todo esto un poco de política también? Al formular la pregunta, entiendo ampliar la visión del cuadro para ayudar a la mejor comprensión del medio que estamos estudiando. Mientras la juventud patriota se adueñaba de la calle, llegaban a mi hotel delegaciones y visitas de los que, llevados por apasionamientos sectarios, trataban de convertir el movimiento en campaña de oposición contra el Gobierno. Por alta que fuera la personalidad de los mensajeros, contesté invariablemente que sólo podía tomar parte en actos que tuvieran por fin el acercamiento hispanoamericano y que no hablaría en manifestaciones hostiles a las autoridades, así fueran ellas dirigidas contra el presidente o el ministro de Relaciones, no por vano acatamiento a los hombres, sino por respeto al país y a la opinión pública, que, pasada la impresión de los primeros momentos, sería la primera en encontrar fuera de lugar esa actitud.

Los movimientos tomaron así un carácter ampliamente nacional, y el desfile realizado pocos días después por el Partido Democrático Antirreeleccionista, Partido Nacionalista Democrático, el Club Antirreeleccionista Obreros libres, el Club Obrero Santos Degollado, el Club Obreros Filomeno Mata, el Club Derecho y Trabajo, el Club Antirreeleccionista Melchor Ocampo y numerosas agrupaciones, adictas unas al Gobierno y otras contrarias a él, fue un homenaje a la fraternidad de las repúblicas hermanas, sin mezcla alguna de partidismo.

Un incidente reveló la temperatura de la atmósfera. Los estudiantes, que eran el alma de esta sacudida, recibieron un telegrama de adhesión del Colegio Militar.

Las autoridades se conmovieron al saberlo, y resueltas a aplicar sanciones en nombre de la disciplina, hicieron formar esa misma tarde a la Escuela en el patio del cuartel. Después de una arenga, el jefe ordenó: “Que los culpables den dos pasos al frente”. Y toda la Escuela avanzó. El sentimiento ganó la república entera, y las manifestaciones de Guadalajara, Puebla, Guanajuato, Jalisco, etc., se sucedieron en una rebelión unánime de las almas mejicanas.

Rememoro estos hechos al margen de toda vanidad, para mostrar el estado del espíritu público. ¿Cómo podría envanecerse un hombre de haber creado sentimientos o entusiasmos que, rozando apenas la corteza, encontramos en el fondo de todos nuestros pueblos? No fui en México como en los demás países que recorrí después, más que una voz humilde del conjunto. El único mérito que podría reclamar sería el de haber tenido la entereza de decir lo que pensaba. En realidad, yo era un desconocido 30. Pero, descorazonada la masa por el eterno juego de los que le piden su voto o su sangre para medrar en los cargos públicos, se entregaba entera a quien le hablaba a fin de patria sin interés alguno, al margen de los honores, sin más propósito que la salvación general. En ello entraba, además, la oposición que me hacía el Gobierno. El visitante era “la piedra de toque” para descubrir “a plena luz”, como decía un diario, la situación del nuevo presidente ante los problemas internacionales. Lo que no había salido aún a la superficie en medio de las luchas internas, saltaba de pronto a los ojos. Una voz extraña a la brega local, un idealismo viajero, bastaba para evidenciar vacilaciones y poner de relieve procedimientos que la nación en bloque repudiaba.

Cuanto más se extremaban las sutilezas, más se encrespaba la corriente. Después de haberme negado el Gobierno el teatro Arbeu, hizo presión sobre el señor Carlos Peralta, que por intermedio del señor Zaldívar, me había ofrecido el teatro Hidalgo para que retirase el ofrecimiento. Igual cosa ocurrió con otros locales, cuyos propietarios, después de ensayar un gesto de independencia, acababan por inclinarse.

El ministro de Relaciones desmentía, sin embargo, la presión y afirmaba su prescindencia 31. El presidente mismo, tratando de despistar a la opinión, declaraba en una interviú que encargó a su secretario particular, señor Sánchez Azcano, que fuera a asegurar al señor Ugarte que en México podía dar todas las conferencias que quisiese, y que si sus ocupaciones no se lo impedían, él (Madero) asistiría con gusto a la primera 32, cosa que era absolutamente inexacta, pues nadie me habló en ninguna forma del asunto.

Pero la opinión pública sabía a qué atenerse. Los diarios de los Estados Unidos, que publicaban diariamente largas informaciones sobre el conflicto, no empleaban eufemismos para declarar que el Gobierno del señor Madero hacía cuanto estaba de su parte para impedirme hablar. Esas informaciones eran transmitidas en síntesis a los diarios de México, y en el mismo número de La Prensa en que hacía el presidente sus declaraciones, se podía leer un despacho de Nueva York que decía todo lo contrario 33.

Dos estudiantes trajeron por fin la buena nueva de que el propietario del teatro Mexicano, don Francisco Cardona, amigo del Gobierno, pero hombre independiente, ofrecía su teatro a la juventud. “Sabe a lo que se expone —me dijeron—; está dispuesto a pagar todas las multas, a sufrir todas las molestias, a desafiar todas las responsabilidades”. El acto quedó fijado para el 3 de febrero, a las ocho de la noche. Y el director de La Prensa, don Francisco Bulnes, publicó un editorial semioficioso anunciando que quedaba abandonada la partida 34.

Pero, ¿tan terca oposición había emanado en realidad del Gobierno? Madero era un demagogo idealista, que gustaba de los aplausos como un torero, y toda su táctica, hasta entonces, había consistido en adular a las muchedumbres, llegando hasta prometer cosas que, como la repartición de la tierra, sabía de antemano irrealizables. Le constaba que en la conferencia que yo debía pronunciar no había nada que pudiera parecer agresivo contra otro país. Como mejicano, compartía seguramente los sentimientos generales con respecto al invasor de 1847. ¿Era admisible que, por simple obstinación orgullosa, sin que estuviera en juego una grave cuestión internacional, se lanzara contra toda la corriente y se expusiera a los primeros silbidos, él, que había ido siempre a buscar la popularidad hasta en los mítines de plaza pública que celebraban los huelguistas? Al examinar estos incidentes, buscando comprender con ayuda de ellos el estado de la república, tropezamos con este primer contrasentido aparente. En Cuba, donde la Enmienda Platt ha creado una atmósfera difícil, yo había podido dar, sin contratiempo, la misma conferencia en la Universidad Nacional. En Santo Domingo, en un momento grave de la vida de aquel país, a raíz de la muerte de un presidente, en medio de un tumulto de partidos, hablé con absoluta libertad sobre el mismo asunto, designado desde la tribuna, por la ventana abierta, los acorazados anclados en la bahía. En ninguno de los dos casos se llegó a pensar, ni menos a decir, que un simple estudio sobre la situación de nuestros pueblos con relación a la América anglosajona pudiera dar lugar a conflictos internacionales. En los Estados Unidos se pronuncian todos los años cien requisitorias sobre la necesidad de contrarrestar la acción del Japón, sin que éste se sienta herido. ¿Por qué hemos de tener que mirar nosotros medrosamente hacia el norte antes de decir dos palabras serenas sobre la conveniencia de coordinar la acción de las repúblicas hispanas del Nuevo Mundo? ¿Cuál era la razón especial que cambiaba en México el valor de las cosas? Yo no tenía derecho a interrogar al Gobierno. Pero ¿asomaba entre el humo de la revolución la sombra de alguna secreta Enmienda Platt, más grave que la anterior, puesto que establecía un derecho de censura sobre las ideas dentro del territorio mejicano?

Los adversarios de la situación, fieles del antiguo régimen o descontentos del nuevo, afirmaban que la metamorfosis se había realizado de acuerdo con los Estados Unidos. Pero en México está siempre despierta la inquietud patriótica, y de ella, por desgracia, se ha hecho uso frecuente en las luchas civiles, acusándose los partidos entre sí de pactar con el extranjero, sin que nunca pase el reproche de ser expediente de polémica. El mismo señor Bulnes, en el editorial citado 35 decía: “El Gobierno del señor Madero debe indirectamente parte de su existencia a los Estados Unidos”, añadiendo que “está en la consciencia de todo el mundo, comprendidos todos los maderistas, que el general Díaz cayó por tres voluntades: la del pueblo mejicano, la del pueblo norteamericano y la muy especial del señor Taft”. El señor Bulnes hacía así la política de hostilidad amistosa, tan frecuente en nuestras turbulentas democracias, donde, usando la locución vulgar, los polemistas sostienen a menudo a los Gobiernos como sostiene la cuerda al ahorcado. No he creído nunca que el señor Madero, ni la mayoría de los que le acompañaron, se prestaran a sabiendas a esas combinaciones. Y conste que al hablar así defiendo la memoria de un hombre que llegó hasta usar contra mí el procedimiento de prestarme palabras que no había pronunciado.

El error del presidente Madero no consistió en entenderse con los Estados Unidos, cosa que hubiera sido y será en todo tiempo, no sólo una mala acción, sino un suicidio para cualquier mandatario mejicano; consistió, por el contrario, en no tener en cuenta a los Estados Unidos, en no comprender el partido que podían éstos sacar de la nueva situación, en no prestar a la política exterior una atención vigilante, abstraído como estaba por el remolino de una situación interna y de un conflicto civil superior a sus capacidades. Más vidente que él, la política imperialista aprovechó la confusión de la lucha para afirmarse.

Para Madero, como para muchos otros mandatarios de nuestra América imprudente, no había más problema que el problema interior. Implantar una democracia principista, que todavía no había sido preparada por la vulgarización de la instrucción pública; gobernar el país, antes de preservar sus fronteras materiales y morales; adornar la casa, antes de poseerla realmente. Olvidaba que para nuestros pueblos los problemas se presentan en otra gradación: primero el de la integridad territorial, étnica, política, económica, etc., es decir, la posesión real e indiscutible de la nación por la nación misma; después el de la paz interior, acabando con el caudillaje y la violencia para dar estabilidad al conjunto; y, por último, el de la organización de la actividad y explotación de la riqueza. Alterar el orden, es anular todo esfuerzo fecundo.

El teoricismo imprudente que había hecho exteriorizar al señor Madero un criterio de montonera, sectario y unilateral, se despertó de pronto, con asombro ingenuo, ante la situación brusca que revela una sujeción. La desatinada serie de intrigas fue así resultado de aturdidas improvisaciones ante un hecho inesperado que provocaba la confusión del hombre impresionable que se hallaba al frente del Gobierno. ¿Cómo? ¿Los Estados Unidos, que habían ayudado a “derrocar la tiranía”, se aprestaban ahora para imponerla en el orden internacional? Esto subvertía todas sus nociones sobre la “gran democracia”, sobre Washington, sobre Monroe y sobre la “obra generosa de la independencia cubana”.

Pero los Gobiernos de ciertas regiones de nuestra América, parten a menudo de la base del individuo, dejando en último término a la colectividad. Y lo que urgía, sobre todo para el caudillo de la revolución, era mantenerse a la cabeza de los asuntos públicos, fueran cuales fueran los procedimientos a que tuviera que recurrir para complacer al embajador que reclamaba una actitud. En los capítulos siguientes veremos aparecer, de una manera más palpable, la curiosa contradicción entre los principios de la democracia norteamericana y su acción sobre los países en los cuales pretende ejercer influencia. Ahora sólo quiero puntualizar que mi viaje era completamente ajeno a toda finalidad de política inmediata. No entraba en mi propósito realizar, sino sembrar ideales, en un plano exclusivamente ideológico.

Pero la autodecisión que me llevó a emprender la gira sin presentir la repercusión que podría tener en las esferas oficiales, me permitió comprobar hasta qué punto se había desarrollado la enfermedad continental. Previa una escaramuza de corriente eléctrica cortada (restablecida por la Comisión de estudiantes), la conferencia se realizó como estaba anunciada, el 3 de febrero 36, con éxito que no fue obra de las capacidades del orador, poco habituado a esas lides, sino de la consonancia entre la vibración de los corazones y la idea que se defendía.

La hoja del Gobierno, que pidió la aplicación del artículo 35 de la Constitución referente a los extranjeros perniciosos, tuvo que convencerse de que no había en aquellas palabras nada que pudiese parecer hiriente para una nación extranjera. Hice una simple enumeración de antecedentes peligrosos y un llamamiento a la solidaridad, sin provocaciones inútiles, reconociendo, por el contrario, que nuestra situación deriva más que de la avidez del imperialismo, de nuestras propias faltas nacionales, de las cuales debemos redimirnos para realizar plenamente los ideales de la independencia.

La juventud se creyó al frente de un gran movimiento y fundó Asociaciones y Centros latinoamericanos destinados a desarrollar una acción de propaganda y a mantener vivo un ideal de resistencia a las influencias extrañas. ¡Cuántas ilusiones ciframos en ese empuje vivificador! Nadie soñaba las complicaciones que debían producirse después bajo la acción desmoralizadora que encona los conflictos, exalta la pasión y perpetúa la discordia para que todo converja a las rivalidades de los hombres y quede libre el campo a la invasión gradual.

Por una coincidencia curiosa, a raíz de esta campaña, salió de los Estados Unidos el secretario de Relaciones Exteriores señor Philander C. Knox, para hacer a su vez una gira por todos los países hispanoamericanos, empezando por la Argentina y terminando por México.

Saltaba a los ojos que el carácter fraternal de la visita era una apariencia diplomática. Sólo en un mundo de égloga se molestaría un ministro para ir a llevar desinteresadamente de pueblo en pueblo blandos mensajes de ternura. El fin real fue estudiar sobre el terreno el ímpetu de solidaridad que se anunciaba.

El señor Knox pudo ganarse en el camino, por artes diversas, la adhesión de algunos presidentes, pero no llegar al alma de nuestros pueblos. Sin embargo, su gira tuvo una influencia grande sobre la orientación política de los Gobiernos del sur, como veremos en los capítulos siguientes.

Y no es que falten hombres capaces en nuestra América. Pocas regiones pueden ofrecer mayor abundancia de talentos naturales, agudos, perspicaces, preparados para todas las situaciones. Pero no son ellos precisamente los que gobiernan. La gerencia de los asuntos públicos no pertenece todavía al pensamiento, sino a la acción. Y ese es el mal de la América latina, y especialmente de México, cuyo ambiente general hemos tratado de bosquejar a través de una anécdota.

El señor Madero cayó al poco tiempo herido en la espalda por la misma diplomacia que lo había exaltado, víctima expiatoria que tuvo su hora de utilidad.

Buena parte de la juventud que me acompañó en la defensa del ideal continental fue diezmada en las complicadas revoluciones que se sucedieron. Dos invasiones, una por Veracruz y otra por el norte, se desencadenaron en breve plazo, aprovechando el vértigo de los desórdenes civiles. Y la descomposición iniciada desde la caída de la dictadura porfirista se acentuó gradualmente hasta el advenimiento de don Venustiano Carranza, que encabezó una reacción y pereció trágicamente… Pero de todo ello hablaremos al final de este libro. Continuemos ahora el itinerario que nos permitirá dominar el panorama general, para poder deducir de la observación del conjunto las verdades que sintetizan nuestra situación.

Al salir de México llevé la impresión de un pueblo valiente, animoso, inteligente, capaz de sobreponerse a la misma fatalidad y de luchar contra el destino. Pero ese cuerpo de oro estaba roído por las ambiciones políticas, por los caudillos expeditivos, por la tendencia a la discordia, por los pronunciamientos interminables, por el remolino de pasiones que tenían que anemiarlo fatalmente. El odio, la avidez, la falta de reflexión de ciertos caudillos, originaba movimientos anárquicos, catástrofes comerciales, ejecuciones sumarias, tanta ruina y tanta sangre, tanto desgaste de audacia y de vida, que ninguna salud podía resistir. El peñón mejicano estaba ahí como raza, como núcleo popular intacto. Pero el confusionismo sembrado por la noticia artera, la ambición febril, la jactancia de los jefes, la atracción de la guerrilla, eran su piqueta demoledora. Y el duelo trágico de las dos razas en las márgenes del río Bravo se me aparecía en forma de un gigante, provisto de todas las armas modernas, auxiliado por todos los conocimientos humanos, conocedor de todos los ardides, contra un niño ingenuo que, en vez de aprestarse a la defensa, se desgarraba enloquecido las propias entrañas.

A estos males, que México ha sobrellevado porque tiene una salud a prueba de cataclismos, hay que añadir los dos errores principales del señor Madero y de muchos de los políticos que continuaron su obra: disolver el fuerte ejército creado por el general Díaz y olvidar que los intereses económicos de Francia, España e Inglaterra superan en conjunto a los de los Estados Unidos. Pero todo ello obedecía, por encima de las mismas ofuscaciones de momento, a una filosofía disociadora, a un humanismo engañoso, que daba poca importancia al idioma, a la religión, al origen, como fuerzas de resistencia nacional, que confiaba acaso en la patria universal anunciada. Y ésta es, en última síntesis, el peligro supremo para toda la América latina.

Notas

18 Hay en nuestra América la costumbre de anteponer a los nombres norteamericanos una Mr., como si el tratamiento no tuviera traducción en castellano; pero parece preferible mantener nuestras fórmulas, dentro de nuestro medio y de acuerdo con nuestro idioma.

19 Este detalle me hizo faltar, en cierta ocasión, a la obligada prescindencia en las cosas interiores. En medio de los debates que sobrevinieron, dije un día desde un balcón, en un discurso: “Podrán arrancar a nuestros soldados sus trajes históricos, pero juramos que a nuestras almas no les pondrán nunca el uniforme extranjero”. Esta apreciación sobre asuntos locales, nació espontáneamente de un entusiasmo: y aunque no levantó la menor protesta, antes bien, fervorosos aplausos, la cito como indicio del sentimiento superior que me ha llevado siempre a identificarme con la suerte de México.

20 Conviene recordar la síntesis del asunto en fechas. Desde 1912 intriga el imperialismo para apoderarse de ese territorio. Bajo la presidencia de Adams (1827), trata de obtener su cesión. Bajo la de Jackson (1828), reanuda sin éxito las gestiones. En 1830 provoca un levantamiento revolucionario. En 1835 consigue, con ayuda de algunos descontentos, constituir en ese territorio una engañosa república independiente. Y en 1844 esa república paradojal es anexada a los Estados Unidos.

21 No es este el momento de averiguar cuáles eran las esperanzas que había puesto en el la Standard Oil Company, competidora de El Águila, favorecida por el general Díaz poco tiempo antes de su caída.

22 Señor director de Nuestra Era: “En el artículo que hoy publica sobre mí ese periódico, se ha deslizado un error que me veo en la necesidad de rectificar, porque parece dar a mi campaña una significación que podría sorprender a muchos. “No he emprendido ninguna ‘obra en favor de la unión de las dos Américas’. Creo, por el contrario, que los intereses de las dos Américas son diferentes, y esta convicción es el punto de partida de la conferencia que me propongo dar con el título de ‘Ellos y nosotros’.” Nueva Era, 11 de enero de 1912

23 El director del Anglo-América, dijo: “Me parecería algo extraño que México, una nación amiga, con la cual los Estados Unidos han cultivado las relaciones más cordiales, llegara a permitir la pública expresión de conceptos tales como los que han sido emitidos por ese señor.” El capitán L. W. Mix añadió: “Es mi opinión la de que el Gobierno de México tratará al señor Ugarte de acuerdo con las leyes.” El señor Charles F. Yaeger, corroboró: “Yo considero al señor Ugarte algo imprudente, porque procura fomentar enemistades entre los pueblos de dos naciones amigas, que son también vecinas, y especialmente en vista de que la amistad que las liga es mutua, habiendo tenido el pueblo de los Estados Unidos siempre las mejores intenciones para con México, sin amparar el menor deseo de intervenir en sus asuntos interiores, sino al contrario, que han procurado el progreso, prosperidad  y tranquilidad de esta nación, a la vez que respetar en todo sus derechos.

24 Manuel Ugarte está en su más amplio derecho al dar a conocer sus ideas. En época de libertad sería odioso tratar de ajustar una mordaza a un hombre que tiene un punto de mira: la confraternidad, la completa armonía, el estrechamiento de las relaciones de la noble, grande y fuerte raza latinoamericana. Diputado TALAVERA

No sólo estoy conforme, sino que aventuro más: deseo que sea ampliamente escuchado Ugarte. Su idea no puede ser más noble. Para nosotros, los mejicanos, no tiene precédeme. Diputado CHAPITAL

Ugarte está asistido por el más completo derecho de hacer uso de la palabra, desde el momento en que de México, en nuestros días, se puede decir que es un país de libertad. Diputado MELGAREJO

Dada la sobriedad y la discreción que hacen las constituyentes primordiales de Ugarte, es de esperar que no acarreará con su discurso ningún conflicto internacional. Diputado ASPE

Creo sinceramente que Ugarte puede fácilmente, sin premisa alguna, externar sus conceptos. Dada su personalidad, puede esperarse que no turbará la tranquilidad del territorio. Diputado TORRES TORIJA

25. El Imparcial, de México, del 23, 24 y 25 de enero de 1912.

26. Gil Blas, 19 de enero de 1912

27 El artículo tenía párrafos como éste:

“Toda la América pertenecerá políticamente a los yanquis, porque éstos son más civilizados; porque ya en México y en la América Central preponderan o están a punto de preponderar prácticamente, positivamente, con su comercio, capitales, industrias, etc.; ya no les falta nada sino trasladar una flamante bandera de las barras y de las estrellas entre un ejército uniformado de gran parada, para sustituirla al águila mejicana o al quetzal guatemalteco, convirtiéndose así, con toda felicidad, en soberanos políticos.’

28 El Imparcial, 27 de enero de 1912.

29 El Imparcial, El Diario, etc., de 27 de enero de 1912.

30 El director de El País, don Trinidad Sánchez Santos, hizo la psicología de la situación en un editorial:

“Manuel Ugarte, el esclarecido poeta argentino, no ha hablado aún, y ya se le aplaude, ya se le quiere, ya se le defiende, ya se le respeta, hasta entre las clases populares más ajenas a la gran política internacional. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa oculta de que tal simpatía se demuestre a un hombre que aún no ha comenzado a dar sus anunciadas conferencias?

“Vamos a tratar de explicar tan extraño fenómeno, aunque sea en breves líneas. Manuel Ugarte se ha presentado como el intérprete de una gran idea, latente en el alma de los latinoamericanos desde que la concibió el gran Bolívar: la unión de todos los países de América que tienen Sangre latina. Pero esta idea, con ser tan hermosa, no lleva en sí los elementos de una popularidad arrolladora, de esa popularidad que llega hasta las masas analfabetas y las sacude fuertemente, haciéndolas despertar de la inercia en que viven.

“¿Qué ha visto el pueblo detrás de los ideales del escritor argentino? ¿Qué ha adivinado el infalible instinto popular a través de las gallardas teorías de Ugarte?

“El pueblo ha deducido, con esa lógica de las multitudes, que es inflexible y certerísima que el ideal de la unión latinoamericana envuelve la idea grandemente popular del antiyanquismo, idea que podríamos decir llevan en sus tradiciones todos los países de habla española en el Continente americano y que en México ha venido a formar parte de nuestro patriotismo más rudimentario. “El hecho es que Ugarte no ha hablado, y ya es popular en México; el hecho verdaderamente inaudito es que Ugarte ha venido a México para dar conferencias a fin de convencer al pueblo respecto de determinada tesis, y antes de que hable por primera vez, ya el pueblo le está dando conferencias a Ugarte para persuadirlo de la tesis misma que trae en cartera. No recordamos un caso semejante en la historia.” El País, de México, 30 de enero de 1912.

31 “Me veo en la necesidad de decir que la buena fe del señor Ugarte ha sido sorprendida. El Gobierno actual es profundamente respetuoso de la libertad de pensamiento y de la libertad de palabra, y puede el público estar seguro de que ni la Secretaría de Relaciones Exteriores ni yo hemos intervenido directa ni indirectamente en lo relativo a las conferencias del señor Ugarte.” La Prensa, 29 de enero de 1912.

32 La Prensa, 24 de enero de 1912.

33 “Nueva York, enero 23. -The New York Sun está publicando informaciones de México, en las que se comenta la oposición política que se ha suscitado para evitar que Manuel Ugarte celebre conferencias sobre la unión latinoamericana. Añade que Ugarte es tal vez el campeón más apasionado de la alianza latinoamericana en contra de los Estados Unidos. Se cree que la Embajada americana ha hecho uso de su influencia cerca del Gobierno mejicano para crear obstáculo al conferencista. En la noche en que llegó a México el poeta, muchos periodistas, escritores y estudiantes organizaron una manifestación, concurriendo a la estación del ferrocarril para recibirle; además, un número de políticos prominentes fue a Veracruz a darle la bienvenida. La Policía rodeó al recién llegado, no permitiendo que persona alguna se acercase a él. Se le condujo a un hotel a toda prisa, cerrando las puertas de su alojamiento para todos los visitantes, propalando la noticia de que Ugarte estaba enfermo.” La Prensa, de México, 24 de enero de 1912.

34 “El Gobierno ha hecho y hace todo lo posible por amordazar, sin faltar a las leyes, a un hombre que ha conocido que lo quieren amordazar y que sabe que crecerá en la opinión pública mientras más resuelto esté a no callarse. La situación para el Gobierno es, sin duda, angustiosa, y puesto que ya todo está descubierto, que todas las figuras están desnudas, que todas las puertas están abiertas, que todos los boletos para ir a escuchar al señor Ugarte están pedidos y que no hay ya medio de convertir en estatua de sal o de plata al señor Ugarte, se debe esperar a que hable, escuchar lo que diga y juzgar de sus ideas del modo más acertado posible.” La Prensa, 27 de enero 1912.

35 La cuestión Gobierno-Ugarte, La Prensa, 27 de enero de 1912.

36 “Millares de gentes ocupaban la calle y era materialmente imposible andar un paso. Los tranvías que pasan por allí para Zaragoza, Martínez de la Torre y Juárez, interrumpieron sus viajes por esas vías, pues no era fácil atravesar por en medio de aquella abigarrada multitud, que llegaba desde la Cámara de diputados hasta muy cerca de la Mariscala. El ex ministro García Granados fue ovacionado al entrar al teatro con gritos de: ¡Viva Granados! ¡Viva la voluntad de hierro!” El Diario del Hogar, 4 de febrero 1912.

“Aquella muchedumbre tenía ímpetus de huracán, se agolpaba a las rejas con intención de derribarlas. Lo que deseaba era oír hablar a Ugarte. Era un gentío arrollador que pugnaba por entrar a costa de todo sacrificio. Una parte de esa aglomeración llevaba sus localidades; el resto era una porción de curiosos que quería abrirse paso y llegar a las localidades del coliseo arrollando cuanto encontraba a su paso. “La Policía fue insuficiente para contener aquella avalancha humana; las puertas se cerraron y se impidió entrar aún a las personas que tenían derecho a entrar, puesto que llevaban sus boletos. Tres horas duró aquella lucha…” El País, 4 de febrero 1912.

“Cuando llegamos al teatro Mexicano, una multitud anhelosa, rugiente, se estrujaba, y en constante vaivén pretendía asaltar, más bien que entrar, al teatro. “Difícilmente consiguió el señor Ugarte penetrar al coliseo, no sin que antes fuera estrujado por la multitud, la cual se encontraba en el paroxismo del entusiasmo y trataba de entrar a toda costa, ocasionando con esto que el desorden se hiciera mayúsculo.” La Prensa, 4 de febrero 1912.

“Eran tres mil personas que pugnaban por entrar al coliseo, y los esfuerzos de los gendarmes parecían por momentos inútiles para contener aquella avalancha humana. Las puertas del teatro, cerradas y protegidas por la Policía, crujían de vez en cuando al empuje de la gente, y muchas personas supusieron que no tardarían a venir por tierra para dejar paso franco a los entusiastas que no querían privarse de oír la palabra de Ugarte. Por fin bajó el poeta del automóvil y fue ovacionado, y a costa de grandísimos esfuerzos logró ganar una de las puertas. Sus acompañantes se quedaron todavía un largo rato en la calle en la misma difícil condición. No había todavía esperanzas de que se normalizara la entrada del público, y el escándalo, porque esto y no otra cosa era aquel pandemónium, cuando Manuel Ugarte apareció en uno de los balcones del teatro. Se hizo silencio, y el vate argentino manifestó que la conferencia no principiaría hasta que todos tuvieran acceso al teatro, pues que deseaba que ninguno de los que estaban en la calle permaneciera fuera. Ugarte fue muy ovacionado, y tras de la ovación vino nuevamente la lucha para poder entrar al edificio.” El Imparcial, 4 de febrero 1912.

CAPÍTULO IV

LOS PARAÍSOS DE AMÉRICA

La tiranía del señor estrada cabrera. El viajero incómodo. Resultados de la anarquía. La hospitalidad de honduras. El sur es la esperanza. La juventud de san salvador. El cable fomenta la discordia. El protectorado de Nicaragua. Los “hombres de estado”. Fisiología de las revoluciones.

La naturaleza ha colmado a nuestras tierras con cuanto cabe imaginar para la felicidad del hombre; pero ha reservado a la América Central lo más fastuoso y lo más inverosímil. Las tierras que se extienden entre los dos océanos, desde la frontera inferior de México hasta los límites de Colombia, pletóricas de vegetación y de riqueza de todo orden, llenas de perspectivas maravillosas, con montañas que equilibran el rigor del clima y ciudades románticas que prolongan usos de la colonia, constituyen verdaderos paraísos de leyenda, donde todo parece haber sido combinado por Dios para ofrecer a la especie un retiro encantado de serena abundancia y reposo espiritual. Sin embargo, ninguna región en el mundo ha presenciado una orgía mayor de actos de violencia y exterminio, ninguna se ha visto agrietada por más vicisitudes, como si la frondosidad de la comarca se reflejase en las almas, envenenando a los hombres con frutas y flores de sangre, para dar alas a la tragedia en el seno mismo del paraíso.

Antes de salir de México tuve ocasión de conversar con el ministro de Guatemala en aquel país, doctor Ortega, quien me aseguró que el presidente señor Estrada Cabrera no hostilizaría en ninguna forma mi campaña, añadiendo, en tono confidencial, que si el señor Madero me hubiera expulsado contaba ofrecerme asilo el país vecino. Aún recuerdo sus palabras: “He mandado día por día al licenciado Estrada Cabrera largas comunicaciones sobre los acontecimientos que se han desarrollado aquí, y creo poder condensar la situación en una sola palabra: Vaya.”

En algunas de las controversias a que dio lugar este viaje, tuvo después el ministro que refutar por los periódicos 37 las acusaciones formuladas por mis amigos de México, a raíz de las incidencias que me obligaron a salir de Guatemala. Pero acaso fue él la primera víctima de la sutileza del tirano.

El señor Estrada Cabrera pasaba por ser uno de los más finos políticos intrigantes que se han conocido en nuestra América. Desprovisto de escrúpulos, pero sobrado de malicia, había conseguido perpetuarse en el gobierno, difundiendo unas veces el terror con sus procedimientos expeditivos y ganando otras las voluntades con el favor y las dádivas. De más está decir que resultaba más peligroso esgrimiendo estas últimas armas, porque si con las primeras suprimía las vidas, con las segundas segaba las voluntades. Gozaba en todo Centroamérica de una firme impopularidad, de suerte que era más nefasta su benevolencia que su persecución. Después de las luchas de México, nada resultaba más difícil que pasar a Guatemala, no porque mi propaganda tuviese nada de local o de agresivo contra el país o contra su régimen interior, sino a causa del sometimiento que siempre había demostrado el señor Estrada Cabrera frente a la política imperialista.

El hecho de querer que nuestra raza conserve sus posiciones en el Nuevo Mundo, la propaganda que tiende a reunir los fragmentos dispersos de las antiguas colonias españolas y portuguesas, la aspiración a salvar del desastre, mediante una serena coordinación, a las repúblicas que hoy deben tolerar ingerencias de países extraños, no significa nada que alcance al parecer subversivo. Cuando salí de París creí ingenuamente que no encontraría hostilidad. Contaba con la abstención, más o menos diplomática de los gobiernos, pero nunca imaginé que alguien pusiera trabas en nuestras propias tierras para hablar de patriotismo y de grandeza futura.

Algunos emigrados guatemaltecos trataron de disuadirme. Pero yo quería conocer todas las repúblicas hispanoamericanas, quería hablar en todas las capitales del Continente, y atravesando el istmo de Tehuantepec me embarqué en Salina Cruz, el 22 de febrero en el vapor Salvador.

Previo el saludo telegráfico al residente, que es de rigor en las democracias autoritarias de Centroamérica, desembarqué en San José, y seguí viaje directo para la capital. Recuerdo que llegué un domingo, a la tarde. Mi primera visita fue para el representante argentino, que lo era entonces el coronel Belgrano. Los grupos volvían lentamente por las aceras. En las ventanas había grupos de niñas vestidas de blanco, conversaban con los novios, prolongando una de las más pintorescas costumbres de nuestra zona tropical. En el fondo de la calle vi el desfile de un batallón, que se alejaba con su música a la cabeza. Pero algo vago y sombrío parecía gravitar sobre la ciudad chata, de calles rectas, que se alejaban hasta el límite. Después supe que era el terror.

Al volver al hotel me entregaron un sobre con el sello del Ministerio de Relaciones Exteriores. Contenía un pliego solemne que decía así: “El secretario de Estado y del despacho de Relaciones Exteriores de la República de Guatemala, tiene la honra de saludar atentamente al señor don Manuel Ugarte, y le ruega que se sirva venir a esta Secretaría el día de mañana, a las once, antes meridiano”.

A la hora indicada, me presenté al Ministerio. El ministro, cuyo nombre no recuerdo, tal es el carácter efímero de estos pasajeros magnates que no tienen más valor que el que les presta momentáneamente el cargo que ocupan, era un hombrecito delgado, ceremonioso, anodino. Me hizo sentar pomposamente, con gesto de melodrama, penetrado de la gravedad de su misión.

—Guatemala está orgullosa —me dijo— de tener en su seno a un escritor de su talla. Nos hemos enterado, con el más vivo placer, de su presencia en esta capital, y me he apresurado a llamarle para dirigirle un saludo en nombre del gobierno. Sus conferencias literarias serán saboreadas con deleite por nosotros.

—Lamento tener que desengañarle, señor ministro -repuse después de agradecer la cortesía inicial-, pero no traigo el propósito de disertar sobre literatura. Dada la situación de nuestra América he creído que un escritor, libre de toda responsabilidad diplomática, podía hacer obra útil difundiendo, al margen de los organismos oficiales, ciertas ideas de coordinación que están en la atmósfera. Esa es la causa de mi viaje. El tema de las conferencias no puede ser otro que el que preocupa a nuestros pueblos. El ministro tuvo un silencio de severidad.

—El viaje de Mr. Knox — declaró después de reflexionar un instante— y las circunstancias especiales de nuestra política, nos impiden contribuir a que se trate ese tema.

—Yo no pido, ni espero, en ninguna forma, la intervención o el apoyo del gobierno —repliqué—; sólo deseo exponer y estudiar en un ambiente popular y juvenil determinadas cuestiones.

—No lo podrá usted hacer —articuló secamente.

—En ese caso, señor ministro, tendré la pena de partir mañana; pero como algún día he de hacer la crónica de este viaje, me verá obligado a recordar sus palabras.

Nada me ha maravillado más durante la gira, que la ingenuidad de ciertos hombres que creen infalibles sus ardides. Al salir, la casualidad, que es el Dios de Guatemala, hizo que encontrase al general Enrique Arís, militar de cultura y hombre de confianza del presidente. Me dijo que deseaba invitarme a un almuerzo. Aún veo la ventana abierta ante la cual dispusieron la mesa. Los comensales éramos: el cónsul argentino, José Santos Chocano, el general Arís y quien escribe estas líneas. En momentos de servir el café, llamaron providencialmente al general por teléfono, y, al cabo de un rato, volvió diciendo:

—Acabo de hablar con Su Excelencia; en estos momentos está en su casa, y como le hice saber que almorzábamos juntos, me expresó su deseo de conocer a usted. Iremos en seguida…

Lo que yo necesitaba para conservar mi prestigio en Centroamérica, era precisamente no ver al señor Estrada Cabrera si no podía dar una conferencia en Guatemala. La fama de dadivoso que tenía el presidente, unida a mi silencio, podía hacer suponer que yo había renunciado voluntariamente a hablar, mediante un pacto interesado.

No era posible olvidar el ejemplo de lo que había ocurrido al llegar a México. De suerte que la situación se presentaba en estos términos. En caso de poder hacer una conferencia, me era indiferente ver o no ver al presidente; pero en caso de no poder hablar, era absolutamente indispensable no haberlo visto. No podía, pues, consentir en que la entrevista fuese previa, porque con ella prestaría justificación astuta a la prohibición que podía venir más tarde. Esto fue lo que di a entender en forma comedida a los amigos que me acompañaban. Ninguno de ellos pudo suponer que el detalle de protocolo invocado a propósito de una previa gestión del cónsul, hecha sin consentimiento mío, pudiera ser el verdadero obstáculo.

Desde ese instante comprendí que mi salida del país era inevitable.

¿Y la opinión pública? —dirá el lector—. La situación era muy diferente.

En Guatemala no había, como en México, una masa oleosa dispuesta a levantarse en remolinos bajo un viento de libertad. No había Prensa, no había plaza pública. No era posible que un hombre saliese a la calle a gritar sus certidumbres, porque en el ambiente de intimidación y de sigilo, todo estaba en manos del tirano. Los diarios importantes de la ciudad habían enviado la víspera al hotel, cronistas y fotógrafos, y aquella misma mañana se había suprimido mi nombre hasta en la lista de viajeros llegados el día anterior. La orden era terminante: callar. El único que rompió la consigna después de mi partida, fue José Santos Chocano, a pesar de sus compromisos con el gobierno del señor Estrada Cabrera 38.

En cuanto a los estudiantes, bien sabía el país que los que habían podido escapar a los fusilamientos estaban en las universidades extranjeras. Sin embargo, un íntimo núcleo, la Sociedad “El Derecho”, me ofreció su apoyo, y un grupo de jóvenes publicó, en hojas sueltas, reproducidas en máquina de escribir, un manifiesto interesante por la situación que revela 39. En ese grito, a través de todos los excesos, estaba el alma de Guatemala, oprimida, asfixiada, pero animosa y hasta temeraria, porque no es difícil adivinar a lo que se exponían los autores.

He dicho que el señor Estrada Cabrera era hombre superior en el arte de cercar a sus víctimas y obligarlas a actitudes determinadas. El desgano con que había sido recibida la primera invitación, exasperó al dictador. Yo no era más que un viajero aislado. Todos los abusos, todos los atropellos podían acumularse impunemente sobre mí. Pero tenía una defensa que, según pude ver en el curso del viaje, detenía el ímpetu de muchos: contar lo que había pasado. El presidente de Guatemala cuidaba su propaganda en Europa, y quiso evitar el cumplimiento de lo que anuncié a su ministro.

Dos horas después de la invitación del general Arís, recibía el cónsul de la Argentina, de puño y letra del presidente, una carta en la cual le decía que nos recibiría al día siguiente, a las cinco de la tarde. Como la táctica no cambiaba (hacer en torno mío el vacío y no dejarme más salida que la entrevista con el dictador), tomé el tren para el puerto de San José, dejando la cita pendiente. Mi propósito era embarcar aquella tarde para San Salvador. Pero…

el viajero iba resultando, en realidad, poco deseable para aquellos gobiernos en momentos en que la visita del señor Knox levantaba las cóleras de los patriotas centroamericanos. Las desamparadas cancillerías hacían esfuerzos inauditos para prevenir las protestas que se anunciaban y esconder el sentimiento real. Los himnos, las banderas entrelazadas y los banquetes no podían impedir que entre los núcleos juveniles y populares cundiese la rebeldía. Antes bien, los mismos agasajos provocaban en tierras levantiscas, donde los hombres parecen haber nacido para la oposición, un natural reflujo de mal humor creciente, que podía culminar en manifestaciones, por poco que se ofreciese una oportunidad.

En tales circunstancias, la llegada de un escritor que representaba la tesis contraria al panamericanismo, y que acababa de dar ocasión a las manifestaciones de México, tenía que resultar incómoda, sobre todo si se tiene en cuenta que más de uno de aquellos gobiernos subsistía exclusivamente por el apoyo o la tolerancia de la república anglosajona, ocultando, naturalmente, al pueblo los compromisos contraídos en su nombre.

Horas antes de embarcarme para San Salvador, recibí telegramas inesperados. “Venga usted, a pesar de todo, y no se deje impresionar por las intrigas”, decían los estudiantes. “Los artesanos del Salvador le defenderán”, corroboraban los obreros. Comprendí que algún inconveniente surgía también en la república salvadoreña. Poco después llegaban otros telegramas que aclaraban el asunto 40. Se me pedía que postergase el viaje a causa de la visita del señor Knox, y me pareció muy atendible el escrúpulo que aconsejaba al gobierno evitar dificultades durante la permanencia en aquel país del secretario de Estado norteamericano. En vista de ello, decidí permanecer en el puerto de San José hasta la fecha indicada. Pero el gobierno de Guatemala no lo entendía así, y la respuesta del general Arís a un telegrama mío fue terminante 41.

El señor Estrada Cabrera no quería saberme en tierra guatemalteca a la llegada del señor Knox.

De suerte que, cuando me embarqué en el City of Panamá, no sabía, en realidad, hacia dónde iba. El político norteamericano era dueño de toda la América Central —mar y tierra—, y el viajero latinoamericano, que defendía los intereses latinoamericanos en tierra latinoamericana, parecía destinado a no poder posar el pie en ninguna costa y a ser rechazado de todos los puertos, porque la vida estaba inmovilizada por el recuerdo de la visita del señor Knox, por la presencia del señor Knox o por la espera del señor Knox, que desembarcaba autoritario y frío, en medio de las comisiones oficiales, sin que le saludase un víctor o un homenaje popular, a pesar de los esfuerzos que en ese sentido hacían los gobiernos.

Cuando consideramos esta situación, conviene tener en cuenta la desproporción fantástica entre la fuerza avasalladora de los Estados Unidos, dueños de una escuadra formidable, árbitros del comercio de América, proveedores de elementos bélicos para todas las revoluciones que pudieran convenirles, y la debilidad material y moral de los que gobernaban en pequeñas repúblicas, sin arraigo en la opinión, sin defensa económica o militar, expuestos a los levantamientos de opositores que no vacilan en apoyarse en Washington para “regenerar al país”. Acusarles de pusilanimidad, es desconocer lo que hay de bravío en el alma hispanoamericana. El único reproche que se les puede hacer es el de haber usufructuado el error en vez de levantarse contra él, y haber contribuido a perpetuar el mal en vez de combatirlo. Si esos hombres apegados al poder y atentos sólo a conservarlo temían las rebeliones fomentadas desde el extranjero, es porque en la mayor parte de los casos habían practicado el mismo sistema para desalojar a sus predecesores. De las circunstancias de su encumbramiento, nacía quizá la eficacia de las fuerzas morales bien manejadas.

Ante el coloso prepotente, sólo habían hecho en todo momento un parangón de resistencias, un recuento de cañones, dejando en la sombra la movilización moral del derecho y de la justicia, que también pesan en la balanza de las soluciones históricas. Reconozco —y aquí tocamos la verdadera razón de la debilidad centroamericana, y en general de la debilidad de la América española— que esos factores sólo pueden ser utilizados con probabilidades de éxito en democracias estables (Bélgica, Suiza), que evitan todo reproche de anarquía y conquistan el respeto de los demás, fomentando la paz y el progreso. Para poder gritar al mundo: “¡Soy víctima de una injusticia!”, hay que haber ganado la consideración de las demás naciones. Y, desgraciadamente, en la mayor parte de nuestras comarcas y, especialmente en algunas de las que estamos recorriendo ahora, se ha derrochado la sangre, la riqueza y el porvenir de la patria en luchas dementes que han fatigado la paciencia universal.

¿Qué esas luchas han sido provocadas por los Estados Unidos? ¡Peor aún! Más culpables que los que se sirvieron de la discordia, son los que se lanzaron a ella favoreciendo intereses extraños; los que puestos en el caso de elegir entre las conveniencias de la nación y las propias, aceptaron para triunfar en las lides interiores las armas o el apoyo financiero que les brindaba desde fuera un imperialismo interesado, como todos los imperialismos de la historia, en disolver para imponerse al fin como elemento civilizador. Si en un momento preciso de la evolución centroamericana los hombres que gobernaban tenían razón, en el conjunto de la historia de esos países no la habían tenido nunca, porque lo que los colocaba en situaciones irremediables y subalternas era precisamente la dispersión, la vida anárquica, la falta de inquietud previsora, la avidez egoísta, todo lo que ellos y sus predecesores fomentaban y usufructuaban, desde que cayeron los grandes caudillos de la independencia.

Lo que la especial coincidencia sintomática del viaje paralelo del señor Knox traía a la superficie, era el resultado de una lenta descomposición elaborada durante largos años al calor de las revoluciones que desquiciaron las finanzas, se llevaron las mejores vidas, impidieron la explotación de las riquezas naturales y dividieron a la América Central en pequeños estados. La obcecación política, el ansia de gobernar, las bajas pasiones, habían impedido todo florecimiento normal, orientando las energías hacia la conquista exclusiva del poder, sin más plan ni programa que la conquista del poder mismo, de tal suerte y con tan ruda intensidad que las grandes empresas, las vastas explotaciones, la savia nacional estaba en manos extrañas. De ello ha nacido la ironía dolorosa. Persiguiendo el poder, sólo han corrido algunos en realidad detrás de su sombra, porque los que gobiernan verdaderamente son los que tienen en sus manos, además de la influencia diplomática, los empréstitos y la espada de Damocles de las intervenciones, ejerciendo la más severa tutela sobre los mismos que se hacen la ilusión de mandar. Así ha ido suicidándose gradualmente una región maravillosamente dotada por la Naturaleza y habitada por hombres llenos de inteligencia y valentía, que parecía destinada a ser un paraíso de la tierra.

Si hay rudeza en el reproche, es porque me identifico de tal manera con la suerte de esas naciones, que me parece sentirme personalmente defraudado. Bien sé que nuestros países no están acostumbrados a la verdad; bien sé que la franqueza tiene que irritar engreimientos y susceptibilidades. Pero la adulación y el engaño sólo han servido hasta ahora para fomentar y aclimatar los errores. Y la mejor prueba de adhesión que puedo dar a esos países, es exponerme a sabiendas a que ciertos elementos me fulminen por haber cometido la falta imperdonable de servirlos realmente.

El barco costero que me llevaba hacia el sur debía detenerse en todos los puertos de la América Central. El primero fue Acajutla, jurisdicción salvadoreña, donde me esperaba como mensajero oficioso del presidente Araujo, el señor don Ramón Mayorga Rivas. Me dijo que la juventud estaba exaltada, que se preparaban manifestaciones con las banderas de todos los países de América latina y que, dado el próximo arribo del señor Knox, podía dar lugar mi llegada a incidentes desagradables. En apoyo de su tesis, me entregó una carta del cónsul argentino en San Salvador, don Esteban de Loqui 42. Todo ello me pareció tan atendible como bien pensado. Pero quedaba el problema de saber dónde me dejaría desembarcar el señor Knox.

Al cabo de varios días, llegó por fin un telegrama de Honduras que resolvía la situación. Emanaba del ministro de Relaciones Exteriores y decía textualmente: “En nombre del pueblo y Gobierno de Honduras, doy a usted cumplidos agradecimientos por su atento saludo, significándole por anticipado nuestra sincera complacencia por su visita a esta república, en donde es usted muy conocido y apreciado por sus laudables trabajos en pro de la solidaridad latinoamericana. Reciba con nuestro saludo cordial las seguridades de nuestra consideración.” El noble gesto del país más pequeño y más débil, borraba todas las malandanzas.

Tras una escala en la Unión, donde encontré delegaciones juveniles que me instaron a desembarcar a pesar de todo, llegó el City of Panamá al puerto hondureño de Amapala, de donde acababa de salir el señor Knox con rumbo al norte. Todavía se veía en el confín del mar el penacho de humo del barco en que se alejaba. Anclamos en esa admirable bahía de Fonseca, que es, quizá, el puerto natural más extraordinario que se conoce, y donde caben, según la expresión de un almirante norteamericano, todas las escuadras del mundo. Sobre él tienen costas las repúblicas de San Salvador, Honduras y Nicaragua, y forma como una gran salida común hacia la cual converge la vida de los tres países en la parte que mira hacia el Pacífico.

Nada más pintoresco que el viaje hacia la capital. No es precisamente moderno y confortable. Pero la Naturaleza es tan pródiga de vegetación y de perspectivas, en las montañas que se escalonan desde el mar hasta Tegucigalpa, que las molestias se olvidan y los tres días en mula parecen cortos para contemplar el prodigio. De San Lorenzo a Perspire, Noramulca, La Venta, Sabana Grande, Sauce y Loarque, es una gradación de floras, faunas y horizontes que van superponiéndose a medida que el camino se eleva sobre el nivel del mar, bordeando las colinas que aparecen cuando avanzamos bajo el limpio cielo azul.

Es Tegucigalpa una ciudad pequeña, de puro tipo colonial, que ha mantenido su carácter, sus distintivos y su aspecto, sin cambio apreciable, desde la época en que la industria minera hacía de ella un próspero centro del comercio español. Capital de una república de medio millón de habitantes, que cuenta las revoluciones por los años de independencia, no ha podido propiciar su renovación ni cultivar su progreso, conmovida, como ha vivido siempre, por las agitaciones políticas. Pero encontré en ella un grupo de hombres preparados y un núcleo juvenil brillante que estaba a cabo de cuanto ocurría en el mundo. Citaré a Froylán Turcios, Rafael Heliodoro Valle, Salatiel Rosales, José Cruz Sologaistoa, Enrique Pinel, Samuel Laines, Ramón Ortega, Adán Canales, Edmundo Lozano, Alonso A. Brito, Manuel A. Díaz, Gustavo Alemán Bolaños, Esteban Guardiola, Juan María Cuéllar, Federico Miltón, Joaquín Bonilla, Manuel A. Zelaya y Norberto Guillen.

Los políticos me parecieron firmes y despiertos. El presidente, don Manuel Bonilla, era un hombre recio, cauto, un tanto silencioso, pero afirmativo en lo referente a la integridad de nuestra América. El ministro de Relaciones, don Mariano Vázquez, había tenido el acierto de recordar en su respuesta al discurso del señor Knox, la frase del señor Elhiu Root: “Consideramos la independencia y la igualdad de derechos de los menores y más débiles miembros de la familia de las naciones, merecedores de tanto respeto como los de los grandes imperios.” Y el ministro de la Guerra señor Bertrand, que después fue presidente de la república, me dijo en la primera entrevista: “Sería de desear que hubiera en América muchos patriotas como usted.”

Mi conferencia fue presidida por el rector de la Universidad doctor Rómulo E, Durón, el Ateneo me dedicó una sesión, el Club de Tegucigalpa ofreció un baile, y si el diario oficioso Nuevo Tiempo se mantuvo en actitud reservada, sus razones tendría, y no ha de ser un detalle lo que desvirtúe la significación del conjunto.

Lo que decía Salatiel Rosales en un artículo de bienvenido, fue confirmado por los hechos: “Cuando nuestro huésped rememore su excursión por la América hispana, dirá que hay en este país un puñado de jóvenes representativos con alguna altivez en el corazón y el espíritu abierto a los ideales grandes. Dirá que éste es un país hormigueante de políticos; pero contará al mismo tiempo que hay una generación nueva, amplia de espíritu, vivificada y sana, que no irá como las anteriores a despedazar criminalmente la república en los ridículos zafarranchos que han dado en llamar revoluciones. Dirá que Honduras tiene incultos sus campos, que carece de ferrocarriles, de fábricas; que en sus caminos se va al trote mesurado del bíblico burro; pero también hará notar que se levanta una juventud enérgica y optimista que cree en los ideales y tiene en el porvenir una fe viva.” Descartemos las apreciaciones sobre los políticos del país. En lo que respecta a las nuevas generaciones, la impresión es exactísima. Y confieso que pocas veces me he sentido emocionado como en aquella pequeña ciudad, muy española y muy indígena, muy nuestra, sobre todo, capital humilde de un país indefenso, expuesto a todas las represalias materiales y morales, y, sin embargo, tan independiente en sus actitudes. Y conste que al hablar así no surge el recuerdo de homenajes y coronas, que la mejor corona para el que se había lanzado a la difícil peregrinación era la aceptación impersonal de sus ideales. Aludo, aparte de todo halago, a la predisposición de aquel pueblo para comprender y sentir sacudidas superiores.

Dos telegramas del presidente de San Salvador 43, recibidos al regresar a la costa, parecían indicar que continuaría siendo propicio el ambiente. Al recorrer de nuevo el camino que me obligó a hacer dos veces el viaje del señor Knox, y al poner otra vez la proa hacia la república centroamericana de más exiguo territorio y más densa población, era natural evocar la situación especial de aquel país.

San Salvador comparte con Costa Rica en Centro América el mérito de haber tenido menos revoluciones y de haber sabido sacar mejor partido de sus riquezas naturales. La actividad industriosa arranca desde los primeros misioneros, que llevaron a la región la disciplina y el gusto de los trabajos manuales. Con sus cuarenta habitantes por kilómetro cuadrado, el Salvador ha desarrollado después vigorosamente la dirección inicial, y es hoy, en proporción a su, población, una de las repúblicas más civilizadas y más europeas de la América tropical.

La Comisión de políticos que mostró empeño en hacerme desembarcar en el puerto de la Libertad para llevarme en automóvil hasta la capital, ignoraba seguramente que la recepción popular había sido organizada en el siguiente puerto de Acajutla, de donde sale un buen ferrocarril para el centro del país, caso fuera suspicacia suponer que se intentó burlar a los estudiantes. Pero algo debió ocurrir, sin embargo, puesto que la manifestación, preparada para el 28, a las once de la mañana, tuvo que improvisarse el 27, a las once de la noche, a causa de un tren especial que no podía ser previsto. Quizá por eso mismo fue el público más numeroso y los discursos más violentos 44.

Al hablar en nombre de los estudiantes, Salvador Merlos, que debía publicar después su libro El peligro yanqui, evocó la invasión del pirata Walker en 1856 y el ímpetu que levantó contra él a toda la América Central. Leopoldo Valencia, en nombre de la Federación Obrera, dijo que se alzaban en aquel momento “las manos de los antepasados, los indómitos cachiqueles que prefieren morir luchando antes que ver el pedazo de suelo que habitan en poder de los conquistadores”. El representante de la Sociedad de artesanos, Joaquín G. Bonilla, habló de la «obra de defensa continental que incumbe a las nuevas generaciones ». Y Rubén Coto Fernández, concluyó: «En otros tiempos se nos atacaba con las bayonetas y -ahora con el dólar. Pero hemos comprendido que la superioridad consiste en la educación, y hemos empezado a levantar una ametralladora en cada escuela

En los Círculos oficiales se interpretó como un desaire el hecho de que yo me abstuviese de ocupar el carruaje que el presidente mandó a la estación; pero aquí cabe exponer, en este orden de ideas, un punto de vista aplicable a todos los países recorridos. El viaje, estrictamente individual, sólo era la Visita de un escritor a las juventudes y a los pueblos que podían propagar sus ideas. No hablaba yo en nombre de ningún Gobierno, ni solicitaba favores oficiales. Si saludaba al llegar a los presidentes o a los ministros, lo hacía para rendir homenaje a la nación en su representación oficial, y esperando obtener con esa manifestación de respeto cierta tolerancia para mi propaganda. Pero alejado de toda pretensión y todo interés subalterno, no aspiraba a más honores que los que nacen del entusiasmo en las asambleas públicas. Claro está que tenía que agradecer las deferencias de los mandatarios. Pero mi fin no era ser recibido por ellos, sino fraternizar con las colectividades. Y debo confesar dolorosamente que para llegar a este último resultado, lo mejor, en la mayoría de los casos, era mantenerse al margen del poder, que no siempre gozaba de arrolladora popularidad.

El presidente de San Salvador, hombre demócrata, no era en Centro América el que levantaba resistencias más visibles. Pero la muchedumbre pidió que fuese a pie con ella hasta el hotel, y hasta el hotel fuimos, entre vivas, a la República Argentina.

Esos vítores a mi patria, y esa bandera azul y blanca que flotaba en todas las recepciones en países que no tenían la menor comunicación con Buenos Aires, y por los cuales era yo uno de los primeros argentinos que pasaban, me producían una doble sensación de agrado y de tristeza: de agrado, por lo que significaban para el prestigio de mi nación, y de tristeza, porque ponían en evidencia el olvido de la diplomacia argentina, enclaustrada en fórmulas de hace cincuenta años, ajena a la atmósfera en que debe moverse en América. Todos aquellos pueblos tenían los ojos fijos en el sur, atentos a la aparición de una luz que tenía que nacer lógicamente dentro de la ideología política continental. Esperaban que la masa latinoamericana que triunfaba en el extremo inferior del Continente, en clima análogo al de los Estados Unidos, con parecidos aportes de inmigración, hiciera un signo, lanzara una voz a los grupos afines que se escalonaban hasta el trópico para anunciar direcciones conjuntas, sin hostilidad contra nadie, en plena comunión familiar. Era una aspiración que estaba en el ambiente, como resultado de la admiración afectuosa con que todos seguían la ascensión de la nación hermana. En cada viva a la Argentina, había un viva al conjunto tal y como debió desarrollarse si no se hubiesen interpuesto influencias y vicisitudes hijas de la situación geográfica y derivadas de agentes exteriores; en cada viva había, además, un viva al propio sacrificio, porque todos comprendían que lo que había hecho posible el desarrollo de los pueblos del Sur era, en cierto modo, la masa formada por los del Norte. El A B C sólo pudo surgir detrás de una trinchera formada por los heridos, oí decir a menudo. Y acaso tenían razón. No hemos sentido en el Sur, desde el principio de nuestro desarrollo, la presión de un vecino poderoso; sólo el mar nos ha separado de Europa; hemos podido respirar a plenos pulmones y traer oxígeno de los cuatro puntos cardinales, mientras otras repúblicas se debatían bajo la irradiación avasalladora de un enorme imperio limítrofe. En el viva a la Argentina había un viva al pasado, un viva a Morazán, y también un viva al futuro, un viva a todas las esperanzas. Si la diplomacia argentina hubiese tenido algo más que la obsesión enfermiza de la frontera inmediata, si hubiese alzado el vuelo para percibir panoramas continentales, otra sería, seguramente, la situación de los países de América, y otro el prestigio nuestro. Pero dejemos estas reflexiones para cuando hablemos, en uno de los capítulos siguientes, de la situación especial y de las responsabilidades que incumben a las repúblicas del Sur.

A pesar del ambiente entusiasta, a los pocos días se planteó de nuevo lo que debía ser, hasta el fin del viaje, el eterno conflicto. A raíz de una visita al presidente, me vi obligado a dirigir al secretario del Comité Estudiantil una carta renunciando a dar la conferencia anunciada 45. La juventud contestó con un Manifiesto pidiéndome que hablase a pesar de todo 46. Inquieto por el cariz que tomaba el asunto, el presidente escribió una carta autorizando la conferencia, a la cual contesté yo en la forma respetuosa que imponía mi situación. El asunto tomó, como en México, un aspecto de batalla, y tuve que afrontar la lucha abiertamente, apoyándome en el pueblo y en la juventud para contrarrestar las habilidades que se multiplicaban en la sombra.

En la ciudad sonriente y clara, cuya plaza central se llenaba al atardecer de mujeres hermosas que paseaban en grupos alrededor del quiosco de la música y donde flotaba cierta atmósfera idealista y superior, comprendí mejor que en cualquier otra parte la extraña dualidad de ciertos pueblos de nuestra América; por una parte ensueño, blandura, inacción, y por otra altivez, resolución, firmeza.

En el clima tibio, bajo el cielo sereno, en medio de una naturaleza pródiga, el hombre no se siente mordido por un afán de acción continua y se deja llevar fácilmente al quietismo y a la divagación; pero esta tendencia no anula sus resortes y, llegado el caso, se levantan en una llamarada conjunta toda la fiereza indígena y todo el orgullo español. Así lo vimos cuando, cerrados los teatros se organizó mi conferencia en el jardín de un viejo convento, cuando los obreros me recibieron en su local social, cuando se realizó el 11 de abril la manifestación en honor de la solidaridad latinoamericana, y en todas las incidencias a que dio lugar mi estancia en el país. Así se probó, sobre todo cuando, cuatro meses más tarde, sin la presencia del “agitador”, la presión popular y callejera empujó al mismo presidente Araujo a protestar contra la invasión de Nicaragua y a encabezar una reclamación conjunta de los Gobiernos de Centroamérica. No he querido hablar todavía de la vigilancia ejercida desde el comienzo del viaje. Pero dados los antecedentes, el carácter de la propaganda y los tumultos a que ésta daba lugar, casi es innecesario decir que fui seguido en todos los actos, no sólo por agentes locales que cumplían una función regular dentro de sus fronteras, sino por delegados especiales de los Estados Unidos.

Los que conocen los procedimientos del imperialismo y la importancia que presta a las informaciones directas, no se sorprenderán. Pero a medida que la jira cobraba amplitud, la observación se trocó en intriga hostil. Se espiaban los pretextos que podían dar lugar a interpretaciones contrarias. Con ayuda de ardides que pasaban inadvertidos para la mayoría, se sembraba de minas el camino, se divulgaban noticias falsas, se me desacreditaba en todas formas, unas veces verbalmente, otras con ayuda de la prensa adicta. Hoy se me acusaba de hacer una gira comercial, mañana de ser un millonario excéntrico, pasado de estar subvencionado por Alemania. No es posible imaginar el tino, la perseverancia, la energía, la diplomacia que fue necesaria para salvar las necesidades. Después se ha llegado a interceptar mi correspondencia, a obstaculizar la circulación de mis libros, a denigrarme sin escrúpulos, y he sentido el peso de las más dolorosas represalias. Pero en aquellos momentos, en que iniciaba la acción creyendo en una lucha franca, me sorprendió el terreno y el ambiente en que debía evolucionar.

La dificultad mayor consistía en las comunicaciones. Sólo recibía las que dejaban pasar la censura, o el cable norteamericano, de suerte que a menudo ignoraba la atmósfera de un país antes de mi llegada o después de mi partida. Así pudo publicar el New York Times del 18 de agosto de 1912, un reportaje absolutamente inexacto, que fue reproducido por El día, de la Habana, y por varios periódicos de América, y que no conocí hasta llegar al término del viaje. Y así se cablegrafiaron a Buenos Aires las noticias más torpes sobre la gira.

Todo ello ponía de manifiesto —salvando el radio de las cosas personales y volviendo a las de interés internacional— la eficacia que puede tener la noticia como agente de división. Cuando en vez de tratarse de naciones distantes se opera sobre países limítrofes, los resultados suelen ser dolorosos. Muchos de los choques que se han producido entre nuestras repúblicas tienen su origen en una información artera. Y aun dentro de la paz, el cable cultiva alejamientos y hostilidades. Cada vez que en Buenos Aires traté de defender a México, tuve que empezar por refutar la opinión hostil creada por las agencias. Nada más difícil que restablecer la verdad en un medio saturado por ininterrumpida información tendenciosa. Cuando pensamos que en la mayor parte de los casos nuestras naciones tienen que utilizar hasta para sus comunicaciones oficiales el cable extranjero, podemos medir la eficacia que alcanzará la acción gubernamental, ya sea en el orden interior, cuando se trata de sofocar revoluciones, fomentadas a menudo desde afuera, ya sea en el orden exterior, cuando se intenta conducir una acción diplomática en desacuerdo con la misma potencia que tiene en sus manos el resorte supremo de la información.

El mes de abril de 1912 no era el más propicio para llegar a Nicaragua, porque se estaba tramitando contra la voluntad del país el tratado que debía ser fatal para la autonomía. Como reacción inevitable, una nueva revolución estaba en la atmósfera.

Basta recordar los antecedentes 47 para comprender la tragedia que vivía ese pueblo.

La presidencia del señor Adolfo Díaz, continuación de la del señor Juan Estrada, acababa de contratar con la casa Brown y Seligman, de Nueva York, un nuevo empréstito, dando en garantía las Aduanas, aceptando el nombramiento por los banqueros de un recaudador norteamericano y enajenando los ferrocarriles. La situación era tal, que el Congreso nicaragüense, que debía reunirse en enero, había aplazado sus sesiones, accediendo al pedido del encargado de Negocios de los Estados Unidos, hasta la llegada de un enviado especial de Washington que traía misión de introducir enmiendas en la Constitución. A pesar de que las ciudades estaban ocupadas por tropas norteamericanas, la opinión pública protestaba abiertamente, y como se invocaba para justificar la intervención la deuda de Nicaragua, el entusiasmo popular se levantaba en olas, abriendo suscripciones y recolectando cuanto era posible para redimirse y salvar la independencia del país 48. No entraba esto en los planes del Gobierno, dispuesto a firmar contra viento y marea el famoso convenio Knox-Castrillo.

Cuando el City of Sydney llegó al puerto de Corinto, un empleado de policía me significó que no podía desembarcar.

— ¿Por qué? —pregunté sorprendido.

—No le voy a dar a usted explicaciones.

—Sin embargo, tiene usted el deber de dármelas.

El funcionario dudó un momento, y con visible mal humor concluyó:

—Hay una ley que prohíbe la entrada de anarquistas al país.

Sin contestar, en el mismo salón del barco, redacté mis telegramas de saludo para la prensa, y así que los hube escrito, llamé a un camarero para que los llevase a tierra.

Entonces intervino de nuevo mi interlocutor:

—Usted está incomunicado —me dijo— y no puede mandar cartas ni telegramas.

— ¿Ni al cónsul de mi país? —pregunté.

—Ni al cónsul de su país —repitió ásperamente.

De más está decir que no faltó un viajero que viese esa misma mañana al cónsul argentino, don Marcial R. Candioti, y le contase lo ocurrido. Candioti era un hombre enérgico, antiguo caudillo de la provincia de Santa Fe, donde había encabezado, en su tiempo, algunas revoluciones, y, al margen de toda doctrina continental, con la sola idea de atender al conciudadano arbitrariamente detenido, vino esa misma tarde. Me ofreció hablar al ministro de Relaciones Exteriores y me aseguró que el barco no saldría hasta que yo no pudiese desembarcar.

La vigilancia llamó la atención de los trabajadores del muelle, y ellos fueron los que me comunicaron con los diarios de Nicaragua y de León, desbaratando los planes del Gobierno. Al día siguiente se desencadenó el escándalo. El Diario de Nicaragua entrevistaba sobre el asunto al ministro de Relaciones, al ministro de Gobernación, al ministro de Hacienda y al ministro de Guerra, señor Mena, que debía plegarse después a la revolución. El Diario Moderno, de León, protestaba violentamente, y toda la prensa se ocupaba del asunto. El atropello hizo, como es lógico, en favor de las ideas más propaganda que una docena de discursos. Dos telegramas 49 y una carta 50 me convencieron de que la resolución era irrevocable, y envié, a pesar de la severa incomunicación, una protesta 51 a los diarios, que la comentaron subrayando la situación 52. Conviene apuntar un detalle significativo: los obreros del puerto a que he hecho referencia, vinieron ese día frente al barco en manifestación silenciosa, agrupados alrededor de la bandera nacional.

En este libro de exposición serena no debe haber una sola palabra violenta contra nadie ni contra nada, y me abstengo de juzgar a los políticos que aceptaban como préstamo del extranjero los fondos recaudados en las propias Aduanas nacionales, dándose el caso de que los Convenios firmados por ellos fueran tan inusitados, que el mismo Senado de Norteamérica los rechazaba como abusivos y contrarios al derecho internacional. Estamos observando el panorama de un Continente, y en tan amplio horizonte apenas cabe una crítica directa a la conducta de ciertos hombres, lo que es doloroso para nuestro patriotismo latinoamericano, es la impresión que han de producir en Washington ciertas actitudes, y las injustas generalizaciones que se pueden hacer, atribuyendo a toda una nación y a todo un Continente tendencias que sólo comprometen a los que delinquieron. Costa Rica es la república de Centro América donde la instrucción pública se halla más difundida, donde menos frecuentemente se ha interrumpido la paz, y donde, por lo tanto, se han desarrollado mejor todas las actividades fecundas. Sin embargo, hubo al llegar la acostumbrada dificultad. El presidente no contestó a mi telegrama de cortesía, y el reportaje que por orden de La Información, de San José, me hizo su corresponsal en el puerto, fue interpretado por la administración 53, así como varias comunicaciones que me fueron dirigidas. Todo esto contribuyó, como en San Salvador, a determinar una recepción popular 54 Porque en realidad el éxito del viaje fue obra de los Gobiernos, que al combatir me revelaban al pueblo una subordinación y despertaban el orgullo nacional.

En aquella república, que siempre tuvo fama de hospitalaria para los desterrados políticos de las naciones vecinas, se había reunido el brillante núcleo nicaragüense que después intentó, encabezado por Julián Irías y de acuerdo con el general Mena, la última revolución libertadora, desencadenada algunos meses después. Allí conocí al general Zeledón, que murió en Masaya, al frente de los patriotas, combatiendo contra fuerzas regulares del ejército norteamericano; a Alejandro Bermúdez, que fue después en Centroamérica el mejor campeón de la defensa y estuvo sujeto a tan implacable persecución; a José D. Portocarrero, Alceo Hazera, Felipe N. Fernández, Ecateo Torres, Leonardo Montalván y otros emigrados. Entre los hombres de pensamiento y de acción a quienes traté, recuerdo a Guillermo Vargas, director de La República; Skinner Klee y Augusto Coello, directores de La Prensa Libre; Napoleón Briceño, director de El Noticiero; Ricardo Coto Fernández, director de El Republicano; Lesmes Suárez, director de la Hoja Obrera; Fernando Borges, director de La Información; Joaquín García Monje, José Fabio Garnier, Justo A. Fació, Joaquín Barrionuevo, los poetas Lisimaco Chavarría, José M. Zeledón y Ornar Dengo y un grupo de dirigentes del movimiento obrero, encabezado por don Gerardo Matamoros.

El presidente don Ricardo Jiménez se mostró reservado en extremo, sin que asomasen en él los arrestos de la oposición, que según era fama le habían llevado algunos años antes en el Congreso a fulminar contra el imperialismo, afirmando que “una piedra lanzada sobre Wall Street, tenía que caer fatalmente sobre la cabeza de un ladrón”. Pero si el primer mandatario tenía razones para mostrarse prudente, el pueblo no las tenía. Limítrofe con Panamá, la república de Costa Rica había sido, por así decirlo, testigo ocular de la desmembración de Colombia, y se sentía más directamente amenazada que sus hermanas de Centro América por los conflictos que debía procurarle esa vecindad. De suerte que la idea encontraba ambiente favorable. Hasta de los más lejanos pueblos de la república recibí telegramas de entusiasmo, abonados por centenares de firmas. No faltaron, desde luego, las hostilidades, y tuve que repeler a bastonazos una agresión en la calle. Pero desde el Ateneo hasta los Centros obreros, pasando por la Asociación de Estudiantes, la opinión pública auspició la conferencia que se realizó en el frontón Beti-Jai, sin más disturbios que los inherentes a toda reunión numerosa 55. La tesis fue rebatida días después en otra conferencia por el general venezolano Rivas Vázquez, que aprovechó la oportunidad para atacar al presidente de su país, dando ocasión para que el nicaragüense Bermúdez volviese a elevar el debate a un ambiente internacional, en una réplica decisiva.

— ¡Viaje lírico! —repetían algunos—. ¡Viaje de un idealista que se dirige a un mundo imaginario y encallará en las rocas del mundo real!

— ¡Viaje lógico!— repetía yo después de haber palpado la verdadera situación de la mitad de nuestra América, porque aún en Costa Rica fermentaban los gérmenes de disolución que debían llevar a ese país también, pocos años más tarde, en 1917, a la situación dolorosa que su propio ministro en “Washington, don R. Fernández Guardia, sintetizó en una nota oficial al señor Roberto Lansing, secretario de Estado norteamericano.

“En estas pocas palabras —dice el documento oficial— de una elocuencia convincente, está admirablemente resumida la doctrina de la no intervención, y Costa Rica se acoge a ellas para reclamar, en nombre del derecho a la existencia de las pequeñas nacionalidades, que se le permita vivir su propia vida, conforme a la voluntad de la mayoría de su pueblo, libremente expresada. Porque no sólo es intervención la que se ejerce por medio de la fuerza armada. Tratándose de una nación pequeña y débil, basta la simple actitud no amigable de otra grande y poderosa, para que se produzcan los efectos de la intervención en grado más o menos considerable.”

Ciertos elementos de nuestra América han vivido oscilando entre la negación de todo peligro y la cólera a raíz del atentado. Las palabras “prevenir” o “negociar” no existen en el Diccionario de los caudillos expeditivos que creen haber salvado al país con su presencia en el Gobierno.

O “los Estados Unidos son nuestros mejores amigos” o “tenemos que inclinarnos ante la imposición”, la hipótesis de encontrar un término medio entre las dos actitudes, se presenta rara vez a los espíritus de los “hombres de Estado”.

Acaso por eso insistían en que yo hablaba como “literato” sin “preparación en asuntos internacionales” y sin conocimiento de la “política americana”. Claro está que no coincidía en Costa Rica, ni en ninguna otra república, con las limitaciones, ingenuidades, compromisos, jactancias y localismos que mantienen a los políticos hispanoamericanos en un artificioso ir y volver de intriguillas minúsculas, rivalidades aldeanas, orgullos desproporcionados y credulidades infantiles, al margen de toda visión vasca y todo empuje salvador. Que yo “no entendía nada de diplomacia” fallaban los que timoneaban la vida en las pequeñas ciudades, sin haber salido nunca del terruño ni tener más ilustración que la adquirida en la montonera ordenando fusilamientos. Los que sabían gobernar eran ellos, los que hicieron perder a México con California y Texas la mitad de su territorio; los que no previeron los resultados del Canal de Panamá; los que toleran una guardia de marineros extranjeros en el Palacio de Gobierno de Managua; los que desempeñan en los Congresos panamericanos el papel de los coros en la tragedia antigua; los que de Norte a Sur han llevado a nuestra América a todos los peligros y todas las humillaciones. Si ha de juzgarse el valor de una política por los resultados, ellos han sido ciertamente inimitables políticos. La enfermedad más grave de la América Central reside en las revoluciones.

Todos los pueblos han tenido sacudidas, cuando una transformación necesaria, resistida por los Gobiernos, no encontraba más camino que el de la violencia para realizarse. Las fuerzas útiles para la salud del cuerpo nacional, al hallarse oprimidas, se tornaban tumultuosas y volcaban los obstáculos. Es en tal sentido que la emancipación de las colonias españolas del Nuevo Mundo fue hace un siglo inevitable, después de una evolución económica, política y social que sobrepasaba los sistemas administrativos y las formas de gobierno de España. La habían preparado intereses generales y causas tan profundas que puede ser considerada como el resultado de una ebullición colectiva extraña a los caprichos de la muchedumbre y a la ambición de los jefes.

No podemos decir lo mismo, desgraciadamente, de las revoluciones, levantamientos, golpes de Estado, sediciones y pronunciamientos que se suceden desde 1810, sin lógica ni medida, paralizando el empuje del Continente y arrojando el descrédito sobre buena parte de las repúblicas latinas. Por eso resulta interesante buscar en el orden sociológico o político cuáles son las causas primarias y los fenómenos accesorios que han determinado el convulsionismo enfermizo y la anarquía endémica en comarcas excepcionalmente favorecidas por la naturaleza, en las cuales halla el hombre, sin esfuerzo, cuanto necesita para la vida.

Esta misma facilidad de la existencia, que hace sentir menos imperiosamente la necesidad del trabajo, ha contribuido quizá a desmigajar las energías creadoras y a cultivar susceptibilidades y gustos de aventuras. Pero los orígenes de la predisposición al descontento, hay que buscarlos, ante todo, en la composición étnica.

Examinando el pasado, vemos que sobre la América latina pesan dos atavismos de anarquía: primero del lado indio, después del lado español.

Uno de los errores más generalizados es el de considerar a los habitantes primitivos de América como una colectividad homogénea. En la época del descubrimiento, el Nuevo Mundo estaba dividido, a la manera de Europa, en numerosos grupos o colectividades distintas que se ignoraban, se odiaban o se hacían la guerra. Había tribus más numerosas, más combativas, más adelantadas, más audaces, que dominaban a las otras, y el espíritu normal de esas comarcas estaba lejos de la solidaridad. Exceptuando las dos grandes conglomeraciones formadas por los imperios inca y azteca (imperios edificados sobre la sujeción de grandes masas al núcleo director, que exigía tributo y servidumbre), las tribus indias vivían en perpetuo antagonismo, ejerciendo venganzas continuas, de acuerdo con agravios y tradiciones que formaban su historia rudimentaria. Es lo que hizo posible la sumisión de tantos millones de hombres y la conquista de tan vastos territorios por un puñado de españoles. Pizarro y Hernán Cortés fueron, al mismo tiempo que afortunados guerreros, políticos sutiles que utilizando los rencores, las venganzas, las rivalidades, las ambiciones, soplando sobre el antagonismo y sobre la duda, reclutando entre los mismos indios los aliados necesarios para derribar las resistencias más fuertes, consiguieron imponer al fin su dominación. Pero esa victoria, obtenida con ayuda de la anarquía, no había destruido la anarquía y debía ser anulada a su vez por ella, puesto que el indio fue el que formó la masa de los ejércitos de la revolución separatista, en la cual creyó ver un instante el instrumento de su venganza.

Sobre esta base de odio disolvente, viene a injertarse el individualismo orgulloso y la celosa arrogancia de los recién llegados. Cuando evocamos el descubrimiento de América y los tres siglos de dominación española, nos sorprende la frecuencia con la cual, en el curso de las más heroicas hazañas, los jefes se combaten entre sí o los subordinados se sublevan. La discordia y la lucha armada entre los capitanes que conducen las expediciones están tan entremezcladas con las proezas y los éxitos, que a veces nos preguntamos si no hay que buscar precisamente en esa independencia y en esa inclinación exagerada al personalismo el secreto principal de las victorias. Una vez implantado el régimen colonial, encontramos idéntico espíritu de altiva preeminencia y de hosca autoridad a lo largo de las interminables disputas entre las autoridades militares, civiles y religiosas que obligaron a la metrópoli a enviar frecuentes emisarios, cuyas resoluciones, dictadas en nombre del rey, no siempre fueron respetadas. Lo que constituyó una de las fuerzas de la conquista, durante la cual cada soldado se creía un capitán y cada capitán un soberano, prepara la debilidad del régimen colonial español y degenera en las nuevas patrias en semilla inagotable de conspiración y dictadura.

Las revoluciones americanas no son fenómenos de la casualidad. Aun fuera de los antecedentes históricos que acabamos de evocar, obedecen a causas generales perfectamente definidas, puesto que las encontramos bajo forma análoga en comarcas sin comunicación entre sí, y puesto que las vemos disminuir o desaparecer gradualmente en ciertas zonas cuando decae o muere el germen que las hace fatales.

Entre las causas que nacen de la América latina (luego hablaremos de las que vienen del extranjero) hay que mencionar, ante todo, la desorientación de la masa indígena, burlada por un movimiento separatista que en la mayor parte de los casos no fue para ella más que un cambio de servidumbre. Las nuevas repúblicas, gobernadas por una élite en la cual predominaban los descendientes de europeos, se organizaron sobre la base de los principios económicos y sociales de la metrópoli y dejaron siempre al margen al primitivo dueño de los territorios. Descerrado de las flamantes organizaciones, éste formó la masa irritada donde los aventureros de la política fueron a buscar elementos para las revoluciones interminables. Pero las revoluciones no hubieran tomado el carácter de continuidad que les da una fisonomía especial sin tres circunstancias que las han favorecido particularmente.

La primera es el desmigajamiento de las antiguas jurisdicciones coloniales en una veintena de organizaciones cuyas fronteras caprichosas, cuya relativa exigüidad de población y cuya falta de volumen nacional las coloca al alcance de todas las audacias. La ausencia de un ejército regular suficiente, la violencia de las ambiciones y la inexperiencia de los hombres que se hallan en el poder, facilitan las sorpresas. Basta a veces que un grupo ínfimo quiera alterar el orden para determinar un cambio de autoridades en un medio todavía mal asentado y sin ninguna tradición.

La segunda es el origen ilegal de esas autoridades, nacidas casi siempre de un golpe de mano o de un simulacro electoral. El punto de partida de las instituciones que representan el orden no es el más indicado para imponer respeto, y ocurre a menudo que el ejemplo del éxito alcanzado por el Gobierno nacido de una revolución aliente las esperanzas de la revolución que aspira a transformarse en Gobierno.

En cuanto a la tercera circunstancia, la encontramos en la debilidad o en la carencia de intereses comerciales, de industrias, de empresas económicas, de fuerzas de equilibrio social interesadas en mantener el orden. Hay, sin duda alguna, en esos países, aun en aquéllos que parecen más trabajados por la discordia, una mayoría que reprueba la violencia y desea acabar con la infecunda agitación. Esa mayoría debe ser dividida en dos categorías: primera, la más numerosa, compuesta por los que sin propósito político obedecen a un deseo personal de segundad y de descanso, y segunda, la más importante, formada por una élite intelectual capaz de comprender las consecuencias dolorosas de la anarquía y el daño que ella causa al porvenir de la patria. La abstención, el silencio o la condescendencia de estos elementos más tranquilos o más cultos, se explica porque en colectividades en formación, algunas de ellas inorgánicas, se imponen más bien los defectos que las cualidades, y las razones que dan la preeminencia, son a veces las razones contrarias a las que el buen sentido exige para asegurar un sano Gobierno.

En las repúblicas sudamericanas, donde los elementos de trabajo y de reflexión se sienten libertados de los conspiradores expeditivos, con ayuda de una verdadera organización nacional, un punto de partida legal en los sistemas electorales y una valorización de las riquezas del suelo, las alteraciones del orden resultan difíciles o han desaparecido completamente. Aprovechando la elevación gradual y la prosperidad creciente, la masa ha ensanchado sus perspectivas y los profesionales del descontento se ven obligados a imponer formas democráticas y normales a sus pequeñas ambiciones.

Las supervivencias del mal se manifiestan, sin embargo, en forma de rivalidades o desacuerdos de frontera con las repúblicas limítrofes. Salvo en algún caso aislado, ninguna razón esencial, que toque a la vitalidad, puede separar a esos países, puesto que se trata de comarcas sin intereses divergentes y casi sin comunicación entre sí. Sin embargo, hemos visto a esas naciones, que no han podido explorar aún su propio territorio, arriesgar conflictos fratricidas para disputarse zonas a veces estériles, en detrimento de otro grupo de la misma composición y la misma lengua, derramando su combatividad en una cuestión de límites, como las repúblicas de que antes hemos hablado la derrochaban en un debate presidencial.

A América Latina, una por la historia y por los intereses, acechada como todas las comarcas débiles por las esperanzas y las ambiciones de los pueblos poderosos, ha visto así su esfuerzo amenguado por una ebullición ininterrumpida que ha puesto constantemente en pugna los diversos partidos en el seno de cada república, y las diversas repúblicas dentro del conjunto, con grave quebranto de los intereses de esas colectividades, cuyas riquezas han caído en gran parte en manos de compañías extranjeras.

Los odios han sido tan fuertes, que para combatir en el orden interior al partido contrario, y en el orden exterior al hermano vecino, se ha llegado a veces a aceptar la ayuda del extranjero; y ése es el punto de partida de los factores de desorden a los cuales hemos hecho alusión en páginas anteriores.

Al servirse de las inclinaciones generales para favorecer sus intereses o ensanchar su influencia, las naciones imperialistas no hacen más que conformarse a una táctica tan conocida como antigua, y no insistiremos sobre el significado moral del hecho. Pero no es por ello menos cierto que al derribar Gobiernos poco favorables a su acción, o al empujar al poder a hombres flexibles que la pueden servir, esas potencias han colaborado desde hace un siglo en la anarquía, sin dejar de presentarse como aliados naturales y guardianes de la paz. Las revoluciones han sido auspiciadas por apoyos financieros, por envíos de elementos de guerra y hasta por intervenciones militares cuantas veces ha podido ser útil para el fin que se perseguía. Por otra parte, la diplomacia ha complicado a menudo las querellas entre nuestros pueblos, para prevenir coaliciones de resistencia y afirmar una hegemonía erigiéndose en árbitro.

Al influjo de tales maniobras se ha prolongado la nerviosidad de una masa insegura sobre las direcciones que debía seguir, y ha aumentado la disociación de todas las fuerzas. Las revoluciones continuas, que lejos de servir la causa de la libertad contribuían a fortificar las dictaduras, han resultado los mejores auxiliares para sojuzgar a nuestros pueblos y favorecer el éxito del imperialismo.

Es así como tras confusos e innumerables cataclismos internos, han llegado las repúblicas de Nicaragua, Santo Domingo y Haití, a enajenar sus Aduanas y a aceptar protectorados. Los mismos métodos determinaron la separación de Panamá en detrimento de Colombia. Y es con ayuda de factores análogos, en medio de mayores dificultades porque la resistencia es atlética, que se prosigue la obra de debilitar a México.

Se ha tratado de explicar esta agitación constante invocando la juventud y las etapas difíciles por las cuales deben atravesar los pueblos antes de alcanzar el equilibrio y la madurez. Pero la teoría se halla controvertida por el ejemplo de los Estados Unidos, pueblo joven también, que no ha tenido más que una revolución, determinada por una grave divergencia sobre la esclavitud, y se ve puesta a prueba por la vida pacífica y normal de ciertas repúblicas del Sur, que han reaccionado desde hace tiempo contra esos errores. Hay que admitir, pues, que no se trata de un mal inevitable, sino de una inclinación ocasional, que puede ser moderada o vencida con ayuda de un ideal: el bien de la patria; y dos elementos: el ferrocarril y la escuela. La palabra inexperiencia de la cual se abusa a propósito de estos fenómenos, es acaso exacta; pero a condición de interpretarla no en la acepción de juventud, sino en el sentido de falta de conocimiento. Y es ésta quizá la interpretación más halagüeña, porque si los pueblos no pueden envejecer a voluntad, de ellos depende adquirir ilustración y buen juicio.

No es arriesgado prever que en la evolución visible de nuestras naciones, puestas a prueba por dificultades innúmeras y advertidas por voces que llegan de todas partes, está cercano el momento en que las preocupaciones salvarán el límite de la política interior y de las vanas querellas con los vecinos, para enfrentarse, dentro de la amplitud de la vida internacional, con los verdaderos problemas, examinando las circunstancias felices o desfavorables que conviene cultivar o combatir para asegurar un desarrollo integral. Los verdaderos problemas de la América latina no consisten en saber el nombre de los hombres o de los grupos que deben gobernar, ni en discutir al vecino un jirón de frontera cuando no se ha valorizado aún el propio patrimonio. Los grupos que se querellan por el poder tienen el mismo programa o no tienen ninguno. Cada una de estas repúblicas puede alimentar una población cien veces más densa que la que tiene. La preocupación de la política interior y las susceptibilidades de frontera están destinadas a pasar a segundo plano, ante la necesidad de determinar la organización económica para sacar rendimiento del suelo y subsuelo, y ante la urgencia de asegurar el desarrollo autónomo que puede detener las sugestiones extranjeras.

Sin dejar de reconocer la lógica de este programa, algunos formulan una objeción: “Ante todo, dicen, hay que derribar a los tiranos inamovibles que sólo conciben la oposición en el destierro.” Es desgraciadamente innegable que en ciertas repúblicas el orgullo, la ignorancia y el temor, parecen concertarse para perpetuar situaciones inadmisibles. Pero en este orden de ideas, vuelve a la memoria una frase de la revolución francesa: “La tiranía no existe porque alguien la representa; alguien la representa porque existe.” Si la atmósfera sigue siendo la misma, hay muchas probabilidades para que, derribado el tirano, en vez de surgir la democracia, nazca otro tirano mayor. No cabe duda, sin embargo, de que el régimen de autoridad sin contralor que agobia a algunas repúblicas, constituye un obstáculo para el acuerdo entre los diferentes países y mantiene una constante incitación a la discordia.

Pero es de las circunstancias ante las cuales tiene que encontrarse fatalmente la América latina en el porvenir desde el punto de vista de la política internacional, de donde hay que esperar las soluciones. La presión popular será tanto más poderosa cuanto más pacífica. No digo que las revoluciones cesarán bruscamente. Antes de desaparecer, el sistema tendrá vueltas ofensivas inevitables. Pero no faltan los síntomas prometedores. Las nuevas generaciones tienden a la formación de partidos orgánicos. La emigración europea trae una concepción menos violenta de la lucha. La masa que proporcionó el combustible para esas hecatombes se muestra menos resuelta. Y los caudillos, que erigían su ambición en programa, empiezan a resultar anacrónicos en medio de una civilización que se extiende. Algo anacrónico ha de ocurrir con los desacuerdos artificiosos que han separado a las repúblicas nacidas de un mismo movimiento y prometidas a un destino paralelo en un Continente dividido en dos mitades por la composición étnica, el idioma y las corrientes civilizadoras. Como la enfermedad termina con la curación o con la muerte, la discordia acabará con la reacción vital de los núcleos trabajados por ella o con la abdicación nacional ante un poder extranjero. “Los pueblos viven mientras tienen la voluntad de vivir.

Notas

37 El Tiempo, de México, 5 de marzo de 1912.

38 «Este Hombre—así, mayúsculamente—, va de prisa en su pegaso, en su clavileño, hacia la Pampa natal, en que los gauchos, bajo el caracoleo de sus potros piafantes, arrancan chispas que se llaman San Martín, Belgrano, Mitre, Sarmiento… La Argentina ubérrima ha de oír este alerta prendido en los labios de uno de sus más fuertes intelectuales. ¡Oh si ella toda, en un bloque, probase con una magna propaganda en acción a hacer la Gran Patria! “Manuel Ugarte es un poeta, y, como tal, canta; no olvidarse que el canto de la alondra es el anuncio de la aurora. ¿Despertaremos? »Allá va este caballero del ideal—mi grande y buen amigo en el arte—, con el rumbo a la nave romántica que todos conocemos. »Él hallará a la raza triste y pálida como la Princesa de Rubén; pero no olvide tampoco, para su personal satisfacción, que la espina es la hermana mayor del laurel.» JOSÉ SANTOS CHOCANO. Guatemala, marzo 1912.

39 «El latino se adelantó al anglosajón. Manuel Ugarte a P. C. Knox. El pensamiento es más ligero que el águila. »Vino el hermano a nuestro hogar, y lo arrojamos de él; Viene el falso amigo, y lo recibiremos de rodillas; la ciudad se engalana como quizá no lo ha hecho nunca, y se gastan millones de pesos en fiestas y banquetes, mientras que el indio, bestia de carga, tiene hambre porque hace tres días que no come. »El pensamiento de Ugarte, como nuestro quetzal, no puede vivir donde no haya libertad; por eso no pudo estar entre nosotros. El águila del norte viene a conocer el rebaño. . »El pueblo de Guatemala protesta enérgicamente por la ignominiosa salida de Ugarte y por el recibimiento de Knox. »Si la Prensa de aquí no estuviera amordazada, nosotros hubiéramos puesto nuestro nombre al pie de esta protesta; pero ningún periódico la hubiese publicado; en ninguna tipografía la hubiesen impreso. En países donde la libertad no existe, el anónimo no es despreciable: despreciables somos los guatemaltecos, que toleramos la esclavitud.»

40 San Salvador, 29 de febrero de 1912. Con gusto correspondo a su atento y afectuoso saludo, tanto en nombre del Diario Latino como en el mío propio. Aquí estamos preparados para recibirle después del 10 de marzo próximo. Antes creo no le convendría venir. Su affmo., MlGUEL PINTO. Director del Diario Latino.

San Salvador, 29 de febrero de 1912. Correspondo altamente agradecido a su afectuoso saludo. Usted será muy bien recibido por nuestro Gobierno después del 15 de marzo. Imposible antes. RAMÓN MAYORGA RIVAS. Director de El Diario del Salvador.

San Salvador, 29 de febrero de 1912. Correspondo su atento telegrama de esta fecha, manifestándole que del 15 al 20 de marzo en adelante tendríamos gusto en verlo por aquí. Su atento servidor, M. CASTRO. Ministro de Relaciones Exteriores.

San Salvador, 29 de febrero de 1912. Tendré placer en recibirlo del 15 de marzo en adelante. MANUEL E. ARAUJO. Presidente de la República.

41 San José de Guatemala, 1º de marzo de 1912. Su admirador y amigo permítese indicar a usted la conveniencia de aprovechar el vapor que sale hoy para el Salvador. No dudo que allá también tendrá entusiasta acogida el caballero cumplido y talentoso escritor. GENERAL ENRIQUE ARÍS.

42 El cónsul de la Argentina me decía en su carta, fechada el 29 de febrero:

“Creo que su visita, en los momentos actuales, no es muy oportuna. Mañana se celebra con todo regocijo el aniversario del primer año de la toma del poder del ilustre primer magistrado de esta progresiva y laboriosa nación. La excitación natural que producirá en este pueblo leal la celebración de este aniversario, podría, con motivo de su llegada, producir una efervescencia en estos momentos solemnes, tan agitados en Centro América, sobre todo en vísperas de la venida del señor secretario de Estado, Mr. Knox.

“Tengo a la vista el telegrama del excelentísimo señor presidente, doctor don Manuel Araujo, en contestación al de usted, que se me ha comunicado extraoficialmente. Como ignoro si por una razón u otra se le ha remitido dicho cablegrama, lo reproduzco en seguida. Dice: “Tendré placer en recibirle del 15 de marzo en adelante”.

“Como usted lo ve, estimado compatriota, el telegrama del señor presidente de la república es bastante expresivo y no necesita comentarios. Sólo diré como se lo piden que difiera su visita hasta después del 15 de marzo próximo, que puedo garantirle que será usted recibido con cariño por este pueblo y sus autoridades, que en toda ocasión han demostrado, admiración y amor a nuestra patria.”

43 Casa Presidencial, marzo 21-1912.

“Envío a usted un afectuoso saludo. Tengo el gusto de participarle que el comandante del puerto de la Unión tiene orden de atenderle debidamente. Si usted desea trasladarse a la Unión, tendrá a sus órdenes una gasolinera. Su afectísimo amigo, MANUEL E. ARAUJO.”

Casa Presidencial, marzo 25-1912.

“El vapor Jalisco va a ese puerto. Ya tiene instrucciones el comandante Montoya y el capitán, de dicha nave para recibirlo y atenderlo. Su afectísimo amigo, MANUEL E. ARAUJO.”

44 “Es indescriptible el júbilo de los manifestantes en tan hermosos momentos: los corazones rebosaban de alegría, henchidos del divino entusiasmo patriótico, y las cabezas se erguían como para fijar el pensamiento en la alta cumbre de nuestros destinos futuros, cuya defensa viene predicando con voz de titán el insigne argentino.” El Independiente, 29 de marzo de 1912.

45 Señor secretario del Comité Estudiantil, don Miguel Coto Bonilla. Mis queridos amigos: Nada más halagüeño que la invitación que me hicieron ustedes para que diera una conferencia en esta capital, que se ha distinguido siempre por su altivez y su patriotismo sereno. He tenido en todas las circunstancias el culto de la juventud y de la democracia, y aquí hay tan estrecha unión entre estudiantes y artesanos, que acepté la idea con el más vivo placer. Desgraciadamente, se ha interpuesto un obstáculo. Yo había elegido un tema que es, a mi juicio, no sólo el de mayor actualidad, sino el que con más vigor se impone a nuestras preocupaciones en estos momentos difíciles desde el punto de vista internacional: “La América Latina ante el imperialismo”. En una visita que he tenido el honor de hacer esta mañana al señor presidente de la república, se me ha notificado que no debo tratar el asunto, porque es inoportuno agitar tales cuestiones. Mi opinión no es ésa; pero mi calidad de extranjero me prohíbe comentar las decisiones del Gobierno. Lamentando lo ocurrido y agradeciendo profundamente la acogida que me ha dispensado la juventud y el pueblo, les ruego que acepten con un fuerte apretón de manos, la expresión de todas mis simpatías. San Salvador, 28 de marzo de 1912. MANUEL UGARTE.

46 San Salvador, 29 de marzo de 1912. Nuestro querido amigo:

Nos hemos impuesto de los conceptos de su carta.

El resultado de su entrevista con el presidente Araujo, ya nosotros lo esperábamos. Más no es la voluntad del jefe del Ejecutivo la llamada en este caso a impedir el derecho de reunión, ni cabe en él, a pesar de los elementos de que dispone, aprisionar el pensamiento y ahogar la voz que imperiosamente nos llama a la defensa de la raza.

Amparados por nuestra Constitución y sin pretender salirnos de la legalidad, reclamamos de usted no respetar en nada la notificación que se le ha hecho.

Nosotros, por nuestra parte, haremos todo lo que esté en la posibilidad porque los principios de nuestra carta fundamental no sean atropellados por medio de esas habilidades políticas que colocan nuestra soberanía bajo las gradas del capitolio de Washington.

El pueblo salvadoreño ansia oír la voz de usted.

El pueblo salvadoreño ama ardientemente sus libertades.

E interpretando los sentimientos de nuestra patria, excitamos a usted nuevamente para que de ninguna manera desista del propósito que le ha traído a nuestro seno.

Somos de usted, atentos servidores y amigos.

J. Arturo Gómez, Oliverio C. Valle, Martín S. Pineda, Manuel J. Argueta, Juan A. Serpas, Leopoldo Valencia, A. García, Miguel Coto Bonilla., Salvador R. Merlos, José A. Cañas, J. Leonardo, Godoy, Salvador A. Jirón, Marcos R. Escobar, Benjamín Valencia, Federico Azucena, Alejandro, Meléndez, J. A. Yañes. (Siguen 260 firmas.)

47 Interesado el Gobierno norteamericano en evitar la posible construcción de un nuevo canal interoceánico por la vía de Nicaragua, envió a aguas nicaragüenses, en abril de 1908, una escuadra compuesta de los acorazados Washington, Colorado, South Dacota, Albany y otros con un contingente de cerca de 4.000 hombres y la misión de aprovechar una coyuntura para desembarcar. El presidente de Nicaragua, que lo era por entonces don José Santos Zelaya, trató de contemporizar con el capitán Moore, jefe de dicha escuadra. Pero poco tiempo después, el 10 de octubre de 1909, el cónsul norteamericano en Bluffields (costa atlántica de Nicaragua), señor Moffat, favoreció un levantamiento del gobernador de esa zona, señor Juan J. Estrada. El señor Knox, en una nota que fue muy comentada en América, declaró legítima la revolución y entregó sus pasaportes al representante del señor Zelaya en Washington. Durante el curso de la lucha, el general Toledo, que mandaba las fuerzas legales nicaragüenses, hizo fusilar a dos súbditos norteamericanos: Canon y Groce, a quienes sorprendió en momentos en que iban a volar con dinamita los barcos del Gobierno. Esto daba luz sobre el carácter de la revolución, y el mismo jefe de ella, señor Estrada, se encargó de consagrarlo más tarde, declarando en el New York Times del 10 de septiembre de 1912, que ese movimiento había recibido la ayuda que contribuyó con 200.000 dólares, y a la casa Samuel Well, que dio financiera de Compañías norteamericanas, citando a la casa Joseph W. Beers, 150.000. Convencido de que los revolucionarios recibirían toda clase de auxilios de Norteamérica, el presidente de Nicaragua, para no prolongar la lucha, creyó patriótico dimitir y salió del país a bordo del cañonero mejicano General Guerrero, después de haber entregado el poder, de acuerdo con la Constitución y con la venia del Congreso, al doctor don José Madriz, jurisconsulto ajeno a la política. Este Gobierno fue reconocido por muchas naciones, pero no por los Estados Unidos, que siguieron apoyando la ficticia revolución. Cuando el señor Madriz dio orden de atacar a Blufields, se encontró con que el puerto estaba defendido por marinos norteamericanos y con que los acorazados de aquel país bloqueaban la costa.

Comprendiendo que la lucha no iba a ser civil, sino internacional, declinó el mando el 26 de agosto de 1910, y salió para México, donde murió poco después. Así tomaron los Estados Unidos, bajo la presidencia del señor Taft, posesión de las Aduanas de Nicaragua y así se inició el régimen que se prolonga ahora.

48 Nada más doloroso y emocionante que esas listas en las cuales asomaban las lágrimas de una nacionalidad. Los diarios de Managua del mes de marzo de 1912 traían largas columnas donde se leían, junto a las contribuciones de la gente adinerada, las más humildes: Samuel Gavarrete, todo su haber; Laura Delgado, el producto de la venta de su cama; Juana Gutiérrez, la casa en que vive; Laura Roque, su máquina de coser; Manuel de Aragón, jornalero, el valor de doce días de trabajo; Ramón Robleto, su carreta de dos bueyes; Joaquina Velásquez, pobre de solemnidad, cuanto había recogido en el día: 20 centavos…

49 Managua, 21 de abril, 8,15 a. m.

Anoche no pude obtener resultado en mis averiguaciones sobre lo que motivó mi telegrama.

Señor subsecretario de Relaciones se comprometió transmitirme telegráficamente hoy a ésa, donde llegaré en tren medio día. Salúdale. M. R. CANDIOTI

“Managua, 22 abril, 6,55 p.m.

Hasta ese momento sin respuesta. Por nota oficial protesto por menosprecio al cónsul. Daré cuenta mi Gobierno. Salúdale, M. R. CANDIOTI

50 Managua, abril 23 de 1912.

Distinguido compatriota;

Me complazco en presentar a usted al señor O. S., que será, con su distinguida señora, compañero de viaje; le será grata su compañía. Mañana de Managua le comunicaré lo que hay al respecto de su asunto; iré personalmente a reclamar la respuesta a mi telegrama de hoy. Su afmo. s. s. y amigo, M. R. CANDIOTI

P. S. — Al bajar de su vapor fui interrogado por mi nombre. Supongo que mañana no me dejarán verlo. — Vale.”

51 “A la juventud, a la intelectualidad y al pueblo nicaragüense: Desde el puerto de Corinto, donde por orden del Gobierno se me ha prohibido desembarcar, y donde estoy vigilado sin que me permitan comunicarme con nadie, desde este hermoso pedazo de tierra nicaragüense cuyas bellezas naturales debieran atenuar la acritud de los políticos, formulo una protesta indignada y me dirijo a los ciudadanos honrados de todos los partidos, en nombre de la dignidad de nuestras repúblicas. No soy ni agitador, ni demagogo. Estoy al margen de los partidos. Ignoro y quiero seguir ignorando las luchas internas de las repúblicas por donde paso. Y mi propaganda serena de unión y de concordia dentro de la América Latina, mi prédica razonada en favor de la coordinación de nuestras repúblicas, sólo puede parecer subversiva a los que han perdido toda noción de patriotismo y altivez.

Sé que la juventud, la intelectualidad y el pueblo nicaragüense, cuyo carácter hospitalario es conocido, serán los primeros en condenar severamente la actitud de las autoridades, y es por eso que formulo esta protesta. Al cerrar las puertas del país al escritor de la misma raza, que habla la misma lengua y que defiende los intereses comunes de los latinos del Nuevo Mundo, el Gobierno ha puesto en evidencia los compromisos que lo ligan al extranjero. Los que deben fallar ahora, son ustedes. Yo no hago más que señalar la situación, convencido de que el pueblo nicaragüense es altivo, de que la traición no puede prosperar en América y de que en nuestras repúblicas llegamos a tolerar todos los crímenes de los políticos, menos los que lastiman a la bandera y a la patria. A bordo del City of Sidney, abril de 1912.” MANUEL UGARTE.

52 “Negar la entrada al país a un nicaragüense, sin justa causa, es decir, sin una sentencia previa que le haya condenado a la expatriación, es delito que aquí se comete con frecuencia; pero es raro que se haga esto respecto de un extranjero, y mucho menos siendo esa persona importante y digna de especiales consideraciones.

Hasta los pueblos bárbaros son, por lo general, hospitalarios; porque la hospitalidad es un sentimiento humano, es un vínculo de fraternidad entre los hombres, puesto por la naturaleza en su corazón, como un sello de unión y de solidaridad entre ellos. No se puede negar esa hospitalidad Sin motivo grave, muy grave, que justifique y excuse el acto de manera que no le haga merecedor al anatema universal.

Tratándose de un personaje como el señor Ugarte, aun cuando el presidente hubiera tenido motivos de prohibir su entrada, se habría obligado a consultarlo con su Ministerio, ya que las consecuencias afectan no sólo al gobernante y a su Gabinete, sino al país entero, al cual se exhibe como refractario a todo principio de civilización y de humanidad.” Diario de Nicaragua, 23 abril 1912.

“No necesita de comentarios la anterior protesta. Una minoría peligrosa que dirige los destinos de la república, que recibió de rodillas al extranjero conquistador, que besa la mano que la abofetea, con tal de que esa mano tenga oro, no es ni será nunca en el correr de los tiempos capaz de ninguna noción de patriotismo, de altivez y de dignidad. Quede escrita la página de Manuel Ugarte como el estigma eterno de un Gobierno que, habiendo hecho de la bandera patria un andrajo, siente vergüenza y temor de escuchar la palabra de un hombre libre.” Diario Moderno, 23 de abril de 1912.

53 “Al llegar el señor Ugarte a Puntarena, comisionamos a nuestro corresponsal en ese puerto, don Héctor Guevara Santos, para que celebrara una entrevista con el ilustre conferencista argentino y nos transmitiese por telégrafo mil palabras acerca de sus impresiones sobre Centro América. El señor Guevara Santos obtuvo el reportaje y lo depositó en el telégrafo. Pero no fue transmitido por orden superior.

El caso es único en la actual administración y en las últimas que ha habido en el país, y no podemos menos que lamentar profundamente que con un acto que acaso no fue meditado en consonancia con su alta significación y trascendencia, se haya puesto una sombra negra y bochornosa en el luminoso y bello panorama de las libertades de nuestra democracia.” La Información, mayo 3 de 1912

54 El tren paró y los estudiantes dieron vivas atronadores a Ugarte. Un centenar de personas invadió prestamente el coche donde venía el celebrado poeta y notable escritor a presentarle sus respetos. Con mucha dificultad, debido al compacto grupo que rodeaba el coche y se apiñaba en el andén de la estación, Ugarte pudo salir a la calle.” La Información, abril 30 de 1912.

“Una concurrencia de más de mil personas se agolpaba en los andenes de la estación del ferrocarril del Pacífico para ovacionar al ilustre huésped y significarle la hospitalidad y simpatía del pueblo costarricense. En medio de la multitud delirante fue conducido al hotel Imperial el defensor de la raza latina, y más de una vez tuvo que saludar al escuchar expresivos vivas para la República Argentina.” El Republicano, abril 30 de 1912.

“Al parar el tren, una sola voz de entusiasmo, en clamoroso grito, anunció que el poeta iba a desembarcar. Ugarte saludó al pueblo y a la juventud con frases amables. Después, a pie, en una actitud que no han conocido los diplomáticos del dólar que llegan inoportunamente al país, fue acompañado hasta el hotel.” La Prensa Libre, misma fecha.

55 “Se han equivocado los que esperaban encontrar en Ugarte un orador tumultuario, encendedor de hogueras y agitador de tempestades. Su verbo no tiene nada de barricada o de mitin. Su palabra es plácida, tranquila, encaminada a dar una lección de patriotismo, no a promover rebeliones ni algaradas.

En el desempeño de su misión pacifista y salvadora, Ugarte, pues, está en carácter. Su discurso es la resultante de una propaganda civilizadora y educadora. Escritor de estirpe, sus conversaciones populares pueden pecar de literarias, de demasiado artísticas para el pueblo, pero su naturaleza no puede desviarse. Él, antes que nada, es el literato, el artista, el poeta, y aun en sus esfuerzos por andar al nivel de las muchedumbres se descubren las alas líricas de sus hombros.” La Prensa Libre, 15 de mayo 1912.

“Después de la salida, en la esquina del teatro Circo, fue cuando intervino la Policía. En momentos en que un grupo numeroso de jóvenes entusiastas rodeaba a Ugarte, vivándolo, se abrió paso hasta el conferencista el comandante de Policía, señor Ricardo Monge, y le manifestó que debía impedir que sus acompañantes lanzaran gritos por estar prohibida esa manifestación pública.

Así lo dijo en alta voz Ugarte, aconsejando que se dispersaran para evitar molestias.

El entusiasmo de los estudiantes llegaba al delirio; por entre la nube de policías se escucharon calurosos vivas y la ovación continuó hasta dejar al conferencista a la puerta del hotel Imperial.” La República, 16 de mayo 1912.

CAPÍTULO V

LA NUEVA ROMA

La política de los pueblos débiles. El “antiimperialismo” en nueva york. Ardides del conquistador. El gesto de Roosevelt y el silencio de la América Latina. Los métodos del avance. ¡Si hubiéramos sabido!

¿Por qué no va usted a exponer esas ideas en Nueva York? – me dijo cierto día alguien, creyendo dar forma sarcástica a una idea imposible.

La objeción nacía de un desconocimiento de lo que son los Estados Unidos, cuya acción exterior en los pueblos limítrofes resulta abusiva y tiránica, más por culpa de los dominados que de los dominadores; pero cuya vida interior, por la fuerza fiscalizadora de la opinión pública, abre margen a todas las controversias. El imperialismo podía expulsarme de Nicaragua por intermedio de hombres sometidos y obsequiosos, que cargaban con las culpas de un atentado al pensamiento, pero no se atrevería a impedir mi entrada a Nueva York, asumiendo directamente la responsabilidad del delito. Acaso acaben por ser los Estados Unidos, con el correr del tiempo, el único país donde nos sea permitido hablar con plena libertad contra la política que ellos mismos desarrollan en la América Latina. No hubo, pues, en mi viaje a Nueva York, la menor temeridad, porque en ninguna parte es menos peligroso el ogro que en su propio terreno de cultura.

¡Y cuan fácil es hacer viajes a los Estados Unidos desde las costas del Caribe y el golfo de México! Parece que todos los caminos materiales y morales conducen a la nueva Roma. Una carretera resbalosa, un declive suave, atrae hacia la metrópoli a los que buscan la ciencia, a los que anhelan el placer, a los que persiguen la fortuna, y, lo que es más grave, a los que ambicionan el Gobierno. Porque así como a los Estados Unidos se va a buscar el título universitario, la vida alegre, el traje a la moda, el negocio proficuo, se va también, a veces, a buscar el bastón presidencial. Muchas popularidades, candidaturas y elecciones se hacen, antes que en los pueblos interesados, en la Casa Blanca. Ser ministro plenipotenciario en Washington, es tener noventa y nueve probabilidades contra cien de llegar a la Presidencia. Allí se crean lazos que empiezan pareciendo políticos, se hacen después sociales y acaban resultando económicos; allí se distancian de la propia nacionalidad y se empapan de la ajena los que después suelen llegar a su región como comisarios, delegados o procónsules…

Y hay que confesar que en cierto modo se explica el renunciamiento y la defección de los que salen de pronto de las pequeñas ciudades de corte colonial y caen bruscamente en la portentosa Babel, en la inaudita superciudad, que no tiene comparación en los siglos. Llegar a Nueva York es vivir en el porvenir del mundo, habitar en los planetas que la imaginación construye en el ensueño. Por hirsuto que sea el patriotismo, hay un momento en que se sobrepone a él un empuje humano de admiración ante el progreso y un sentimiento egoísta de comodidad.

Desde el puerto gigantesco e inverosímil, hasta el hotel enorme y fastuoso, pasando por las avenidas cortadas en todas direcciones por tranvías y ferrocarriles; desde los almacenes deslumbrantes hasta los anuncios y los periódicos; desde las fabulosas empresas que hacen danzar cifras nunca oídas, hasta los océanos de muchedumbre que vuelcan sobre la calle los rascacielos; desde los espectáculos hasta las catástrofes, todo nos habla al llegar a los Estados Unidos de algo enorme, cielo o infierno, de algo paradojal y desconcertante que inmoviliza y hace enmudecer. Quien esto escribe ha vivido largos años en Europa, y llegaba con la visión fresca de París, de Londres y de Berlín, pero aquella era la capital de las capitales en el apogeo de la más formidable de las civilizaciones. Yo mismo sentía, como hombre, el orgullo de que la especie humana hubiese podido escalar tan altas cimas, y aplaudía la victoria con todos los entusiasmos de mi alma; pero como patriota hispanoamericano experimentaba una sensación hondísima de inquietud y de dolor ante el contraste entre aquella fortaleza avasalladora y el doloroso desamparo de nuestras debilidades.

Mi hostilidad a la política imperialista —o, mejor dicho, el deseo natural y patriótico de que la América latina se oponga a ella— ha sido tergiversado a menudo y desvirtuado a sabiendas, hasta convertirlo en odio o desaprecio a los Estados Unidos. En innumerables artículos y discursos he tratado de destruir esa interpretación, pero insisto ahora y acaso no será esta la última vez, porque los errores voluntarios tienen una vitalidad sorprendente.

No he reprochado nunca a César que dividiese a los francos para apoderarse de las Galias. La maniobra de César constituía una superioridad; pero es legítimo lamentar que los francos no tuviesen suficiente astucia para contrarrestarla. Sería insensato hacer un crimen a Hernán Cortés de su política en México. No queda rastro en los tiempos de una proeza mayor que la realizada por él. Pero es razonable pensar que si los veinte millones de indígenas que constituían el poderoso imperio azteca, no hubiesen naufragado en la discordia, la sujeción no habría podido realizarse. Fulminar la conquista es tarea vana dentro del determinismo y la invulnerabilidad de los hechos humanos, cuya moral formula el triunfador, al punto de que se puede decir que raza definitivamente vencida, es raza definitivamente deshonrada, porque la victoria anula valores militares y morales, barriendo hasta los prestigios y las superioridades más legítimas. Mi propósito ha sido llamar la atención de los aztecas y de los francos de mi tiempo y de mi grupo sobre la posibilidad de evitar querellas suicidas para desarrollar un esfuerzo vigoroso, sanear el conjunto y coordinarlo en vista de lo que es el supremo anhelo de todas las especies: desarrollarse y perdurar.

Los Estados Unidos han hecho y seguirán haciendo lo que todos los pueblos fuertes en la historia, y nada es más ineficaz que los argumentos que contra esa política se emplean en la América latina. En asuntos internacionales, invocar la ética es casi siempre confesar una derrota. Las lamentaciones, a menos de que sean recogidas por otro poderoso que aspira a usufructuarlas, no han pesado nunca en el gobierno del mundo. No hay que decir: “eso está mal hecho”, hay que colocarse en la situación de que “eso no se pueda hacer”; y para conseguirlo, es tan inútil invocar el derecho, la moral y el razonamiento, como recurrir al apóstrofe, la imprecación o las lágrimas. Pueblos que esperan, su vida o su porvenir de una abstracción legal o de la voluntad de los otros, son de antemano pueblos sacrificados. Es de la propia entraña de donde hay que sacar los elementos de vida; de la previsión para ver los peligros, de la fortaleza para encarar las dificultades, del estoicismo para conjurar los fracasos, de todo lo que surge de la vigilancia vivificadora del propio organismo, ocupado, antes que nada, en respirar. Cuando cesa la autodefensa de los hombres y de los pueblos, cesa la palpitación misma que los mantiene dentro de la naturaleza o de la historia.

Odiar a los Estados Unidos, es un sentimiento inferior que a nada conduce. Despreciarlos, es una insensatez aldeana. Lo que debemos cultivar es el amor a nosotros mismos, la inquietud de nuestra propia existencia. Si buscando una reacción de la voluntad colectiva, denunciamos el peligro exterior y evocamos el recuerdo de desastres anteriores, que no sea para calificar la actitud de los otros, sino para orientar la nuestra; porque lo que urge considerar no es lo que el adversario hizo para perjudicarnos, sino lo que nosotros no hicimos para contrarrestar su agresión y lo que tendremos que realizar mañana si no queremos ser aniquilados.

Seis días bastaron para que, sin dificultades ni tropiezos, pudiese yo conversar en Nueva York con hombres importantes, despertar en favor de mi causa el interés de la opinión pública (en lo que cabe dentro de tan enorme conjunto), dar en la Universidad de Columbia el 9 de julio de 1912, fiesta nacional argentina, una conferencia sobre el peligro imperialista 56, hacerla traducir al inglés, imprimirla en folleto 57 y repartirla a los centros e instituciones. Los diarios discutieron el problema sin apasionamientos, juzgando natural la controversia. La Tribune 58, en un editorial titulado Not “Sbocking”, se levantó contra los que simpatizaban con mi campaña y trató de probar que el empréstito de Nicaragua era una negociación lícita. El Daily People 59 dijo: “Mr. Ugarte has been surnamed the Apostol of Latin American Union and the hostility which was shown him by some governments has enormously contributed to increase his popularity.” El New York Herald publicó una larga crónica bajo el rubro de: “Poet voices cry of Latin America against injustice” 60. El Sun 61, con el título a seis columnas, de Stop biting South America says Ugarte, ofreció una información de una página sobre la conferencia y sobre el autor. No faltó, naturalmente, un diario que utilizara el asunto para fines políticos 62. Pero, por excepción desde los comienzos de la gira, no tuve que ver nada con la policía ni con los personajes del Gobierno. Sólo hablé con periodistas, obreros, estudiantes y profesores de la Universidad, como cuadra a quien ofrece una tesis a la reflexión y a la controversia.

Y todos asintieron o discreparon dentro de las formas elevadas de un debate ideológico. Después he venido a saber, conversando en Madrid, en 1921, con un profesor norteamericano, que la Universidad de Columbia fue requerida en esa ocasión por el Gobierno de Washington para que dejara sin efecto la invitación, argumentando que convenía evitar cuanto diese autoridad a mi prédica. Un secretario de la Legación de los Estados Unidos en Chile, en viaje ocasional, hizo valer, según parece, en la Casa Blanca la resonancia que tendría el acto en las repúblicas del Sur. Pero la Universidad de Columbia contestó que le sorprendía la indicación, dado que nunca había recibido inspiraciones del Gobierno. Y esta actitud, que no hubieran asumido quizá nuestras Universidades en caso parecido, es una prueba más de la aparente contradicción entre el ambiente de libertad que reina en los Estados Unidos y la influencia opresora que el imperialismo difunde en los pueblos del Sur.

Digo contradicción aparente, porque ha sido en todo tiempo y lugar lo propio de los imperialismos esa disyunción o gradación en los procedimientos y en, la moral. Se adopta una ética para el consumo propio, y se utiliza otra para los pueblos que se desea someter, invocando, para justificar la dualidad, unas veces la diferencia de estado social, otras las imposiciones políticas.

Así la libertad de la prensa, que es derecho intangible y sagrado en los Estados Unidos, se convierte, en muchas de las repúblicas latinoamericanas, en algo paradojal e inexistente, no sólo por la voluntad de los tiranuelos locales, sino a consecuencia de las reclamaciones de los representantes norteamericanos que ante la menor veleidad de independencia para juzgar asuntos internacionales formulan airadas reclamaciones o recurren a todos los expedientes de intimidación. El aumento del precio del papel y el retiro de los anuncios de las casas norteamericanas, sirven para presionar cuando los Gobiernos no tienen acción sobre el diario disidente. El ofrecimiento desinteresado de capitales o de máquinas, ayuda en otros casos a ganar un apoyo. Si algún insensato, resiste, se organiza en torno de él un boicot o se le desprestigia en cualquier forma. Los diarios de los Estados Unidos pueden hablar cuanto les conviene, hasta de lo que más lastima el corazón de nuestras repúblicas; los latinoamericanos no pueden defender a veces los intereses de su propia patria. Por eso cabe decir que la luz de la libertad de Nueva York se refleja en descrédito y en sombra sobre las inteligencias del Sur.

Algo análogo ocurre con la política. Las instituciones adelantadas, el derecho del pueblo a gobernarse, a sujeción a las imposiciones de la opinión, son axiomas esenciales en la gran república del Norte; pero en los países atados de una manera más o menos clara a su influencia, esa misma gran república contribuye a corromper el sufragio, a fomentar la anarquía, a mantener a los déspotas en el Gobierno cuando éstos favorecen la expansión del imperialismo, y a aconsejar los peores atentados contra las Constituciones locales.

Claro está que el error fundamental no deriva de los que aprovechan las malas disposiciones de nuestro ambiente, sino de la avidez o la precipitación de los que para encumbrarse aceptan o fingen ignorar apoyos, ingerencias o fiscalizaciones que disminuyen la respetabilidad de sus patrias. Los imperialismos han invocado siempre el fin superior de preparar a los pueblos para la civilización, sin abrigar jamás la intención de cumplir ese propósito, sino en la parte que les puede ser útil, convirtiendo al grupo mediatizado en servidor o en auxiliar de su riqueza o su poderío. Creer en el deseo paternal que puede tener un estado de servir desinteresadamente a otro, es negar la filosofía de la historia. Los gobernantes que caen en esa ingenuidad, engañan a los demás o se engañan a sí mismos, y en ambos casos comprometen el porvenir del país que dirigen. El proceso es conocido. Se empieza por un loan (hasta las deudas las hacemos en idioma extranjero) y se acaba en la capitulación dolorosa de una soberanía. Al jugar con los que sólo ven su ambición a su agravio y se dejan utilizar para los fines de una política que no comprenden, el imperialismo no salva el límite de lo que hicieron todos los pueblos poderosos del mundo. Los responsables son los que se prestaron al engaño, o los que asisten a él sin formular una protesta.

A ello contribuye poderosamente la sugestión especial que la gran república del Norte ejerce sobre el Sur. Aun en esferas independientes y en centros extraños a la rotación de los Gobiernos, hay una ansiedad sostenida que lo hace depender todo del Norte. Hasta los más irreductibles siguen la política interior de los Estados Unidos, esperando de ella un cambio de perspectivas internacionales. Cada lucha presidencial en la gran democracia despierta en las repúblicas latinas nueva ansiedad. Se aguarda la salvación de una lotería. Se cree ingenuamente que el triunfo de uno u otro de los candidatos determinará una modificación en lo que es una aspiración nacional y una imposición de la historia. Y esta creencia pueril se prestaría a la ironía, si no entrañase el peligro de identificarnos en cierto modo con la vida del pueblo dominador y si no confirmase el sometimiento inconfesado de conjuntos que esperan del extranjero todos los bienes, hasta su propia libertad.

Claro está que esto se aplica de una manera desigual a las diferentes regiones de nuestra América. Algunas de ellas han dejado tan lejos los primeros errores, que ya nadie los rememora en medio de una era equilibrada y normal. Pero en las situaciones a que aludo, exageradas y generalizadas sin tino, hay que ver, sin embargo, el origen de la desatención del mundo ante las presiones y las vejaciones de que son víctimas ciertas repúblicas.

No es porque esos Estados sean débiles. Débiles son también, dentro de las relatividades del mundo, Holanda, Suiza, Bélgica, que han podido hacerse invulnerables por su perspicacia y su respetabilidad. El desamparo nace, más que de la pequeñez misma, del desprestigio que rodea a esos núcleos. Ateniéndose a los fenómenos más visibles, el mundo los juzga severamente, hace extensivo a vastos territorios el mal de algunas ciudades, y admite que todos los atentados son resultado y sanción de faltas imperdonables.

Es contra este estado de espíritu que tiene que reaccionar la juventud para bien de todos, difundiendo en la opinión general la verdad sobre la América Latina, e influyendo en nuestros países para modificar las direcciones equivocadas. Todos hemos cometido errores, de norte a sur. Las repúblicas que han cultivado la anarquía, al ignorar que en cada guerra civil se filtra un interés extranjero. Las que han salvado la etapa difícil, al perpetuar egoísmos engañosos, retardando la iniciación de la política global, sin la cual ninguna, sea grande o minúscula, podrá tener voz en los debates del mundo.

En el reverdecimiento de grandes nacionalismos sofocados, que ha sido una de las consecuencias de la última guerra, en estas horas en que Irlanda, China, Egipto, reivindican su personalidad, la América latina tendría también una palabra que decir, ante los Estados Unidos y ante el mundo; pero para que esa palabra no caiga en el vacío, es necesario que nazca de un organismo autorizado y coherente. La América enferma debe superiorizarse, tomando como punto de mira a las regiones que han normalizado su desenvolvimiento; y estas últimas han de alcanzar la visión de su destino, abarcando el vasto panorama para dar nacimiento a una política de solidaridad.

Sólo así se remediarán los males de que hemos hablado; sólo así queda alguna probabilidad de mantener la integridad material y moral en el presente y en el futuro; sólo así dejaremos de estar confinados en una situación sin nombre en la política internacional; sólo así podremos hacernos oír en los grandes debates. Porque para que la América latina obtenga voz en las asambleas, hay que empezar por restablecer, ante todo, su autoridad moral, mostrando que tiene un pensamiento político.

La ausencia de ese pensamiento político saltaba precisamente a los ojos al llegar a Panamá. Si los Estados Unidos no nos han respetado un poco más, ha sido quizá a causa de la obsequiosidad con que nos hemos inclinado siempre ante ellos, y a causa también del egoísmo con que hemos pospuesto el bien de nuestro conjunto a los intereses inmediatos de un hombre, de una oligarquía o de una región. La fuerza es un factor decisivo. Pero hay que contar también con la moral. Toda injusticia necesita, por lo menos, un pretexto que la dore y una complicidad que la olvide, y en no proporcionar ese pretexto, en no otorgar esa sanción, ha debido consistir la habilidad nuestra.

En el asunto de Panamá, el pretexto lo dimos con la imprevisión de Colombia. La falta de comunicaciones, el deplorable estado sanitario, el abandono lamentable en que se encontraba el istmo, explican el descontento de la región, aprovechado después por los que urdieron el simulacro de separatismo para determinar, con la apertura de la nueva vía de comunicación, la mayor victoria que haya alcanzado un pueblo en la lucha por la dominación mundial.

También ofrecimos nosotros la sanción, abandonando a Colombia en su protesta y apresurándonos a reconocer, bajo las sugestiones de Washington, al nuevo estado que acababa de surgir artificialmente. No hay ejemplo de una rapidez mayor para cubrir y hacer irremediable una sorpresa. Y esa precipitación no tuvo siquiera la excusa de una imposición de las circunstancias. Nada nos obligaba. Sí nos inclinamos de un extremo a otro del Continente, fue por ingenua humildad, sin sacar de ello beneficio, sin temor a represalia, atraídos ciegamente del magnetizador.

Claro está que en algunos lugares las abdicaciones se envolvieron en el manto raído del “progreso” y de la “civilización”. La tendencia imperialista parece tener a veces tantos adeptos en los países a los cuales perjudica, como en la misma nación que la esgrime. He oído hablar más contra ella en los Estados Unidos que en determinados círculos de algunas repúblicas hispanas, donde los hombres de gobierno se limitan a sacar de las Aduanas o de los empréstitos el dinero necesario para mantenerse en el poder. Esta epidemia de genuflexiones, ha tenido la virtud de hacer simpatizar a la juventud con los viejos tiranos de América como Porfirio Díaz, Cipriano Castro o Santos Zelaya, que, en medio de numerosos desaciertos y salvajes violencias, defendieron siempre la autonomía. La saña con que el imperialismo los combatió hasta “derribarlos, prueba que si representaban a la América primitiva, inculta acaso, tenían en medio de su barbarie hirsuta la soberbia de su bandera y de su autoridad.

Al desembarcar en Colón, recordaba yo las palabras pronunciadas por el presidente Roosevelt al inaugurar la Exposición de San Luis: “Hemos empezado a tomar posesión del Continente.” En las repúblicas de la América española no hay todavía una noción clara de lo que significa, no hay una idea general de lo que augura la portentosa fortaleza entre dos océanos, levantada por la grandeza de un pueblo y la decisión de un político. Porque si para nosotros, el gesto de Roosevelt ha sido nefasto, para los Estados Unidos ha sido providencial. En un momento en que los diplomáticos de aquel país vacilaban ante la oportunidad, él tuvo la energía necesaria para afrontar la situación y resolverla, sin consultar fórmulas ni tratados, de acuerdo exclusivamente con los intereses de su patria. Roosevelt debió decirse: ‘”En un Continente donde se han creado tantas repúblicas artificiales, que no emanan de una imposición histórica, ni riman con nada, bien puedo improvisar yo una que sea por lo menos de utilidad para nosotros.” Su manera arbitraria .y dictatorial hizo dar a la política de los Estados Unidos un salto prodigioso, mediante el cual han quedado rodeados México y la América Central, dominado el Pacífico, asegurada la absorción de las Antillas, afianzado el dominio sobre las costas del Caribe. La Nueva Roma ha redondeado así su Mediterráneo en pleno corazón del Nuevo Mundo, y ha avanzado sus focos de irradiación hasta la mitad del camino del Sur.

Un escritor norteamericano me manifestaba cierta vez el asombro que experimentó en un Congreso panamericano de historia, donde no fue posible estudiar nada de la historia de nuestra América, inmovilizados como se hallaban todos los delegados por las diversas interpretaciones locales y las querellas de primacía. Era inconcebible, a su juicio, que en ciudades donde se aquilatan hasta los más lejanos acontecimientos europeos, resultase inusitado abrir un debate sereno sobre los propios antecedentes y peligroso trazar las líneas de una concepción general. Su sorpresa sería mayor al comprobar que un suceso de la trascendencia del de Panamá, que un acontecimiento que afecta a toda la América latina en sus raíces vitales, no ha dado lugar entre nosotros, aparte de la protesta póstuma del país lesionado, más que a notas informativas y a comentarios de espectador, menos extensos que los que se conceden habitualmente a un incendio en Londres o a un cambio de gobierno en Bulgaria. Los Estados Unidos han estudiado el asunto en todas sus fases, y basta hojear un catálogo de librería o la colección de un periódico para encontrar el pensamiento norteamericano en todos sus matices, abonado por las firmas de mayor autoridad. ¿Cuáles son los hombres de Estado latinoamericano que han tenido la audacia de rozar el tema? Y, sin embargo, no hay asunto de mayor importancia para nosotros. El silencio de la América latina en el momento más grave de su vida después de la independencia, es uno de los resultados de la falta de ideal superior y de política definida. No es posible creer que los hombres que en aquel momento orientaban los asuntos públicos en las diferentes repúblicas, se hallaran desprovistos de experiencia humana y de perspicacia elemental hasta el punto de desconocer la trascendencia de lo que acababa de ocurrir. Todos sintieron probablemente la sacudida que debía rebotar hasta el futuro. Pero el cuidado de sus situaciones personales, dentro del partido que los había llevado al poder, los intereses de ese partido dentro de las contingencias de la política interior, las pequeñas rivalidades de frontera, la pugna inútil entre los fragmentos del mismo conjunto, anuló toda palabra y toda acción. Los menos comprometidos, los más audaces, resolvieron callar también. ¿Cómo arriesgar una actitud en medio de la deslealtad y la defección posible de las repúblicas limítrofes? La abstención misma tenía un significado, porque el imperialismo no pedía silencio; exigía que todos refrendasen sin demora lo que él había resuelto. Y los países que en otras oportunidades habían retardado el reconocimiento de nuevos gobiernos durante un tiempo prudencial, tuvieron que admitir ipso facto la existencia de un estado ilusorio, cerrando los oídos y los ojos ante las protestas de Colombia y ante la verdad. Nunca mostraron nuestras cancillerías tanta diligencia. Los que tienen por costumbre hacer dormir en las oficinas largos años las cuestiones más inocuas, se sintieron penetrados de una actividad febril, y en pocos días, con excepción de tres países, todas nuestras repúblicas habían iniciado sus relaciones con la nueva entidad nacida del expansionismo.

El señor Taft, que fue ministro de la Guerra del señor Roosevelt, y después presidente de la república, explicó en la revista Mac Clure’s, de Nueva York, las razones técnicas que hicieron elegir el sistema de esclusas para la construcción del Canal, y las razones políticas que aconsejaron crear una república ad hoc. “No era posible —dice— que después de tanto esfuerzo diplomático, científico, material y financiero, colocásemos el paradero para las transferencias marítimas mundiales bajo la jurisdicción de degenerados y utilizásemos conductores que especularían con las papeletas y destruirían el material de la empresa.” Después de lo cual añade, al finalizar el artículo: “Quizá no esté lejano el día en que tres banderas de estrellas y barras señalen en tres sitios equidistantes la extensión del territorio nuestro; una, en el polo Norte; otra, en el Canal de Panamá, y la tercera, en el polo Meridional; nuestro todo el hemisferio de facto como en virtud de la superioridad racial lo es ya de jure 63. Todo esto fue ignorado por la mayoría de nuestros presidentes, que no leen a menudo más que el diario local que los ensalza.

La circunstancia explicaría también que el señor Elihú Root, abogado de varios trusts y especialmente del Standard Oil Company, fuese recibido por nuestros países como mensajero idealista de la concordia continental, mientras los norteamericanos no imperialistas, como el ex ministro Sherril, apenas alcanzaban a ser tolerados. Lo que más nos perjudica es la falta de conocimiento global de la política del Continente y la obsesión enfermiza de lo inmediato. El señor Sherril, dijo en su discurso de Middy Club: “Estoy plenamente convencido de que no corresponde a los Estados Unidos dirigir la política de la América latina, y de que cuanto más pronto se difunda esta idea, no sólo entre nuestros vecinos, sino también entre los norteamericanos, tanto más aumentará nuestra reputación internacional.”

¿Por qué desdeñamos las palabras que nos favorecen? ¿Por qué no nos apoyamos en los elementos que se coordinan con nuestro interés? Bien sé, y ya lo he dicho en páginas anteriores, que no son precisamente estos hombres los que más se hacen oír en los Estados Unidos, y ha quedado establecido que la política del conjunto obedece a leyes de crecimiento y de plétora que son extrañas a la voluntad individual. ¿Pero hemos de dejar caer los argumentos que los mismos norteamericanos nos dan para nuestra defensa? ¿Hemos de hacer el silencio en los diarios y en las almas para las palabras que ofrecen un punto de apoyo a nuestras reivindicaciones? El señor Wilson, antes de ser presidente, se expresó en estos términos: “Roma fue primera y única en la historia; se imponía al mundo por la gloria de sus guerreros, legisladores, filósofos, escritores y artistas; enseñó a leer y a pensar a la humanidad; dominó en tiempos paganos intelectual y materialmente desde el Capitolio, y en la Era Cristiana ha regido las conciencias desde el Vaticano, primero con el águila y luego con la paloma del Espíritu Santo, mientras que nosotros no tenemos otro título que el respeto y cariño de los hombres por nuestras instituciones libres y el haber ofrecido un asilo a los oprimidos de la tierra. Si ahora vamos a convertirnos en míseras caricaturas de Césares, traicionaremos los ideales de los padres de la patria y labraremos nuestra propia ruina.”

Tampoco es posible olvidar que el señor Wilson debía dejar de lado más tarde tan sanas inclinaciones para desembarcar tropas en Santo Domingo y proseguir la política tradicional. No debemos, pues, poner nuestra esperanza ni en los hombres, ni en los partidos. Unos y otros son parte de la hora y del medio que los conduce. Pero nos incumbe la tarea de aprovechar circunstancias, invocar declaraciones, maniobrar en el campo, poner en marcha, en fin, nuestro navío, para evitar que las olas y los vientos lo envuelvan irremediablemente. Frente al imperialismo, hemos representado la inmovilidad, y la inmovilidad, en política internacional como en la guerra, equivale a la derrota.

En Panamá tuve una prueba más de la limitación de perspectivas que pone a nuestra América en la imposibilidad de concebir una acción general. No fueron pocos los que me motejaron de agente secreto de Colombia.

—-¿Quiere usted de nuevo para el istmo —me decían— la pobreza, el atraso y la fiebre amarilla?

El error no podía sorprenderme, puesto que la prédica fue interpretada en Cuba como un anhelo de que la isla volviese a la dominación de España, en México como una maniobra política interior para favorecer la caída del gobierno, en Guatemala como una intriga de San Salvador y en San Salvador como una intriga de Guatemala. Con la misma lógica debía pasar más tarde en el Perú como adicto del Ecuador, en Chile como ferviente del Perú y en la Argentina por despegado de mi propia nacionalidad y enemigo de su espléndido aislamiento. Deslumbrado cada núcleo por sus preocupaciones inmediatas, atribuía a móviles locales la aspiración superior que debía favorecer a todos.

Cuando un diario me preguntó si era cierto que en Nueva York había juzgado con dureza a Panamá, contesté que siempre condené el movimiento separatista. Pero establecí que no debían contarme entre los que desdeñan y agravian a Panamá por su actitud. Todos cometieron errores en ese asunto. El Gobierno de Colombia, al descuidar la administración y el bienestar de la provincia. La provincia, al dejarse enredar en una aventura, sin calcular las prolongaciones. Y la América latina entera, al esquivar responsabilidades, abandonando a esa región a su suerte, como si fuese algo que no tiene lazo de continuidad con ella. Ni Panamá debe desligar su evolución de la del resto del Continente latino, ni la América nuestra podrá desinteresarse nunca de la suerte de Panamá; en el istmo está el eje de la rotación de un porvenir.

El ferrocarril que nos conduce de Colón a la capital, bordeando las estupendas construcciones que abren la comunicación entre los dos mares, es, desde luego, completamente norteamericano, como es norteamericana la zona del Canal, como son norteamericanos los hoteles y son norteamericanas las tropas y las banderas que dominan. Para el viajero que pasa, la República de Panamá es algo inexistente. También es verdad que el nuevo estado, además de ser minúsculo, se halla dividido en cuatro zonas sin comunicación entre ellas: la franja de tierra que linda con Colombia, la que es limítrofe con Costa Rica (separadas entre sí por la zona norteamericana, que va de océano a océano) y las ciudades de Panamá y Colón. Nadie concibe al ir del barco al hotel y del hotel al ferrocarril, sin oír más que el martilleo de la pronunciación inglesa, que se halla en un estado de origen español, en una república que tiene Parlamento, presidente y vida autónoma. Si nos detenemos para observar vemos que no hay ni puede haber en realidad más que un simulacro de gobierno, puesto que todo se halla en manos de la nación poderosa, puesto que todo tiene que respirar por ella y para ella. De aquí el asombro que se pinta en los semblantes así que se habla de oponerse al imperialismo. Los intereses se han subordinado de tal suerte, que la pequeña vida local, las supervivencias de la antigua provincia colombiana, lo que aún queda de lo que aspiró a ser república panameña, se extinguiría en un momento si los Estados Unidos se alejaran, porque todo emana de los dueños del Canal o converge hacia sus designios.

Y, sin embargo, estas zonas empezaron a fructificar bajo el genio latino. En un cuartel, en una altura desde donde se domina el mar, hay una estatua del ingeniero francés Lucien Bonaparte Wise, promotor de las obras del Canal, que parece estar gritando al mundo el doloroso fracaso de lo que pudo cambiar la historia de América.

Los señores Obaldia, Amador y Huertas, al iniciar el separatismo, creyeron quizá sinceramente que del sometimiento a los Estados Unidos sacaría la región grandes ventajas. Imaginaron que la nueva entidad usufructuaría los beneficios del intercambio enorme a que daría lugar la nueva vía de comunicación. Pero con excepción del saneamiento de las poblaciones, la antigua provincia de Panamá no ha realizado sus esperanzas.

La prosperidad ha sido canalizada por el pueblo protector, sin dar margen a un florecimiento que beneficie realmente a los aborígenes. El señor Guillermo Andreve, ministro por entonces de Instrucción Pública, a quien hice la pregunta, no pudo contestar afirmativamente. En la escuela que me llevó a visitar, para mostrarme un exponente de los progresos locales, hallé en el aula una enorme bandera norteamericana. Allí estaba el símbolo de la situación. Los elementos asimilables de la juventud eran atraídos por la fuerza captadora, confirmando el carácter transitorio de la entidad política, destinada a fundir mañana sus componentes de raza blanca dentro de la masa dominadora, confinando a los demás en la situación subalterna del indio o del jamaicano. Porque la mayor habilidad del imperialismo en estas y otras regiones ha consistido en disgregar el núcleo primitivo, haciendo entrever a algunos la posibilidad de confundirse en el porvenir con el invasor.

El mantenimiento de un gobierno aparentemente autónomo es así un expediente para graduar la era de transición, simplificando la administración de zonas sometidas, durante el tiempo que éstas tardan en clasificarse o subdividirse según los métodos del imperialismo. La existencia de un presidente, unas Cámaras y una bandera, no tienen dentro de la concepción práctica de los modernos conquistadores más que el alcance de una concesión oportuna y una fórmula para evitar responsabilidades. Si las finanzas, las relaciones exteriores y la suprema orientación en los asuntos de orden interno, están subordinadas a la voluntad del pueblo imperante, la esencia del colonialismo se realiza sin esfuerzo y sin desgaste en toda su virtud, dentro de un aparente respeto a las posibles susceptibilidades del lugar y a la opinión pública del mundo.

La flexibilidad de la acción exterior del imperialismo norteamericano y la diversidad de formas que adopta según las circunstancias, la composición étnica y el estado social de los pueblos sobre los cuales ejerce acción, es, desde el punto de vista puramente ideológico, uno de los fenómenos más significativos de este siglo. Nunca se ha desarrollado en la historia un empuje tan incontrarrestable y tan maravillosamente orquestado como el que vienen desarrollando los Estados Unidos sobre los pueblos que geográfica o políticamente están a su alcance en el sur del Continente o en el confín del mar. Roma aplicó sistemas uniformes. España se obstinó en jactancias y oropeles. Hasta en nuestros propios días, Inglaterra y Francia se esfuerzan por dominar más que por absorber. Sólo los Estados Unidos han sabido modificar el andamiaje de la expansión, de acuerdo con las indicaciones de la época, empleando tácticas diferentes para cada caso y desembarazándose de cuanto pueda ser impedimento o peso inútil para el logro de sus aspiraciones. Me refiero igualmente a los escrúpulos de ética, que en ciertos casos prohíben el empleo de determinados procedimientos, y a las consideraciones de orgullo, que suelen empujar en otros a las naciones más allá de sus conveniencias. El imperialismo norteamericano ha sabido dominar siempre sus repugnancias y sus nervios. Hasta el respeto a la bandera ha sido considerado por él, más que como una cuestión de amor propio, como un agente eficaz en la dominación. Unas veces’ imperioso, otras suave, en ciertos casos aparentemente desinteresado, en otros implacable de avidez, con reflexión de ajedrecista que prevé todos los movimientos posibles, con visión vasta que abarca muchos siglos, mejor informado y más resuelto que nadie, sin arrebatos, sin olvidos, sin sensibilidades, sin miedos, desarrollando una acción mundial donde todo está previsto, el imperialismo norteamericano es el útil más perfecto de dominación que se ha conocido en las épocas.

Añadiendo a lo que llamaremos el legado científico de los imperialismos pasados, las iniciativas nacidas de su inspiración y del medio, la gran nación ha subvertido todos los principios en el orden político como ya los había metamorfoseado dentro del adelanto material. Las mismas potencias europeas resultan ante la diplomacia norteamericana un espadín frente a una browning. En el orden de ideas que nos ocupa, Washington ha modificado todas las perspectivas. Los primeros conquistadores, de mentalidad primaria, se anexaban los habitantes en calidad de esclavos. Los que vinieron después se anexaron los territorios sin los habitantes. Los Estados Unidos, como ya lo hemos insinuado en precedentes capítulos, han inaugurado el sistema de anexarse las riquezas sin los habitantes y sin los territorios, desdeñando las apariencias para llegar al hueso de la dominación sin el peso muerto de extensiones que administrar y muchedumbres que dirigir. Poco les importa el juego interno de la vida de una colectividad, y menos aún la forma externa en que la dominación ha de ejercerse, siempre que el resultado ofrezca el máximum de influencia, beneficios y autoridad, y el mínimum de riesgos, compromisos o preocupaciones.

Así ha surgido una variedad infinita de formas y de matices en las zonas de influencia. Lejos de aplicar un cliché o de universalizar una receta, el imperialismo nuevo ha fundamentado un diagnóstico especial para cada caso, teniendo en cuenta la extensión de la zona, su ubicación geográfica, densidad de la población, origen, clasificación étnica dominante, grado de civilización, costumbres, vecindades, cuanto puede favorecer u obstaculizar la resistencia, cuanto debe aconsejar la asimilación o el alejamiento por afinidades o disidencias de raza, cuanto cabe inducir para las contingencias futuras. Las razones superiores de fuerza y de salud activa que encauzan la energía expansionista, velan, ante todo, por la pureza racial del núcleo y rechazan todo aporte que no coincida con él. Anexar pueblos es modificar la composición de la propia sangre, y el invasor, que no aspira a diluirse, sino a perpetuarse, evita cuanto pueda alterar o adormecer la superioridad que se atribuye.

El imperialismo hubiera podido, sin esfuerzo, duplicar o triplicar en los últimos años la extensión oficial de sus territorios, pero ha comprendido el peligro de añadir a su conjunto grandes masas de otro origen. La ocupación integral de pequeños territorios habitados por población blanca poco densa no ofrece dificultades; pero la conquista de vastas zonas de carácter refractario entraña peligros que no escapan a la perspicacia más elemental. De aquí la solución oportunista de reinar sin corona, bajo la sombra de otras banderas que el determinismo de las realidades acaba de hacer ilusorias.

La acción que se hace sentir en forma de presiones financieras, tutela internacional y fiscalización política, concede todas las ventajas sin riesgo alguno. Es en el desarrollo de esta táctica donde ha evidenciado el imperialismo la incomparable destreza que sus mismas víctimas admiran.

En el orden financiero tiende a acaparar los mercados con exclusión de toda competencia, a erigirse en regulador de una producción, a la cual pone precio, y a inducir a las pequeñas naciones a contraer deudas que crean después conflictos, dan lugar a reclamaciones y preparan ingerencias propicias a la extensión de la soberanía virtual. En el orden exterior se erige en defensor de esos pueblos, obligando al mundo a adoptar su intervención para tratar con ellos y arrastrándolos en forma de satélites dentro de la curva de su rotación. En el orden interno propicia la difusión de cuanto acrece su prestigio, ayuda las ambiciones de los hombres que favorecen su influencia y obstaculizan toda irradiación divergente, cerrando el paso de una manera perentoria a cuantos, más avisados o más patriotas, tratan de mantener incólume la nacionalidad. Es en esta última zona de acción donde mejor podemos observar la maestría del imperialismo. La sutil intrusión en los asuntos privativos de cada pueblo ha invocado siempre, como es clásico, la paz, el progreso, la civilización y la cultura; pero sus móviles, procedimientos y resultados han sido a menudo la completa negación de esas premisas.

Claro está que el punto de partida y la base para apoyar la palanca está en la interminable efervescencia política de nuestros pueblos. Pero el partido que se ha sacado de esta circunstancia es tan prodigioso, que parece inverosímil. Por la virtud del choque de los bandos, por el peso de la ambición de los hombres, aprovechando la inestabilidad de los gobiernos, en democracias levantiscas e impresionables, se ha creado dentro de cada país un poder superior, unas veces oculto, otras ostensible, que baraja, enreda, combina, teje y desteje los acontecimientos, propiciando las soluciones favorables para sus intereses. Aquí fomenta las tiranías, allá apoya las intentonas revolucionarías, erigiéndose siempre en conciliador o en arbitro, y empujando infatigablemente los acontecimientos hacía los dos fines que se propone: el primero, de orden moral, acrecentar la anarquía para fomentar el desprestigio del país, justificando intervenciones, y el segundo, de origen político, desembarazarse de los mandatarios reacios a la influencia dominadora, hasta encontrar el hombre débil, o de pocas luces, que por inexperiencia o apresuramiento será el auxiliar de la dominación.

Los ambiciosos saben que el ideal del imperialismo consiste en gobernar por manos ajenas, dentro de una prescindencia panorámica, y más de uno ha burlado esos cálculos haciéndose pequeño en la oposición para llegar con apoyo hasta el poder. Pero aun con la táctica de Sixto V, consintiendo primero para resistir más tarde, se contribuye al resultado doloroso, porque se abre la puerta a un escalonamiento de acciones análogas, que si no dan directamente al imperialismo lo que apetece, prolongan la efervescencia y el desorden, agotando las fuerzas nacionales y creando por su misma multiplicación endémica el ambiente propicio para que sea al fin irremediable la sumisión.

El mayor triunfo del sistema ha consistido en erigirse en factor de éxito dentro de nuestra propia vida. Fuente de recursos dentro de la pugna ciudadana, dispensador de reconocimientos dentro de la existencia oficial, ha empujado, no sólo a los impacientes, sino a los más incorruptibles y a los más íntegros, hasta los límites extremos de lo que se puede consentir sin abdicar. De esta suerte se ha ido creando subconscientemente, en los países “trabajados”, un estado de espíritu especial, que admite, dentro de las luchas ciudadanas, la colaboración de fuerzas que no nacen del propio medio y hace entrar en todo acto o propósito nacional una partícula de la vida y del interés extraño.

De aquí el fenómeno de que en un Continente sobre el cual pesa una presión extranjera sin precedentes en la historia, sean tan raros los hombres que se pronuncian abiertamente contra ella. Unos, porque aspiran ante todo al éxito; otros, porque imaginan ser hábiles disimulando su sentir; todos parecen tolerar o ignorar la fuerza secreta que se hace presente a todas horas.

Nadie habla, salvo contadísimas excepciones, de inclinarse. Pero en la dosificación de las complacencias, hay un teclado para la maestría del invasor que apoya naturalmente sobre las notas más gratas a su oído, desplazando insensiblemente las octavas hacia el campo de su predilección.

No digo que se abra así una especie de subasta para entregar el poder a quien más concede. La altivez de nuestros pueblos no lo consentiría.

Pero no se ha presentado aun en nuestras repúblicas el caso de que un hombre sindicado como adversario del imperialismo llegue a la presidencia. Los mismos que se han elevado con el beneplácito de Washington, ruedan así que asoma una veleidad de resistir. El eje de la política no está ya, pues, entre los que atacan y los que se inclinan, sino en el grado de la inclinación y en la intensidad del acatamiento. Así se ha improvisado más de una vez la popularidad y el auge de figuras secundarias que no parecían hechas para gobernar pueblos. Y así han sido sacrificados buenos políticos, que constituían un peligro por su perspicacia y su capacidad. La divisa de Metternich en uno de los grandes momentos de Austria (“hay que ayudar en Francia las ambiciones de X, porque X es muy torpe y con él estamos tranquilos”), ha tenido aplicación más de una vez en la política americana. La malicia nativa, que suple a veces el talento, se ha encargado de hacer fracasar algunos de esos cálculos atrevidos. Pero la consigna general ha sido empujar a los menos capaces, más que por las concesiones que de ellos se pueden arrancar, por los errores que ellos solos cometen, sin incitación de nadie.

Los que se oponen a esa política, desde el gobierno, aunque sea en la forma más comedida y diplomática, ven surgir, según los casos, en la frontera o en las cercanías de las capitales, la nube hostil que en poco tiempo los barrerá de las alturas. Aunque la insurrección sólo cuente al principio con escasos partidarios, se inflará rápidamente, porque recibirá todos los elementos útiles, y aunque el gobierno disponga de fuerza y popularidad para dominar el desorden, nunca podrá conseguirlo, porque en último caso, argumentando la necesidad de defender propiedades o de impedir matanzas, intervendrán ministros y desembarcarán tropas extranjeras.

A pesar de los intereses divergentes de Francia, España e Inglaterra, el cuerpo diplomático en nuestros países es una serie de vagones de lujo encabezados por una locomotora que lleva bandera norteamericana. Por otra parte, el mundo sólo sabrá de las cosas de América lo que quieran decir los Estados Unidos, porque ellos son los que imponen a la opinión universal el dominio de sus cables. Abandonado por sus mismos partidarios, el mandatario que se obstine en resistir será bloqueado en sus abastecimientos, movimientos y palabras. Así se explica la rapidez de ciertas caídas, en países donde antes duraban las guerras civiles largos años, y así se comprende, aunque no se justifique, lo que podríamos llamar el terror oficial.

Más fulminante aún es el proceso cuando la resistencia nace de los particulares, sean éstos comerciantes, militares o escritores. Al soplo de un viento nuevo, las amistades se disgregan, las oportunidades se desvanecen, la atmósfera se rarifica. Nada asoma a la superficie, pero parece que un anatema cae sobre las cabezas. El comerciante ve limitado su crédito, el militar comprometida su carrera, el escritor disminuido su prestigio. Poco importa que antes de haber tomado posición en el asunto, el comerciante fuera solicitado por los Bancos, el militar ensalzado por su ciencia, el escritor respetado por sus obras. La simple enunciación de una idea divergente, cierra el paso al porvenir. Y menos mal cuando esta acción subterránea se limita a detener el crecimiento de una fuerza. Suele ocurrir que, por causas ocasionales, que nada tienen que ver aparentemente con la opinión vertida, el comerciante se arruina y va a la cárcel, el militar pierde su carrera y se expatría, el escritor es acusado de las peores bajezas. De aquí el revuelo oportunista de los que, arrebatados por la corriente, tratan de conciliar su patriotismo con Monroe.

La caída de Porfirio Díaz, Cipriano Castro y Santos Zelaya, el sacrificio de los Alfaro en el Ecuador, la muerte de Araujo en San Salvador, el ocaso de Miguel Gómez en Cuba, la inmolación del doctor Madriz en Nicaragua, las de Madero y Carranza en México, el fin trágico de Zeledón y Perdomo Herrera, hacen suponer a los timoratos que una extraña fatalidad persigue a cuantos ensayan, aunque sea en un solo momento de su actuación, una actitud de resistencia. El destino es, en cambio, propicio para los que como el señor Chamorro, en Nicaragua, cantan loas al panamericanismo. Acaso se ignora en Washington el grado de virulencia que alcanza esta obra en ciertas comarcas.

Los intereses de algunas compañías financieras, que salen del marco en que se mueven los intereses de la nación o la iniciativa de agentes que van más allá de sus instrucciones, pueden exagerar los abusos. Pero en conjunto, todo obedece a una política deliberada. Las cosas se hallan dispuestas de tal suerte, que para los latinoamericanos la acción se hace difícil y el éxito imposible, siempre que no concurra a contemporizar con la influencia que apoya su mano de hierro sobre los intereses y sobre las consciencias, desarmando toda hostilidad. Y aquí nos encontramos ante la eterna pregunta: La responsabilidad final de la situación, ¿recae exclusivamente sobre el imperialismo, que en nuestro tiempo, como en todos los tiempos, extenderá sus ambiciones hasta donde les cierre el paso la resistencia de la atmósfera? ¿No alcanza la mayor culpa a los dirigentes nuestros, que ilustrados por catástrofes anteriores, aleccionados por situaciones análogas en otros países y otros siglos, puestos en guardia por voces que vienen de todas partes, no atinan a elevarse por encima de sus limitaciones para abarcar panoramas más vastos y alcanzar visiones más amplias?

Las faltas del imperialismo las conocemos todos, y nada ganaremos con repetirlas en tono airado. Lo que conviene poner en evidencia, son nuestros propios errores. No para crear discordia con ellos una vez más, sino para acabar con la discordia, reconstruyendo serenamente lo que han destruido las impetuosidades.

Mi visita al presidente de Panamá, don Belisario Porras, me permitió comprender el estado de espíritu de ciertos mandatarios. Yo no he creído nunca en la infidencia de nuestros hombres. Si han maniobrado en falso, ha sido, la mayor parte de las veces, por no saber reaccionar contra un empuje formidable. Los débiles destacamentos, aislados en la noche, capitularon más o menos abiertamente por falta de coordinación superior o por imposibilidad material de resistir. Pero esto, que puede salvar el honor del militar, no enaltece la previsión de los jefes, que no han sabido prever la gradual acción envolvente. En un siglo de operaciones, en una batalla que dura desde la independencia, se encuentran todavía nuestros conductores tan desamparados, y dan prueba de una incapacidad volitiva tan absoluta, que podría decirse que, lo que aún se halla a flote de la América latina, ha sido defendido hasta ahora, más que por los hombres, por la geografía, por la distancia» por el clima, por la acción irresponsable de la Naturaleza.

Con sincera llaneza, el señor Porras me explicó su punto de vista: La situación de Panamá es cada vez más difícil —me dijo—; mi gobierno no puede adquirir verdadera autoridad. Carezco de medios para hacer cumplir las decisiones. Encuentro dificultades hasta para armar convenientemente la Policía, víctima a menudo de atropellos incomprensibles. Gentes que vienen de la zona del Canal, golpean a mis agentes y regresan impunes al territorio norteamericano, después de cometer transgresiones a las leyes y a las ordenanzas municipales. Si mañana estallara en tierra panameña una insurrección política, yo no podría sofocarla sin que me autorizaran los Estados Unidos a equipar tropas y a trasladarlas de una zona a otra de nuestro país. Mientras hablaba, el señor Porras se ajustaba los anteojos con cierta nerviosidad mal contenida. Cuando se refirió a lo que la América tropical esperaba de las naciones que, como Argentina, Chile y Brasil, encienden en el Sur un resplandor de esperanza, sus ojos sufrieron transiciones de optimismo:

—Si ustedes quisieran. . .

Yo tuve que excusar ante el hispanoamericano la sordidez de nuestra política, ocupada aún —le dije— en solidificar sus bases. No le escondí, sin embargo, que también en el Sur estábamos cometiendo el mayor de los errores: despreocuparnos de la suerte de los pueblos afines. Porque si la América de que hemos hablado hasta ahora lamenta ya sus faltas, la América incólume tendrá que expiar mañana las que está acumulando con su imprevisión y su localismo.

Hablando del separatismo de Panamá, el señor Porras tuvo una exclamación reveladora:

— ¡Sí nosotros hubiéramos sabido!

En ella asomaba la filosofía de toda la política centroamericana en los  últimos años, la síntesis de la obra de tres generaciones de gobernantes. Después de tan repetidos errores, parecía una ironía la blanda exclamación: ¡Si nosotros hubiéramos sabido!

Era un secreto a voces que todos se repetían en el mundo, y sólo los presidentes y los ministros lo siguieron ignorando hasta que la enfermedad se convirtió en flagelo. Fue en la insuficiencia de los políticos y en su terca hostilidad hacia los que les advertían; fue en el ensimismamiento y la jactancia; fue en la avidez y en el desorden donde encontró el invasor sus auxiliares, y, sin embargo, ninguno entre tantos tuvo la noción de lo que estaba haciendo. En un siglo de locura imperialista se presentaron en América todos los síntomas del espíritu conquistador, todos los fenómenos precursores del naufragio, y los que llevaban el timón, los que eran responsables de la barca, no vieron la tempestad. Acaso por esas culpas tenga que decir mañana la historia: Hubo una vez una raza que poseía los territorios más hermosos de que haya sido dueña jamás raza alguna, con las tierras más fértiles, los ríos más caudalosos, los bosques más poblados, las minas más fabulosas, todas la zonas, todos los productos, en manos de hombres combativos e inteligentes que prolongan gloriosas civilizaciones, y por la desidia de los que mandaban, por el politiquerismo enfermizo, por las bajas pasiones, todo el tesoro incalculable, todas las esperanzas, todos los recuerdos fueron barridos y anulados por otra raza, hoy no queda de todo ello más que el recuerdo de un desastre irreparable, que no puede siquiera ser recordado por un momento, porque la leyenda tendría que ser escrita en lengua extranjera.

Cuando consideramos en conjunto la obra del imperialismo en América, no es posible defenderse de cierta admiración ante la amplitud del esfuerzo y la perspicacia de las concepciones. Nunca se vio en la historia tanta sutileza y tanto espíritu de prosecución. Claro está —repito— que desde el punto de vista hispanoamericano se trata de una política que todos debemos contribuir a contrarrestar. No somos pocos los que desde hace largos años escribimos y hablamos sin reposo en ese sentido. Pero para oponerse al avance, lo que más urge es alcanzar el conocimiento pleno de la verdad y abandonar las vanas declamaciones. Cada pueblo fuerte extiende su ambición hasta donde le alcanzan los brazos, y cada pueblo débil dura lo que dura su energía para defenderse. Al sacrificar las doctrinas para facilitar su grandeza presente y futura, la Nueva Roma cree cumplir con un deber, puesto que así prepara la dominación global para la cual se considera elegida. Al desarrollar su volumen y ponerse a cubierto de esos riesgos, la América latina preservaría su personalidad. La historia no tiene en cuenta las lamentaciones, sino los resultados. Y es en los resultados —no en las palabras, ni en las teorías— donde debemos tratar de estar a la altura de los acontecimientos.

Notas

56 Al presentar al conferencista, el Prof. Fitz Gerald, en nombre de la Universidad de Columbia, pronunció un significativo discurso, del cual reproducimos este párrafo: “Columbia esteems herself peculiarly fortune in being able to offer her hospitality to the distinguished gentleman who is her guest this afternoon. A poet, prose-writer, orator, and publicist who is known and respected throughout South America and Europe, he has many claims upon our attention and upon our interest. Despite a spread opinion to the contrary, we of he United States have an special affection and admiration for an idealist, and on this ground more even than on those already mentioned, our guest compels our affectionate regard, for, at an age when many other young men are wasting their substance and their time, he is giving his substance and himself to the promulgation of an idea and the maintenance of an ideal.”

57 Este folleto se distribuyó a la entrada del local en que se dio la conferencia, y fue impreso en los talleres de Las Novedades, 26, City Hall Place, New York, en 1912, con el título de The Future of the Latin America.

58 22 de julio de 1912.

59 8 de julio de 1912.

60 10 de julio de 1912.

61 18 de agosto de 1912.

62 El Argus de Albany decía en su número del 19 de julio: “A journey I nave just made through all Latin America countries “says señor Ugarte, convinces me that the blind restlesness and disquieture that besets our people is organizing and cristalizing into and alert and vigorous movement against the imperialism of the United States”. True Democracy is not in sympathy with imperialism. There are hundreds of thousands of independents Republicans who do not sanction imperialism, and the only safe thing for them to do next november is to vote for the Democratic national ticket.”

63 La Estrella de Panamá, 24 agosto 1912.

CAPÍTULO VI

LA TUMBA DEL LIBERTADOR

Bolívar y san Martín. La situación de Venezuela. Errores políticos y económicos. Necesidad de una información directa. El patriotismo colombiano. Educación racional. Problemas étnicos. La táctica disolvente.

Hay hombres que son para su raza como los ríos, que sirven de venas a la tierra, y animan el paisaje inmóvil: la vitalidad, la iniciativa, la fuerza que traen fecunda vastas extensiones, acorta distancias y valoriza la palpitación de un pueblo.

Bolívar fue uno de esos hombres. En el movimiento de la emancipación americana, cuando todos los factores de la inmovilidad se oponían a la necesaria metamorfosis, su audacia triunfal puso en movimiento las energías latentes. Le debemos todos tanto, que casi no hay palabras para expresar la gratitud. Sin embargo, al evocar su acción, encontramos que mayores que sus proezas fueron sus desengaños, y que más que los beneficios que él derramó sobre América, pesan, en la balanza de las liquidaciones finales, las ingratitudes que América acumuló sobre él.

Al retirarse, vencido y abandonado por sus amigos, Bolívar dice en una proclama: “Mis últimos votos son por la felicidad de la patria; si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, bajaré tranquilo al sepulcro.” Y en estas sencillas palabras está acaso la filosofía final y la síntesis de lo que fueron de Norte a Sur las saturnales del desorden, desde el primer grito de independencia hasta la caída de los grandes caudillos. El contenido moral de esa frase abarca todas las perspectivas de la evolución atormentada que disgregó las fuerzas de las antiguas colonias hasta llegar, sacrificando los ideales de los iniciadores del movimiento, a la organización fragmentaria de las repúblicas actuales.

Los primeros apóstoles del separatismo en México, en Nueva Granada, en el Río de la Plata, habían pecado acaso dos veces por exceso de lirismo. Al dejarse fascinar por los sistemas políticos, relegando a segundo término la situación económica y las perspectivas reales de esos virreinatos desde el punto de vista de la capacidad financiera o la posibilidad de bastarse a sí mismo. Y al ignorar, o al no medir en toda su importancia, el alcance de los apoyos extranjeros que favorecieron la insurrección. Pero análogas imprevisiones se hallan en el origen de todos los movimientos y en la hora en que se produjo la revolución no revestían la importancia que han venido a cobrar después. Teniendo en cuenta la riqueza de la América latina, la situación, por entonces, de los Estados Unidos y el estado de la política mundial, la concepción inicial era perfectamente razonable y factible en todas las zonas. Lo que vino a perturbar las legítimas esperanzas y las primeras inducciones fue el carácter reacio y levantisco de la masa que se trataba de exaltar. Si establecemos un paralelo entre la acción revolucionaria de las colonias inglesas y la acción revolucionaria de las colonias españolas, encontramos, de un lado, la solidaridad y la disciplina; del otro, la anarquía y la desunión; de un lado, la concepción racial; del otro, la preocupación local; allá, la previsora inquietud del porvenir; aquí, la aturdida avidez del presente. Mientras las colonias inglesas afianzan su vida y su aprestan a ejercer una acción mundial, las colonias españolas se agotan en luchas estériles y olvidan todo anhelo superior. Pero esto, que es fruto de la idiosincrasia particular a que hemos hecho referencia en otro capítulo, realza la grandeza de Los caudillos que fueron a la vez los anunciadores y las víctimas. Pocos héroes presentan tantas garantías de desinterés como Bolívar.

Su fortuna personal y la consideración de que goza dentro de la colonia, lo ponen a cubierto de toda sospecha. Se lanza a la fabulosa aventura guiado por un lirismo que emana a la vez de la revolución francesa, de la emancipación norteamericana y de su cultura griega y latina, exaltada por una reciente visita a la Acrópolis. En su corazón hay algo del puritanismo filosófico del siglo XVIII y un dejo de la grandeza napoleónica. Quiere fundar un gran estado moderno, sueña ser el Washington del Sur. Sabe que su aspiración no es aventurada, porque tiene la conciencia de su mérito y la visión de las posibilidades históricas. Trae fe en su estrella y en el porvenir del Continente, al servicio de su sueño pone tesoros de habilidad y de energía. Sin embargo, hay algo que falla. No es el obrero. No es el útil. Es la materia sobre la cual opera. No porque sea ésta inadecuada o inferior, que en parecida zona y momento pocos pueblos ofrecieron mejores disposiciones en la élite y en la masa. No por incomprensiva tampoco. No por hostil, puesto que, a pesar de ciertas resistencias momentáneas, el libertador coincidía con la aspiración fervorosa del conjunto. Pero, en el ambiente anárquico, la coincidencia no suponía adhesión, la comprensión no significaba apoyo, la gratitud no importaba respeto. Algo hirsuto e indócil se oponía a toda dirección o programa, algo obscuro y atávico impedía concurrir ordenadamente a una acción.

A nuestra América le ha faltado siempre la sagrada facultad de admirar qué hace la superioridad de los hombres y de los pueblos. Paradojalmente igualitaria, en vez de nivelar en las cimas, ha querido nivelar en el llano, derribando toda superioridad individual y haciendo al mismo tiempo imposible toda superioridad colectiva. Lejos de la vivificante emulación con los otros pueblos, ha asomado desde los orígenes la sorda pugna interior entre los propios componentes, empeñados, no ya en superarse, sino en abolir toda jerarquía, sin cuidarse de que al dar rienda libre a sus instintos decretaban la disminución del conjunto.

Cuando Bolívar escribía en 1830: “Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones y últimamente he deplorado la que hemos hecho contra los españoles”, sintetizaba quizá en una frase su calvario. Pocos hombres han sido azotados por el odio, la intriga y la calumnia como él. Desde la traición y la befa hasta las insinuaciones más infames, tuvo que soportarlo todo, con los ojos fijos en la obra que había emprendido. Y su mayor dolor fue ver que el resultado no correspondía al esfuerzo. “No espero salud para la patria, decía en otra carta; este sentimiento, o más bien esta convicción íntima, ahoga mis deseos y me arrastra a la más cruel desesperación. Yo creo todo perdido para siempre, y la patria y mis amigos sumergidos en un piélago de calamidades. Sí no hubiera más que un sacrificio que hacer, y que éste fuera el de mi vida, o el de mi felicidad, o el de mi honor, créame usted, no titubearía. Pero estoy convencido de que este sacrificio sería inútil, porque nada puede un hombre contra un mundo entero, y porque soy incapaz de hacer la felicidad de mi país me niego a mandarlo. Hay más aún: los tiranos de mi país me lo han quitado y yo estoy proscrito; así yo no tengo patria a quien hacer el sacrificio 64.

En sociedades indisciplinadas y bravías tiene siempre ventaja el mal sobre las virtudes, no porque la índole nacional se halle inclinada a favorecer la injusticia, sino porque el instinto descontentadizo y opositor adopta y corea de buena fe cuanto puede perjudicar a un tercero. Desprovistas de la serenidad y el discernimiento necesarios para desenredar intrigas, burlar confabulaciones y reducir la envidia o la venganza a su radio pequeño y especial, nuestras democracias cayeron desde los comienzos en el delirio demoledor. Las acusaciones de traición, dictadura y prevaricación, sin contar los ataques directos al hombre, hallaron siempre una masa ávida de secundar y repetir. Así se creó el ambiente que hizo posible, con el revolucionarismo enfermizo, el triunfo de los menos aptos, y así se ahogaron las esperanzas de los que determinaron la insurrección.

Nuestra América tenía que ser transitoriamente una América secundaria, dominada como acabó por estar por hombres secundarios que combatían y desalojaban a los héroes. Nadie más entusiasta por España que yo; pero acaso había en todo ella la continuidad de una dirección histórica y América tenía que sacrificar a sus grandes hombres, como España había sacrificado a Colón y a Cervantes dentro de la lógica del mismo temperamento suicida. Para medir la magnitud de la divergencia de orientación entre la América anglosajona y la íbera, basta recordar la actitud de la masa ante los jefes. Mientras los fundadores de los Estados Unidos se extinguen entre la admiración y la apoteosis, los fundadores de nuestras patrias mueren invariablemente en el ostracismo o en la expatriación. Y la tendencia es tan áspera, que aun a cien años de distancia buscamos en el recuerdo de esos mismos apóstoles de la unión nuevos motivos de desavenencia, y enconamos el debate alrededor de las figuras de Bolívar y de San Martín, prolongando lo que podríamos llamar una inútil guerra civil entre los muertos.

Como argentino, no he encontrado nunca una razón para atenuar mi admiración por Bolívar. Creo que el caudillo de Nueva Granada y el del Río de la Plata se completan si abarcamos el conjunto de la vasta acción que consiguieron desarrollar. No hay choque entre ellos, ni en los ideales, ni en la realización. Pudieron hacerse la guerra y, sin embargo, sobrepusieron a su amor propio el bien general. Cuando se encuentran en Guayaquil, no es para discutir primacías, sino para considerar el porvenir de América. Al tratar de que uno resulte superior al otro, algunos comentaristas los han disminuido a los dos, porque en el espíritu de nuestra historia concurren a una sola obra y son brazos del mismo ideal. Ambos tuvieron que luchar contra la tendencia anárquica de nuestras tierras, y esa coincidencia bastaría para hacerlos solidarios en el curso de nuestra historia, si no los uniera también en la ingratitud el recuerdo de la isla de Santa Marta y la visión de la humilde vivienda de Boulogne sur Mer. ¡Cuán grande hubiera podido ser la América latina, si en vez de levantar suntuosas estatuas a sus mejores hijos después de haberlos desterrado, fusilado o sacrificado en todas las formas, les hubiera permitido hacer buenamente en vida lo que proyectaban para la victoria general!

Alguien me preguntó cierta vez quiénes eran, en el momento en que nos hallábamos los grandes hombres de América, y en la dificultad para dar una respuesta exacta, hube de confesar que en nuestros países sólo hemos tenido grandes hombres muertos. Sólo han comprendido los argentinos a Alberdi en sus exactas proporciones y en la magnitud de su sacrificio, midiendo su figura y su obra a medio siglo de distancia.

Y el mal del pasado es el mal del presente. Si el Gobierno de Nicaragua, que gastó sumas enormes en el entierro de Rubén Darío, hubiera dado en vida una pensión al poeta, no hubiera vivido éste torturado por las zozobras que le obligaron a buscar en la Prensa remuneraciones siempre exiguas.

Su sino fue el de José Enrique Rodó y el de Florencio Sánchez, que salieron también de su patria en medio del silencio, y que hubieran podido vivir largos años en plena producción con el precio del carbón consumido por los barcos de guerra que llevaron después a las playas nativas sus cadáveres. Pero acaso conviene que las cosas ocurran así; porque las figuras se destacan sobre un fondo sombrío, en la desorientación de un conjunto que sólo percibe el resplandor de la gloria en los cementerios.

Las reflexiones que podía hacer el viajero sobre el pasado y sobre el presente al desembarcar en la Guayra, no coincidían, de más está decirlo, con las preocupaciones del lugar. Era entonces presidente de la república de Venezuela —y lo es aún— el señor Juan V. Gómez, cuya ascensión al poder dio lugar a tantos comentarios. Se recordará que este político acompañó como vicepresidente, en su larga dominación, a Cipriano Castro. Cuando el dictador, enfermo, se embarcó para Europa, un rápido golpe de Estado destituyó al ausente y entregó el poder al señor Gómez. Unos han explicado el caso argumentando la opresora política de aquel caudillo, otros recordando la resistencia de Castro a ciertas intimaciones internacionales. ¿Reacción interior o sanción diplomática? Quien escribe este libro no se cree autorizado para tomar partido en las divergencias civiles o en los conflictos especiales de cada república, y deja, naturalmente, a los venezolanos mismos el cuidado de dilucidar estas cuestiones; pero no puede dejar de registrar que lo que halló en Venezuela fue un ambiente visible de tiranía.

Las dificultades que opuso el Gobierno de Caracas a la realización de mis conferencias, evitando concederme los teatros que solicité 65, y el silencio con que recibió el presidente mi pedido de audiencia, pudieran parecer pesar sobre mis juicios. En realidad, la órbita moral en que evolucionaba el Gobierno de Venezuela en lo que se refiere al problema continental, me pareció la misma de la mayoría de las repúblicas que había visitado. Una menguada preocupación local y partidista evitaba todo gesto que pudiera disgustar a la poderosa nación del Norte, tratando de mantener ante todo las situaciones adquiridas, sin extender la mirada en la geografía, hasta el conjunto de América, y, en el tiempo, hasta el porvenir. El espíritu popular era otro, como tuve ocasión de comprobarlo ante las manifestaciones de la juventud, que organizó conferencias, me acompañó a depositar coronas sobre la tumba de Bolívar, y desfiló en silencio, sombrero en mano, ante la estatua del héroe, en una de las ceremonias más emocionantes que me ha sido dado presenciar.

Es Venezuela una tierra de enterezas y rebeldías que, si han dado lugar a dictaduras dolorosas, conservan vivo en la masa el ímpetu de otros tiempos. La juventud no ignoraba los riesgos que corría al contrariar las direcciones oficiales bajo un régimen poco propicio a la divergencia. Pero el recuerdo de Miranda y la presencia moral de Bolívar mantuvieron la decisión y desviaron las represalias. Debo confesar que no cometió el gobierno, por lo menos durante mi permanencia en Caracas, ningún acto directo de coerción, y que los telegramas en los cuales se me invitaba a continuar mi propaganda en las capitales de provincia, llegaron a mis manos sin tropiezo 66. En los estados, donde se hace sentir siempre menos la sugestión oficial, la adhesión de ciertos grupos era desde luego más visible, y es seguro que la prédica hubiera encontrado eco cada vez más simpático. Pero respondiendo a una invitación, se aceptaban todas y el viaje no podía prolongarse indefinidamente. Por otra parte, el fin era recordar una idea y observar un ambiente para lo cual bastaba visitar las capitales.

Caracas exhibe, dentro del tipo genérico de las ciudades hispanoamericanas, un encanto diáfano que emana de su ligera elevación sobre el nivel del mar y de la pintoresca vegetación que la rodea. Desde los balcones del hotel Klindt veía la plaza Bolívar y las calles claras, que se alineaban bordeadas por casas limpias de dos o tres pisos, sobre las cuales se elevaba a veces un edificio de mayores proporciones. La floreciente vida intelectual estaba representada por diarios, revistas y renombrados Centros de cultura. Tuve ocasión de conocer y tratar a hombres de valimiento en varias instituciones, especialmente en la Academia de Historia, porque Venezuela, después de haber hecho la historia de buena parte de América, se ha dedicado a estudiarla con especial fortuna.

El gobierno mismo parecía querer oír la voz de la intelectualidad, llamando a los ministerios a algunos literatos reputados. Pero este resplandor de un pequeño centro y un reducido núcleo, ¿era suficiente para iluminar a la república? La cultura y el europeísmo de una élite que vivía con el pensamiento fijo en las capitales célebres, ¿tenía fuerza para marcar direcciones durables al conjunto y crear un ambiente nacional?

Desarticulando los resortes, venía a encontrar en Venezuela lo que ya había visto en los países visitados anteriormente. En primer lugar: una clase gobernante, compuesta de generales y pequeños caudillos profesionales de la política, adictos todos al régimen, a los cuales rodea una corte de aspirantes a prebendas y situaciones menores; en segundo lugar, una clase intelectual, de ilustración y mentalidad europea, distanciada del ambiente por su propia superioridad y utilizada ocasionalmente por el primer grupo como auxiliar transitorio; en tercer lugar, una clase comerciante, compuesta en su inmensa mayoría de extranjeros, cuyos intereses independientes de los del país, y a veces antagónicos, se tramitan por intermedio de Sociedades o Bancos internacionales, determinando el auge de un comercio alemán, de un comercio inglés, de un comercio norteamericano, sin que surja la realidad de un comercio nacional, en el sentido amplio y durable de la palabra; y en cuarto lugar, una plebe desorientada y descontenta que entrega por ínfima retribución sus músculos al empresario extranjero, o regala, en cambio de una ilusión, su sangre al ambicioso político, sin que en la doble inmolación encuentre nunca una oportunidad de redimirse. A través de esta disyunción de grupos, es difícil ver, como cuerpo sólido y orgánico, la imagen de una patria, en el sentido vigoroso del concepto. Falta la trabazón y el enlace de los diversos elementos alrededor de una aspiración superior que exalte y coordine las energías en vista de propósitos colectivos. Detenidos en medio de su elaboración interna, los componentes de la sociedad no se han refundido en un molde. No ha nacido del conjunto la diversificación de actividades convergentes que es la distintiva de los pueblos completos. Todo ello a causa del estado de zozobra que han mantenido las guerras civiles y las suplantaciones políticas, haciendo endémicas las conmociones que debieron ser ocasionales. Gobernar y combatir fue la misma cosa. El valor y los éxitos militares parecieron bastar a menudo como caudal de ilustración para regir la suerte de los conjuntos, y el sistema que tan malos resultados tenía que dar desde el punto de vista político, ha dado resultados aún peores desde el punto de vista económico.

Prolongando en la paz las situaciones marciales, los gobiernos han seguido viendo en las Aduanas sólo una fuente de recursos, y como en tiempo de la colonia, los países han continuado cambiando las materias primas por productos manufacturados, ajenos a toda reflexión y todo precepto de economía política moderna. ¿Cómo explicar satisfactoriamente el contrasentido de que naciones exportadoras de oro hagan empréstitos en el extranjero, y de que las riquezas de América se nos escapen, por así decirlo, de las manos, sin dejar, en algunos casos, en nuestras arcas ni el surco misérrimo de un impuesto a su exportación? Haciendo coincidir con esta impericia la inclinación a enajenarlo todo, desde los frutos hasta las minas, desde los campos hasta las obras de utilidad pública, se aclara el enigma de las dificultades financieras.

Si los países más ricos del mundo tiene hoy que pedir dinero prestado hasta para pagar los intereses de sus deudas —nos referimos en general a toda la América latina—, arrebatados por el engranaje de un eterno déficit, es porque no han sabido levantar el andamiaje de la verdadera nacionalidad.

Cuando dentro de nuestro propio territorio nos servimos de un ferrocarril, subimos a un tranvía, edificamos una casa o compramos un par de zapatos, pagamos indirectamente un impuesto al extranjero, puesto que esas empresas, construcciones o manufacturas tienen su asiento o envían sus beneficios fuera del país. No hablaré de los Bancos, ni de las Compañías de Seguros, que extraen anualmente sumas fabulosas. Nuestros economistas sostienen que necesitamos capitales. Como si la riqueza no fuera capital. La teoría ha sido, por lo menos, mal aplicada, y lo que pudo ser expediente en los comienzos se ha transformado en sistema. En la mayor parte de los casos no hemos contraído deudas para poner en circulación nuestros tesoros, lo cual es una operación lógica de comercio, lo mismo en el orden nacional que en el orden individual.

Esos tesoros han sido enajenados y su explotación incumbe a otros países. Minas, grandes plantaciones, vastas empresas de transformación industrial, cables, transportes terrestres y marítimos, etc., fructifican tan lejos de nuestro radio, que a veces somos impotentes hasta para imponer a las Compañías el acatamiento de las leyes nacionales. Los empréstitos contratados por los gobiernos no se han aplicado sino muy rara vez a valorizar o financiar por cuenta propia las que debieron ser las fuentes de prosperidad nacional: yacimientos auríferos, petrolíferos, etc. En la mayor parte de los casos se han hecho para cubrir los simples gastos de la administración pública, o para llenar los baches abiertos por las conmociones, cuando el rendimiento de los impuestos y las Aduanas no eran suficientes. Y difícilmente se alcanza la solución a la cual se puede llegar con este sistema, dado que si el dinero prestado no produce mayor interés que el que paga, la operación tiene que resultar fatalmente ruinosa. Así han nacido los “países hipotecados, ricos para los demás y pobres para sí mismos”, de que habla el escritor mejicano don Carlos Pereyra.

Al salir de Venezuela recibí, por carta traída por un viajero, la noticia de la expedición patriótica de los nicaragüenses residentes en Costa Rica. En un puerto de aquella república se habían embarcado Julián Yrias, Rodolfo Espinosa, Alejandro Bermúdez y el general Zeledón, dispuestos a reivindicar los derechos de su país. La misiva era eco a la vez de las esperanzas y de los desengaños. El levantamiento nacional, provocado con ayuda del general Mena, hubiera derribado con toda facilidad el régimen imperante, sin la intervención de las tropas de desembarco norteamericanas. Éstas tomaron la defensa del desamparado gobierno de los señores Estrada, Díaz y Chamorro, bombardearon la ciudad de Masaya y acabaron con el generoso intento.

La muerte de Zeledón 67 puso fin al último estertor de la soberanía, y desde entonces hasta hoy se prolonga el protectorado, de hecho ya que no de nombre, que se confirma con la presencia de guarniciones en diversas ciudades del país.

Tres cosas saltan, ante todo, a los ojos de quien considere estos acontecimientos. Primero, la extraña concepción política que puede llevar a una minoría a solicitar el apoyo armado del extranjero contra sus propios connacionales, subordinando a los odios de partido la existencia misma de la nación. Segundo, la indiferencia y la quietud de la América latina ante sucesos cuyo significado y alcance nadie puede desconocer. La protesta iniciada por el presidente de San Salvador, doctor Araujo 68, no alcanzó siquiera a reunir una platónica adhesión, y así, como habían callado ante un tratado que ponía a Nicaragua bajo una dominación económica, las repúblicas hermanas enmudecieron ante los hechos que la colocaban bajo una dominación militar extranjera. La tercera circunstancia que nos sorprende es la ignorancia en que permaneció y permanece la opinión continental sobre estos acontecimientos. Fuera de algunos intelectuales a quienes interesa el asunto, nadie se enteró del atentado. También es cierto que las agencias telegráficas, tan pródigas de detalles en otros casos, callaron sistemáticamente.

La importancia del cable como fuerza de sugestión y como instrumento de contralor es tan decisiva, que no necesita ser subrayada. No hablemos ya de los casos en que se oculta la noticia. La simple facultad de presentar los hechos, aunque sea sin comentarios, entraña un poder para orientar las simpatías, influir sobre las voluntades y gobernar las conciencias. Esto en tesis general. En el caso de la América latina es más grave la situación. Un conjunto débil que aquilata la ebullición del mundo y respira intelectualmente a través del criterio del núcleo imperialista, es, de antemano, aunque en el caso no medien otras circunstancias, un conjunto en peligro. Peor aún cuando se trata de nuestra propia vida latinoamericana, de la cual sólo sabemos lo que quieren referirnos. Así se explica el ambiente de desdén que se ha creado en la Argentina, Chile y el Brasil, en lo que atañe a las otras repúblicas de habla española, y así cobran significación muchos de los conflictos que nos debilitan. La docilidad con que nuestra prensa del sur proclama “grave situación en México”, cada vez que por medio de sus agencias telegráficas el imperialismo traduce la necesidad de hacerse dar nuevos poderes morales para su acción, es una de las cosas que más sorprenden. Hacer política interamericana inspirándose en esas fuentes, es una ingenuidad. El primer paso hacia el acercamiento de nuestros países debió ser la creación de fuentes de información propia sobre la realidad de nuestra vida y sobre la vida norteamericana también, puesto que las agencias de los Estados Unidos no transmiten nunca a nuestras repúblicas más que una verdad dosificada. Sin embargo, nos encontramos ante la paradoja de que un conjunto de ochenta millones de hombres, que tiene grandes ciudades y diarios poderosos; carece de información autónoma para poder regular, de acuerdo con los propios intereses, las vibraciones de la opinión pública.

Un telegrama del presidente de Colombia recibido en la Guayra 69 me confirmó el ambiente propicio que reinaba en aquella república, mutilada por el genio realizador de Roosevelt. Hasta en las esferas oficiales, atentas siempre a contemporizar, se evidenciaba por aquel tiempo sin ambages el resentimiento y el dolor que había causado el atentado. El general Pedro Nell Ospina, entonces ministro de Colombia en Washington, acababa de dirigir al señor Huntington Wilson, subsecretario de Estado de los Estados Unidos, a propósito de la proyectada visita del señor Knox a Colombia, una nota en la cual decía: “Hay quizá motivos para creer que la visita de su excelencia el secretario de Estado puede ser considerada inoportuna en la actualidad por la circunstancia de que Colombia se encuentra todavía colocada por los Estados Unidos en una posición excepcional, como el único miembro de la numerosa familia de las naciones independientes diseminadas sobre la superficie de la tierra con quien, a pesar de sus constantes pedimientos, los Estados Unidos se niegan a someter a arbitraje cuestiones que se refieren a la interpretación de tratados públicos y al cumplimiento de obligaciones impuestas por los principios universalmente reconocidos de Derecho Internacional. ” El señor Don J. A. Gómez Recuero, gobernador de Cartagena, había dicho, por su parte, en una reciente proclama: “Rompamos las antiguas tablas de los fanatismos políticos, y escribamos el evangelio de nuestros derechos en el sagrado bronce que traduce nuestra gratitud a los fundadores de la nacionalidad colombiana, mostrándonos al mundo civilizado como un pueblo que aprecia y ama su libertad y la merece por hacer un uso racional de ella, y sacrifiquemos todo antes que amenguarla en nuestros hermanos o perderla con los extraños.” El sentimiento de protesta, que tomaba en las alturas forma velada, se derramaba corrientosamente en la Prensa y en los discursos de la juventud, sin más valla que la cultura y el buen gusto de ese pueblo particularmente equilibrado.

También es verdad que la herida no pudo ser más honda. Según el tratado de 1846, “los Estados Unidos garantizan positiva y eficazmente la perfecta neutralidad del istmo con el fin de que el libre tránsito de uno a otro mar no pueda interrumpirse ni sufrir tropiezos en ninguna época venidera, y en consecuencia, los Estados Unidos garantizan también de la misma manera los derechos de soberanía y propiedad que Colombia tiene y ejerce sobre el dicho territorio”. La algarada separatista, fraguada por elementos adictos al presidente Roosevelt, pudo sorprender momentáneamente la buena fe de algunos ingenuos políticos del istmo, pero hoy nadie pone en duda la confabulación, ni en Panamá, ni en Colombia, ni en los Estados Unidos. Los escritores norteamericanos señores Alexander S. Bacon y Leander T. Chamberlain, en publicaciones tan autorizadas como la North-American Review, han dicho cuanto era menester sobre lo que llaman valientemente “una página de la deshonra nacional”, y han puntualizado las grandes responsabilidades que incumben al Gobierno de Washington. ¿Cuándo concretaremos nosotros las que, dentro del mismo asunto, pesan sobre hombres e instituciones de Panamá, de Colombia y de todo el Continente?

Fuera de lo que dijeron sobre el suceso el diplomático mejicano Isidro Fabela, el general Jorge Martínez y algún escritor más, sólo conocemos comentarios desordenados que nada aportan para el conocimiento de la verdad. Y ya es tiempo de que América sepa, con fechas y nombres, el proceso de lo que plagiando al publicista yanqui llamaremos también “una página de la deshonra nuestra”. Porque renunciando a las imprecaciones, hay que reconocer que hubo culpables en ambos bandos, con la única diferencia de que los del bando enemigo delinquieron para servir a su bandera y los del bando nuestro para humillar a la suya.

La recepción que me dispensó Colombia fue tan entusiasta, que las imágenes perduran frescas en el espíritu. En todos los puertos del trayecto vibraba el alma de la patria herida que saludaba en el viajero sus ideales. Antes de llegar al país, los telegramas, de los cuales cito algunos como dato ilustrativo 70, me revelaron el ambiente nacional.

Después de visitar en la costa la floreciente ciudad de Barranquilla y la histórica Cartagena, centros de prosperidad y de cultura, que son las puertas de Colombia sobre el Caribe, me dirigí hacia Bogotá por el camino pintoresco del Magdalena.

Pocos viajes ofrecen tanto atractivo. Los turistas ansiosos, que sólo atienden a recorrer el mayor número de kilómetros en el menor tiempo posible, censuran a veces la lentitud con que se llega a la capital, sin tener en cuenta el feérico atractivo de la naturaleza que deslumbra en la orgía de sus matices, en el escalonamiento de floras y de faunas, desde la zona tórrida hasta los fríos picachos, sin darse cuenta cabal de las exigencias del clima, que se equilibra con la altura; y sin recordar el criterio con que fueron construidas las ciudades de la colonia en tiempos en que ante todo se buscaba, obedeciendo a un principio de seguridad, los lugares de difícil acceso. Bogotá, como Quito y como La Paz, se halla a tan gran altura sobre el nivel del mar, que el viajero siente a veces la opresión de las cimas, como en el Oberland suizo. Lo que más asombra es que pueda existir un foco de civilización y de vida moderna a tanta distancia del mar y en tan inaudita elevación. Desde Barranquilla, pasando por Puerto Viejo, Calamar, Bodega Central, Puerto Nacional, Puerto Berrio, hasta la Dorada y Honda, es una sucesión de paisajes, una superposición de perspectivas que hacen olvidar al transeúnte las incomodidades inherentes a tan larga travesía.

De Honda por Guayabal, San Lorenzo, Lérida y la Unión hasta el alto Magdalena, seguimos las gradaciones de una naturaleza que se hace cada vez más solemne, más hosca, y acaso, por eso mismo, más impresionante.

Coronada la altiplanicie en Girardot, un cómodo ferrocarril nos lleva en curvas graves por la ladera de las montañas, atravesando puentes y túneles hasta la capital de Colombia.

Las manifestaciones de Barranquilla y de Cartagena habían revelado el entusiasmo que despertaba el viaje, pero no pude prever lo que ocurrió al llegar a Bogotá 71. La pluma se detiene como si encontrase un obstáculo al rozar el asunto; pero faltaría a mi propósito de reflejar un estado moral y un ambiente, si silenciara ciertos hechos que son el mejor dato para juzgar una situación. Las ovaciones no iban dirigidas al hombre, sino a la idea, y es por eso que puedo decir, haciendo abstracción de mí mismo, que nunca he presenciado entusiasmo mayor. La protesta del encargado de Negocios de los Estados Unidos se refirió exclusivamente a la actitud de los grupos que se dirigieron al anochecer a la Legación de ese país; pero es seguro que la movilización de una república, alrededor de un principio de resistencia, impresionó más al diplomático que el desahogo inofensivo de algunos exaltados. Lo que sorprendía era la unanimidad del empuje y, al mismo tiempo, la serena firmeza de aquella patria que se erguía sobre sus montañas.

La conferencia se realizó auspiciada por todos 72. El fondo de nuestros pueblos —hablamos de toda la América latina—, es tan fuerte y tan sano, que lo que maravilla es el poco partido que se ha sacado de esa base inmejorable. Pero si examinamos, aunque sea superficialmente, la vida americana, comprendemos que el origen del mal arranca de las concepciones y los métodos de nuestra educación. No nos referimos sólo a la instrucción en sus formas directas y aplicadas, sino a los puntos de vista superiores que inspiran, dentro de un conjunto, la acción general, creando corrientes colectivas y orientando hasta a aquellos que no han pasado por la escuela. Un plan educacional es un programa de acción en vista de un desarrollo en el porvenir. Y el mayor error de la América latina fue trasplantar la fachada de métodos anticuados. Un continente virgen, con fabulosas riquezas por explotar, nacido de circunstancias nuevas y de factores sociales divergentes, al calor de concepciones democráticas, en un siglo de batallas económicas, necesitaba encarar la vida con un criterio experimental y práctico para crear ciudadanos a la altura del esfuerzo impuesto por las circunstancias. Lo que se difundió, en cambio, fue la rutina de los pueblos qua ya habían realizado su destino. El latín, las bellas letras, la erudición, son valiosas contribuciones y exponentes preciosos de una cultura superior; pero poca o ninguna influencia podían ejercer en el desarrollo de sociedades en construcción que, en lucha con la barbarie de la naturaleza, debían atender ante todo a defenderse, a situarse, a hacerse dueñas por la virtud de su perspicacia y de sus músculos, de su propio patrimonio. De esta antinomia entre las necesidades reales y la enseñanza empírica, nacieron todas las dificultades, empezando por la pugna entre la población urbana, pretenciosamente letrada, y la población rural, que a pesar de su analfabetismo realizaba la labor más útil, y acabando por la estagnación y la dependencia financiera. Tiene la vida imposiciones que no se resuelven con citas de Horacio, y nuestras colectividades, preparadas para todo menos para el papel que les asignaba el destino, dejaron dormir sus riquezas o las enajenaron. Y téngase presente que por riquezas no entendemos solamente los tesoros explotables del suelo y subsuelo —minas, bosques, yacimientos petrolíferos, etc. -, sino las mismas funciones a que da margen la colectividad y que constituyen fuente de beneficios – -transportes, construcciones, trabajos públicos, saneamiento, vestuario, alimentación, etcétera-. Se puede decir que en los diversos órdenes rara vez llegó el nativo a enfrentarse con la necesidad que urgía satisfacer. No por pereza, como se ha dicho. La perezca ha nacido después del desencanto y de la desorientación. La causa fue la jactancia letrada, que alejaba a unos de toda actividad práctica, y la falta de preparación técnica, que colocaba a otros en la imposibilidad de desarrollar una acción fecunda.

Aun los que se dedicaron en los comienzos a la agricultura, a la ganadería o a otras actividades inherentes a la primera ebullición de un pueblo, lo hicieron sin nociones preparatorias, sin conocimiento de los adelantos alcanzados en el mundo, prolongando métodos de las regiones más atrasadas de España, guiándose por las costumbres del indio. En la mayor parte de los casos, tuvieron que proceder como si la humanidad empezara su carrera, como si no hubiera existido un bloque anterior de conocimientos universales sobre el asunto, orientándose con ayuda de tanteos sucesivos hasta alcanzar frutos nacidos de la propia experiencia que debían transmitirse después por tradición oral.

La enseñanza, que no tenía en cuenta ni remotamente el momento, el lugar, el estado social y las necesidades colectivas, tendió exclusivamente, en su forma elemental, a difundir viejos cánones o procedimientos auxiliares como la lectura, y la escritura, y en su expresión superior, a cultivar vanidosos tradicionalismos entre un grupo parasitario. Así se preparó la situación que debía obligarnos a recurrir al extranjero para buscar los capitales, los técnicos y la mano de obra, cada vez que se trató de trazar un camino, tender una línea férrea o lanzar un puente.

Cultivando una educación de juegos florales, los hispanoamericanos entregaron el usufructo de sus tierras y crearon naciones tributarias. Las riquezas fueron sistemáticamente extraídas, valorizadas, transportadas, explotadas, manufacturadas y vendidas por empresas, capitales, especialistas y hombres de negocios que traían la actividad y el espíritu de colectividades distantes. Las necesidades personales -trajes, útiles para la casa, víveres, etc.- las de cada núcleo social -tranvías, teléfonos, pavimentación de las calles, etc.- y las de la nación entera -líneas férreas, telégrafos, armamentos, etc.- fueron llenadas por otras naciones. Cada pueblo tiene necesidad de los otros pueblos, y el intercambio es base de vitalidad universal.

Pero no resulta riqueza durable la que se circunscribe a la fertilidad casual del suelo y a las facultades de consumo de la población. Sólo se nacionaliza un comercio cuando los naturales lo toman en sus manos. Sólo es próspera una nación, cuando compensa lo que le falta con lo que produce abundantemente, dentro de la posesión real de sus recursos.

Direcciones educacionales impropias para suscitar empresas, iniciativas, industrias, floración de vida, nos llevaron así a pagar un impuesto al extranjero en todos los movimientos de la vida diaria: cuando subimos a un tranvía., cuando entramos a un cinematógrafo, cuando descolgamos un teléfono, cuando contraemos un seguro, cuando subimos en un automóvil, cuando hojeamos un libro, cuando encendemos una luz, cuando nos elevamos en un ascensor, cuando operamos en un Banco, cuando compramos una bicicleta, cuando pisamos una alfombra, cuando utilizamos anteojos, cuando consultamos un reloj, porque todos esos objetos, comodidades o resortes, vienen de fuera del país o están fiscalizados por sindicatos extraños y porque desde el papel del periódico que leemos todos los días, hasta la pluma con la cual escribimos nuestras cartas, desde la tela con que se hacen nuestras banderas, hasta el sombrero que llevamos puesto, todo ha sido fabricado o financiado fuera de nuestros límites, y lo que es peor aún, utilizando a menudo las materias primas o los elementos esenciales que salieron, sin dejar beneficio, de nuestro propio país.

Lo que compra la América latina en la mayor parte de los casos, no son los productos, sino la superioridad científica, la habilidad manufacturera, la capacidad comercial que resulta de una educación que ella misma puede implantar y difundir, sin más esfuerzo que concebir un plan y tener la energía de realizarlo. Tan acostumbrados estamos en algunas zonas a la subordinación, que hasta sorprende la hipótesis de emanciparse de ella. Pero la situación actual no es algo petrificado y ajeno a la voluntad de los hombres. La idea de que podremos alguna vez construir nuestros barcos, fabricar nuestras armas, dirigir las líneas férreas que atraviesan nuestros territorios, fundir el oro de nuestras minas, explotar nuestros frigoríficos, etc., empieza a germinar en la mente de una juventud deseosa de desarrollar iniciativa económica y actividad aplicable a un Continente que está pidiendo, ante todo, iniciativa y labor. Un prejuicio nacido de esa misma engañosa educación parece eximirnos de todo esfuerzo material, otorgándonos, en cambio, una superioridad decisiva en el reino de las cosas espirituales. Los anglosajones son maestros de vida práctica — repiten algunos—, pero nosotros tenemos una mayor capacidad artística. El despropósito es tan evidente, que huelga subrayarlo. Aun admitiendo esa distribución de aptitudes, nada sería menos sensato que desdeñar las actividades directas y esenciales que gradúan la influencia real de los pueblos. Pero ¿es incontrovertible la superioridad de que nos jactamos en las cosas del espíritu? Nuestra intelectualidad, ¿ejerce alguna influencia superior en el arte, en la filosofía o en la ciencia? ¿Podemos citar las obras, los resultados, las invenciones que abonan esa afirmación? Los Estados Unidos, “metalizados y numéricos”, como reza la versión vulgar, han hecho universalmente famosos los nombres de Poe, Walt Witman, Whistler, William James, Edison, cien más que han llevado una contribución propia a la belleza, al pensamiento, al progreso del mundo.

Desgraciadamente no podemos decir lo mismo. Y lo peor de todo es que existen los elementos esenciales para realizar ese esfuerzo. Pocas veces surgido en la historia un conjunto tan maravillosamente dotado de inteligencia, capacidad de asimilación y fantasía. Pero la eterna falta de amplias visiones en la dirección de los espíritus, la indisciplina moral, el memorismo, la ausencia de ideales superiores, la rutina, se han opuesto a que esos valores latentes se transformen en valores tangibles. Por un lado la emulación mal entendida, que hace que en vez de aspirar a superar se malogre el tiempo en impedir la labor de los otros; por otro la poca importancia y consideración que las mayorías conceden a cuanto no traiga representación o jerarquía política, han anemiado, dispersado, deprimido las tentativas, los esfuerzos o las obras, condenándonos a una producción improvisada y fragmentaria que no ha podido cuajar hasta ahora en realizaciones de alcance mundial. Sólo ha quedado realmente en pie la imaginación arrogante y pletórica, y es con ayuda de la imaginación y dentro de ella que ha prosperado y se ha expandido la paradoja, dando por hecho lo que pudo hacerse si la atracción de las discordias y la hostilidad de las colectividades contra todo lo que surge no hubieran contrariado los mejores desenvolvimientos. Pero aun en el caso de que venciendo el ambiente lográsemos traducir en hechos esas aspiraciones, aun consiguiendo dominar un día en los terrenos cerebrales y sensitivos, hemos de tener en cuenta que el pensamiento es la coronación de una patria, pero no su base, y que nada es más vano que desdeñar los muros sobre los cuales debe elevarse y sostenerse la cúpula de una civilización.

Cuando los japoneses se vieron obligados a abrir sus islas al comercio del mundo y se encontraron ante la formidable superioridad de la civilización occidental, no pensaron un solo instante en desinteresarse de los resortes esenciales de su vida para seguir adorando las leyendas. Bajaron a disputar a sus rivales en el mismo terreno de la primacía, se asimilaron cuanto tenía de utilizable para ellos el adelanto de los demás, y comprendiendo que la independencia política depende de la independencia comercial, se aplicaron a dominar todas las actividades. Si se sustituye la educación actual por un sistema adecuado a las necesidades de la época, la América latina puede iniciar gradualmente un esfuerzo análogo. Pero al hablar de nuevos métodos, no habrá que tener en vista solamente la enseñanza técnica aplicable a cada una de las actividades, sino el hálito superior, sin el cual todos los conocimientos son un cuerpo sin alma. Es en las direcciones supremas que orientan a los espíritus hacia la iniciativa, el libre examen y la energía creadora, donde habrá que buscar el principio animador. Porque lo que hay que abandonar, ante todo, es la concepción primaria que hace residir la educación en la difusión de un conjunto de conocimientos. La educación es algo más importante y más alto, que sólo adquiere fuerza benéfica y creadora desde el punto de vista nacional cuando se esgrime en vista de propósitos colectivos definidos, sirviendo un ideal de engrandecimiento, dentro del cual coloca cada componente su propio bien personal.

Cuando exista en toda la América latina una preparación técnica y moral apropiada al momento, se extinguirán las revoluciones, prosperarán las fuerzas sacrificadas y desaparecerá el desgraciado engaño que nos lleva a suponer que basta que la riqueza se produzca en nuestro territorio para que sea nuestra. En muchos órdenes somos hoy virtualmente colonias de Europa o de los Estados Unidos, y esta subordinación no cesará hasta que nuevas concepciones nos marquen un itinerario en los siglos y nos den los útiles para realizarlo.

Otro problema que nuestra América tiene que afrontar es el de la convivencia de las razas, sea que lo encaremos desde el punto de vista anglosajón, sea que, consecuentes con los orígenes, nos pronunciemos en favor de la alianza. Para adoptar la primera solución surgen obstáculos de todo orden: hechos sancionados por la costumbre, masas compactas que sería difícil aislar, antecedentes históricos, etc. Los Estados Unidos resolvieron la dificultad desde los comienzos en una forma áspera, pero lógica, dadas las características de la colonización inglesa y la hora en que se adoptó el procedimiento. Pero la América de origen hispano, nacida en cierto modo de una conjunción legitimada por los siglos, no puede volver sobre su propia historia para rectificarla en sus efectos.

El indio tiene, en realidad, dobles derechos. Por ser el primer ocupante de la tierra, presionado por los españoles y pospuesto después por los criollos, pero dueño de su título imprescriptible; y porque el nuevo estado de cosas, la autonomía de nuestras repúblicas, es en gran parte obra suya. En buena ley, cuando los españoles suplantaban al indio, cumplían en su tiempo con una ley de la guerra; eran los vencedores. Pero nosotros, que lo admitimos en los ejércitos como igual, cuando se trató de llevar a cabo la independencia, no podemos arrojarlo del conjunto después de habernos servido de él. San Martín y Bolívar no preguntaban a sus soldados si tenían zapatos, ni de qué raza provenían. Les bastaba con que trajeran un corazón. Y el indio formó parte integrante de los ejércitos que recorrieron de Norte a Sur la América latina, contribuyó poderosamente a la emancipación de las antiguas colonias, regó con su sangre los vastos territorios, y si su carácter fuese menos encogido, si su ilustración estuviese más desarrollada, podría levantar la cabeza para decirnos: Os he entregado la tierra, os he dado la libertad, y, en cambio, sólo habéis hecho de mí un esclavo.

Todo indica que, reaccionando contra la tendencia a imitar actitudes, sin advertir si ellas coinciden con nuestras necesidades, acabaremos por afirmarnos en la realidad, para sacar de ella en todos los órdenes un punto de vista propio. El africano sólo constituye un accidente, puesto que apenas existen núcleos considerables en algunas regiones de las Antillas. Pero la indiscutible superioridad numérica del indio en buena parte de nuestras repúblicas, impone un problema improrrogable que sólo se resolverá por nivelación cultural y fraternidad igualitaria. Cuanto implique distanciamiento entre los elementos constitutivos de la nacionalidad, equivale a incapacitarla para su adelanto o su defensa. Y como se trata de fuerzas nobles y resistentes, cuyas faltas derivan de la situación en que se han visto confinadas, más que de la propia esencia, puede adelantarse que de la elevación del indio dependerá en gran parte la elevación de cada república.

Los mejores triunfos del imperialismo han consistido en subdividir la colectividad en numerosas entidades, orientando la atención de esas entidades hacia las controversias políticas, espirituales o sociales, y hacía teorías que distraen el esfuerzo exigido por la consolidación nacional. En el apasionamiento de las luchas no resulta tarea fácil invocar orientaciones ajenas al odio de los partidos, a la ambición de los bandos, a los enceguecedores apasionamientos locales. El ambiente de Colombia me pareció, sin embargo, propicio como pocos para estas elevaciones. Es acaso el país de nuestra América donde existen núcleos intelectuales más homogéneos y cultivados y donde perdura desde tiempos en la colonia una tradición más firme de pensamiento y humanidades. A ello hay que añadir el recuerdo latente de las grandes épocas, que la inclina, así como a Venezuela y al Ecuador, hacia las amplias concepciones continentales. La Gran Colombia ha conservado, a pesar de las guerras, las disidencias políticas y las dictaduras, la vibración superior de sus antecedentes, y era ese rebote de los propósitos iniciales, magnificado por el tiempo y los adelantos, lo que ya había visto florecer en los entusiasmos patrióticos de Bogotá.

No quiere esto decir que faltasen los contratiempos y las hostilidades que caracterizan la gira desde los comienzos. A medida que se acentuaba la adhesión al ideal, crecía la intriga contra el viajero. A la táctica antigua de despertar las susceptibilidades regionales haciendo circular apreciaciones falsas según las cuales se posponía a unas repúblicas en beneficio de otras, se añadió una prédica de desconsideración para el hombre. De haber sido el ataque directo, escrito, palpable, hubiera podido aniquilarlo. Pero el rumor anónimo no admite castigo ni refutaciones. Juzgo inútil hacer alusión a los diversos incidentes con agentes norteamericanos que fiscalizaban mis movimientos. Y más aún resultaría la referencia a la incomunicación en que se me mantuvo, de Norte a Sur, y al silencio calculado de las agencias telegráficas, atentas a ocultar la amplitud y el significado de manifestaciones que no tuvieron ningún eco en los demás países. Lo que me obliga a convertirme a ratos en mi propio historiógrafo, es la ignorancia en que se ha querido dejar a la América latina sobre lo que hizo, o pretendió hacer, un hombre solo, en lucha con influencias formidables, privado de todo apoyo, sin más fuerza que un ideal. Acaso se ha presentado pocas veces una situación más difícil. Emisarios hábiles y ocultos me hacían aparecer en unos lugares como ateo, en otros como anarquista, en otros como enviado secreto de las oposiciones en el destierro, y al insinuar que estaba al servicio de nebulosos intereses, me presentaban como un aventurero de las letras. La actitud hostil de casi todos los cónsules y ministros de la Argentina, corroboraba en apariencia esta versión. La espontaneidad del viaje parecía inexplicable en ciertos círculos, para los cuales resultaba inverosímil que sin perseguir beneficio alguno se impusiera un hombre tantos gastos y tantas contrariedades. El hecho mismo de que fueran gratuitas las conferencias y de que se declinase el ofrecimiento de las autoridades que querían satisfacer los gastos de alojamiento o transporte, era utilizado contra mí. Claro está que de haber hecho lo contrario, surgía la acusación de venalidad y mercantilismo. No me toca subrayar la energía, el valor moral que fue necesario para continuar en estas condiciones una gira a la cual sólo me obligaban mis entusiasmos. La táctica disolvente utilizó todo pretexto o coyuntura para disminuir al hombre y desprestigiar, por encima de él, su aspiración y su prédica. Y hay que confesar que los resultados correspondieron al fin a las esperanzas, como verá quien siga leyendo este libro. La valentía nacional de Venezuela y de Colombia, bastaba, desde luego, para neutralizar tantas dificultades. Pero mientras el barco, que volvía a Panamá, atravesaba el Canal con rumbo al Sur, en medio de la actividad y el vértigo de la zona norteamericana, llegué a preguntarme si no era yo también un iluso, dentro del destino de nuestra América, triplemente romántica: romántica en las noches de retreta de las plazas estivales, romántica en el heroísmo de las independencias ilusorias y romántica en la credulidad de los panamericanismos suicidas.

Notas

64 El primer centenario de Bolívar, sección nacional.

65 Caracas, octubre 4 de 1912. Apreciado señor: Me es grato avisar a usted el recibo de su solicitud, fechada el 26 de septiembre próximo pasado, la que no había contestado antes por motivo que expresaré en seguida. Ocurre que en estos días el teatro Municipal, como el Nacional, están reparándose, y estos trabajos —-que yo creí de corta duración para poder utilizar uno de dichos coliseos al fin que usted desea— requieren larga espera. De manera, pues, que siento no complacerlo por lo insuperable de aquellos inconvenientes. — Su atento s. s., V. Márquez Bustillo, gobernador del Distrito Federal.

66 Maracaibo, 28 de septiembre 1912. Enviárnosle salutaciones de bienvenida a su arribo a nuestro caro país. Todos desean oír su prédica de confraternidad latina. Sírvase anunciarnos venida para preparar homenaje amigos. — Jorge Schmidke.

Maracaibo, 4 de octubre de 1912. Lo espera el Zulia. Prensa proclama su venida. Intelectualidad entusiasmada. — Udón, Pérez, Eduardo López, Guillermo Trujillo, Jorge Scbmidke, Yepes Trujillo, Medina Chirinos, Evelio Oliceros, Butrón Olivares, Jambrina.

En el mismo sentido llegaron comunicaciones de Valencia, San Cristóbal, Tocuyo, Coro, Maracay, etc.

67 La batalla se inició por un nutrido fuego de artillería (norteamericana), que los marinos mantuvieron sobre las fortificaciones que protegían la ciudad de Masaya, durante veinticuatro horas, fortificaciones ligeras e improvisadas. En seguida hicieron el asalto a las mismas. Fue débil la resistencia por escasez de municiones, especialmente de artillería. Siguió el combate en la plaza con el concurso de las fuerzas del presidente Díaz, y después de algunas horas Zeledón la abandonó porque estaban agotadas sus municiones, no habiendo podido recibir éstas ni los refuerzos que esperaba de Granada, por la rendición de Mena. Zeledón fue perseguido, alcanzado y muerto. ¿Cómo? Los patriotas sostienen que fue capturado y asesinado. Los contrarios dicen que murió por causa de sus heridas. La historia, que se apodera del nombre de la víctima para honrarlo como merece, aclarará este punto, pues nosotros, aun con documentos a la vista, no queremos hacer el cargo, por temor que nos ciegue la admiración por el héroe y la indignación contra los que fueron en todo caso sus verdugos, al serlo de la patria.” (Doctrina Wilson. por Policarpo Bonilla, ex presidente de la república de Honduras.)

68 El telegrama a los presidentes de Centroamérica, decía: “Hay que evitar intervención Norteamérica para honra Centroamérica y para evitar nuestra tremenda responsabilidad histórica.” MANUEL E. ARAUJO.

69 Bogotá, 14 septiembre 1912. Oficial. Correspondo al saludo del ilustre americanista, y celebro su propósito de visitar a Colombia, donde serán justamente apreciados sus esfuerzos por los intereses del Continente y de la raza. — C. E. Restrepo

70 Bogotá, 3 noviembre 1912. Apresúrome a saludarlo. La capital de la nación, que ha sido principal víctima voracidad imperialista, espera ansiosa la llegada insigne propagandista fraternidad latinoamericana. —-Laureano Gómez, director Unidad.

Cartagena, 5 noviembre 1912. Junta Directiva Club Cartagena, anticipa saludo bienvenida a ilustre propagandista unión países América Latina, y hónrase invitándolo a fiestas tendrán lugar en este Centro social con motivo aniversario Independencia esta ciudad. — Simón J. Vélez.

Cartagena, 5 noviembre 1912. Nombre Segunda División Ejército saludo en usted el alma de la raza y patria americanas. — Luis María Terán, Comandante Superior.

Cartagena, 6 noviembre 1912. Prensa cartagenesa envíale cordial bienvenida, y permítese invitarle visitar esta ciudad que desea conocerle y oír la brillante palabra del ilustre americanista. — El Porvenir, La Época, Rojo y Negro, El Autonomista, El Caribe, El Penitente. Informaciones, La Patria, Menfis, Alma Latina. El Mundo Nuevo, La Prensa.

Medellín, 7 noviembre 1912. Saludo al valiente e infatigable defensor de nuestra raza. Su labor heroica vencerá algún día los atropellos. Venga usted a Medellín. — Francisco Suárez.

Nemucón, 8 noviembre 1912. La existencia de las repúblicas suramericanas como nacionalidades independientes está fincada en su unión perfecta. Sea bienvenido a nuestra patria como apóstol de esa idea salvadora. Saludamos con entusiasmo. – José V. Acevedo, Alejandro González Torres, Abel García, Luis M. León, Polidoro Uribe, Julio C. Lezmez, Alberto Latorre, V. Samuel Bravo, Braulio M. Gaitán, Alberto Martínez, Nicolás Barrera, Marco Emilio Fonseca, Lorenzo Herrera, M. Pontom, Juan N. Silva, Francisco Latorre, Luis Rodríguez.

71 “Al tenerse noticia por telégrafo de que había tomado el tren en Girardot, empezaron a fijarse, en lugares públicos, carteles murales en que se invitaba a darle la bienvenida en la estación de la Sabana. Entre esos carteles vimos los de los periódicos La Unión, El Liberal, La Nación, El Artista, Sur-América. Gil Blas, Comentarios, Gaceta Republicana, El Tiempo, El Diario, El Republicano, El Nuevo Tiempo y otros. También invitaron. La Sociedad de Autores, el gremio de tipógrafos y varias Asociaciones de industriales y obreros.” – (El Nuevo Tiempo, 26 de noviembre de 1912.)

“La muchedumbre fue enorme y el entusiasmo nunca visto. Personas de todas clases sociales, de todas edades y posiciones, aclamaban con frenesí al insigne luchador que con fácil palabra y elegante frase evocaba los recuerdos de las pasadas glorias de la patria y de sus recientes dolores, para enardecer el patriotismo, levantar el alma nacional, y reavivar la indignación contra la felonía.” – (Sur-América, 26 noviembre 1912.)

“En hombros de la multitud salió el insigne latino hasta el coche presidencial que galantemente le fue enviado por el doctor Restrepo. Allí, en nombre del pueblo colombiano, saludó a Ugarte el general Uribe.” (El Republicano, 27 de noviembre 1912.)

‘De seguro Ugarte, así cuando se vio arrebatado por la muchedumbre al abandonar el tren, como cuando miraba levantado casi el carruaje en que iba por el torrente humano que avanzaba entre vítores atronadores, debió sentir las palpitaciones del alma de Colombia, debió palpar el vigor que aún anida en este pueblo indómito.” (El Diario, 27 de noviembre 1912.)

72 “Enorme fue el concurso que llenaba gran extensión del parque de la Independencia en las vecindades del teatro del Bosque. Proyectada primeramente la conferencia para el interior del teatro, hubo necesidad de hacerla al aire libre, pues la capacidad del local, que no es poca, resultó insuficiente. Allí se hallaban representadas, en esa multitud de por lo menos diez mil personas, todas las clases sociales.” (Gaceta Republicana, 2 de diciembre 1912.)

“La conferencia del señor Ugarte no soporta la ingenuidad de un elogio; es algo anormal y único, hecho para templar almas y forjar héroes; son palabras altísimas que van derechas al sentimiento.” – (El Tiempo, 3 de diciembre 1912.)

“Ugarte descendió de la tribuna en medio de estruendosas aclamaciones. Ojalá que la benéfica simiente arrojada por él arraigue y fructifique en el fondo del alma colombiana.” (El Nuevo Tiempo, 2 de diciembre 1912.)

“Una enorme multitud entusiasta y conmovida escuchó al orador con religiosa atención, en medio de un silencio respetuoso, interrumpido apenas cuando el entusiasmo, que llenaba todos los pechos, desbordaba imponentemente en un sonoro clamor de gloria.” — (El Diario, 3 de diciembre.)

CAPÍTULO VII

LOS PROBLEMAS DEL PACIFICO

La situación de Galápagos. El espíritu público en el ecuador. Ausencia de intercambio entre las diferentes repúblicas. Ecos de un discurso del señor madero. El presidente Billinghurst. De cómo transmitió el telégrafo una conferencia al ecuador y a chile. Quince días en la paz. El mundo oficial y la democracia chilena. Un punto de vista latinoamericano.

Desde que nos alejamos de Panamá y entramos con rumbo al Sur en el Océano Pacífico, nos sentimos oprimidos por un debate que aparece, como una idea fija, en todos los actos o manifestaciones; por un problema que regula movimientos y esfuerzos; por una enconada preocupación que se sobrepone a todo amago conciliante, a todo equilibrio prescindente, a todo golpe de vista general. Hay que tomar partido en el pleito de Tacna y Arica, y hay que declararse en favor de Chile o del Perú.

El carácter de mi viaje y la amplitud del criterio que lo había determinado, me ponía, naturalmente, al margen de toda preferencia. Para un latinoamericano que cultiva un patriotismo de conjunto y cree que el bien de ese conjunto depende en el porvenir del acercamiento o la conglomeración de los grupos que lo componen, las desavenencias del Pacífico sólo pueden ser consideradas como un dolor del Continente que urge atenuar o borrar con ayuda de la equidad, el estudio y la conciliación. Para una diplomacia parsimoniosa y experta, inspirada en ideales superiores, no ha de haber dificultades infranqueables cuando se trate de armonizar en el futuro y teniendo en cuenta todos los derechos, la marcha de dos grupos tan estrechamente ligados en la historia y en el porvenir. No discuto los agravios.

Respeto las razones que se invocan y los legítimos sentimientos que hacen vibrar los patriotismos locales; pero por encima del derecho, de las ambiciones, de las mismas ofensas, asoma la visión del beneficio que otros pueden sacar de la pugna, al utilizar distanciamientos para hacer prosperar intereses que están en contradicción con los nuestros. Dentro de este criterio, que puede ser motejado de lírico, pero no de parcial, no caben menguadas exclusiones. Fue con el más amplio sentimiento de fraternidad hacia el Perú y hacia Chile, con la más escrupulosa equidistancia ante el litigio y con el anhelo ardiente de que se solucionase la dificultad con beneplácito de todos, que proseguí el viaje, difícil desde los comienzos, y cada vez más sembrado de asechanzas, a medida que avanzaba hacia el Sur.

Una compañía de navegación japonesa, una peruana y una chilena –estas dos últimas integradas en parte, según me dijeron, por capitales ingleses o norteamericanos—, aseguran la comunicación entre los puertos de la costa, desde Buenaventura, salida extrema de Colombia en el Sur, hasta el lejano estrecho de Magallanes. Es visible que tanto el Perú como Chile tratan de asegurar su influencia en las regiones ligadas a su radio de acción con ayuda de esas líneas marítimas, las primeras que vemos circular arbolando banderas nuestras desde el principio de la gira.

Así llegamos hasta Guayaquil, próspera ciudad comercial y vigoroso centro de actividad y de cultura, al cual reserva seguramente el porvenir, dada la situación geográfica, el más brillante desarrollo.

En 1913, la opinión sensata del país, la que no se deja deslumbrar por la política interna, se hallaba preocupada por dos grandes problemas nacionales: el proyectado saneamiento del puerto de Guayaquil y los rumores de enajenación del archipiélago de Galápagos. Ambos asuntos llegaban hasta lo más hondo del alma ecuatoriana, y una emoción profunda removía los orgullos ante presiones que se hacían sentir desde el extranjero. La juventud, los intelectuales, las clases pudientes, la masa popular, comprendían el alcance de las decisiones que se anunciaban; y una nerviosidad oculta arremolinaba los espíritus. Todos conocemos las razones que se invocan en estos casos. La “higiene inevitable” y la “necesidad de un punto de apoyo para Panamá en el Pacífico”, eran los fines confesados. Pero los ecuatorianos no podían dejar de pensar en las consecuencias que tendrían, para su país joven y poco desarrollado, la acción de una Comisión sanitaria extranjera en las costas y la cesión más o menos velada del archipiélago que las domina.

Es Galápagos, por su situación, una de las llaves del Pacífico, y en buena ley, dentro de un criterio sereno, el amago de ocupación de esas islas por una nación extraña a nuestro conjunto, hubiera debido ser causa de inquietud, no sólo para el Ecuador, que perdería con ello una parte de su territorio, sino para las repúblicas que se escalonan hasta el Sur, porque para todas resultaría una amenaza la cercana irradiación de las nuevas bases navales.

Dentro de la concepción localista que da carácter a nuestra diplomacia, nadie encontró, sin embargo, nada que decir sobre el asunto, y el Ecuador se encontraba solo ante la dificultad, como se han encontrado solas siempre nuestras repúblicas en los momentos supremos, dada la desunión que las dispersa.

El mal deriva también del diletantismo que nos induce a no advertir los problemas hasta que éstos nos son revelados por una brusca exigencia que los resuelve. Así como España, al enajenar la Florida, debió pensar en los destinos de Cuba, nosotros, al tener noticia de la apertura del Canal, debimos comprender el papel de Galápagos. Fue aquél el momento de negociar y prevenir. Acaso hubiera podido llegar a ser el archipiélago un oblicuo punto “de apoyo ante el imperialismo, favoreciendo dentro de él una floración de intereses europeos deseosos de evolucionar cerca del Canal. Quizá se hubieran encontrado en la misma América del Sur las fórmulas equidistantes y satisfactorias para todos, con ayuda de las cuales se podía asegurar al mismo tiempo la soberanía del Ecuador y la seguridad común. Pero nuestras cancillerías no han conocido nunca los terrenos en los cuales deben librar batalla, y no han podido, por lo tanto, preparar jamás una acción.

Descubrirnos en Buenos Aires que las islas Malvinas existían cuando nos las quitaron, y las consecuencias de la guerra de los Estados Unidos contra España, no supo preverlas México hasta que fueron irremediables. Ha faltado siempre la serena inducción que ayuda a medir las prolongaciones de los hechos antes de que éstos se produzcan, la perspicacia que permite explorar con el espíritu los caminos del porvenir. Por eso, en el caso de Galápagos, se encontraba sorprendido el Ecuador y por eso faltaba en torno el interés de las demás repúblicas.

El equilibrio del mundo está hecho de influencias que se anulan, de fuerzas divergentes, de mareas contrarias. En América no ha habido nunca más que una influencia, una fuerza, una marea: la que viene del Norte. Ésta no ha sido contrarrestada nunca, ni por la acción de la voluntad nuestra, acaparada por debates inferiores, ni por el esfuerzo de Europa, obsesionada por agrias rivalidades. Sin vacilación ni contrapeso, el imperialismo ha podido siempre proceder en el Nuevo Mundo, como si en realidad fuera dueño de él, multiplicando los caminos estratégicos y los puestos avanzados, lejos de toda oposición y toda lucha. La autoridad creciente de los Estados Unidos, que ha cerrado el ciclo de la hegemonía mundial de Europa, habrá sido así favorecida más que por la ineficacia de la acción latinoamericana, por las discordias del mismo mundo viejo, que ante el ímpetu avasallador de la república del Norte, no supo preservar su influencia.

Esta desatención, generadora de catástrofes, se hace sentir igualmente en Asia, donde los Estados Unidos evolucionan sin recordar la doctrina de Monroe, y en América latina, donde intervienen a la sombra de ese postulado.

Como la política del mundo se hacía antes en Europa, le cuesta ahora trabajo a Europa admitir que su política se tenga que hacer en el mundo. No atina a ampliar la gradación de sus horizontes. Y sólo esta inmovilidad de perspectiva pudo explicar antes de la guerra ciertas actitudes. Después de la guerra, la imposición de las circunstancias ha puesto el fiel de todas las balanzas en Washington. Pero de esto hemos de hablar en otro capítulo.

El destino de Galápagos está ligado al de Panamá. Si el Ecuador no vende, surgirá un discípulo de Roosevelt que lo ocupe sin debate, ni explicación, obedeciendo a la lógica de un avance general. Si el Ecuador accede, ese mismo centinela avanzado de su territorio servirá de punto de partida para nuevas pretensiones expansionistas. En los dos casos tendrá que afrontar el Ecuador, y con él la América latina, innúmeras dificultades derivadas, sobre todo, de la conexión de este asunto con el saneamiento de Guayaquil. Todas las hipótesis políticas que pudieron parecer viables hace veinte años, y todas las combinaciones imaginadas sobre la base de los intereses europeos, se han derrumbado. No hay hoy una coalición que pueda contrarrestar la primacía de la influencia norteamericana en el Sur del Pacífico. Y como el problema de Galápagos, con ser grande, no es suficiente para, determinar movimientos de esa amplitud, sólo se puede esperar un cambio de acontecimientos que se desarrollen en la órbita mundial y determinen nuevos equilibrios. El puerto de Guayaquil está lejos de hallarse en la situación sanitaria que se ha denunciado 73. La cuarentena impuesta en Panamá a los barcos de esa procedencia es de carácter político. Con ayuda del boicot marítimo se presiona al país. La venta de Galápagos mejoraría inmediatamente la situación del puerto, cuya fama obedece a cálculos de política internacional. Porque por encima de los hechos aislados, cuando se entra en el ambiente del Pacífico, hay que abarcar la concepción de conjunto, el plan superior, el enlace de los diversos movimientos que se desarrollan en medio de la inacción de las repúblicas latinas, sin que asome en el horizonte más oposición o disidencia que la del lejano Japón, enigmático e impenetrable, bajo la serenidad de las estrellas asiáticas.

La actitud del Ecuador respondió a la de Colombia. Guayaquil dispensó a la idea de solidaridad latinoamericana una recepción calurosa 74, que se amplificó después, con motivo de la conferencia que di en un teatro de la ciudad 75. La visita de las delegaciones obreras, las invitaciones de los Centros sociales, la adhesión de la prensa y los telegramas que llegaban del interior de la república 76 abonados por firmas prestigiosas, revelaban el estado de la conciencia nacional.

En Guayaquil conocí a hombres representativos de la política, las letras, la enseñanza y el trabajo, como don Ricardo Cornejo, don Vicente Paz Ayora, don Manuel J. Calle, don Luis F. Lazo, don Virgilio Drouet, don Aurelio Falconi, don Emilio Gallegos del Campo, don B. Taborga, don Carlos Alberto Flores, don Camilo Destruge, don José Vicente Trujillo, don Félix Valencia, don César Arroyo, don M. Romero Terán y muchos más que conservo en la memoria, pero que es difícil citar en una enumeración rápida. Fui honrado por invitaciones de los clubes, entidades superiores del ejército, centros de empleados, asociaciones estudiantiles, y en todas partes encontré igual atmósfera de entusiasmo

Lo mismo ocurrió en Quito, adonde llegué después de un viaje maravilloso por regiones agrestes y pintorescas que se escalonan hasta la cúspide de los Andes.

El presidente, general Plaza, había contestado a mi saludo al llegar al país con un telegrama de cortesía 77. Parece inútil subrayar que estas atenciones de algunos mandatarios, formuladas en vista de contemporizar con la opinión pública, no eran obstáculo para que en la mayor parte de los casos hicieran indirectamente cuanto estaba de su parte para disminuir la acción de la propaganda emprendida.

En realidad viajé, de Norte a Sur, en medio de la hostilidad de todos los gobiernos y todos los círculos oficiales. Presionados por el ambiente popular y juvenil, podían parecer a veces prescindentes o corteses; pero en el fondo maldecían contra el importuno que venía a interrumpir el ritmo de la política local. A esto había que añadir las maniobras de los agentes imperialistas, que me motejaban de “agitador” y de “aventurero”, y la hostilidad del gobierno de mi propio país, cuyos representantes, al ser presentidos, declaraban que el viaje era una “fantasía de escritor” y que se trataba de un “joven sin representación ni significación alguna dentro de la vida argentina”. Casi todos se abstuvieron de retribuir la visita que les hice, y así como de asistir, no ya a las conferencias (que en ese punto estaban en su papel), sino a los agasajos sociales, banquetes, veladas, bailes, etc., que se multiplicaban en torno del intelectual viajero. Este alejamiento extensible de las fuerzas oficiales, acrecía, desde luego, la adhesión de los pueblos y de las juventudes, y fue ungido moralmente por esas fuerzas sanas, que me acerqué a los que mandaban, no para pedir apoyo, sino para conocer el estado de espíritu de los dirigentes y completar una visión general sobre la situación de nuestras patrias.

El presidente del Ecuador era un hombre enérgico, pesado y cauteloso que orientó la conversación en el sentido habitual. Había leído libros míos; la Argentina progresaba mucho y el Ecuador se felicitaba de la visita del escritor. Largos años de vida en Europa y la costumbre de pesar el alcance de las palabras, me han dado suficiente prudencia en el diálogo para evitar la desafinación. El general Plaza no podía temer desatinados comentarios.

Sin embargo, cada vez que traté de hacer alusión a los problemas vitales de América, le encontré deseoso de abandonar el terreno para volver a asuntos menos difíciles. Ignoro el prestigio de que gozaba este político en su país, y he olvidado cuanto sobre él me refirieron los opositores, que siempre abundan en nuestras repúblicas; pero en las cosas de la política internacional, leyendo a través de sus silencios, me pareció muy lejos de dominar los horizontes. Más allá del movimiento de defensa local que le llevaba a estar con Chile y contra el Perú en el pleito del Pacífico, no le atraía ni le preocupaba nada.

Esa limitación de perspectivas que hace que la política internacional se reduzca a tener en jaque a los hermanos vecinos, en un campo diminuto, colocado, al parecer, fuera del planeta, la encontramos en casi todas las repúblicas del Sur, donde la brega local, el pleito de fronteras y la cotización de los frutos del país acaparan las inquietudes. Se diría que nuestras regiones se consideran extrañas a las contingencias generales y aisladas por un muro que las pone al margen de todas las corrientes, buenas o malas, que agitan a la humanidad. Si consienten en admitir la existencia de otros factores, es sólo desde el punto de vista de la influencia favorable o contraria que ellos pueden ejercer sobre los litigios que las fascinan. Si tienen ejército o escuadra, es en vista de la nación hermana y limítrofe X o Z, dejando las puertas abiertas de par en par a todas las agresiones que pueden venir de las naciones realmente extranjeras.

Nuestra América, que se ha desangrado abundantemente en las luchas civiles y en las guerras entre sus diversas subdivisiones, no ha soñado nunca en la emergencia de tener que resistir a las presiones que grandes potencias de América, Europa o Asia, pueden hacer pesar sobre esos territorios. Una estrecha visión les hace considerar como acontecimientos de gravedad suma un ligero desacuerdo entre pueblos que hasta hace un siglo formaron parte de los mismos virreinatos; pero no les inquieta que Inglaterra, que defiende la tesis de que el Río de la Plata es un mar libre, siga haciendo flotar su bandera en las Malvinas y domine en la Honduras británica; ni les asusta que los Estados Unidos, que ocupan territorios en Santo Domingo, Nicaragua y Panamá, aspiren a extender sus posesiones hacia el Sur. Se diría que en la parodia infecunda de una petite Europe, sólo existen patriotismos locales, y que, salvado cierto límite, se pierde la visión de toda política y todo plan.

Algo análogo ocurre desde el punto de vista económico, no por rivalidades financieras, porque lo que precisamente distingue a nuestras repúblicas es la falta casi absoluta de comercio entre ellas. La tradición colonial de enviar directamente los productos a las naciones fuertes, para que ellas los manufacturen y los repartan, hace ley todavía, después de un siglo de independencia. Se ha tratado de explicar tan extraño fenómeno con la versión especiosa de que todas ellas venden lo mismo. Como consecuencia de ello —se afirma—, el intercambio es inútil. Pero la simple lógica nos dice que los cultivos no pueden ser idénticos en zonas tórridas, templadas y frías.

Basta, además, una ojeada sobre las importaciones y exportaciones de las diferentes repúblicas, para comprender que pueden completarse en muchos órdenes. La comunicación está obstaculizada en unos casos por la dificultad o carestía de los transportes; en otros, por la ignorancia de la producción, y más a menudo aún, por la simple desidia de los gobiernos. Así nos mandan de nuevo nuestros propios productos después de pasar por otras naciones que regulan su precio y controlan su circulación, quedándose con el mejor beneficio. El sisal de México, el azúcar de Cuba, las carnes congeladas de la Argentina, el café de Colombia, vuelven a menudo a diversas regiones de la América latina, pagando cuantiosos tributos a exportadores, importadores y transportes terrestres y marítimos de otras naciones.

A ello se añade la carencia de industrias de transformación, que nos obliga en países donde abunda el cuero a importar arneses, maletas y zapatos; en regiones donde existen las mejores maderas del mundo, a traer muebles desde muy lejos, etcétera, poniéndonos en el caso de comprar lo que salió de nuestro propio terruño con el aumento de precio de las manufacturas, los seguros, las Aduanas, etc., dentro de un sistema económico paradojal que nos reserva todos los gravámenes y nos priva de todos los beneficios.

Lo que yo aspiraba a definir y a estudiar durante el viaje, no eran sólo las posibilidades de levantar la nacionalidad desde el punto de vista moral e ideológico, sino también y, sobre todo, las perspectivas en el orden de la organización económica, base primera sin la cual nada es posible. Y las comprobaciones no podían ser más dolorosas. Países productores de oro, importaban alhajas del extranjero. Pueblos que vivían del producto de la tierra, tenían que hacer venir las máquinas agrícolas de otros países. Naciones poseedoras de los más ricos yacimientos de mineral, estaban cubiertas de deudas y acribilladas de empréstitos. Las colectividades no parecían existir más que para empujar hasta los barcos los productos del suelo y recoger de esos barcos los artículos necesarios para su vida. Y hasta dentro de la existencia tributaria, ese comercio de importación o exportación estaba casi exclusivamente en manos de extranjeros, que acopiaban los frutos para revenderlos fuera, o hacían llegar al país los objetos manufacturados, cobrando, por así decirlo, un impuesto de entrada y de salida sobre la producción y sobre el consumo.

De más está decir que al hablar así no me refiero especialmente a las repúblicas que estamos recorriendo, sino al conjunto, con excepción acaso de dos o tres regiones, donde empieza a cobrar vida una tendencia a llenar las necesidades locales con el esfuerzo propio. Dedicados los latinoamericanos a las tareas del gobierno, profesiones liberales, milicia, empleos, cuanto parece función directora, se han olvidado de crear una nacionalidad en su volumen palpable, no han tomado posesión de su patria, y se envanecen de mover engranajes que funcionan en el vacío, puesto que los motores y los ejes están sujetos a otras aspiraciones. Salvado el radio de las cosas inmediatas, falta en el orden económico la libertad de movimientos, porque no hemos asumido la gerencia de nuestra riqueza, y en el orden internacional falta la iniciativa, porque nos hemos dejado encerrar en el límite de las desavenencias regionales. Pero esta situación puede ser transitoria dentro de la evolución de un pueblo, si se modifican las orientaciones. Por eso ponemos los males en evidencia, convencidos de que para remediarlos conviene empezar por conocerlos.

Quito es una ciudad agradable y cultísima, de aspecto severo, que retiene por la serenidad de su clima y el encanto de sus calles soleadas bajo el cielo azul. Durante mi corta permanencia tuve oportunidad de apreciar la vitalidad, el progreso y el patriotismo de esta capital que, erguida sobre las montañas, parece evocar en el encadenamiento de los Andes las cabalgatas gloriosas de Bolívar. La conferencia se realizó ante un público entusiasta que me acompañó después hasta el hotel. Y como el tiempo urgía, porque el viaje había durado ya más de un año, volví hacia la costa para embarcar de nuevo hacia el Sur, llevando el más grato recuerdo de la patria de Montalvo.

También me empujaba a continuar la gira la noticia de un incidente ocurrido entre la Argentina y México y la presunción fundada de que marcaba el comienzo de una nueva serie de ardides para multiplicar distanciamientos y anular la obra que tan penosamente se iba realizando.

El presidente Madero, en un discurso oficial, reprochó a la juventud de México el entusiasmo con que había respondido a mis palabras, calificándome de “aventurero, hijo de una nación que no había tenido ninguna guerra gloriosa”, y que sólo podía vanagloriarse de haber “oprimido en compañía de otras al indefenso Paraguay” 78. El gobierno de la Argentina no protestó contra las apreciaciones que herían al viajero, sino contra los temerarios juicios sobre la nacionalidad, y tras un complicado cambio de notas, quedó zanjada la desavenencia.

Pero esta escaramuza era un síntoma de la campaña de confusión y de anarquía, con ayuda de la cual se buscaba derribar cuanto se había levantado en los cerebros y en las almas. Obedeciendo a influencias nebulosas, Madero trataba de barrer con la misma frase, no sólo un ideal que florecía vigorosamente en las nuevas generaciones, sino el pensamiento de la armonía entre nuestras repúblicas, a riesgo de suscitar un conflicto más. No cabe suponer que un jefe de Estado cometiese conscientemente esas faltas. Sin embargo, la misma imprevisión asoma en otro hecho de carácter completamente diferente. A raíz de la agitación creada en México, la juventud, cediendo al ímpetu más noble, había organizado batallones, para defender, llegado el caso, el territorio nacional contra las acechanzas imperialistas, y el presidente no trepidó en volcar esas fuerzas sanas en la guerra civil.

Madero purgó sus errores al caer abandonado por el mismo imperialismo cuyos intereses sirvió sin darse cuenta de ello. El señor Márquez Sterling, ministro de Cuba en México por entonces y testigo ocular de los acontecimientos, deja constancia en su libro Los últimos días de Madero de la complicada trabazón de sutilezas y calculadas abstenciones con ayuda de las cuales fue llevado insensiblemente hasta la tumba el desgraciado soñador. Al evocar las incidencias a que dio lugar su carácter, hay que reconocer que en este caso, como en todos los que han lastimado a nuestras repúblicas, la mayor parte de los yerros derivan de la ausencia de una vasta concepción continental.

Lo primero que se percibe al llegar al Perú, es la obsesión de la revancha. La guerra del Pacífico, cuyos antecedentes y móviles no vamos a recordar ni a juzgar aquí, ha dejado en esa República, particularmente predispuesta por su vibración fina y su cultura superior a las emociones extremas, un deseo perseverante y una voluntad ansiosa de recuperar los territorios perdidos y la situación anterior. Este anhelo supremo, que desde hace varias décadas es el eje de todos sus movimientos en el orden interno y en el orden internacional, parece alejarla momentáneamente de cuanto no concurra al fin patriótico que persigue. Sin embargo, en pocas ciudades halló la prédica tan favorable ambiente como en Lima 79.

La alegre ciudad moderna, orgullosa de su alcurnia y de los tesoros de su fastuoso pasado colonial, unida al puerto por una amplia avenida bordeada de árboles frondosos y cercada de prósperos balnearios, es una de las poblaciones más evocadoras y atrayentes que me ha sido dado visitar.

Era en 1913 presidente del Perú el señor Billinghurst, hombre sencillo e independiente, que simpatizaba con la clase obrera y se apoyaba en ella para salvar las dificultades crecientes de su gobierno. De pequeña estatura, macizo, nervioso —a la vez débil y autoritario según decían—, se defendía vigorosamente a pesar de su edad, evolucionando en medio de una situación espinosa con rara fortuna y hasta con autoridad innegable, a pesar de la falta de plan superior que le llevaba a hacer de su gobierno un mosaico de improvisaciones. Al margen de la política local y sin preferencias posibles, dado mi desconocimiento del carácter y de los antecedentes de esas luchas, no pude dejar de observar, sin embargo, el contraste entre aquel honesto burgués, un poco Louis Philipe y la arrogancia un tanto cuartelera de algunos de los presidentes con los cuales había conversado antes. Ignoro lo que significó el señor Billinghurst dentro de la política peruana; pero dentro de la América latina cobraba a mis ojos la significación de un intento para imponer normas europeas a las febriles agitaciones del Continente.

Nuestra conversación fue en prosa corrida y llana. El mandatario no asumió actitudes graves, ni trató de aparecer como superhombre. Habló con el que venía después de viajar diez años por Europa y dos por América, con la ecuanimidad de un espíritu curioso que se informa. Le interesaba conocer detalles sobre la agitación democrática en Francia, Inglaterra e Italia. Quería hacerse una idea clara de la situación de las repúblicas del Norte. Reclamaba anécdotas sobre las personalidades oficiales observadas en el trayecto. Y en lo que se refería al porvenir de la América latina, me pareció tener una visión justa de lo que debe ser su independencia integral. Me sorprendió, sobre todo, cierta modalidad curiosa de su espíritu. En su conversación abundaban más las preguntas que las afirmaciones. Y esa inclinación era la más significativa de la personalidad y del momento. Aquel hombre no aspiraba a mandar, sino a dirigir. Apreciable progreso en nuestra América, donde alrededor de casi todas las presidencias había un reflejo de dictadura.

La ascensión a la presidencia de los Estados Unidos del señor Wilson, anunciada en nuestras repúblicas como generadora de un cambio en la política exterior de aquel país y utilizada en forma de emoliente para tranquilizar los espíritus, me indujo a escribir, en medio de los remolinos del viaje, una “carta abierta” 80 que se publicó en los principales órganos de la prensa latinoamericana. Los acontecimientos que se han desarrollado después en Cuba, Santo Domingo, Nicaragua, etcétera, han establecido el fundamento de las reservas que hicimos, poniendo de manifiesto el error de dar crédito a las promesas en cuestiones internacionales, y subrayando el engaño de esperar el bien de los demás en vez de buscarlo en nosotros mismos.

Por esos días recibí la noticia de que el partido socialista de la Argentina me había hecho candidato a senador por la capital 81. La campaña de orden internacional en que me hallaba empeñado me alejaba en cierto modo de toda acción política estrechamente local. Mi deseo era mantenerme al margen de las luchas internas para poder continuar con más autoridad el esfuerzo comenzado.

Existían, por otra parte — y de esto hablaré con más detenimiento en el capítulo siguiente—, ciertas divergencias de doctrina que me impedían aceptar con plena conciencia un mandato. Bien sé que en la política de América se sacrifican más a menudo los principios a los puestos que los puestos a los principios, y sobre el ambiente que predomina en nuestras democracias pueden servir de indicación las interpretaciones a que dio lugar la renuncia.

Según unos, decliné el ofrecimiento porque no tenía confianza en el triunfo. Según otros, lo hice porque no me juzgué preparado para tan alto cargo. Pareció difícil admitir que una cuestión de conciencia, y la prosecución de una campaña lírica que tantos sinsabores traía aparejados, me impidieran ocupar un sillón de senador a los treinta años. A mi escrúpulo ante el dilema de tener que forzar mis convicciones o de no corresponder a la confianza del partido que me elegía, contestaban los prácticos con una frase sugerente: “Se evoluciona”. Y, detalle revelador, para el estudio de la vida pública sudamericana, el momento importante de mi actuación sigue siendo para muchos aquel en que estuve a punto de ocupar un puesto en la alta Cámara, es decir, la incidencia que pudo darme rótulo dentro de la política local, y no el empuje con ayuda del cual intenté influir sobre las direcciones y sobre el porvenir de la América latina.

En Lima punto de conjunción y enlace de las dos grandes tentativas unionistas, fui una mañana a depositar coronas al pie de las estatuas de Bolívar y San Martín; visité la célebre biblioteca dirigida con autoridad por González Prada; y conocí a un grupo particularmente numeroso de talentos brillantes, entre los cuales citaré, al azar de la pluma, a Ricardo Palma, que debía morir poco después cargado de años y de renombre; su hijo Clemente, Alberto y Luis Ulloa, Mariano H. Cornejo, Augusto Duran, Abraham Valdelomar, Luis Fernán Cisneros, de la Riva Agüero y tantos otros que he recordado después leyendo el estudio sobre el Wilsonismo, de Francisco García Calderón, donde encuentro esta frase: “¿Quién vigilará al formidable tutor? ¿Dependerá un mundo tumultuoso de la buena voluntad de este hermano mayor, inclinado a bruscas agresiones y peligrosos monopolios?”.

Mi conferencia se realizó sin tropiezo en medio de la más auspiciosa simpatía 82. Estas manifestaciones que traducían algo nuevo en la vida de América, sólo tenían eco telegráfico en forma capciosa, para crear dificultades. Fue así como las palabras de fraternidad 83, en las cuales la más artera suspicacia no podía descubrir la sombra de una preferencia, palabras de concordia y de idealismo, provocaron una reacción hostil en el Ecuador y en Chile.

Sólo el atraso en la salida de un vapor, me permitió tener conocimiento de la versión malévola y desmentirla. La maniobra estaba calculada de tal suerte, que yo debía ignorar las rudas críticas de la prensa ecuatoriana y el ambiente hostil que se había formado en Chile. Ya he tenido ocasión de repetir que abundaron destrezas análogas en el curso del viaje. Pero nunca se había hecho gala de tanta alevosía. Los que prestaron fe a la versión malévola, habrán podido comprender después, leyendo el texto del discurso, hasta qué punto fueron engañados.

La noticia que se cablegrafió al Ecuador se refería al asunto de Galápagos.

Según el cable, yo había sostenido la tesis de que, en caso de que se enajenase el Archipiélago, el Perú debía intervenir en el Ecuador. Basta enunciar la idea para comprender el efecto producido, dada la susceptibilidad general de nuestras repúblicas y la situación especial de los dos países puestos en causa. Prestando fe a la noticia y en vista del telegrama recibido, la prensa me reprochó mi pretendida actitud. No faltó quien aprovechase la natural protesta patriótica para deslizar su gota de veneno. Y no sé aún sí bastó la rectificación 84 para restablecer la verdad en el ánimo de todos.

El ardid tomó en Chile una forma más peligrosa. Se telegrafió que yo había dicho lo siguiente: “Parece que Chile estuviera condenado a oponer siempre sus intereses a los grandes intereses continentales, a servir de rémora al avance de las civilizaciones en este suelo americano. Tuvo ya la honra de inaugurar el régimen de la conquista en el Continente, incorporándolo como principio en su derecho público, según lo proclamó, en no lejana ocasión, uno de sus geniales diplomáticos; ha tenido después la felicidad de ser la única nación a la que no conviniera suscribir el arbitraje general obligatorio, y tiene hoy la suerte de ser la única también a la que no puede beneficiar, más aún, a la que sin duda perjudica la apertura del Canal interoceánico. Pero sin duda los perspicaces políticos de la Moneda no se han hecho cargo todavía del alcance que puede tener esta oposición de conveniencias, pues de otra suerte no se explica por qué en lugar de encaminar sus esfuerzos a una posible y racional conciliación de intereses chilenos con los grandes intereses continentales, ha preferido entrar en desatentada campaña contra éstos.” La inaudita acumulación de desafinaciones hubiera debido bastar para revelar el fraude. Sin embargo, El Mercurio, de Chile, en su número del 25 de marzo de 1913, publicó un editorial titulado: “Manuel Ugarte contra Chile”, en el cual, después de citar las frases anteriores, me incitaba a renunciar a mi visita y afirmaba gravemente que yo me había expresado así en Lima “para obtener éxitos de boletería en medio de una gira comercial”. Con esto vine a saber que mi gira desinteresada, de conferencias absolutamente gratuitas, durante la cual rehusé el alojamiento que me brindaron algunas ciudades y llegué hasta pagar de mi peculio el alquiler de algunas de las salas en que tomaba la palabra, era presentada por las agencias telegráficas como un negocio vulgar.

Yo había renunciado a las ambiciones políticas y a las oportunidades que se me presentaban, para no tener intereses pequeños, para seguir siendo ciudadano de toda la América latina, y bastaba un cable anónimo para condenarme. Al margen de la inexactitud, que tenía que desvanecerse ante la evidencia de mi proceder, me afectaba la situación creada por la incidencia, porque de ninguna manera podía yo renunciar al viaje a Chile. Los telegramas eran terminantes: “Creemos que no le conviene venir”, aconsejaban los amigos. Los diarios del Perú publicaron un despacho que decía: “Coméntase en los Círculos intelectuales las declaraciones de Ugarte y estímaselas suficientes para que suspenda su proyectada gira a Chile”. Sin embargo, era preferible afrontar las manifestaciones hostiles, antes que sancionar con la ausencia tan monstruosa suposición. Mi respuesta fue: “Iré, a pesar de todo”. Por intermedio de la Agencia Hawas, envié un desmentido a la prensa. Pedí al cónsul general de Chile en el Perú que transmitiese al Gobierno de su país la versión taquigráfica de mi discurso. Y esperé con confianza el resultado, porque en los trances más difíciles triunfa siempre el buen sentido del pueblo y de la juventud.

Previo un telegrama al presidente 85, seguí para Bolivia. El viaje por Mollendo hasta La Paz es un, deslumbramiento para los ojos y un descanso para el espíritu. Hasta la Naturaleza tiene color de metales y de piedras preciosas. Montañas de oro y de amatistas deslumbran bajo la luz brutal. Los Andes cobran magnificencias, insospechadas hasta llegar a los grandes lagos superiores, y el viajero se siente dominado por la estupefacción ante la apoteosis de la grandeza de un Continente. Algo extrahumano levanta y serena a los seres ante el espectáculo de las cumbres azules y las aguas quietas, que a millares de metros de altura sobre el nivel del mar dan la sensación de un mundo recién abierto, bajo un sol que parece nuevo también.

La impresión que produce La Paz es inolvidable. Tiene esta ciudad un gran parentesco con Quito y Bogotá, sin dejar de exhibir un carácter que la distingue de sus hermanas. Luz radiosa, calles anchas y empinadas, carruajes de alquiler arrastrados por cuatro caballos, casas limpias y airosas, grandes plazas doradas por el sol, vida sana, sencilla y fuerte, todo infunde a la población no sé qué soplo matinal que conforta el ánimo.

La cordialidad con que recibió la prensa al propagandista 86 no llegó a esconder cierta corriente de desconfianza hacia las naciones del Sur. Los políticos, comprendiendo el problema general de América, admitían, con una rara independencia de criterio, la necesidad de resistir la infiltración del imperialismo. Pero no hacían misterio tampoco de que ante ellos se presentaba otra dificultad, acaso menos grave, pero indudablemente más inmediata, originada por la actitud de ciertas naciones del Sur. Colocada por la geografía y por su propia debilidad en situación de ser presionada y disminuida por repúblicas limítrofes, Bolivia comprendía el peligro general, pero no podía desentenderse tampoco del riesgo inmediato. Fue el pensamiento que sintetizó don Alfredo Sanjinés G. en un artículo 87, en el cual decía: “El gran problema por resolver está, pues, en aniquilar de raíz esas eflorescencias sombrías que de vez en cuando, y apenas hemos podido reunir unos cuantos cañones y unos cuantos barcos de guerra, surgen, para que estallen guerras fratricidas dentro de la misma casa. Que en Sudamérica las naciones fuertes no hagan presa de las débiles; que las grandes no miren con celos sus progresos; que no se rasguen las hijuelas que les legaron España y Portugal, hermanas ambas; que no se debiliten perdiendo sus energías en guerras intestinas; que sean leales para interpretar y cumplir sus pactos internacionales, para que, ya que reconocemos que vive en nosotros una alma sola, un solo cuerpo también, tan grande y poderoso como el de la gran nación del Norte, pueda surgir en el Sur y al oponer la fuerza, consiga afirmar y hacer triunfar el derecho y la justicia, la gran finalidad humana”.

Esta aspiración flotaba en las conversaciones de políticos e intelectuales de fuste como los señores José Carrasco, Juan T. Camacho, Alfredo Ascarrunz, Carlos Calvo, José S. Quinteros, Eduardo Diez de Medina, Néstor Jerónimo Otazo, O’Connor d’Arlach, Rosendo Villalobos, Abel Alarcón, Juan Francisco Bedregal, Franz Tamayo, Raúl Jaimes Freire, Benigno Lara, Humberto Muñoz Cornejo, Enrique Finot, José Antezana, Celso Borda y el propio presidente, doctor Villazón, hombre sagaz y prudente que me pareció uno de los políticos más seguros y mejor inspirados de nuestra América.

No cabe duda de que el origen principal de toda debilidad colectiva ha derivado siempre del recelo originado por la presión que han pretendido ejercer algunos elementos de un conjunto sobre otros. Si antes de la Unidad de Italia llegaron los austriacos a Trieste y los franceses a Roma, fue aprovechando la pugna dentro del componente nacional, y a favor del instinto de resistencia de ciertos núcleos nacionales, obligados a determinadas actitudes por la preeminencia excesiva de sus hermanos. En este sentido se puede decir que el instinto de dominación parcial de una subdivisión; sobre otra, dentro del mismo grupo, ha dado siempre en la Historia como resultado la sujeción a fuerzas extrañas. El ensimismamiento egoísta de ciertas fracciones ha podido hacerlas prosperar durante algún tiempo, pero a largo plazo se ha traducido indefectiblemente en catástrofe general.

Bajo el empuje de naciones fuertes de otro origen, el proceso de descomposición es conocido. Sacrificado el temor de la amenaza lejana a la atracción del cercano interés, se abre una era en que lo inmediato se sobrepone al instinto de perdurabilidad. El mismo trato y convivencia envenenan la discordia. Surge en el sacrificado la natural comparación entre el gesto airado del hermano y la aparente simpatía del extranjero. Y se va preparando gradualmente el conflicto que conduce a la disminución común.

Acaso es ese el sentimiento que inspiraba al señor Sanjinez al añadir en su artículo: “Víctimas también hemos sido y somos aún de esas violencias prácticas, y no de otra raza, sino de parte de nuestros propios hermanos latinos.

Nunca se inspiraron en la justicia las deliberaciones que sobre nuestro país se tomaban en la Moneda, en el Palacio de Itamaraty y la Casa Rosada, cuando se trató de arrebatarnos nuestro único puerto sobre el pacífico, nuestras regiones de la goma y el territorio de Yacuiba, no obstante los clamores, protestas y el alto espíritu de justicia que como una condición de raza debía primar entre los sudamericanos.”

El reproche, dirigido al mismo tiempo a Chile, al Brasil y a la Argentina, sale de los límites de la cuestión del Pacífico y se transforma en problema de orden general. Ya no es la reivindicación directa dentro de un asunto y una zona, sino la invocación de un principio en el vasto ambiente de la política hispanoamericana. Y en ese plano, podemos referirnos en conjunto a la tendencia y a sus inconvenientes. Ya hemos tenido ocasión de insinuar que en política internacional no ha habido nunca, no habrá, ni puede haber más norma de conducta que el servicio de los propios intereses. Cuantas palabras, reglas o doctrinas se invocan, no son más que el biombo vistoso que esconde los movimientos reales. No es, pues, teniendo en vista la ética que condenaremos acciones de todos los tiempos y de todas las latitudes. Es en nombre de direcciones prácticas y aplicables a la situación de nuestros países, es invocando intereses reales y no teorías o sentimientos, que repudiamos una política, acaso más nociva para los que la esgrimen que para los que por imposición de las circunstancias tienen que soportarla.

Cada una de nuestras repúblicas, por grande que sea el auge adquirido, tiene dentro de sus fronteras motivos suficientes de preocupación en la gerencia de sus intereses, descuidados a menudo hasta el punto de que las compañías extranjeras regulan, diezman y hasta se insurreccionan contra las leyes de los Estados. Nuestro suelo es explotado aun con ayuda de máquinas y útiles importados del exterior. El subsuelo, que contiene minerales, petróleo, carbón, productos múltiples que pueden ser origen de fastuosas prosperidades, duerme en la sombra como si el Continente acabase de ser descubierto. La explotación por nosotros mismos de las vías de comunicación locales, barcos, ferrocarriles, tranvías, teléfonos (que nos hacen pagar cuantiosos tributos), bastaría para entretener todas las actividades sin iniciar luchas vanas para ampliar la extensión de las respectivas repúblicas. Si de este orden de idea pasamos a examinar la hipótesis de manufacturar los productos y llenar en lo posible las necesidades locales, afrontando la tarea de crear vida completa en los países nacientes, comprendemos la colosal amplitud del esfuerzo que urge desarrollar dentro de cada país, para empuñar realmente el timón de la prosperidad nacional y poner al fin en circulación la propia savia. Toda ampliación de territorios sólo equivale en el estado presente, a multiplicar las concesiones a las compañías extranjeras que desde hace un siglo han asumido la gerencia de nuestra vida económica.

Hay que reaccionar contra el culto a las apariencias, contra el empirismo social. No somos fuertes porque paseamos por las calles algunos cañones comprados en Essen o en Creusot. Enorgullecernos de las importaciones, es tomar el desangramiento como índice de grandeza. No hay que confundir tampoco las excoriaciones del país con las de las compañías extranjeras establecidas en él. No es sensato movilizar la diplomacia para abrir mercados a las manufacturas de los frigoríficos norteamericanos que amenazan la prosperidad de la propia industria ganadera. El problema para nosotros no consiste en hacer humo, sino en echar raíces; no estriba en parecer, sino en cimentar. La nacionalidad no reside en multiplicar resortes, sino en adueñarse de ellos. La grandeza de las naciones no se mide por su extensión en el mapa, sino por su concentración, su solidez, su impermeabilidad en medio de los temporales de la vida internacional. Y en la etapa de florecimiento y de victoria en que han entrado las repúblicas del Sur, lo importante es nacionalizar la riqueza y el progreso, haciendo que, en lo posible, emanen y queden dentro del país; lo urgente es reducir desgaste de un mecanismo que funciona a menudo con fuerza extraña y en beneficio de otros.

A estas razones que desaconsejan toda acción susceptible de ser interpretada como un imperialismo del Sur, se añade la consideración de que, si lo miramos bien, nuestras repúblicas más fuertes sólo disfrutan de una fuerza relativa que puede parecer decisiva comparada con la debilidad de algunos vecinos; pero que resulta precaria si nos colocamos en un plano universal, frente a la pujanza de los grandes pueblos. Las imposiciones que se han hecho sentir en diferentes oportunidades, han utilizado, precisamente, además de la legendaria desunión, los motivos especiales de resentimiento y desconfianza de países limítrofes que entre dos riesgos se pronunciaban instintivamente por el más remoto. Así han llegado a pesar en debates locales que sólo a nosotros nos incumben determinadas influencias ajenas a la región, influencias que persiguen fines especiales, no siempre propicios para nuestro porvenir. En algunos casos cumple reconocer que si los débiles desertaron el campo de la solidaridad racial, fue porque los fuertes habían olvidado antes las consideraciones que esa circunstancia impone. Pero el hecho de que un error justifique el otro, no índica, que sea favorable el sistema. Para desarrollarse en una atmósfera de confianza y para ponerse en lo posible a cubierto de las contingencias del porvenir, las repúblicas del Sur necesitan, ante todo, rodearse de un ambiente de amistades locales, y crear un encadenamiento de intereses comunes en lo que respecta a la autonomía y a la intangibilidad de América.

Una simple mirada superficial sobre la política del mundo, revela a los más profanos que una de las prácticas frecuentes de los conjuntos dominadores consiste en crear dificultades a unos pueblos, por intermedio de otros, que al perseguir sus fines directos sirven por encima de todo los propósitos superiores de quienes los empujan. Francia hostiliza a Alemania y se cubre con ayuda de la petite entente, Inglaterra defiende contra los turcos su dominación marítima por intermedio de los griegos, etc. Tan familiar es el expediente que parece inútil recordarlo. En el ajedrez mundial hay que considerar más que las jugadas aparentes, las intenciones, las consecuencias, el propósito final que se persigue a través del movimiento parcial de cada pieza. Y nuestra América no es, pese a algunos de nuestros políticos, un planeta aislado.

Forma parte de un mundo roído por corrientes dominadoras que después de repartirse el África, han sometido en Asia a los centros más antiguos de la civilización y empujan su ola de fuego por mares y continentes, creando y devorando, como la vida misma. El instinto de perdurar que alienta en cuanto existe, calmará las reyertas familiares. No quiero decir con esto que en momentos difíciles deban estar los núcleos más vigorosos pendientes de decisiones unánimes. Limitar el papel de la iniciativa y de la resolución, es inmovilizar el progreso del mundo. Pero Prusia y el Piamonte sólo pueden perseguir en forma fraternal y federativa los propósitos de utilidad general. Y es en la ampliación de los fines, en la elevación de los programas y en el altruismo de las actitudes, donde pueden manifestarse, dentro de nuestra América destinada a idénticas vicisitudes, las preeminencias cordiales que aspiren a asegurar la felicidad común.

En Bolivia encontré un ambiente nacionalista desligado de influencias extrañas. Cuando los ministros de Relaciones Exteriores y de Instrucción pública, así como las diversas instituciones culturales me ofrecieron banquetes y demostraciones, nadie tembló ante el espectro de una reclamación. Por el contrario, habiéndome atacado el ministro de los Estados Unidos, señor Knowles 88, el mismo diario que publicó el discurso vino a recoger mi opinión 89, estableciendo en forma perentoria la independencia de la prensa del país. En este ambiente se realizó la conferencia anunciada 90. Pocos días después me alejé de aquella república que no tiene ya puerto sobre el mar. Sus productos exportables, goma, maderas, coca, estaño, bismuto, wolfran, deben atravesar por territorio de otra nación para llegar a los barcos. Sin invocar derechos ni remover antecedentes, basta enunciar la situación para juzgarla. Una de las formas de atenuar los viejos rozamientos entre el Perú y Chile podría consistir en evitar que sigan siendo limítrofes. ¿Por qué no ofrecer a Bolivia, sin grave perjuicio para nadie, la salida al mar, que es la condición primera de su progreso futuro? Formular una hipótesis, no es aconsejar una solución. Pero ofreciendo a este país el oxígeno que reclama su vitalidad, se serenaría acaso la atmósfera de América y contribuiríamos a resolver uno de los problemas del Pacífico.

Desde que pisé tierra chilena comprendí que el buen sentido de ese pueblo fuerte, práctico, investigador, tendría que sobreponerse al estado de espíritu hostil, creado artificialmente por las intrigas. La prensa del Perú había traído la versión exacta de mis palabras, y aunque según el adagio popular siempre queda algo de lo que nos hiere, asomaba la reacción favorable. Es Antofagasta una ciudad nueva, de gran actividad comercial y ágil espíritu, que no acepta las ideas sin examinarlas. Un diario local inició la corriente 91 y otros siguieron en un hermoso movimiento de veracidad.

Sin embargo, al llegar a Valparaíso, flotaba aún en la sombra la temeraria afirmación. Obsesionados por el viejo litigio con el Perú, no alcanzaban muchos a concebir que se mantuviese el viajero equidistante entre las dos tendencias. Inútilmente argumentaban los espíritus más ponderados 92. En vano aproveché la oportunidad de algunos reportajes 93 para tratar de destruir el error. La susceptibilidad había sido herida y en más de un caso se interpretaron las francas explicaciones como palinodias oportunas. Hasta que me oyeron hablar en un teatro y palparon por decirlo así, el punto de vista en que me colocaba, no se produjo claramente el reflujo. Pero las mismas características nacionales que habían inspirado el primer movimiento, determinaron la amplitud del segundo, y pocas veces hubo un estallido más clamoroso.

Ascendencias vascuences, características inglesas y un temperamento recio y metódico, han dado al pueblo chileno un alma a la vez desconfiada y entusiasta, que pasa del recelo a la cordialidad. En la sonriente y laboriosa ciudad cambió el tono así que se supo de una manera perentoria que no había tomado partido en favor del Perú. Los telegramas que empezaron a llegar 94 denunciaban un movimiento auspicioso de las fuerzas más sanas. Frescos los recuerdos del “Baltimore”, y de la reclamación Alssop, la altivez del pueblo, el patriotismo de la juventud, la reflexión de los intelectuales se sobreponían a la preocupación inmediata, para abarcar las verdaderas perspectivas, saltando por sobre todas las apariencias engañosas.

En contraste absoluto con la resuelta actitud del Gobierno de Bolivia, todo fue en Chile abstención y silencio en las regiones oficiales. El presidente no contestó a mi telegrama y no conseguí hacerle la visita habitual. Tampoco tuve oportunidad de conocer a ninguno de los políticos que componían por entonces el Ministerio. Sólo estuve en contacto con la prensa, los partidos avanzados, las clases populares y la Universidad. Fue de la conjunción de esas fuerzas que nació el formidable movimiento. A él se unieron algunos hombres de representación política e intelectual como los señores Roberto Huneeus, Galvarino Gallardo Nieto, Enrique Tagle Moreno, Francisco Zapata Lillo, Misael Correa, Félix Nieto del Río, Armando Donoso, Eduardo García Guerrero; los directores del grupo estudiantil Alejandro Quesada, Pedro L. Loyola, Humberto Gacitua, Arturo Meza y numerosos miembros del partido democrático, del partido liberal y del partido socialista, como don Guillermo Bañados, Artemio Gutiérrez, Alejandro Bustamante, Manuel Hidalgo, Luis Correa, Luis M. Concha, Diego Escamilla y tantos otros de seguro prestigio.

Las relaciones entre Chile y la Argentina no eran en aquel momento tan cordiales como ahora, y el viajero encontraba en ciertos círculos, además de las resistencias al ideal latinoamericano, cierta reserva a causa de su nacionalidad. Sin embargo, el ímpetu popular y estudiantil lo arrolló todo 95: los estudiantes de Chile se pusieron en comunicación con los de la Argentina 96; los centros obreros enviaron mensajes a los de Buenos Aires, y por la primera vez se oyó en las calles de Santiago el himno argentino cantado por labios chilenos.

Se sobreponía el buen sentido popular al obstruccionismo quisquilloso de algunos dirigentes. Porque ¿cuáles fueron, en realidad, por aquel tiempo las razones de distanciamiento entre la Argentina y Chile? ¿Dónde se hallaba el origen de las dificultades que habían sembrado tantas inquietudes en el Continente?

¿Qué divergencia grave separaba a los dos pueblos? Si un médico difundiese las enfermedades para presentarse después a curarlas, sería menos culpable que los políticos de ambos lados de la frontera que prolongaron durante largos años una nerviosidad artificial con ayuda de conciliábulos tan misteriosos como estériles. Entre la Argentina y Chile no pueden existir más, que las relaciones fraternales que todo aconseja entre dos repúblicas unidas más que separadas por la cordillera de los Andes. Cada uno de esos países tiene su campo de evolución: el primero el Atlántico, el segundo el Pacífico. Y sólo subvirtiendo todas las leyes de la sensatez podrían llegar a un choque, los grupos de visión limitada que persiguieron en la Argentina una salida al Pacífico o buscaron en Chile un puerto sobre el Atlántico, conspiraron sin saberlo contra la grandeza de su propio país. En la paz y en el estrecho enlace de los intereses de ambas repúblicas está la condición primera de la perdurabilidad común. Tan distintos son los productos como la zona de irradiación la política primaria que consistió en la Argentina en sonreír al Perú contra Chile, y en Chile en hacer señas al Brasil contra la Argentina, nació del encerramiento y la falta de experiencia de los que se encaraman hasta nuestras cancillerías sin más fuente de inspiración que un grupo exiguo dentro de la ciudad. La concepción anticuada de que la diplomacia consiste en sacar ventaja de los vecinos, multiplicando sin discernimiento una tarea mecánica de desunión entre los mismos que dentro de concepciones más vastas se verán quizá obligados a auxiliarse en el porvenir, ha paralizado dolorosamente muchas de nuestras mejores fuerzas. Y, sin embargo, con sólo abrir los ojos comprendemos que la tarea de velar conjuntamente sobre el estrecho de Magallanes, bastaría para destruir las pretendidas divergencias y enlazar las voluntades en torno de un movimiento de preservación. Esa paridad de intereses supremos que aparecían bruscamente ante las conciencias, reaccionando contra el monótono hermetismo de los augures oficiales, era lo que arrebataba los entusiasmos. La masa descubría instintivamente los horizontes verdaderos a través de los errores rituales de la diplomacia criolla.

Los pueblos de nuestra América son, en general, más clarividentes que los grupos que pretenden conducirlos; sienten las exigencias nacionales desde el punto de vista internacional y se revelan contra la enajenación sistemática que los coloca, en la propia tierra, en la situación de auxiliares al servicio de otras fuerzas. Lo que algunas veces se ha hecho pasar como protesta de la barbarie contra la civilización, no ha sido, la mayor parte de las veces, más que el grito angustioso de un nacionalismo sacrificado. La reacción no era en favor del atraso, sino en contra de las abdicaciones que nos llevan a imprimir direcciones falsas a la política exterior o el desarrollo nacional, interpretando como una victoria el resplandor engañoso de las prerrogativas que entregamos.

El ambiente en que se desarrolló la conferencia fue en Santiago de Chile, acaso más favorable que en cualquiera de las capitales visitadas anteriormente 97, a pesar de ciertas resistencias tan exageradas como inútiles.

El mismo encarnizamiento con que se había tratado de desvirtuar la verdad, la hizo aparecer más radiosa cuando se impuso rompiendo las confabulaciones. Cuanto ha sido en la república chilena motor de actividad y de fuerza, cuanto ha determinado el esplendor de ciertos centros y el auge general del país, juventud, pueblo, elementos avanzados, unido a lo que representa una tradición sana de los orígenes, dentro de las fuerzas realmente sustentadoras de la nacionalidad, que no pueden ser confundidas con los que de ellas se sirven, exteriorizó su voluntad de superiorizar la acción colectiva, saliendo de la pugna estéril entre vecinos para abrir campos más amplios a la evolución.

No faltó, sin embargo, una nueva tentativa de fraude. Era aquél un momento en que los estudiantes de la Universidad Nacional luchaban en favor de ciertas reivindicaciones, y habiéndose detenido una manifestación ante mi alojamiento, me limité a formular un saludo. (“No sé dónde van ustedes ni cuál es el fin que persiguen. Dada mi situación de extranjero legal, tengo que ignorarlo. Pero como la juventud sólo puede animar generosos ideales, como sé la nobleza y la altura de miras de los que han sido desde que llegué mis amigos, me atrevo a decir que estoy de corazón con ustedes.”) Alguien desfiguró las palabras y llevó hasta el Centro de estudiantes católicos una versión reñida con los antecedentes y con mis propias convicciones en materia religiosa. Lo cierto es que al día siguiente, al regresar al hotel, me hallé ante una demostración opuesta a la primera. Eran los estudiantes de la Universidad Católica, que levantaban los puños hacia las ventanas detrás de las cuales me creían escondido. Cuando me vieron avanzar hacia ellos, se arremolinaron en torno, y desde lo alto de una silla expliqué la verdad, quedando terminado el incidente. Pero no dejó de causar extrañeza la frecuencia de las equivocaciones. Desde el comienzo del viaje, durante casi dos años, se había erigido en sistema de mala interpretación y el falseamiento de las palabras y los actos. La simple fuerza de la verdad desbarataba a menudo las combinaciones hostiles. Pero si esto ocurría en los casos en que yo tenía conocimiento de la versión inexacta, no era posible decir lo mismo cuando ignoraba la intriga. No han de ser pocas las contraverdades que circularon impunemente. Sirva este libro que escribo con la serenidad del tiempo transcurrido para desmentirlas.

El episodio sirvió para poner de manifiesto la profunda división social que es una de las características de Chile. No es éste el lugar de discutir principios de política interior, y si anotamos el hecho, es al margen de toda idea sectaria, considerándolo sólo desde el punto de vista de la situación general. La existencia de una oligarquía formada por terratenientes, viejas familias, y extranjeros aliados a ellas, es un fenómeno común a la mayoría de las repúblicas latinoamericanas, donde a raíz de la independencia se formó un núcleo aristocrático, dentro del cual, por ironía del destino, los descendientes de los que encabezaron esa independencia apenas figuran como excepción, dispersados o anulados como han sido por la miseria o las alianzas populares.

Este núcleo, transformado en fuerza gobernante, se halla en pugna cada día más clara con una burguesía inmigrada o autóctona y con la masa inclinada a reivindicaciones extremas. El auge de ciertas ideas demoledoras en algunos de nuestros grandes centros, deriva a menudo de una reacción provocada por esos círculos que, creados artificiosamente alrededor de circunstancias pasajeras, no tienen un arraigo en el pasado como los de Europa.

Supervivencias que carecen de aplicación dentro de la vida actual, sólo alcanzan a entorpecer la evolución del país y a exasperar las tendencias contrarias. Una de las razones de que en los Estados Unidos no se hayan difundido las ideas comunistas proporcionalmente al número de la población y a la formidable intensidad de las industrias, reside en la sustitución de este núcleo, ilógico en países nuevos, por una plutocracia que puede ser aceptada o condenada (no discutimos principios, juzgamos hechos), pero que deriva de una realidad local y no de una tendencia ideológica a la imitación. Aunque acaparadora y tiránica, esa plutocracia evoluciona alrededor de principios modernos y ágiles, que la hacen ser parte realmente del cuerpo de la nación, atenuando por su improvisación constante los ángulos duros de la desigualdad.

La fortuna y la situación de un Rockefeller, de un Morgan o de un Ford, no han derivado de la posesión de vastas tierras que no cultivaron nunca, ni de una alianza con otro apellido prestigioso, sino de la energía, de la emulación, de la perspicacia, de la preponderancia abusiva del capital, si queréis (y contra esto tendrán que reaccionar seguramente los Estados Unidos), pero en todo caso de una actividad directa que ha beneficiado siempre al conjunto, difundiendo el progreso, dando empleo a millones de hombres y aumentando el poder de la nación. La influencia absorbente de esta élite creadora podrá ser combatida dentro de la política interior en nombre del ideal igualitario y temida en la política exterior, a causa del imperialismo que fatalmente determina, pero no hay duda de que es una florecencia de la fermentación propia, un brote directo del árbol nacional. No es posible decir lo mismo de fuerzas parasitarias que, si llenaron en los orígenes la función de mantener un legado de cultura, sobreviven hoy, a su primitiva utilidad en medio de la elevación conjunta, y hasta la contrarían por haberse inmovilizado en una concepción retardataria.

El problema interior de Chile, como el de toda la América latina, consiste en realizar la democracia después de haber obtenido la Independencia. Con ayuda de esta evolución se solucionarán muchas dificultades externas, que tratadas de pueblo a pueblo, recobrarán sus justas proporciones, dentro de una concepción amplificada de las necesidades del Continente.

Es en tal sentido, que podemos hablar, no del problema del Pacífico, sino de los problemas del Pacífico, entre los cuales figura el pleito entre el Perú y Chile, no como base excluyente o eje principal, sino como factor correlativo para contribuir a despejar una incógnita que tiene, geográficamente, las dimensiones del Océano, que pone en tela de juicio desde Panamá hasta el estrecho de Magallanes, nuestra jurisdicción sobre las propias costas, que dibuja en el confín del horizonte la masa formidable de dos grandes escuadras, hostiles entre sí, y que puede decidir para los siglos futuros la suerte de la mitad de la América latina. Lo que está en tela de juicio en nuestro siglo, no es la cuestión limitada entre dos repúblicas limítrofes, sino la hegemonía global sobre el más vasto de los mares. Abierto el Canal de Panamá, la sombra imperialista se refleja hasta el Sur. Más lejos, como una nube o como una aurora, ondea la bandera del Japón. Toda la vida y riqueza de la parte oeste del Nuevo Mundo de habla española, tiene por único vehículo esa inmensidad.

Nuestras costas se extienden desde Panamá hasta el cabo de Hornos, completamente indefensas, porque los ejércitos y las escuadras han sido concebidas en vista de querellas locales, sin considerar un momento la eventualidad de tener que defender el territorio en medio de dificultades más vastas.

Colocándonos ante los verdaderos horizontes, vemos que el problema del Pacífico no es el de saber a cuál de las dos repúblicas en pugna pertenecerán ciertos territorios, sino el de salvar en conjunto el libre juego de nuestras posibilidades futuras en medio de las presiones y las sorpresas de la política mundial. El Canal ha sido un progreso para el mundo; pero es lástima que ese progreso tenga cañones de tan largo alcance. Hay un pleito antiguo entre los Estados Unidos y el Japón; pero en tan grave asunto los latinoamericanos tienen también una palabra que decir. Desde al Archipiélago de Galápagos hasta el cabo de Hornos, ya se llamen las costas colombianas, ecuatorianas, peruanas o chilenas, se trata de un solo conjunto igualmente amenazado. Y ese es el criterio esencial y durable que pudiera inspirar los movimientos en el porvenir.

Notas

73 Para hacer frente a la situación, el Gobierno del Ecuador solicitó la presencia del experto norteamericano coronel Gorgas, el cual vino como consejero técnico para colaborar en un proyecto de trabajos. El viaje costó al Gobierno ecuatoriano alrededor de veinte mil sucres, y el citado coronel elevó sobre el asunto una Memoria al Ministerio de la Guerra de su país.

74 “La presencia de Ugarte en América ha atraído todas las simpatías. Sus conferencias han tenido una grata resonancia y han producido un sacudimiento nervioso en el espíritu indolente de nuestros pueblos.” — (El Grito del Pueblo Ecuatoriano, 16 de enero 1913.)

“Ugarte es una voz simbólica que se hace eco de todos los anhelos y de todas las ambiciones de las repúblicas sudamericanas”.— (El Guante, 16 de enero 1913.)

75 “Más de tres mil concurrentes llenaban el teatro Edén. En la parte de afuera había una gran muchedumbre que no pudo entrar por la estrechez del teatro, pero que se entusiasmaba con los delirantes aplausos y sentía vehementes deseos de ovacionar al orador.” — (El Ecuatoriano, 20 de enero 1913.)

“Fue un éxito; pero un éxito formidable, grandioso, estupendo. Pocas veces, quizá nunca, hemos escuchado una palabra tan cálida, tan enérgica, tan viril y razonadora como la del gran predicador de la unión para salvar a los pueblos de Suramérica.”— (El Telégrafo. 20 de enero de 1913.)

“La enorme concurrencia, enorme para el lugar donde el acto tenía lugar, acreció con otro núcleo mayor que aguardaba a las puertas, formando larga cola, y cuatro o cinco mil personas acompañaron al orador a su alojamiento.”— (El Guante, 20 de enero 1913.)

76 Cuenca, 18 de enero de 1913. Saludamos a usted en nombre del Azuay, felicitámosle por su generosa campaña en pro de los intereses e ideales de la raza latina en América y le deseamos prosperidad y éxito cumplido en su misión. — Honorato Vázquez, Remigio Crespo Toral, Rafael Arizaga, Alberto Muñoz Venaza. Roberto Crespo Toral, Arcesio Pozo, director de La Voz Obrera, director de El Tren, director de La Voz del Sur.

Quito, enero 18 de 1913. La Sociedad Jurídica Literaria se complace en saludar a usted a su llegada al trozo de patria americana llamado Ecuador y le desea grata permanencia. Presidente, Tovar Borgoño.

Guaranda, 23 de enero 1913. El Consejo municipal a su nombre y al de la ciudad de Guaranda, saludan efusivamente a Manuel Ugarte, ilustre propagandista de la causa América Latina. Que su estancia en el Ecuador sea grata y feliz, pues representa el alerta de los pueblos cuya autonomía peligra. El presidente, /. G. Camacho; concejales, V. M. Arregui, Ángel M. López, Pablo R. León, G. D. Veintimilla, Luis del Pozo; procurador síndico, A. P. Chávez; el secretario, P. D. Calero.

Babahoyo, 20 de enero 1913. Por resolución de la Sociedad de Artesanos “Luz al Obrero”, os envío un cordial saludo de bienvenida por vuestro feliz arribo a la perla del Pacífico, y en su nombre y en el mío hago votos porque sea correspondida por el éxito vuestra desinteresada como noble labor en pro de los países latinoamericanos durante la permanencia en la tierra de Olmedo y Rocafuerte. – El presidente, J. M. Cabrera.

77 Quito, 15 de enero 1913. Correspondo al atento saludo del notable escritor argentino, dándole una afectuosa bienvenida y deseándole en mi patria una feliz permanencia y muchos éxitos en su alta carrera literaria. Plaza.

78 La Prensa mejicana juzgó con severidad la actitud del presidente. Bajo la firma de don José Antonio Rivera, decía El Tiempo, del 8 de julio de 1912:

“El señor Madero, en su discurso, dijo o dio a entender para, atacar a Manuel Ugarte, que la Argentina carece de historia guerrera, y que en sus páginas figura como principal la agresión que, aliada a dos países poderosos, hizo a un estado débil; es decir, una guerra odiosa. “. La relación que puede existir entre los propósitos personales de Ugarte, al hablar en México en favor de la unión de todos los Estados latinoamericanos, para contrarrestar la política invasora, y el hecho de ser el conferencista “hijo de un país que únicamente ha tenido una guerra con el extranjero, una guerra en que aliado con dos potencias formidables, atacó a un pueblo débil, al pueblo del Paraguay”, no la vemos por forzada y por distante de toda razón lógica.

“Donde no hay dolo no hay delito, y seguros como estamos de que el jefe del Ejecutivo no tuvo la idea de ofender a una nación amiga, esperamos de la sensatez y cultura del Gobierno argentino, que sabrá reducir el caso a las modestas proporciones de un lapsus linguae, o de un error histórico a que nos tiene acostumbrados nuestro apreciable orador democrático en los inevitables desbordamientos de su palabra rebelde y poco castiza.”

79 “Este es el principal mérito de la campaña de Manuel Ugarte, dejar vibrante un anhelo ante la posible irrupción de un mal. Ha vislumbrado la amenaza en el horizonte, y antes de que se produzca la tempestad y caiga el daño, sale armado caballero, dice su profesión de fe y procura reanimar a los desalentados y ennoblecer a los Sanchos.” — La Crónica, febrero 21 de 1913.

“Oyendo a Ugarte nos sentimos más americanos, más latinos y más dueños de nuestra propia fortaleza. La palabra del propagandista suscita admiración y afecto, que en nosotros han de ser duraderos.” — La Prensa, 21 de febrero de 1913.

“Hubo soñadores e idealistas que más allá de la horda y de las tribus concibieron las ciudades, y más allá de las ciudades, las provincias, y más allá de las provincias, las naciones, y más allá de las naciones, esas grandes confederaciones que originan las grandes naciones portaestandartes del progreso en el mundo civilizado. Todos esos triunfos del ideal se realizaron por medio de la unión. Esa es la que nosotros procuraremos, para hacer efectivo nuestro nombre. Esa es la que Manuel Ugarte, en su gira por América, viene recomendando.” — Editorial de La Unión, 23 de febrero de 1913.

80 La Patria Grande (obra en prensa).

81 Buenos Aires, marzo 7 de 1913. – 10,58 p. m. Manuel Ugarte, Lima. Nombre Comité, particípole designación candidato senador elecciones 30 de marzo; necesario su presencia en ésta para asegurar éxito. – Mario Bravo.

Mario Bravo, Buenos Aires. Imposible aceptar candidatura. No llegaré a Buenos Aires hasta mayo. Agradezco honroso recuerdo compañeros.- Manuel Ugarte.

Buenos Aires, marzo 8 de 1913. – 10,51 p. m. Manuel Ugarte, Lima. Recibimos telegrama. Asamblea eligióle. Pedímosle aceptar designación. Siendo posible conviene su presencia..Mario Bravo.

Mario Bravo, Buenos Aires. Lamento imposibilidad interrumpir viaje, impídeme aceptar candidatura. Después Buenos Aires seguiré Uruguay, Brasil, Paraguay. De corazón con ustedes.- Manuel Ugarte.

82 “Terminó la conferencia en una ovación atronadora, impresionada de un entusiasmo desbordante. El público de pie no se movía de sus asientos, y Ugarte salió varias veces a agradecer visiblemente emocionado.” — (La Crónica, 5 de marzo 1913).

“Cuando el señor Ugarte hubo terminado su brillante disertación, retumbaba en el recinto de nuestro coliseo el eco de una portentosa ovación, entablándose en ese momento casi una verdadera lucha entre los concurrentes, que se esforzaban por ser los primeros en abrazarle y felicitarle.”—(La Acción Popular, 4 de marzo 1913.)

“Ante un público numerosísimo que se acercaba a cuatro mil personas, dejó escuchar su palabra de alarma y de esperanza el ilustre conferencista argentino. La platea, palcos y galerías del teatro Municipal, estaban ocupados por catedráticos de la Universidad, distinguidas personalidades de nuestros Círculos sociales e intelectuales, alumnos universitarios, etcétera.”— (El Comercio, 4 de marzo 1913.)

“Insinuada por el poeta Gálvez, la idea de acompañarlo hasta su domicilio, todos pidieron que el recorrido se efectuara a pie. Fue para el propagandista, camino de triunfo, renovación constante de sin par efecto. Las manifestaciones se repetían, acreciendo el entusiasmo a tal punto que, a pesar de lo avanzado de la hora, muchas familias que habitan en el barrio de la Unión salieron a los balcones a presenciar la intensa y sincera manifestación de simpatía que en pocos instantes había despertado Ugarte con la virilidad de su palabra.”— (La Prensa, 4 de marzo 1913.)

83 Este discurso, tomado de la versión taquigráfica que publicó La Prensa, de Lima, figura en mi libro Mi campaña hispanoamericana. — (EDITORIAL CERVANTES, Barcelona.)

84 Señor director de El Grito del Pueblo Ecuatoriano, Guayaquil. Acabo de leer el editorial que publicó El Grito del Pueblo, el 16 de marzo, y aunque debo seguir viaje dentro de unas horas, trazo precipitadamente estas líneas.

Durante mi gira no me ha sido posible rectificar la mayor parte de las interpretaciones erróneas a que han dado lugar las conferencias; pero tratándose de un periódico de la importancia de El Grito del Pueblo, y de un país que está tan cerca de mi corazón, quiera desvanecer esta vez el malentendido que asoma en algunos párrafos del artículo citado.

La información telegráfica que han recibido ustedes, ha estado lejos de reflejar mis palabras y mis pensamientos. Yo no he dejado entender jamás que el Perú deba ó pueda intervenir en los asuntos ecuatorianos, ni oponerse en ninguna forma a lo que el Ecuador resuelva en pleno goce de su autonomía. Toda la propaganda que vengo haciendo es de concordia y de acercamiento, de reacción contra la mala política de disgregación que nos libra a la influencia extranjera. Lo que yo he dicho es que, en el caso de que una nación extraña a nuestro conjunto quisiera apoderarse de Galápagos contra la voluntad de la opinión ecuatoriana, todos tenemos que protestar en la América Latina, añadiendo que, a pesar de las divergencias momentáneas, el Perú debe unir, llegado el caso, su voz a la de las demás repúblicas, porque el asunto nos interesa fundamentalmente a todos.

El carácter general de mi propaganda y el respeto que tengo por la dignidad de cada una de nuestras naciones, me impide aconsejar actos que puedan molestar en cualquier forma las más legítimas susceptibilidades. Lo que yo deseo es que preservemos en conjunto nuestros territorios, y para ello es necesario vencer, ante todo, la indiferencia: lo que hiere a una de nuestras repúblicas, nos hiere a todos. – Manuel Ugarte.

85 Su Excelencia doctor Eliodoro Villazón, presidente de Bolivia, La Paz. Antes de emprender viaje con rumbo a esa noble y generosa república hermana, me es grato enviar al jefe de la Nación la expresión sincera de mi más alto respeto y simpatía. — Manuel Ugarte.

La Paz, marzo 15,45 p. m. Vía Eastern. Manuel Ugarte, Lima. Recibí con agrado su telegrama por el que me anuncia su venida a esta ciudad. Muy agradecido a esta atención y salutaciones, correspondo deseándole todo género de felicidades en el curso de su viaje. — Villazón.

86 “Ugarte combate el imperialismo yanqui, y al combatir tal tendencia peligrosa para las naciones jóvenes, no hace otra cosa que provocar la unión de las naciones sudamericanas para detener esa ola amenazadora.” — (El Comercio, 2 de abril 1913.)

“Desde hace mucho tiempo esperaba ansiosa la juventud intelectual la llegada de la culminante figura americana que representa la persona de don Manuel Ugarte, para las jóvenes repúblicas latinas.”— (El Diario, 2 abril 1913.)

“Resumiendo así el significado de la propaganda de Ugarte, escuchemos su palabra con veneración, porque nos habla en nombre de nuestros propios intereses, que son solidarios para todos los países latinoamericanos”— (La Tarde, de La Paz, 2 de abril 1913.)

“Campeón de una raza, personero de veinte naciones, es, desde ayer, huésped de la nuestra.”— (El Ferrocarril, de Cochabamba, 3 de abril.)

87 El Norte, de La Paz, 7 de abril 1913.

88 El Diario, de La Paz, 6 de abril 1913.

89 A propósito de las frases vertidas por un diplomático extranjero en un discurso, creímos oportuno ir a ver a Manuel Ugarte. El escritor argentino nos recibió amablemente.

“—No ha dejado de sorprenderme —nos dijo— el extraño olvido de las conveniencias que ha dado lugar a las palabras descorteses y agresivas de que usted me habla; pero yo, por mi situación, tengo que ser más reservado y parsimonioso. Además, nuestra cortesía latina nos impide levantar la voz en la casa ajena. Lo que cabe comprobar una vez más, es la diferencia que existe entre ciertos pueblos y nosotros. Podremos estar atrasados materialmente; pero moralmente, desde el punto de vista de la educación y el tino, seguimos a la cabeza. Y desde el punto de vista del buen humor también, porque tenemos una sonrisa para cada resbalón.”— (El Diario, de la Paz, 9 de abril de 1913.)

90 “Habíase difundido por toda la ciudad el anhelo de escuchar la conferencia del apóstol de los latinoamericanos, y al levantarse anoche las cortinas que cubrían el escenario del teatro Municipal, una ovación saludó la presencia del pensador argentino.”— (El Diario, 10 de abril 1913.)

“A la salida del teatro continuó el público aclamando a Ugarte, y lanzando vivas a Bolivia y a la Unión Americana, lo acompañó hasta su alojamiento del Gran Hotel.”— (El Norte, de La Paz, 10 de abril 1913.)

“Al terminar las frases anteriores, el auditorio se puso delirante e incontenible en sus ovaciones, produciéndose una verdadera confusión.” — (La Tarde, de La Paz, 10 abril 19130

“La propaganda de Ugarte es sana y bien intencionada. No se inspira en odios inconscientes de raza, ni en sentimentalismos platónicos. Palpita en la realidad de los hechos y significa la voz de alarma a pueblos indolentes y desprevenidos”— (La Verdad-, de La Paz, 10 de abril 1913.)

91 “Hay que enmendar los errores cometidos con respecto a Ugarte, estableciendo que hubo calumnia o mala información cuando se dijo que se había expresado malamente de nuestra patria.”—- (La Prensa Ilustrada, de Antofagasta, 16 de abril 1913.)

92 “Hablar de un justo arreglo entre Chile y el Perú, como fue todo lo que dijo Manuel Ugarte en la vieja ciudad de los virreyes, no es para escandalizar a nadie y podría repetirse lo mismo en la capital trazada por don Pedro de Valdivia.”— (Editorial de El Chileno, de Valparaíso, 30 de abril.)

93 El Día, de Valparaíso, 23 de abril 1913. El Mercurio, de Valparaíso, 29 de abril 1913

94 Santiago, 25 abril. Estudiantes tienen confianza en su misión simpática de confraternidad. Ruégole comunicarnos día viene a Santiago. — Alejandro Quesada, presidente Federación.

Santiago, 24 abril. Bienvenido sea el poeta que lucha por la unión de nuestra América Latina. — Samuel A. Lillo.

Santiago, 22 abril. La Razón, salúdalo, pónese incondicionalmente a su disposición. — Director, Carlos Rivera.

Iquique, 18 abril. Socialistas Tarapacá felicítanle, lamentando no haberle escuchado. – Recabarren.

Iquique, 17 abril. Anoche, nombrado por mí en conferencia, público aclamó su nombre. Compláceme interpretar sentimientos simpatía a su persona e ideales. — Víctor Domingo Silva.

95 “Revélase este distinguido americanista, si no tan grande como el proyecto que sustenta, por ser un tanto utópico, al menos digno de patrocinarlo con su tenacidad, convencimiento, entusiasmo y criterio para buscar los rumbos convenientes a su consecución.”— (La Unión, de Santiago de Chile, 7 de mayo 1913.)

“El hombre, no se deja tentar por los halagos de la fortuna; el ciudadano, declina todos los honores cívicos que le han ofrecido sus compatriotas, y el intelectual, prefiere ir de pueblo en pueblo cantando como aquellos legendarios trovadores y poniendo en las notas de su discurso el sabor arcaico pero humano del hidalgo caballero de la Mancha.”— (El Diario Ilustrado, de Santiago, 6 de mayo 1913.)

“Ugarte, apóstol de la más hermosa de las causas, es comparable a los grandes hombres que tuvieron un ideal de sudamericanismo. Su patriotismo, es indiscutible; su ideal, sagrado; su obra, inmensa.”— (La Mañana, de Santiago, 30 de abril 1913.)

96 Santiago, 18 de mayo 1913. Federación Universitaria, Buenos Aires. Estudiantes chilenos tributan homenaje simpatías confraternidad latinoamericana persona Manuel Ugarte, saludando fraternalmente compañeros argentinos. — Alejandro Quesada, presidente Federación.

97 “Imposible nos sería seguir al señor Ugarte en su brillante conferencia. Los aplausos llovían sobre el orador, quien era interrumpido a la terminación de cada período.”— (El Diario Ilustrado, de Santiago, 20 de mayo 1913.)

“Terminada la conferencia, todos los estudiantes y la mayoría de los asistentes lo acompañaron hasta el hotel, donde se vio obligado a hacer uso de la palabra en plena calle, porque se le impidió usar de los balcones del establecimiento, cuya puerta principal aparecía custodiada por la Policía.”— (El Mercurio, de Santiago, 20 de mayo 1913.)

“Desde mucho antes de que el señor Ugarte llegara al teatro, la sala del Municipal se veía desbordante de un público distinguido que nerviosamente aguardaba.”— (La Mañana, de Santiago, 20 de mayo 1913.)

“Al terminar, la muchedumbre, de pie, lo aclamó cariñosamente y lo esperó a su salida para acompañarlo hasta el hotel. Aquí el señor Ugarte no pudo hablar desde los balcones y bajó a la calle, donde fue elevado en hombros, y desde esa tribuna pronunció enérgicas frases que le valieran delirantes manifestaciones.”— (La Razón, de Santiago, 20 de mayo 1913.)

CAPÍTULO VIII

LA PRIMACÍA EN EL SUR DEL ATLÁNTICO

La atracción de los grandes puertos. Errores de la política argentina. Divergencias con el partido socialista. Peligros y ventajas de la inmigración. Características uruguayas. El aislamiento del paraguay. La diplomacia del Brasil y el dominio del mar.

Siempre hubo en nuestra América una lucha ruda entre los hombres de gobierno y los ideólogos, entre los que perseguían ante todo la estabilidad y los que, más inclinados a defender teorías, colocaban por encima de la paz sus concepciones. Dentro de esta tendencia general, la anarquía de los pueblos del sur del Atlántico, hoy repúblicas ordenadas y florecientes, giró en su tiempo de una manera nebulosa alrededor de la pugna entre el empuje autoritario de las capitales y el lirismo de regiones que se negaban a someterse, invocando argumentos que, aunque legítimos, estaban reñidos con la realidad de las circunstancias. Ambos bandos tenían razón. Los grandes centros estaban al habla con Europa y comprendían los riesgos de una agitación prolongada. Los Estados del interior habían alcanzado conciencia de su destino y deseaban moderar la influencia de la oligarquía costera. Las dos corrientes llenaban una función útil. La provinciana, al reivindicar derechos. La marítima, al mantener encendido en tiempos tan difíciles y en tan remotas latitudes un faro de cultura y de civilización. Estos antecedentes explican en nuestros días ciertos fenómenos que tendrán que ser resueltos por los antecedentes mismos.

En todas las épocas, el punto de partida para el auge y el progreso de los pueblos ha sido un reducido núcleo, una ciudad más afortunada o más audaz, que ha encabezado la ascensión de las fuerzas colectivas. La civilización, como el fuego, empieza a arder en un foco, que después se propaga. Así surgieron las grandes urbes del sur del Atlántico, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, cuya grandeza creadora debía acabar por ser la expresión y la síntesis de las regiones enormes cuyo desarrollo presiden. La ventaja de las capitales marítimas sobre las capitales interiores en naciones cuya actividad esencial es la exportación de los productos del suelo, no necesita ser subrayada. Las capitales interiores son el resorte centralizador de los pueblos que se bastan a sí mismos. Pero en regiones que envían al extranjero sus materias primas y del extranjero reciben los productos manufacturados, el organismo regulador, para que sea realmente eficaz, tiene que estar en la costa, evitando el contrasentido de un puerto floreciente y una capital parasitaria. Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro representan esa concepción. Lo que no se ajustaría a la lógica sería la rivalidad entre estos grandes focos de progreso. Si alguna vez ha existido, nace de la imaginación y del amor propio más que de verdaderos intereses en lucha. No existe oposición entre la grandeza de los diferentes centros, en la etapa por la cual atraviesan hoy nuestras repúblicas, y es aventurarse demasiado lejos suponer que puedan llegar a ser unos obstáculos para los otros.

Es en este sentido que pude comprobar en toda la América latina una simpatía ardiente, una voluntad tendida hacia el extremo sur triunfante y próspero. Pero al mismo tiempo que esta impresión, surgía la susceptibilidad lastimada por el olvido. Debido a la preeminencia histórica del gran puerto, en la Argentina ha predominado siempre la concepción bonaerense sobre el ideal continental. No cabe duda de que es más aparente que real el egoísmo y el orgullo de que se nos acusa en el resto de la América. Pero también es cierto que el distanciamiento prolongado y ciertos juicios imprudentes sobre las repúblicas lejanas difundidos con destreza por los que cultivan susceptibilidades, justifican un estado de espíritu en el cual el cariño instintivo se halla velado por el resentimiento. En el curso del viaje tuve que luchar a menudo contra este ambiente, agravado por las inútiles querellas alrededor de Bolívar y de San Martín.

Así como no he concebido este libro para adular a los Gobiernos, sino para censurarlos cuando es menester, tampoco lo escribo para lisonjear a los pueblos, sino para decir en un momento difícil para nuestra América lo que, a mi juicio, entiendo que es la verdad. Si he tenido la energía necesaria para ir a los Estados Unidos a hablar contra la opinión dominante, con mayor razón he de tenerla para señalar en mi propia patria las corrientes que me parecen nocivas. Los Gobiernos de la Argentina han descuidado su misión superior al empequeñecer los ideales de 1810, el recluirse en tendencias puramente locales, al negarse a desempeñar en el Continente el papel general a que les invita un destino. Sin disminuir su amistad hacia ningún pueblo y sin comprometer en ninguna forma su estabilidad, nuestro país pudo tender las manos abiertas hacia el Norte para insinuar a los que nacieron de la misma revolución que si otros siembran inquietudes, porque su símbolo está en las estrellas de la noche, nosotros cultivamos la fraternidad, porque nuestra enseña es el sol. Esto no implica aconsejar acciones insensatas. La prudencia en política consiste, muchas veces, no en provocar los acontecimientos, sino en encauzarlos; no en moverse, sino en sacar partido de los movimientos de los demás. Y en este sentido, la acción del imperialismo nos ha ofrecido oportunidades abundantes para exteriorizar en América, dentro de todos los respetos y todas las equidistancias, un punto de vista serenamente solidario, haciendo de esa actitud un punto de apoyo para las evoluciones dentro de la política universal.

Lejos de obedecer a esta inclinación lógica, la Argentina ha desarrollado en la América latina una política fronteriza, inclinada en ciertos casos a discutir con Chile, orientada en otros a prolongar una absurda rivalidad con el Brasil, y atenta en todo momento a debatir límites con Bolivia o a disputar sobre jurisdicciones con el Uruguay, desgastándose en acciones secundarias que, tuviera o no razón, debían restarle prestigio en el trato con los Estados Unidos y con Europa. Al proceder así se ha olvidado que en la acción diplomática, como en la acción militar, existen fatalidades estratégicas. Una posición puede tener influencia decisiva para la defensa de otra. Una hostilidad o una abstención determinan graves perjuicios. Dos grandes corrientes de agua regulan la vida americana en la vertiente del Atlántico. El Amazonas, que por sus afluentes viene desde Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Y el Río de la Plata, por donde sale al mar la riqueza de la Argentina, el Uruguay y el Paraguay. Una de las primeras condiciones para la vitalidad común, consiste en que estas vías de comunicación sean dominadas y controladas de una manera absoluta por los pueblos que en ella bañan sus costas, sin exclusión ni ventaja; pero con la garantía vital de que ninguno de ellos, en ningún momento, favorecerá directa o indirectamente los movimientos de potencias marítimas ajenas a ese conjunto. Al suprimir de una manera definitiva toda hipótesis de que un extraño pueda encontrar jamás coyuntura propicia que le permita irradiar su influencia en esa zona, las tres repúblicas habrán ganado la mejor de las batallas. Y esta seguridad en el porvenir, favorable al igual para una de ellas y para todas, sólo ha de alcanzarse con ayuda de una política fraternal.

No diré que la política argentina se hallaba orientada en 1913 en un sentido contrario a los ideales que inspiraron mi gira. Pero no cabe duda de que el viaje fue desautorizado por el Gobierno de la manera más rotunda. Si no bastara para establecerlo la actitud de los representantes oficiales en los diversos países por donde pasé y la ignorancia en que se mantuvo a la opinión sobre su desarrollo, recordaré la negativa que opuso el presidente a mi pedido de audiencia. El doctor Sáenz Peña había defendido en su juventud una tesis contraria al panamericanismo con ayuda de la fórmula conocida; “América para la Humanidad”. Antes de ocupar la Presidencia me había manifestado en diversas ocasiones su simpatía, a propósito de mis libros. Su patriotismo no admite la sombra de una duda. No existían, pues, convicciones, flaquezas, ni motivos personales que le impidieran acordar al compatriota que volvía a la tierra natal después de haber hecho aclamar la bandera argentina de Norte a Sur del Continente, los diez minutos de conversación que se conceden a cuantos lo solicitan. Para que tomase una resolución que no rimaba con su carácter cortés, ni con la estimación de que me dio prueba dos años antes en París, debieron pesar causas mayores, derivadas de las reclamaciones constantes a que dio lugar la gira por parte del Gobierno norteamericano.

El Ministerio de Relaciones Exteriores había sido ocupado por hombres distinguidos, dignos de todo respeto, pero apegados a la concepción localista y poco dispuestos por su propia ponderación para concebir acciones vastas o admitir horizontes nuevos. Se caracterizan los diplomáticos noveles por la reserva excesiva. Los veteranos encuentran manera de ser discretos en la sonriente despreocupación. Invocando la amistad unilateral “que nos ha ligado siempre a los Estados Unidos”, amistad en la cual, como todo no puede ser parejo, nosotros hemos puesto la devoción y aquel país ha recogido los beneficios, consideraron como un peligroso desacato mi actitud y me cerraron el paso hasta en las incidencias más íntimas, llegando hasta el extremo de hacer indicaciones desusadas a un ministro hispanoamericano que se permitió invitarme a un banquete oficial. No entraba en ello hostilidad contra el “soñador” sin “preparación política” que “ignoraba los problemas americanos”.

Personalmente fueron deferentes y correctos; pero por convicción o por táctica, quedó establecido que yo debía ser puesto al margen de todo acto gubernativo o internacional, como si mi simple presencia en una reunión o las letras del nombre en una lista pudiera ser causa de peligrosas complicaciones. No era el boicot precisamente —el boicot vino más tarde, utilizando la oportunidad de la guerra—, pero sí el alejamiento comunicativo que se difunde suavemente, en círculos silenciosos, hasta convertirse en la inmovilidad del vacío.

La sugestión de los Estados Unidos se ejerce en dos formas sobre la América Latina: la primera es el acatamiento que lleva a la sumisión, la segunda es la prudencia que se traduce en inmovilidad.

Contrariando las direcciones de los dos grandes internacionalistas que ha tenido, los doctores Calvo y Drago, la Argentina no quería oír hablar de más problemas americanos que los que rozan sus fronteras, y toda prédica contraria a esta concepción era considerada como imprudente y nociva. Desde el punto de vista continental, la gira había sido un empuje hacia la conciliación y el enlace de nuestras nacionalidades en vista de una acción superior de preservación común. Desde el punto de vista nacional, no podía haber resultado más favorable para el prestigio argentino, puesto que por la primera vez nuestra bandera había sido aclamada hasta en el extremo Norte, por pueblos que apenas nos conocían antes. Pero, por sobre estas consideraciones, primaba en las esferas oficiales el desagrado de que labios argentinos hubieran puesto en evidencia una acción imperialista que nadie tenía empeño en advertir, aunque todos comprobaran sus efectos, una acción imperialista que, según el criterio dominante, no podía perjudicarnos, puesto que no había llegado a nuestras fronteras. Es, contra esta manera de ver, sostenida por las fuerzas que dirigen las corrientes nacionales, que tuvo que resistir un hombre solo.

La opinión pública fue, sin embargo, favorable a la campaña, especialmente la juventud universitaria, que, sabedora de las dificultades, organizó una conferencia 98 y me acompañó con entusiasmo en la acción que traté de desarrollar.

Hubiera sido mi deseo que el Partido Socialista de la Argentina, al que me adherí hace varios años y del cual fui representante en los Congresos Internacionales de Amsterdam y de Stuttgart, así como en el Comité Permanente de Bruselas, se hubiese presentado en el orden de la política exterior de América, sin salir de sus teorías y de sus principios generales, como una gran fuerza de justicia inmediata, como un corazón tendido hacia los débiles.

Resulta grave error partir de la política para hacer la nacionalidad: siempre será más lógico basarse en la nacionalidad para hacer la política. Por encima de las ideas generales, que pueden ser inoportunas en su aplicación momentánea, están las necesidades momentáneas, base y origen de las ideas generales. Este era, por lo menos, el criterio oportunista que yo había defendido en Europa, apoyando la tesis de Jaurés en los diversos debates a que dio lugar la primera entrada del señor Millerand a un Ministerio. En lo que se refiere a nuestra América, entendía que, congregados alrededor de una aspiración de equidad, los partidos populares debían defenderla, no sólo dentro de las fronteras, en lo que toca a la organización interior, sino en su faz más vasta, en lo que se refiere a la política en el mundo.

No quiero recordar, si no es para lamentarlo, el debate que me separó de la agrupación casi a raíz de mi llegada a la Argentina 99. A pesar de las heridas recibidas, no queda en mi espíritu una sombra de animosidad contra los dirigentes o contra el grupo cuyas orientaciones he defendido durante más de quince años y cuya aspiración popular y democrática no ha cesado de ser la mía. El porvenir se encargará de restablecer la verdad. Puestos de lado los apasionamientos, la divergencia queda reducida a trazos muy simples. Cierta apreciación formulada por el diario oficial del Partido con motivo del aniversario nacional de Colombia, dio lugar a una rectificación 100 y alrededor de ésta a una polémica sobre la idea de patria. La inspiración que me había llevado a recorrer el Continente, encerraba desde luego una vigorosa tendencia nacionalista; pero no en el sentido de expansión, sino en el sentido de defensa. La preocupación latinoamericana no era, a mí juicio, inconciliable con las nuevas doctrinas y los principios democráticos. Residía más bien la oposición en los procedimientos. Mientras yo tendía a ajustar las ideas generales sobre el relieve de las necesidades nuestras, mis contradictores se inclinaban a hacer entrar las necesidades nuestras en el molde de las ideas generales. No hubiera existido desacuerdo, haciendo la parte de la acción de la política interior sobre la política internacional, y de la política internacional sobre la política interior. Por causas hijas unas del estado social del Continente y derivadas otras de su situación ante el mundo, el socialismo no podrá trasponer en mucho tiempo entre nosotros la etapa de las reformas, y aun ciñéndose al criterio marxista, en ninguna de las reformas posibles cabe ver el más leve obstáculo para el mantenimiento de la autonomía colectiva. Antes bien, siempre que la teoría y los principios eviten chocar contra necesidades vitales emanadas del medio, el vigor nacional redundará en beneficio de la democracia, como el progreso social concurrirá a fortificar los músculos nacionales.

Al erguirse ante el imperialismo y al contrarrestar la acción de las oligarquías conquistadoras, el socialismo no sacrificaba principio alguno. Otra faz de la disidencia nacía de mi opinión a toda sombra que pudiera disminuir el porvenir de la patria, y de mi convicción de que, nacionalizado el socialismo, éste debía extenderse de la capital a las provincias, dejando de ser una minoría en las Cámaras, para cobrar volumen y llegar hasta el poder.

Acaso la evolución mundial ha confirmado después algunas inducciones. No es el momento de dilucidar un tema que fue expuesto oportunamente en una carta pública 101. En estas páginas, escritas en su retiro por un hombre que no desea volver a tener actuación en la política interna de su país, sólo caben las observaciones que se refieren a la situación general de nuestra América y a su destino dentro de la política del Continente.

Una de las causas del despego con que algunos hablan de la nacionalidad, es la falta casi general de raíces en un medio cosmopolita. España no llevó a América un espíritu innovador, un genio flexible capaz de adaptarse a nuevos horizontes o a nuevas necesidades para hacer brotar de ellas otra vida. Llevó su costumbre, su tradición, sus formas hechas, y las aplicó con tan cerrada certidumbre que en regiones frías, a causa de la latitud o la altura, edificó viviendas como en Alicante o en Málaga; en zonas donde toda la riqueza emanaba de los campos, desarrolló la actividad urbana en detrimento de la rural, y en medio de la lucha contra la falta de comunicaciones, conservó hasta los trajes incómodos y cuanto constituía impedimenta. De aquí que a raíz de la transformación realizada por elementos venidos de los cuatro puntos cardinales, haya empalidecido el culto a los orígenes. Copiosas inmigraciones absorbidas en forma incompleta, han diluido después el naciente sentimiento nacional. De ellas deriva en gran parte el progreso que se difunde, y nada puede estar más lejos de nuestro espíritu que elevarnos aunque sea indirectamente contra tan fecunda irrupción de fuerza y de vitalidad. Cuanto más copioso sea el aporte, cuanto más densa y más franca sea la marea anual, mayores serán los factores de victoria en el empuje hacia la elevación colectiva. Pero la inmigración es un alimento susceptible de ser trabajado según la capacidad del estómago que le absorbe. Hay materias de asimilación inmediata, lenta o difícil, según los casos, y el organismo debe dosificar la cantidad y carácter de lo que ha de ser transformado por él. En los Estados Unidos se establece anualmente el número de súbditos de cada nación que pueden entrar al país, teniendo en cuenta la cifra de los ingresados anteriormente, el parentesco con el núcleo inicial y las condiciones especiales en lo que se refiere a la facilidad de refundición. En la Argentina, el fenómeno de la inmigración, que es acaso el más importante de su vida independiente, sólo ha sido regulado hasta ahora por la casualidad. La ley de naturalización, basada como la mayoría de nuestras leyes en ideologías, exige idénticas facilidades a todos los que llegan, sancionando el contrasentido de que elementos que coinciden con la nacionalidad como los uruguayos, sean considerados en la misma forma y puestos al mismo nivel que los elementos divergentes como los chinos. En medio de esta falta de previsión y de métodos experimentales, se opera en la Argentina una conjunción de pueblos que ha levantado ya una ciudad fastuosa y ha elevado hacia el progreso a vastísimas regiones, asombrando al mundo por la rapidez de la improvisación; pero que en medio del auge y la riqueza, no ha logrado crear aún un cuerpo congruente y una gran finalidad colectiva.

Además de su valor como agentes de progreso, la inmigración europea tiene para toda la América Latina el mérito especial de no traer ninguna idea de predominio. Los mismos técnicos contratados por los Gobiernos para funciones difíciles, se atienen a la tarea que realizan sin perseguir otros objetivos. El Perú ha sido organizado militarmente por oficiales franceses, Chile evolucionó bajo la influencia de jefes alemanes. La Argentina ha pedido a diversas naciones educadores, hombres de ciencia, conferencistas. Pero la influencia no ha ido nunca más allá del límite marcado. Es lo que establece la diferencia entre la acción europea, que respeta la soberanía, y la acción del imperialismo norteamericano, que esgrime la expansión comercial o mental como arma política.

Sin embargo, esta inmigración que nos favorece, no ha sido aún administrada en forma que le haga dejar en el país todos los beneficios. España, Italia y otras naciones han enviado por millares los hombres animosos dispuestos a trabajar; y en cierto modo se halla justificada la teoría, según la cual, ese éxodo constituye un desangramiento. Aunque si hacemos el recuento de las cuantiosas sumas enviadas anualmente al país de origen por los emigrados, comprendemos que ese perjuicio se atenúa considerablemente por el ingreso de capitales. Y no cabe duda de que convendría considerar alguna vez el resultado de esta constante filtración, que, sumada a la que ocasiona el ir y volver de la inmigración golondrina, y a la que nace de la emigración enriquecida en nuestro suelo, que va a gastar fuera del país el producto de su fortuna, hace que una parte del florecimiento sea ficticio a causa del éxodo sistemático de salarios, rentas o capitales.

Pero lo esencial es el mantenimiento de una dirección cultural, el desarrollo de un genio propio, de una personalidad dentro de la cual se fundan los elementos nuevos. Y esto sólo lo hemos de lograr poniendo en evidencia, cada vez con más fervor, los antecedentes y las raíces. Yo no creo en el esplendor final, en el triunfo completo, de una nacionalidad argentina desligada de las naciones hermanas de América y desinteresada de la suerte de las naciones afines. Por grande que sea el progreso, faltará el volumen en el presente y en el pasado la profundidad. La fuerza, el porvenir y la victoria, dependen, por el contrario, de un franco enlace y colaboración de la América renovada del extremo Sur con la América autóctona del Norte, y en esa vasta concepción tendrá que inspirarse, a mi juicio, nuestra política de mañana.

El estupendo empuje de la nacionalidad victoriosa debe ser afirmado sobre bases sólidamente argentinas y ampliamente continentales, tomando como modelo los sistemas que rigen en los Estados Unidos. Porque aquí cabe disociar, en el mismo concepto, dos ideas. Conviene que nuestros países se preserven de cuanto importe fiscalización o preeminencia, oponiendo su actividad y su vigilancia a todas las maniobras imperialistas; pero hasta para realizar ese propósito es indispensable adaptar a nuestra vida las orientaciones generadoras de la grandeza que al mismo tiempo admiramos y tememos.

No en lo que se refiere a las formas exteriores, sino a la esencia y a la virtud de las cosas. Hubo un tiempo en que se creyó que bastaba para adquirir cualidades anglosajonas en la ciencia militar con adoptar el uniforme del ejército en boga. Nuestro aprendizaje no ha de ser imitación. Pongamos en todos los movimientos la marca personal, pero observemos los resplandores más recientes para poder contrarrestar, dentro de la esgrima de los pueblos, las sutilezas inevitables. Los japoneses se asimilaron en cuatro décadas todo el progreso occidental; no para colocarse a la zaga de otras naciones, sino precisamente para competir con ellas, para evitar la sujeción, para defender la personalidad. Este ejemplo, que nunca recordaremos bastante, puede llevarnos a preparar capacidades en los diversos órdenes y a empujar con manos propias las palancas de la vida del país. Un viejo precepto de economía social dice: “Si teniendo un comercio, acepto que otro se instale en mi despacho, recoja los beneficios y mande como dueño, ¿qué me importa que la empresa prospere y triunfe, puesto que ya no es mío?” Bancos, seguros, ferrocarriles, frigoríficos, empresas de todo orden, deben ser movidas al fin por nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia y nuestro capital, para que podamos un día enorgullecemos, sin reticencia alguna, del florecimiento del país.

Lo que ha determinado el sometimiento general de nuestra América, ha sido la inclinación a hostilizar a cuantos han querido realizar cosas nuevas. El fracaso de muchas iniciativas, ha acabado por crear en la vida política y económica generaciones de espectadores irónicos que esperan de la rutina, de la suerte o de la inmovilidad, el triunfo que no les daría la acción. Así se han encumbrado a menudo hasta los más altos cargos los que más sobriamente pensaron o hicieron menos. Así se han realizado fortunas cuantiosas, dejando que se valoricen con el tiempo y el trabajo de los demás, los vastos latifundios. Una de las particularidades que más sorprenden a los observadores extranjeros, es que en nuestras tierras no surgen inventos, modificaciones a lo existente, industrias diferentes, vida propia y aporte inédito a la efervescencia mundial. El progreso es siempre trasladado de lo que existe. No palpita como en los pueblos anglosajones ese espíritu siempre despierto para la creación que renueva constantemente la vida en todos los órdenes, haciendo que cada oficio, conocimiento o actividad, se halle en marcha perpetua hacia un ideal de progreso infinito y de incesante evolución. La Argentina ha reaccionado vigorosamente en este sentido; pero sólo acentuando la dirección, opuesta a toda inmovilidad y a todo adormecimiento, logrará realizar plenamente su grandioso porvenir.

Pero ese porvenir, que sería para nosotros una fuente de energía, si no resultase desde hoy una comprobación de realidades, esa prodigiosa elevación nacional que abre campo a las más atrevidas esperanzas y nos llena a todos de legítimo orgullo, no podrá lograrse en toda su plenitud si, guiados por prudencias excesivas o por imperdonables vanidades, nos aislamos del conjunto geográfico y moral del cual somos solidarios. Una nación de ocho millones de habitantes, sin desarrollo industrial, con territorios vastísimos y deudas cuantiosas, no presenta una fuerza suficiente para poder desarrollarse y mantenerse en el mundo sin enlazar su acción con la de los pueblos afines.

Y es este acaso el punto que con más urgencia conviene rectificar dentro de la política argentina. Tendremos que evolucionar de acuerdo, no sólo con las repúblicas limítrofes, sino con el ambiente espiritual de toda la América latina; y lejos de importar esto un sacrificio, constituye el beneficio más grande que se pueda ofrecer a la fortuna de un pueblo.

La figura de San Martín, tan grande como la de Bolívar, si en la balanza de los valores cotizamos la generosidad y el renunciamiento, domina todo el horizonte argentino, y por encima de los Andes, los antecedentes nacionales de Chile y del Perú, rememorando en medio de la dispersión los puntos de partida comunes. Una estatua y una tumba en la Catedral, perpetúan el recuerdo. Y alrededor de esa inspiración se agiganta en la juventud el culto de un pasado glorioso, que evoca dolorosas injusticias y tardías consagraciones. Parco en declaraciones y en confidencias, San Martín es grande, sobre todo, por su silencio. Desde la expatriación, contempla el mar donde se hundieron sus esperanzas, y espera resignado la muerte. Pocos ejemplos de energía y de patriotismo se pueden parangonar al de este capitán victorioso que renuncia hasta a la difusión de su gloria en aras de austeros principios y heroicas abnegaciones. Pero pocos ejemplos habrá también de tan ciega confianza en el porvenir. Porque hay sacrificios que sólo son posibles cuando existe la fe en la resurrección de un ideal.

Continuando la gira, me embarqué para el Uruguay. Al atravesar en pocas horas el río de la Plata, de una costa a otra, y al pasar de la capital de un estado a la capital de otro estado sin transición de lengua, paisaje o costumbres, se comprueba una vez más el artificio de nuestras divisiones, basadas en incidencias de guerra civil. Las divergencias de punto de vista y los antagonismos personales que determinaron después de la Independencia la desmembración de un virreinato, han dado lugar a que dos banderas diferentes se reflejen en las mismas aguas; pero no han podido fundamentar en hechos, en modalidades de vida, en características tangibles, una diferenciación inexistente. Es tan difícil advertir la variante entre un uruguayo y un argentino, que aún después de largo trato y conocimiento resulta ardua tarea clasificarlos. Sólo ciertos modismos lo permiten. Porque a esto queda reducida la separación entre “orientales” y “porteños”. Las expresiones mismas son reveladoras de una significativa limitación de espíritu. Siendo “porteños” por definición los habitantes de todos los puertos, han de serlo igualmente los de Montevideo y Buenos Aires. Y en cuanto a la designación de “orientales”, la escasa diferencia de longitud entre las dos urbes no autoriza la apelación que evoca la que emplean los europeos cuando hablan de remotos pueblos asiáticos. Los tiempos en que se habló de “banda oriental” y de “porteñismo” se retratan en las mismas fórmulas empleadas, denunciado un ensimismamiento y una concepción estrechamente local que hoy resulta tan injustificada como inexplicable.

Montevideo es una gran ciudad sonriente, moderna y particularmente próspera, que retiene al viajero con la serenidad de su clima, la belleza de sus mujeres y el carácter noble y comunicativo de sus habitantes. Proporcionalmente a la población, resulta, quizá con Bogotá, la capital más intelectual de América. Y lo que sorprende en el Uruguay no es sólo la cultura de un núcleo dirigente. En muy pocas repúblicas está tan bien atendida y tan generalizada la instrucción pública. La extensión relativamente reducida del país ha favorecido una elevación simultánea, y como consecuencia de ella un ímpetu moderno y audaz que se refleja en costumbres, leyes e instituciones. Sobre la tumba de Artigas, deposité una corona, con la devoción más sincera, lejos del propósito oportunista de ganar las simpatías del país, nació el gesto de una convicción serena y del deseo de reaccionar como argentino contra errores caducos. La significación de Artigas, dentro del movimiento de la independencia, salva los límites de la república que fundó. Grave error sería seguirle considerando después de un siglo como simple caudillo disidente. Las instrucciones que dio a sus representantes ante la Asamblea Constituyente, revelan un ideal superior de hombre de estado. Reclamó la autonomía de su provincia dentro de una confederación aceptada como indispensable. En el amplio cuadro de la revolución que conmovía a las colonias españolas, desde México hasta el Sur, su actitud no desentona dentro del ritmo general. En este orden de ideas, no estoy lejos de compartir la opinión del historiador uruguayo don Hugo D. Barbagelata, que es, a mí entender, quien ha hecho el estudio más serio sobre esta gran figura negada, desconocida; pero, a pesar de todo, inconmovible. El mismo alejamiento de Artigas y sus largos años de ostracismo en el Paraguay, dan la medida de sus ideales, porque nuestros pueblos sólo han sido severos con los que realmente los han servido. Acaso no esté lejana la hora en que, renunciando a prolongar polémicas, examinemos fraternalmente, sin ímpetus, ni recriminaciones, la acción un tanto confusa de nuestros países en los años que siguieron al grito de independencia, y es seguro que de ese estudio ecuánime no saldrá disminuida la figura del que lejos de circunscribir su cuidado a la zona en que operaba, erguía la cabeza por sobre el humo de los combates para tratar de enlazar su acción con la de San Martín y Bolívar.

En el momento en que llegué al Uruguay, gobernaba el señor Batlle y Ordóñez, político de avanzada, enérgico y tenaz, que levantaba a la vez violentas resistencias y clamorosos entusiasmos. Como le había tratado en París, donde residió algún tiempo, me recibió con fina cortesía; pero evitando abordar el asunto que me llevaba a viajar por América. De su conversación prudente y sugestiva, a través de las declaraciones de amistad y fraternidad para todos los pueblos, brotaba la confesión de que el Uruguay no se hallaba en estado de considerar acciones plenamente continentales.

Colocado entre dos naciones fuertes, el Brasil y la Argentina, su política debía ser de preservación constante, con ayuda de éstos, con ayuda de aquéllos, o con ayuda de los de más allá. La tesis, dentro de las realidades del lugar y del momento, podía parecer razonable y confirmaba una vez más la dolorosa dispersión de nuestra política. El señor Batlle y Ordóñez tenía seguramente razón en el instante en que hablaba; pero esa misma razón fragmentaria y parcial, envolvía en sí la censura más severa contra las tendencias que hacen ley en la América latina, y proclamaba un error general en el cual colaboraba el señor Batlle al igual que los demás presidentes.

A pesar de su actitud reservada, el Gobierno del Uruguay no opuso impedimento al desarrollo de la propaganda, y la conferencia se llevó a cabo en teatro 18 de julio sin ningún tropiezo 102. Los estudiantes me ofrecieron su local, los escritores organizaron un banquete, Eduardo Vaz Ferreira me dedicó una de sus conferencias en la Universidad, y todo fue propicio en torno del viajero. Pero a través de las mareas que se levantaban y morían, no podía dejar de percibir yo, en el panorama general del viaje, algo del Sísifo simbólico que elevaba penosamente la piedra y la veía caer de nuevo en una eterna labor contrariada por fuerzas superiores. Pasada la llamarada de entusiasmo que significaba un paréntesis dentro de las preocupaciones locales, volvía a empezar el ir y volver de las fuerzas generadoras de confusión. Lo que había ocurrido en todas partes, tendría que ocurrir también en Montevideo.

¿No había llegado en estos días un diario del Ecuador en el cual se me atacaba duramente (cito palabras textuales), por “haber hablado en Chile contra aquel país” calificándolo de “enfermo y débil” y por haber proclamado en un discurso la “necesidad de tutelaje de otra nación más sana y más capaz de administrar su hacienda sin causar graves daños a los vecinos”?

Un hondo descorazonamiento se apoderaba de la voluntad. ¿De qué valía haber sacrificado tiempo, salud y fortuna para defender el acercamiento de nuestras repúblicas, queriéndolas a todas por igual dentro de un patriotismo superior, si bastaba un cable anónimo para que todos prestasen crédito a la calumnia? La memoria, la lógica, hubieran debido bastar para hacer imposible la sorpresa. Sin embargo, escribí a los principales diarios la carta de rigor en la cual denunciaba una vez más la campaña organizada para explotar las susceptibilidades 103. ¿Llegaron esas líneas a los diarios del Ecuador, y por intermedio de ellos a la opinión pública? Las distancias son tan grandes y la incomunicación tan completa, que siempre es difícil hacer eficaces las rectificaciones. Pero aunque el desmentido se abra paso y contrarreste la versión maligna, siempre queda el malestar de la afirmación falsa, y en ello estriba precisamente la fuerza de los que se sirven del sistema.

La calumnia sería inofensiva si el calumniador no contase con la credulidad o el apoyo de grupos numerosos que, por buena o mala fe, se transforman en auxiliares de su gesto. En el curso de mis andanzas empecé a comprenderlo, y en los años que siguieron después lo comprobé con pena. Más por ingenuidad que por espíritu maligno, la opinión se halla inclinada a aceptar las versiones tendenciosas. Así se han enconado los conflictos internacionales; así se ha desacreditado a los presidentes reacios a ciertas influencias; así se ha despreciado el valor de las riquezas que, una vez enajenadas, dieron fortunas fabulosas a las compañías extrañas; así se ha cultivado en ciertas zonas la anarquía; así se ha hecho pesar siempre sobre nuestra América una especie de Gobierno superior. El alma impresionable de las tierras nuevas aceptaba, sin reflexión suficiente, las direcciones que le imprimían, y más de una vez tomaba partido contra sus propios intereses, desviada por una artera inexactitud, sublevada por una injusticia aparente, descorazonada por una traición imaginaria y deslumbrada en todo momento por inspiraciones engañosas. Con ayuda del cable y del telégrafo, todos los hilos de la vida colectiva estaban en manos de los interesados en perpetuar el desorden, de los que deseaban llevarnos, con el aliciente de ideas generales o de pasiones generosas, a favorecer sus intereses y a secundar sus planes. Debido acaso a esas circunstancias, fuimos tan obstinadamente librecambistas, nos apasionamos por la “independencia” de Cuba, tomamos posición en la guerra a la zaga de los Estados Unidos y dejamos que cundiera entre nosotros, como factor disolvente, el fermento anarquista, que la gran república del Norte reprimía con tan ruda severidad dentro de sus fronteras.

Más de una vez, en el curso del viaje, oí invocar razones de “internacionalismo” y de “humanidad futura” para calmar inquietudes ante el avance del Norte. “¿Qué importa —argumentaban algunos— que nos domine otro pueblo, si las fronteras han de desaparecer y si vamos derechamente a la fusión de la Humanidad?” Esta tendencia a apoyar la abdicación en ideas generales es especialmente peligrosa en países de copiosa inmigración, donde el componente nacional se halla a veces diluido entre elementos que, por su arribo reciente y su diversa procedencia, no están interesados en la perdurabilidad del núcleo en que momentáneamente evolucionan.

Alimentando el espíritu más liberal y aceptando cuantas ideas avanzadas sean compatibles con la realidad del momento, hemos de mantenernos a la defensiva contra las inducciones filosóficas que pueden ser utilizadas para fines contrarios al mismo ideal que proclaman. Todo lo cual no impide que nos opongamos a la ley de residencia, contraria al espíritu del siglo.

Con una buena reglamentación de las inmigraciones cabe alcanzar, dentro de la legalidad, más altos fines. No es, limitar el pensamiento impedir que los extraños vengan a disolver una nacionalidad. Todo esto sin xenofobia. El verdadero peligro extranjero para nuestra América, no ha estado nunca en el idealismo político de la masa obrera inmigrada, sino en el egoísmo ambicioso de los capitalistas internacionales. Fiscalizando la entrada al país de ciertos elementos, se impedirán con mayor facilidad las prédicas demoledoras que vienen de afuera. Dando a la educación su verdadero sentido, se anularán las que pueden surgir de adentro. Las doctrinas, además de su acción directa como tales, cobran acción refleja dentro de la lucha entre las naciones.

Pero no basta anular los fermentos de disolución: hay que hacer brotar del seno mismo de las colectividades nuevas, en las cuales asoma a veces la desorientación y la falta de homogeneidad, una atmósfera moral que amalgame, sostenga y armonice los gestos colectivos. En ninguna parte es tan necesaria una soldadura nacionalista como entre los grupos que están forjando su individualidad. Pero este nacionalismo ha de tener en su esencia la amplitud del Continente de habla hispana. En la escuela, en la calle, en la tribuna, en todos los incidentes de la vida cotidiana, debe surgir el ímpetu hacia la elevación del conjunto sin que nos retenga el vano temor de que los símbolos se vulgaricen o se amengüen al aparecer en todas partes.

Representan un anhelo, una voluntad, y su eficacia reside, por el contrario, en su enlace democrático con todas las situaciones de nuestra vida. En los Estados Unidos encontramos la bandera en las casas, en las vidrieras, en los tranvías, en las cajas de cigarrillos, en los objetos más familiares. En el primer juguete que se entrega al niño, el talismán que lleva consigo el viajero, lo que todos tienen siempre ante los ojos y cerca del corazón. Los colores parecen formar parte de cada vida, y es en la exaltación de ese sentimiento, que sintetiza recuerdos y ambiciones superiores al individuo, donde hay que buscar acaso el secreto de la grandeza nacional.

Estas y otras reflexiones, igualmente aplicables al Uruguay, a la Argentina y a la mayoría de nuestras repúblicas, las hacía yo mientras el tren atravesaba los campos sembrados recorriendo en dirección al Paraguay, una de las zonas más prosperas y más fértiles de nuestra América.

Es el Paraguay un país hospitalario, donde hallamos una élite intelectual y social que puede parangonarse con la de cualquier capital latinoamericana y donde, en lo que respecta la masa, subsiste la enseñanza de sencillez y de bondad de la antiguas Misiones jesuitas. Faltan en la Asunción, desde luego el supremo confort y los halagos artificiales de las grandes urbes; pero la cultura de los núcleos superiores y el sabor patriarcal que ha conservado la vida retienen al visitante y le hacen simpatizar de una manera especial con ese pueblo valiente y sufrido.

Sorprende, ante todo, la escasa comunicación que existe entre el Paraguay y las regiones que lo rodean. Del desconocimiento de nuestros recursos y de las tarifas elevadas que imponen a los transportes las compañías extranjeras nacen quizá las vallas que obstaculizan el trato y el comercio con las repúblicas limítrofes.

Las condiciones especiales de nuestra vida latinoamericana llevan a los hombres que mejor pueden observar y juzgar a hacinarse en las capitales, de donde salen para ir a Europa. Pero el viajero que reflexione, aunque sea superficialmente, advierte sin dificultad que en el Paraguay hay campo propicio para empresas de todo orden. Sin embargo, el vino Trapiche de la provincia argentina de Mendoza se vende en la Asunción más caro que el vino francés de calidad superior, y el tabaco barato que el Paraguay produce en abundancia sólo puede llegar a Buenos Aires en forma y cantidad insuficiente. La vida tumultuosa, favorecida acaso alguna vez por influencias alternadas de política internacional, y la presión económica que pesa sobre esa nación sin costas, ha puesto trabas al progreso. Pero un país tan rico sólo necesita paz y luz para elevarse. A esa futura grandeza podrían contribuir poderosamente las repúblicas limítrofes si, abandonando concepciones caducas, favorecieran el intercambio general de los productos regionales en condiciones auspiciosas para todos.

El presidente de aquella república era entonces el Sr. Schaerer, ciudadano paraguayo de origen alemán, y ejercía las funciones de ministro de Relaciones el Dr. Manuel Gondra, que se vio envuelto después en alguna aventura revolucionaria. Ninguno de los dos parecía dominar perspectivas generales en lo que se refiere al porvenir de América. La inquietud del cuartelazo, desde el punto de vista de la política interior, y, en lo que atañe a las cuestiones externas, el recelo perenne ante los países vecinos, eran los ejes visibles de la acción gubernamental. Se comprende que en una república trabajada por levantamientos frecuentes y dolorida por el recuerdo de una coalición hostil puedan presentarse en esa forma las cuestiones primordiales. Pero dentro de la misma localización de inquietudes, lo que acusaba mayor limitación de espíritu era la táctica escogida para afrontarlas, como las enfermedades que sólo se curan con el libre oxígeno, ciertos males sólo se contrarrestan ampliando horizontes y suscitando ideales. Se perpetúa el mal en el encerramiento. Se agrava el riesgo con la prudencia. Y la misma ansiedad por vivir suele ser obstáculo a las sanas reacciones de la vida. Para mantenerse en el poder, puede ser más útil un programa que una resistencia. Y más que la disimulación cautelosa, sirve en ciertos casos para preservar a la patria una concepción superior o una doctrina. No quiero insinuar con esto una apreciación exclusivamente aplicable al Paraguay. Las tendencias que subrayamos son comunes a la mayoría de nuestras repúblicas. Pero dada su situación en todos los órdenes, el Paraguay, más que ninguna, encontraría ventaja en ensanchar las órbitas morales. Con el sufragio universal, para afianzar la paz interior. Con una idealidad latinoamericana, para solidificar su situación externa. La política de los egoísmos se traduce a menudo en una preparación para los renunciamientos, y, los pájaros lo dicen, sólo en la elevación reside el contrapeso de las debilidades.

Pueblo tradicionalmente hospitalario, el Paraguay trató al viajero auspiciosamente 104, la prensa y la juventud universitaria, aprovecharon la oportunidad para dar forma a un sentimiento que contrastaba con la cautela del Gobierno. Esto no importa una censura, pero subraya el anhelo ferviente y el presentimiento patriótico que lleva a la masa, de Norte a Sur, en todas las repúblicas hermanas, a desear una política más audaz que la que practican los dirigentes. Prueba de ello fue el beneplácito con que la opinión recibió mi conferencia 105.

La unanimidad de las autoridades en el sentido del silencio y la coincidencia de los pueblos en favor de la acción, es un fenómeno tan curioso como inexplicable. La masa nacional desea en todas partes salir de la inmovilidad y ponerse en marcha hacia un destino. Los hombres dirigentes abundan en el mutismo y en la reserva más absoluta. En el primer movimiento encontramos un instinto espontáneo. En el segundo la rutina de un prejuicio. Porque si no existe razón clara que pueda aconsejar tales actitudes, en el extremo norte de la América latina, sujeto a la vecindad y al peso de errores pasados, menos hemos de encontrarla en el extremo sur, donde la irradiación europea y los intereses de varias naciones poderosas ofrecen incomparable apoyo para evoluciones libremente. Por tímidas que sean las inclinaciones, por parsimoniosas que resulten la prudencia —y no es axioma indiscutible que el temor sea en todo momento la mejor cualidad de un hombre de estado—, salta a los ojos que nunca puede nacer dificultad, rozamiento o conflicto de una política amplia que tenga en cuenta los diversos factores y trate de sacar, respetando todos los derechos, los mejores beneficios para el país. Yo no he aconsejado nunca que se lleve a los ministerios el eco de una polémica. Al hablar ante asambleas populares en mi exclusivo nombre personal, he subrayado con tinta roja en el llano lo que en la diplomacia debe revestir forzosamente otras formas. Pero la serenidad no excluye la firmeza, y el comedimiento no es obstáculo a la previsión.

Lo que sorprende y desconcierta en nuestra diplomacia, no es la fachada de inmovilidad y cortesanía, sino la ausencia de plan estudiado, de dirección prevista, que hace que la fachada sea a la vez fachada y fondo, sin que ni secreta ni desembozadamente exista una línea de conducta, un escalonamiento de fines, un itinerario nacional que se persiga a través de las contingencias de la vida diaria.

Nuestro programa internacional, como nuestro programa financiero, es una improvisación constante. Así como en el orden económico se contratan los nuevos empréstitos para pagar los intereses de los antiguos, sin que la vista alcance una visión general o un plan de conjunto para nivelar algún día las dificultades, en el orden diplomático se superponen los pequeños conflictos con los vecinos y se multiplican, los silencios ante la acción de las grandes potencias, sin que asome nunca una orientación para el porvenir. Se vive al día, flotando al capricho de las aguas, sin percibir en la lejanía de los años futuros una luz a la cual ajusten la proa los barqueros distraídos. De aquí nace la diferencia entre la actitud de los pueblos y la de las cancillerías. En su instinto primario, la masa percibe un fin dinámico, que contrasta con la incertidumbre de la espera. Por eso estalla en toda ocasión la divergencia entre el pueblo .y los que lo dirigen, y por eso me atrevo yo, como parte que soy de ese mismo pueblo, a concretar en un párrafo la aspiración general. Lejos de la política, en un plano superior a las rencillas ciudadanas, formulamos el reproche desde un punto de vista continental. Necesitamos una política. Se comprendería una disparidad de concepciones que inclinara a unos en un sentido y a otros en otro. Aunque errónea, una tesis es siempre el resultado de una reflexión. Pero lo que no se explica es la indiferencia. ¿Hacia dónde conducen los gobernantes a nuestros países? ¿Qué hilo de continuidad persiguen? ¿Cuál es el ideal a que aspiran? Las preguntas se levantan solas ante el desconcierto de una América latina que ni en conjunto ni fragmentariamente exterioriza en el orden diplomático una voluntad o un derrotero.

Si se anunciara mañana en el Sur una política coherente, despojada de miras estrechas y con vistas al porvenir, no cabe duda de que el Paraguay, como Bolivia, la secundarían con entusiasmo. He creído siempre que ese puede ser el papel de la Argentina, y es en tal sentido, que orienté la propaganda al volver a mi país. Cuanto menos exclusivas y directas sean las actitudes, mayor será el prestigio y la fortaleza. Cuanto más nos identifiquemos con el pensamiento político de la revolución de 1810, más fácil y más segura será la acción. Nunca podremos intentar movimientos mundiales sí no hemos ejercido antes una acción americana. Y es un error que puede tener fatales consecuencias para el porvenir seguir echando en olvido el ambiente favorable que nos rodea en América.

El viaje tenía que terminarse visitando el Brasil. Aunque por su origen y su historia esta república se ha hallado constantemente desligada de los países derivados de España; aunque no se plegó a la rebelión colonial de hace un siglo, y aunque se organizó después sobre la base de instituciones políticas divergentes, tiene que ser considerada como parte integrante de nuestro conjunto, dentro de un hispanismo que sale del radio de las ideologías, para convertirse, por causas geográficas e internacionales, en determinismo vital. No es en la raza, sino en la situación; no es en el pasado, sino en la realidad del momento, donde se halla en último resorte la imposición suprema que debe hacernos incluir al Brasil dentro del conglomerado superior que formamos moralmente. El mayor error sería creer en la posibilidad de un latinoamericanismo parcial que obligaría a la nación aislada a desarrollar una política hostil, prestando asidero a todas las intrigas. Pueblo de otro origen y otro idioma, limítrofe por su extensión con todas las repúblicas sudamericanas, el Brasil debe ser retenido en el seno de nuestro núcleo y tratado como hermano dentro de la gran familia.

Acaso es esa situación especial la que ha determinado una mayor capacidad diplomática, o le ha dado un sentido más agudo de lo que debe ser esta actividad. En la escuela de Río Branco se han formado inteligencias eficaces que manejan sin dificultad los complicados hilos de una acción múltiple, invisible, segura, en lo que se refiere a las relaciones del Brasil con las repúblicas limítrofes. Pero la superioridad y la previsión son menos claras si, abarcando órbitas más extensas, consideramos esa política desde un punto de vista mundial.

Cediendo a sutiles sugestiones, que acaso llegaron hasta hacer entrever una hegemonía en el sur del Atlántico, y envaneciéndose de arteras preferencias, encaminadas a perpetuar una sorda pugna con la Argentina, el Brasil ha parecido olvidar a menudo el problema superior de la estabilidad común para localizar su acción y limitar sus preocupaciones a los territorios que se extienden al sur de la línea del Ecuador. Acaso se debe esta actitud a los yerros que hemos señalado. Una reticencia deriva de la otra. Pero en el orden durable de la previsión continental, el Brasil ha contribuido a la confusión fomentando una rivalidad de flotas quiméricas, aptas apenas para despedazarse entre hermanos y para alimentar los ingresos de los países constructores, pero completamente inútiles para defender, frente a los fuertes, la soberanía, la integridad, el destino de la América del Sur. En el Atlántico, como en el Pacífico, la preocupación bélica ha sido regida por inspiraciones vanidosamente localistas, sin evocar el patriotismo en su acepción total. El Brasil y la Argentina se observan, equilibran el tonelaje de sus barcos, calculan y cultivan los apoyos que podrían tener en caso de conflicto; pero en espera de un choque que ninguna oposición de intereses podría justificar, en la obsesión de una rivalidad que sólo está basada en susceptibilidades, olvidan que sus costas inmensas se hallan en la merced de naciones poderosas que pueden ejercer impunemente en cualquier momento una presión naval sobre cualquiera de esas dos repúblicas, o sobre las dos a la vez, sin que los acorazados comprados en vista de conflictos locales, logren oponer una resistencia atendible. La gigantesca frontera marítima que se extiende sobre el Océano desde Pernambuco hasta los hielos del Sur, abarcando costas brasileñas, uruguayas y argentinas, no tiene defensa alguna. Las capitales se hallan abiertas. No existen ferrocarriles nacionales que permitan transportar tropas a regiones que pueden ser amenazadas. Faltan fábricas de pertrechos. Y en caso de una agresión poderosa, nuestra única resistencia tendría que intentarse, como en los tiempos primitivos, utilizando la distancia en la maleza del interior.

Todo está concebido en vista de conflictos parciales entre nosotros mismos, contando para el caso con fuentes mercenarias de aprovisionamiento que mandarían barcos, cañones, proyectiles, cuanto sostiene o alimenta la lucha armada. Nunca hemos considerado la hipótesis de un desacuerdo con esas mismas naciones proveedoras, que empezarían, naturalmente, por negarnos lo necesario para la defensa. Y este es el punto que nos debe inquietar. Si consideramos la situación de estas repúblicas con respecto a las grandes naciones del mundo, la situación es sugerente. Los vastos territorios, casi despoblados, son una tentación para los pueblos que desbordan por encima de sus límites. Nuestra capacidad de consumo, no satisfecha por las industrias locales, acaso dará lugar a imposiciones extrañas. Los yacimientos de petróleo, minas, etc, la misma riqueza ganadera y agrícola, no están a cubierto de coerciones en medio del afán por contralorear las fuentes vitales del mundo. La situación financiera, que nos hace deudores de sumas cuantiosas, presta asidero para ingerencias e intervenciones. Y las innumerables empresas extranjeras establecidas en nuestros países, pueden llegar a ser, en un momento dado, punto de partida para airadas reclamaciones. Ninguna de las repúblicas del Sur ha cobrado un desarrollo que la empuje a ampliar sus territorios, a imponer sus productos, o a apoderarse de las fuentes de riqueza del vecino. La población es escasa, las industrias no han empezado aún a satisfacer las propias necesidades, y falta el vigor económico que determina la expansión. Tampoco existe el factor de desacuerdo que pueden crear las deudas o las Compañías financieras. Entre ellas no ha habido empréstitos, ni emigración de capitales. Faltan, pues, los factores que pudieran originar dentro de nuestro seno conflictos fundamentados y abundan las presunciones que deben inducirnos a conciliar intereses para pensar en la preservación común.

Al entrar a la maravillosa bahía de Río de Janeiro, donde la naturaleza y la iniciativa de los hombres han realizado una apoteosis de color y de belleza; al recorrer las amplias avenidas y los jardines suntuosos de la capital, centro floreciente del país más vasto de la América latina, comprobé desde luego las diferencias que separan al Brasil de las repúblicas de habla española -localizaciones de cultura, composición étnica, concepción particularista-; pero por encima de las discrepancias se impone el parentesco racial, la coincidencia de los espíritus, el hálito superior de las solidaridades pasadas y futuras. En ninguna parte advertí el antagonismo que algunos elementos imaginan. Desde los Centros obreros hasta las clases más elevadas encontré muestras de simpatía, no solo como vocero de una causa continental, sino como argentino, como hijo del país, que para ciertos espíritus es el enemigo probable. Los estudiantes me recibieron en la Universidad – presidida entonces por el conde Celsio- con fervorosa deferencia; un grupo de diputados, entre los cuales recuerdo los nombres de los señores Nicanor Nascimento, Floriano de Brito y Raphael Pinheiro, me ofreció el banquete de rigor. Lo propio hicieron intelectuales y periodistas de nota como José Verissimo y Luis Gómez. Y toda la prensa tuvo para el huésped palabras de bienvenida 106. La conferencia organizada por la Federación Universitaria se realizó en medio de aprobaciones 107 y nada tradujo desvío o reticencia. El Gobierno ofreció para el acto un edificio nacional, y el doctor Lauro Muller, canciller monosilábico, me recibió con deferencia. Sin embargo, la nación se mostró, en conjunto, fiel a sus tradiciones de amistad con los Estados Unidos. Así lo subrayó algún diario en el momento de mi partida 108 y así lo confirmó algún político al comentar mis declaraciones a un periódico 109.

Pedro Prado, el precursor de A Iluçao Americana, que vio su libro secuestrado y fue perseguido personalmente por su hostilidad a la política en auge, encontraría hoy acaso más condescendencia, pero no más adhesión.

Dentro de la América latina fue el Brasil quien dio por boca de ese escritor el primer grito de “¡Alerta!”, pero sigue siendo la colectividad menos inclinada a escucharlo.

La quimera de la hegemonía del Atlántico subvierte las perspectivas. Y pocas veces se habrán movilizado las voluntades en vista de un fin más ilusorio. Son las flotas mercantes las que sancionan con su ir y volver ininterrumpido la posesión o la primacía sobre las aguas. Cuando el caso llega, esta dominación se subraya con los acorazados. Pero lo inicial son las rutas comerciales, los intereses económicos. Entre el Brasil y la Argentina el intercambio es limitado y en la mayor parte de los casos se realiza con ayuda de barcos extraños a esas naciones. En cuanto al comercio con Europa y con Norteamérica, bien conocemos todos, la anomalía, que hace que nuestras repúblicas, esencialmente exportadoras, se hallen supeditadas a los transportes de otros pueblos y paguen cuantiosos tributos por hacer llegar su producción hasta los consumidores. El mar, como la tierra, pertenece a quien lo fecunda. Y nada resulta más vano que aspirar a una apariencia cuando no hemos logrado realizar aún el esfuerzo esencial de tomar posesión de las aguas, asegurando con los propios medios las comunicaciones de nuestra jurisdicción.

La Argentina, el Brasil y el Uruguay tendrán que ser en el porvenir naciones de actividad marítima. La extensión de las costas, la amplitud de los puertos y el declive de la orientación comercial que empuja los productos hacia el mar, sin que asome por ahora la menor tentativa seria de comercio por las fronteras interiores, nos llevarán a conceder una atención especialísima al problema de la navegación. Pero, de acuerdo con la lógica, habrá que empezar por el principio, multiplicando líneas propias de navegación entre los diversos puertos, tratando de competir, en fin, con las Compañías navieras extrañas para conducir las exportaciones bajo bandera propia hasta su destino. Los productos locales pagan actualmente, además del diezmo cuantioso a los acopladores internacionales o a las empresas de transformación como los frigoríficos, un impuesto ruinoso a las flotas extranjeras y a los seguros marítimos. En la superiorización gradual de nuestra vida, a medida que la evolución de los países nuevos vaya haciendo nacer la realidad durable, se ha de tratar, sin duda alguna, de reducir este desgaste, substituyendo resortes propios. Así tendrán que surgir lentamente las futuras flotas comerciales, en el florecimiento de una actividad naval que aún no se ha impuesto a la atención de los pueblos jóvenes.

Por el momento la hegemonía en el Sur del Atlántico no puede ser ni argentina ni brasileña. Para alcanzar ese fin no bastan algunas docenas de acorazados o de transportes. Aun admitiendo que todo esté supeditado a la fuerza militar, esos elementos, poderosos dentro del medio hispanoamericano, siempre resultarán inconsistentes, comparados con las fuerzas formidables de las grandes potencias. Virtualmente, el Sur del Atlántico pertenece hoy a Inglaterra y a los Estados Unidos. El mayor error de nuestras repúblicas sería convertirse en factores inconscientes dentro de una rivalidad entre pueblos poderosos.

Todo lo que fomente antagonismos sudamericanos, se traduce en común debilitamiento y en incapacidad fundamental para afrontar de una manera armónica los problemas del futuro. Desde los tiempos coloniales, Inglaterra ejerció en esas zonas una acción evidente con su flota comercial, apoyada en ciertos casos por desembarcos, bloqueos y hasta ocupaciones territoriales que se prolongan, como Malvinas. La importancia estratégica de este archipiélago, que se puso en evidencia durante la última guerra, ha dado, según parece, lugar a trataciones de orden internacional, encaminadas a una posible cesión a los Estados Unidos, mediante compensaciones indeterminadas.

De tanta trascendencia es el asunto y afecta tan valiosos resortes, que ha de ser considerado sin duda con el mayor detenimiento. Así se confirma la existencia de problemas de orden superior que se sobreponen a la rivalidad de las capitales prósperas y triunfantes. La hegemonía en el Sur del Atlántico no puede ser por ahora de nosotros. Pero si la Argentina, Brasil y Uruguay, traduciendo más que el sentir de los puertos, el pensamiento de las naciones que esos puertos encabezan, concertaran una política de lógica preservación, podrían ejercer la influencia más fecunda que se haya hecho sentir ahora en América.

Notas

98 Más de diez mil personas, en su mayoría estudiantes, se apiñaban ansiosas de escuchar la palabra del fervoroso propagandista de la confraternidad latinoamericana. — (El Diario, de Buenos Aires, 5 de febrero 1913.)

“Con muy pocas horas de diferencia hablaron ayer Mr. Roosevelt, en New -York, y Manuel Ugarte, en Buenos Aires, sobre asuntos que tienen atingencias evidentes… Las palabras del orador argentino fueron acogidas con atronadores aplausos, como, según el telegrama, fueron las del norteamericano. Lo cual quiere decir, que realmente existe un problema continental, y que aparecen dos razas en lucha que, por de pronto, conviene estudiar con alguna detención.”— (La Gaceta, de Buenos Aires, 3 de febrero 1913.)

“El señor Ugarte fue entusiastamente aplaudido por la concurrencia”— (La Prensa, de Buenos Aires, 3 de febrero 1913.)

“El entusiasmo con que la enorme concurrencia del anfiteatro recibió la conferencia de nuestro compatriota, es una prueba de la profunda simpatía que su causa despierta.”— (La Tribuna, de Buenos Aires, 3 de febrero 1913.)

“En síntesis, el interés despertado por la disertación de Ugarte no se ha malogrado, y éxito grande para él y para la Federación Universitaria ha sido la reunión de anoche.”— (La Argentina, de Buenos Aires, 5 de febrero 1913.)

“Crecida cantidad de público acompañó al señor Ugarte hasta su casa. Aquí volvió a hacer uso de la palabra despidiendo a sus acompañantes y aconsejándoles que se constituyera un Centro de propaganda de los ideales latinoamericanos.”—(La Nación, en Buenos Aires, 3 de febrero 1913.)

99 Manuel Ugarte y el Partido Socialista, documentos recopilados por un argentino. Unión Editorial Hispanoamericana. Buenos Aires, 1914.

La campaña de Manuel Ugarte y las opiniones socialistas. Casaretto y Lozano, editores. Buenos Aires, 1913

100 Buenos Aires, 21 de julio 1913 – Señor director de La Vanguardia. En el número del domingo fue leído con sorpresa un suelto sobre el aniversario de la Independencia de Colombia, que termina así:

“Como todas las repúblicas sudamericanas, este país estuvo mucho tiempo convulsionado por las guerras civiles; Panamá contribuirá probablemente a su progreso, entrando de lleno en el concierto de las naciones prósperas y civilizadas.” Yo protesto contra los términos poco fraternales y contra la ofensa inferida a esa república, que merece nuestro respeto, no sólo por sus desgracias, sino también por su pasado glorioso y su altivez nunca desmentida. Al decir que Colombia entrará en “el concierto de las naciones prósperas y civilizadas”, se establece que no lo ha hecho aún, y se comete una injusticia dolorosa contra ese país, que es uno de los más cultos y más generosos que he visitado durante mi gira. Al afirmar que Panamá contribuirá a su progreso”, se escarnece el dolor de un pueblo que, víctima del imperialismo, ha perdido, en las circunstancias que todos conocen, una de sus más importantes provincias, y que resultaría “civilizado” por los malos ciudadanos que sirvieron de instrumento para la mutilación del territorio nacional.

Como esta nota sobre Colombia se ha publicado en el mismo número de La Vanguardia, que tenía un editorial mío, y como la coincidencia podría dejar creer a alguno que comparto esas opiniones, me veo en la obligación de escribir esta carta y de declarar que estoy en completo desacuerdo con la noticia en cuestión, que me parece inútilmente ofensiva, añadiendo que, si la orientación de ese diario le lleva a hablar despectivamente de las repúblicas latinoamericanas, yo, que he dedicado mis energías a defender la fraternidad de nuestros pueblos, me encontraré en la dolorosa obligación de abstenerme de colaborar en él. — Manuel Ugarte.”

101 La Patria Grande (en prensa).

102 “El señor Ugarte habló más de una hora, y al terminar se le tributó un grandioso homenaje de simpatía.”— (La Democracia, de Montevideo, 19 de agosto 1913.)

“El público que había aplaudido muchas veces al orador en el transcurso de su conferencia, acogió sus últimas palabras con una nueva y nutrida ovación.”— (El Diario del Plata, de Montevideo, 19 de agosto 1913)

“Al fin hemos oído una palabra sincera, verdaderamente sincera, y que llega hasta nosotros sin ansias de aplauso fácil, sin poses y sin oculto espíritu de lucro.”— (La Tribuna Popular, de Montevideo, 19 de agosto 1913.)

“La inmensa multitud que llenaba la vasta sala, como homenaje de simpatía al esforzado paladín americanista, en una columna numerosa lo acompañó a pie hasta su domicilio.” – (La Razón, de Montevideo, 19 de agosto 1913.)

103 La Razón, de Montevideo, 23 de agosto 1913.

104 “Nuestro huésped ilustre es uno de esos exponentes de la energía, del tesón, de la nobleza y de la hidalguía de la estirpe a la que abiertamente debemos demostrar pertenecer y cuyos ideales debemos todos laborar.” (El Diario, de la Asunción, 6 de octubre 1913.)

“¡Bien venido sea! El que sin ningún interés mezquino viene a traernos el abrazo fraternal de otros americanos, de otros pueblos jóvenes que como nosotros aspiran al ideal que el maestro con la palabra y la pluma inculcara en sus mentes. ¡Bien venido sea!”— (El Liberal, de la Asunción, 30 de septiembre 1913.)

“…Viendo que la masa estudiantil le acompañaba, descendió del coche, respondiendo con este simpático gesto a las atenciones de la juventud. Acompañado de una masa compacta se dirigió al hotel, no cesando en todo el trayecto los vivas entusiastas a Ugarte y a la Argentina.”— (El Tiempo, de la Asunción, 1º de octubre 1913.)

105 El teatro era limitado para contener la enorme concurrencia que rebosaba sin encontrar sitio suficiente.”— (El Nacional, de la Asunción, 7 de octubre 1913.)

“Una concurrencia inmensa, que llenaba completamente el local, se desbordaba por los pasillos y se agrupaba de pie a la entrada de la sala; oyó la palabra, a ratos calmosa y fría, saturada de ironía y de sinceridad, a ratos vehemente y cálida, llena de virilidad y de fuego, del orador ya consagrado en América.”— (El Diario, de la Asunción, 7 de octubre 1913.)

“Fue ovacionado en diferentes pasajes y al final con sobrado fundamento, pues aparte de su fácil y atractiva palabra, dijo la verdad.”— (El Colorado, de la Asunción, 7 de octubre 1913.)

“La huella que esta clase de acontecimientos ha dejado en el alma nacional, debe servir de orientación para siempre.”— (El Tiempo, de la Asunción, 7 de octubre 1913.)

106 “O señor Manoel Ugarte e um espirito de fina acuidade. Homem de lettras, as suas obras se impuzeram naturalmente, o que vale dizer com justica; político, o seu pretigio e desses que se establecem calmos; propagandista, tem o fogo dos convictos e a coragem forte dos iluminados.”— (A Tribuna, 10 septembro 1913.)

“O partido socialista, quiz, por isso, apresentar a sua candidatura a Senador. Sería una candidatura triumphante. Mas o señor Manoel Ugarte recusou essa presentacao, porque, patriota, nao poderia caitar sufragios de um partido que anda a deprimir as cosas argentinas. Foi um lindo gesto.” — (Jornal do Gommercio, 27 agosto 1913.)

“Don Manoel Ugarte, presentemente nosso hospede, e urna figura de incontestavel relevo no meio político e intellectual da República Argentina. A sua responsabilidade literaria vinculouse brilhantemente em livros de grande folego artistico e de forte colorido de estylisacao; como politico gosa de raro prestigio, pelo vigor da sua penna sempre preparada a abordar as mais graves questoes sociaes e pelos seua inconfundiveis dotes de tribuno.”— (A Época, 29 agosto 1913)

107 “O grande salao do Palacio Monroe encheu-se completamente e o auditario, alem de composto de numero elevado de estudiantes das nossas escolas superiores, contaba representante das clases mais elevadas do pais. Assim alli estavan o corpo diplomatico, jurisconsultos, politicos, jornalistas, industraes, banqueiros, etc., e todos arrebatados en certos momentos aplaudiram calorosamente as palavras do orador que, na mas perfeita dialectica, na mais harmonica vocalisaçao e com um profundo conoceimiento historico do enunciado fallou por duas horas prendendo sempre a attençao general.”— (Jornal do Brasil, 9 septembro I913)

“Por varias veces, o señor Manoel Ugarte foi interrumpido por enthusiasticos aplausos, recebendo uma prolongada salva de palmas ao deixar a tribuna.”— (O Paiz, 9 septembro 1913.)

108 “O señor Ugarte pelo se talento e pelas suas qualidades de perfeito cavalheiro, deixa na sociedade brazilera urna grata recordaçoe, mas os seus esforcçs de propagandista contra os Estados Unidos foram completamente inuteis, pois no Brazil continuamos a pensar que a America Latina, ou nao latina, nao e para os povos desta ou daquella origen, mas para todos aquellos que, pelo esforço e pelo seu concurso quizerem contribuir para a prosperidade e grandeza assombrosas do Novo Mundo.”— (O Paiz, de Río de Janeiro, 12 septembro 1913.)

109 “O Brazil vive de exportar cafe e borracha e a America do Norte compra-nos dois terços de ambas producçoes; emquanto que nos nao importamos dos Estados Unidos, nem 20 por 100 do que lhes vendemos. Que o señor Ugarte saiba disso e que se resolva, emfim, a realizar no Rio conferencias literarias. Parece que podemos fazer este pedido a um hospede como o señor Ugarte, que es um do mais brillantes homens de letras de America.” — (A Imprensa, de Río de Janeiro, 11 septembro 1913.)

CAPÍTULO IX

LA PRUEBA DE LA GUERRA

El gesto de Roosevelt. México, invadido. El lirismo del sur. Nueva invasión a México. El carrizal. La invasión a santo domingo. La sugestión del cable. El general Carranza. Filosofía de la conflagración.

El viaje del señor Teodoro Roosevelt en noviembre de 1913 puso en evidencia una vez más los errores de la política sudamericana. Los sucesos de Panamá, subrayados por las frases imperativas del impetuoso político, estaban frescos aún en la memoria. La invasión a Nicaragua y el sojuzgamiento de aquel país, después de una lucha en que perecieron los mejores patriotas, goteaba sangre sobre las conciencias. Sin embargo, nunca tuvo Buenos Aires más aclamaciones para un viajero. Se le recibió en sesión solemne en la Cámara de Senadores. Se revolucionaron en su honor las fórmulas protocolares. De más está recordar en qué forma anunció el cable estas noticias al resto del Continente y el efecto que ellas produjeron en las repúblicas hermanas, confirmando el malestar que uno de los diarios más importantes de México traducía en términos airados 110.

Lejos del vano propósito de poner en evidencia las equivocaciones políticas y más distante aún de la vanidad menguada que podría llevar al que escribe a reivindicar el mérito de haber visto claro, me guía el deseo de que si mañana se estudia el proceso que ha comprometido el porvenir de un Continente, se pueda salvar la responsabilidad de nuestros pueblos, siempre bien intencionados. Al margen de la estéril protesta y del grito hostil, lo que se preconizaba era una acción coherente, una actitud armónica, una política. Por encima de las manifestaciones ocasionales, que podían aparecer en medio de la inmovilidad como estridencias de la lucha, flotaba una concepción, susceptible de ser juzgada diversamente, pero que constituía un organismo, que derivaba de una lógica, que se afirmaba en una posibilidad en el momento en que estábamos.

La guerra no había roto todavía los equilibrios del mundo. Francia, Inglaterra, Alemania, eran poderosas potencias que, en pleno triunfo y prosperidad, sin inquietudes inmediatas de orden político o económico, trataban de irradiar sobre el mundo su comercio, su influencia, su porvenir. Las condiciones económicas estaban lejos de ser las actuales. El oro y la influencia no habían emigrado todavía del viejo mundo al nuevo por la vía de Nueva York. Los Estados Unidos tenían que contar con el contrapeso formidable de una Europa organizada, productora de vida. En tales condiciones era perfectamente factible en las repúblicas del Sur una acción serena de conglomeración y enlace de los pueblos afines del Continente, tomando como punto de apoyo de la palanca los intereses de las naciones dominantes en Europa. Las mismas inquietudes locales que levantaban objeciones en la Argentina contra el Brasil y en el Perú contra Chile, se hubieran encontrado atenuadas, dentro de un sistema superior que transportaba los problemas del radio inmediato y localista, al ambiente universal y durable. Las corrientes comerciales de Europa dominaban en el Sur de una manera tan absoluta, que por encima de todas las doctrinas el instinto vital de las naciones tradicionales podía ser esgrimido como instrumento, no para hostilizar a pueblo alguno, sino para restablecer el equilibrio de las razas y los destinos de la nueva humanidad. La latinidad de Europa tendía a prolongarse, a ensancharse en las comarcas que se inspiraban en su tradición. Había, además, el interés de crear en el Sur un contrapeso a la fuerza de los Estados Unidos.

El pensamiento político que llevó a Inglaterra en 1806 al Río de la Plata, que llevó a Francia y a Austria en 1864 a México, fue un error evidente; pero algunas partículas de ese error podían ser utilizadas en el campo del comercio y de la diplomacia. Bastaba para ello con ensanchar la visión de los horizontes, fijando los ojos, más que en la hora, en el siglo; más que en el grupo, en la colectividad. La inclinación íntima de todas las naciones de nuestra América respondía a ese anhelo, las conveniencias económicas de los grandes pueblos industriales hubieran visto en ello una satisfacción, y todo parecía propicio, dentro de la volición inteligente, para emprender la nueva ruta y afirmar una personalidad. Lo que dije en 1913 111 es de actualidad en 1923. Dentro del ajedrez o el ritmo que regala los gestos colectivos, hemos perdido un tiempo en los movimientos irremediables de la historia.

La diplomacia del A B C se avino a desempeñar en México el papel que México había desempeñado algunos años antes en la América Central. Para inspirar confianza y dar carácter de mediación colectiva a lo que no era, en realidad, mas que una intervención directa, los Estados Unidos se hicieron acompañar por México, ufano entonces de la actuación que se le concedía, en varios conflictos centroamericanos y, la gran nación azteca sabe cómo fue recompensada su buena fe y lo que perdió en la aventura. Un procedimiento análogo se empleó después en México. El A B C se encargó de atenuar asperezas, facilitar acciones y cubrir ante el mundo la maniobra, sin obtener, en cambio, mas que el natural resentimiento de los sacrificados. Porque lo que distingue esta política —que el imperialismo, ampliando el radio de acción, trata de hacer prosperar ahora en España, para escudar en el prestigio de los progenitores una acción general en América— es, más que la lealtad flotante de las actitudes, la nulidad dolorosa de los resultados. Ni México en la América Central, ni el A B C en México, ni España, mañana en América, obtendrán ventaja alguna en el orden comercial, político o espiritual. Si algún cálculo se hizo en ese orden de ideas, resultará siempre burlado; y sólo servirá para confirmar el destino de los pueblos o de las razas que en vez de elevarse por la solidaridad se disuelven por el egoísmo.

Como si después de la gira del señor Roosevelt se quisiera saber hasta dónde podía ir la complacencia y el desconcierto general, se desencadenó el avance sobre el Sur.

El 22 de abril de 1913, la escuadra del contraalmirante Fletcher, apareció frente a Veracruz y se apoderó de la ciudad, venciendo una resistencia improvisada, durante la cual, más de cuatrocientos hombres, alumnos de la escuela naval, soldados del ejército regular, simples civiles patriotas, pagaron con su vida la imprevisión, el desvío, la incapacidad de una política.

Sorprendido el país en medio de sus agitaciones internas, debilitado por largas luchas, anarquizado por la legendaria declaración de que el desembarco iba dirigido contra el Gobierno y no contra él, encontró, sin embargo, la fuerza necesaria para preparar en el interior el levantamiento que modificó los planes del invasor. La impresión causada en Buenos Aires por estos sucesos fue contradictoria. Los órganos oficiosos se mantuvieron impasibles. La opinión pública, en cambio, se levantó instintivamente en un movimiento de reprobación. Del empuje unánime nació el mismo día el Comité Pro-México con el apoyo de la Federación universitaria y cerca de diez mil adhesiones.

Los que asistieron a la primera reunión no han olvidado, seguramente, el significado. Muchos de los que formaron parte de la Comisión, han ocupado después cargos políticos, como el doctor Diego Luis Molinari, subsecretario de Relaciones Exteriores en el Gobierno del señor Irigoyen. Obdulio Siri, ministro de la Gobernación en la provincia, etc. El ímpetu generoso de las generaciones nuevas, hacía surgir en todos los barrios de Buenos Aires y en todas las ciudades de la Argentina el remolino que puso en grandes dificultades al Gobierno. Como presidente de la Comisión, estuve al habla con las autoridades. Los diarios de esos días dan cuenta de las entrevistas y conferencias a que dio lugar el asunto 112, y de la resolución oficial, prohibiendo toda manifestación 113. Es justo dejar constancia de la protesta de una parte de la prensa. El Diario Español, entre otros, que después de recordar la facilidad con que se toleraron en la Argentina las manifestaciones en favor de Cuba Libre, hiriendo así los sentimientos de España, encaraba el problema en su faz general 114. De México llegaron congratulaciones 115.

La mediación anunciada como acontecimiento digno de detener las protestas, se circunscribió a discutir la medida en que se debía dar razón al invasor. No quiero multiplicar las citas, ni recargar la frase con llamadas inútiles, pero nada es más fácil que encontrar en la prensa mejicana del año 1914 y de los años siguientes, un centenar de artículos en los cuales se condena la acción desarrollada por el A B C y se acumulan las más amargas ironías sobre la fraternidad latinoamericana. En vez de favorecer al país lastimado, las naciones del Sur acabaron por sancionar la intervención extranjera, como el autor de esta obra lo había anunciado en varias interviús 116. No pongo en duda la buena fe de los que intervinieron, directa o indirectamente, en las negociaciones. No formulo cargos contra los hombres ni contra los gobiernos. Si a mí se me han prestado, hasta dentro del ideal, los propósitos más viles, yo me enorgullezco en reconocer, hasta dentro del error, las buenas intenciones. Voy más lejos aún. Lo que fracasó en aquel momento no fue la consciencia o la capacidad, sino el sistema y la política. La única manera de solucionar las dificultades consiste en afrontarlas. Y el error inicial estuvo en parecer ignorar, en fingir no ver, en negarse a tomar en cuenta una situación general, un proceso de expansión, un fenómeno histórico, dentro del cual el conflicto de México sólo era signo, accidente o etapa. Los médicos consideraron la manifestación sin estudiar el mal que la había determinado, y el remedio fue tan efímero, que la cicatriz se abrió un año después.

El Comité Pro-México, transformado en Asociación Latinoamericana durable 117, cuyo amplio programa abarcaba el problema en su esencia final, emprendió entonces una obra de difusión patriótica, de acercamiento, de comunión con los orígenes. Así celebramos el aniversario de los fundadores de la nacionalidad, así protestamos contra una tentativa para entregar a la Standard Oil Company el petróleo de Comodoro Rivadavia, y así celebramos, por la primera vez en Buenos Aires, el 12 de octubre de 1914, el recuerdo de Cristóbal Colón.

En medio de esta actividad generadora de un alto sentimiento, argentino a la vez y continental, nos sorprendió la guerra.

Mientras la conflagración fue juzgada desde un punto de vista exclusivamente nuestro, sin las influencias imperiosas que se hicieron sentir después, la impresión general sólo tradujo el estupor, la reacción humanitaria, el orgullo acaso, de comprobar la paz en torno mientras las grandes naciones, que tantas veces nos reprocharon nuestro convulsionismo, se despedazaban en una hecatombe sin ejemplo. Pero en esta misma primera impresión, ajena aún a la propaganda telegráfica, a la acción de los intereses ajenos y a las presiones internacionales que se multiplicaron más tarde, aparecía ya, en germen, el lirismo, que nos llevó a aquilatar acontecimientos de tan trascendental importancia con un criterio literario, con una consciencia ética, con una rememoración de lecturas. Juzgar la guerra en sí, como un fenómeno social, y envanecernos de la circunstancia fortuita que parecía colocarnos al margen del flagelo, era evidenciar una concepción incompleta de lo que significa para el mundo una conmoción de tan vasta magnitud y de lo que pueden ser para un país las imposiciones de la hora. La escolástica, las humanidades, los sistemas filosóficos, no han tenido nunca conexión con la política internacional.

Y la visión ingenua, que inducía a condenar un procedimiento independiente de nuestra voluntad, era tan engañosa como la idea de que la distancia o la abstención podían ponernos completamente a cubierto del cataclismo. En realidad, nos hallábamos ante una subversión de todas las cosas. Lo que había estallado era un choque de fuerzas, y los principios éticos, o su apariencia, sólo podían ser utilizados como valores concurrentes al servicio de esas fuerzas, de acuerdo con lo que ha ocurrido en todos los terremotos de la historia.

Olvidando que en achaques internacionales no cabe el sentimiento, nuestro punto de vista fue, desde los comienzos, más literario que político. De acuerdo con una educación lírica, dimos rienda libre a las más nobles inspiraciones en favor de la perfectibilidad humana. Desgraciadamente, los cataclismos no se realizan de acuerdo con las tablas de la ley, ni utilizando la balanza de la Justicia. La primera víctima fue Bélgica. Y la Asociación Latinoamericana convocó a un mitin de protesta en el Prince Georges Hall 118, porque entendía que al defender los derechos de una nacionalidad pequeña defendía un principio que acaso tendrán que invocar mañana las naciones de la América Latina. Basta leer el discurso que pronuncié en esa oportunidad 119 para medir el error de los que en el curso de la guerra me denigraron después por considerarme germanófilo. Y basta observar la contradicción entre la facilidad con que se concedió permiso para celebrar esta asamblea y la absoluta prohibición que se nos opuso cuando quisimos, algunos meses antes, concretar la misma protesta en favor de México para comprender el fondo de una dirección diplomática. Si se hubiera defendido el principio de la abstención frente a los beligerantes, mayor causa había para hacerlo en una pavorosa conflagración mundial que ganaba terreno por minutos, que en un choque limitado a dos países limítrofes. Pero dentro de la concepción política (es político todo lo que es posible, la única discrepancia reside en el juicio que nos merecen las posibilidades) de los que gobernaban, lo que debía ser sacrificado es lo que estaba más cerca. En este ambiente se desencadenó la segunda invasión a México, en agosto de 1915. El Wilson pacífico de los catorce puntos y de las avenidas universales, juzgó propicio el momento en que la atención del mundo se concentraba en Europa para perseguir en México a los mismos hipotéticos bandidos que Roosevelt había perseguido en Panamá. Al mando del general Pershing, que debía obtener después notoriedad en la gran guerra, las tropas norteamericanas avanzaron hacía el Sur. Sin dar aviso esta vez a ninguna autoridad, convoqué a un mitin en la plaza del Congreso, y ante más de 10.000 personas dije toda la verdad sobre la situación 120, condenando sobre todo, la tendencia de una nueva “mediación”, de la cual se empezaba a hablar en los periódicos. El mitin fue subrayado por el inevitable conflicto 121 con la fuerza pública y me valió al día siguiente una citación de la Policía 122.

Como el movimiento encontraba dificultades cada vez más grandes, resolvimos tener un órgano en la Prensa. Los fondos con que se intentó la aventura, reunidos entre media docena de personas, no llegaban a 20.000 pesos. La Patria, diario de la tarde, debía ser neutral frente a la guerra europea (no publicamos más que los partes oficiales de los ejércitos en lucha), entendía defender cuanto concurría a vigorizar nuestra nacionalidad, desarrollar el empuje industrial, crear consciencia propia, y tendía a la unión de las repúblicas latinas del Continente frente al imperialismo. Queríamos, en el orden interior, una democracia nacionalista, en el orden exterior una política autónoma.

El momento era propicio para desarrollar ese programa. Como la penuria de las comunicaciones marítimas había hecho mermar considerablemente las importaciones, se iniciaba una corriente para manufacturar dentro del país los artículos de mayor consumo. En lo que se refiere a la acción exterior, la concentración de las fuerzas mundiales hacia un problema, nos dejaba mayor libertad de iniciativa dentro de nuestro radio. A mi juicio, la Argentina podía sacar de la conmoción más ventajas que perjuicios, si maniobrando a la manera de los Estados Unidos, aprovechaba la oportunidad para servir sus intereses y para alzar la voz con más energía. Las naciones en lucha necesitaban víveres, deseaban congraciarse las simpatías de los neutrales, evitaban toda desavenencia con ellos. La oportunidad no podía ser más feliz para disminuir nuestra deuda exterior y abrir la era de las iniciativas diplomáticas. La prédica del diario coincidió de tal suerte con el instinto popular, que pocos días después de su aparición la Policía dispersaba de nuevo a los manifestantes bajo nuestros balcones. La Patria protestaba contra el apresamiento de un barco argentino por la flota inglesa, y la juventud la acompañaba en la reclamación con el entusiasmo que ponen siempre las nuevas generaciones al defender un ideal patriótico. El inexplicable rigor de las autoridades dio mayor nervio a la resistencia. Pero ¿qué podía, en realidad, un núcleo universitario en medio de la corriente encontrada de intereses tan grandes como los que representan en Buenos Aires las colonias extranjeras y los grupos ligados a ellas en forma material o espiritual? ¿Era posible un empuje de auténtica y reflexiva argentinidad en medio de un ambiente trabajado por influencias tan poderosas? El eterno colonialismo latinoamericano resurgía más que nunca al conjuro de la guerra. ¿Dónde estaban nuestras concepciones, nuestros intereses, nuestros ideales, nuestra propia vida? La nación se hallaba en realidad dividida en dos bandos, que correspondían a dos corrientes de intereses europeos. Fascinadas las conciencias por los copiosos cables de las potencias aliadas, o por los misteriosos radiogramas de los imperios centrales, disputados los corazones entre dos apasionamientos, no quedaba lugar para una concepción propia que tradujera la inquietad, las conveniencias, el orgullo, los destinos nacionales. El precio que alcanzó el papel en aquella época y la coalición de intereses hostiles, que llegó hasta obstaculizar la venta del periódico, puso fin al cabo de cuatro meses a esta tentativa de nacionalismo superior.

Fue precisamente el momento en que, a raíz de una inexperiencia del diplomático argentino acreditado en La Paz se encendió nuevamente el endémico conflicto con la república de Bolivia. El doctor Dardo Rocha, fundador de la ciudad de La Plata y único ministro argentino que planteó esta cuestión en sus verdaderos términos en los años 1895 y 1911, había trazado normas tan claras, que el asunto no presentaba más dificultad que la capacidad de comprensión de los que debían tramitarlo. Como ya había comentado el incidente en un artículo inspirado en el sentimiento fraternal que debiera dirigir nuestra acción en Suramérica 123, alguien indicó mi nombre para reemplazar a nuestro representante, el Sr. Acuña, que acababa de salir bruscamente de La Paz. La idea encontró ambiente 124 favorable, el órgano oficioso del Gobierno boliviano expresó espontáneamente su beneplácito 125, el mismo doctor Dardo Rocha hizo una gestión ante el Gobierno para auspiciar mi candidatura, y todo ello dio ocasión para que se pusiera una vez más en evidencia la incertidumbre de la política sudamericana.

Yo no había solicitado nunca un cargo público. Por el contrario, había renunciado una Candidatura a diputado y una candidatura a senador. La tendencia de mi espíritu no fue jamás la de la disciplina, sino la de las disidencias, basadas en la sinceridad. Pero era el caso de acabar con un fantasma arcaico que desde hace medio siglo interrumpe la armonía entre los dos pueblos. Aprovechando la oportunidad propicia, manifesté mi conformidad con el ambiente que se había creado. Pero el ministro de Relaciones, dentro de la más franca cortesía, evocó mis campañas latinoamericanas y me declaró que el nombramiento era imposible. De aquí un cambio de cartas que no han sido publicadas y los ecos enojosos en la Prensa continental 126. Los diarios de Bolivia epilogaron sobre el incidente, se nombró a un ministro que, como es de práctica, no pudo soportar el clima de La Paz al cabo de algunas semanas, y el conflicto inicial, a pesar de los años transcurridos, está sujeto aún a nuevas convulsiones.

Los episodios trágicos de la guerra europea ejercían una fascinación tan exclusiva, que casi todos habían olvidado la presencia en tierra mejicana de un ejército invasor. Se seguía con banderitas en los mapas las más ligeras oscilaciones de la línea de trincheras que separaba a los beligerantes europeos; pero nadie sabía en Buenos Aires dónde quedaba el estado de Chihuahua, ni mucho menos el Carrizal, donde se desarrolló, el 21 de junio de 1916, el choque entre los patriotas mejicanos y las tropas norteamericanas de ocupación 127. Cuando éstas iniciaron la retirada, nuestra Asociación celebró una nueva asamblea popular 128 y de México llegaron nuevos telegramas de reconocimiento 129.

Pero el significado del Carrizal va más allá de la pequeña escaramuza guerrera. El combate, que duró dos horas y sólo puso en línea de batalla algunos centenares de hombres, no tenía, desde el punto de vista bélico, más que una importancia relativa. Considerado desde el punto de vista político, marcaba, desde 1848, la primera vez que la América nuestra se pronunciaba de una manera efectiva contra la invasión gradual que iba doblando las resistencias. Era el primer tiro que se disparaba contra el uniforme que parecía tener el privilegio de circular en los países circunvecinos como si se hallaran abolidos los límites y las autonomías. No cayó en el Carrizal un grupo de soldados, sino el respeto supersticioso que rodeaba a los agentes del imperialismo. Lo que los presidentes de toda la América Latina no se habían atrevido a intentar dentro de la pacífica diplomacia, lo realizó, con el rifle en la mano, un simple coronel, y las sanciones trágicas, que evocan, consternados, nuestros Gobiernos ante la menor disidencia, no se hicieron  sentir en ninguna forma. El ejército invasor recogió sus muertos y se retiró del país. Pero ¿quiere esto decir que baste la arremetida sangrienta para cambiar un destino? ¿Cabe deducir, como conclusión, que un esfuerzo militar pueda salvarnos?

Nada sería más pueril que suponer que el imperialismo, temeroso, renunció a la lucha. Hubiera sido fácil para los Estados Unidos volcar 200.000 hombres sobre la frontera y llegar en quince días a la capital. ¿Por qué no lo hicieron? Para la concepción de los latinoamericanos, el gesto estuvo lejos de ser brillante. Nosotros nos hubiéramos obstinado invocando el honor militar y todos los principios. La psicología de la gran nación del Norte es otra. Ante la resistencia que se anunciaba, con su cortejo de sorpresas y guerrillas interminables en la montaña, se hizo un cálculo de ventajas e inconvenientes, se planteó el problema en términos prácticos, teniendo en cuenta el momento, los sacrificios que exigía la empresa, los beneficios que podía reportar y la posibilidad de alcanzar el mismo fin por otros medios. En lo que se refiere a la oportunidad, los acontecimientos que revolucionaban a Europa obligaban a los Estados Unidos a reservar todo su poder para la intervención decisiva, que ya asomaba en la mente de sus perspicaces gobernantes. En lo que atañe a los gastos de la empresa y al esfuerzo que sería necesario desarrollar, un general experto dio en cifras la síntesis del asunto. En lo que toca a los beneficios posibles, parecieron insuficientes comparados con los riesgos. El equilibrio mental, el sentido de las realidades, las características más claras de aquel pueblo, evitaron la aventura. El mejor deseo de Alemania tendía a inmovilizar a los Estados Unidos por intermedio de México. Un reflejo de Europa serpenteó sobre la frontera. Y, además, dentro de la mentalidad del siglo, ¿era necesario, era útil el empuje? Desde el punto de vista económico, ¿no tenían los Estados Unidos en sus manos todo el porvenir del país? Porque la misma conflagración formidable que devastaba al mundo estaba probando axiomáticamente que el carbón, el petróleo, los víveres, los capitales, la organización de las fuerzas de la paz, eran, aún en plena batalla, más fuertes que los cañones. El mismo resultado final de la guerra nos ha venido a revelar después que la victoria militar es una fórmula sobrepasada por la evolución de la humanidad. Lo que antes fue un hecho concluyente, sólo es hoy un hecho relativo, sujeto a fenómenos posteriores de actividad industrial y comercial, a sutilezas diplomáticas, a fuerzas que no derivan de la estrategia ni de la pólvora. Un imperialismo nuevo, basado en premisas seguras, no podía dejarse burlar por impetuosidades contraproducentes. De aquí la retirada, de la cual no pudieron sacar, en realidad, los mejicanos, por noble y plausible que fuera el gesto, ninguna ventaja ulterior. Sólo universalizando el esfuerzo y extendiéndolo por igual a todos los órdenes; sólo movilizando, al par que el ímpetu guerrero, la potencialidad productora y pensante del país; sólo ampliando ese espíritu de resistencia al campo comercial e ideológico, hubiera podido dar frutos la pasajera ventaja. Reuniéndolo todo en una frase, podemos decir que el Carrizal fue un intento, pero no una realización, con lo cual no restamos méritos, desde luego, ni al heroísmo personal de los que combatieron, ni al heroísmo moral, mucho más grande todavía, de los que asumieron la responsabilidad de la actitud.

Todo esto pasó inadvertido, naturalmente, en medio del estruendo que ensordecía las conciencias. La atención de nuestras ciudades estaba acaparada de manera tan absoluta por la tragedia de Europa, que parecía vano cuanto no coincidía con la ansiedad de las muchedumbres que corrían por las calles, afónicas a fuerza de clamar en favor de unos o contra otros, arrebatadas en el vértigo de otros intereses. La convicción de que se combatía para acabar con la violencia en el mundo, quitaba significación a los mismos atropellos.

No era más que cuestión de tiempo. Con esperar unos meses, todo obedecería en el planeta a la pauta de la más estricta equidad. ¿Para qué ocuparnos de lo que ocurría en México, si la simple solución de la contienda entre los aliados y los Imperios centrales debía resolver automáticamente todas las dificultades? Todavía veo la sonrisa de piedad con que algunos escuchaban las objeciones. “Carece usted de visión general —decían—; las pequeñas injusticias de América son parte de la injusticia universal que se liquida”.

 No se ha producido en la Historia un caso de fascinación colectiva como el que determinó en nuestras repúblicas la propaganda de las agencias. Los pocos que nos negamos a aceptar en bloques las direcciones que se nos transmitían y tratamos de enfocar los hechos desde el punto de vista de los intereses latinoamericanos, fuimos cubiertos de injurias. No pongo en duda la sinceridad de quienes sirvieron esos apasionamientos, aunque no faltaran los que aprovechaban los remolinos para alcanzar una actuación efímera. ¡Era tan fácil dejarse levantar por la corriente! Pero la inmensa mayoría obedecía al ímpetu más sano. Es precisamente lo que robustece la objeción. Si el entusiasmo y la combatividad que se exteriorizaron en favor de ideas generales o de reivindicaciones de países ajenos a nuestro conjunto se hubieran puesto al servicio de la propia causa latinoamericana, en un momento en que todas las fuerzas de reacción estaban acaparadas por el cuidado de sus intereses, nuestras repúblicas se hallarían hoy en una situación completamente distinta. Aprovechando la hora, nuestro Continente hispano pudo nivelar sus finanzas, crear industrias y recuperar el libre albedrío en los movimientos internacionales. La timidez, la rutina, se opusieron a ello. Fuimos consecuentes con la sujeción aun en un momento en que por la fuerza de las circunstancias la sujeción dejaba de existir. Cuando antes se hundía una galera, los galeotes aprovechaban para escapar. Cuando hoy se incendia un presidio, los presos se descuelgan por las ventanas.

Nosotros obramos como el can atado a una rama débil. Nos retuvo, más que la cadena, la superstición de que debíamos obedecer. Y así salieron de Cuba, de Panamá, de Puerto Rico, millares y millares de latinos de América que se hicieron matar anónimamente bajo la bandera de los Estados Unidos 130, para mayor gloria de ese país, mientras el imperialismo desembarcaba sus tropas en Santo Domingo, estableciendo la dominación que se prolonga hasta nuestros días. ¿No estaba en esta contradicción la mejor prueba del desconcierto y la anarquía continental?

El 14 de mayo de 1916, el pacífico presidente Wilson, a quien aclamaba el orbe por sus declaraciones en favor del derecho que tienen los pueblos a disponer de su suerte, envió a Santo Domingo una escuadra encargada de poner orden en la pequeña república. Los antecedentes de esta operación se hallan explicados en un artículo de Tulio M. Cestero 131, en el Memorial de Protesta elevado a los embajadores de la Argentina, Brasil y Chile, por los miembros de la Academia Colombina 132, y en el libro, ya citado, de Isidro Fabela 133 No es este el momento de rehacer el proceso de la nueva aventura imperialista. Lo que importa subrayar, dentro de los límites del capítulo en que nos hallamos, es el silencio que guardó la América Latina. Con excepción de algunos diarios de Cuba, donde el ministro de Santo Domingo, D. Manuel Morillo, logró hacer resonar su patriotismo lastimado, nadie alzó la voz contra la violencia. Y, sin embargo, el diario oficial de la débil república 134 traía el eco de los nombramientos y las destituciones de funcionarios que decretaba el Sr. H. S. Knapp, Captain U. S. Navy, Commander Cruiser Force, U. S. Atlantic Fleet, Commanding Forces in Occupation in Santo Domingo, como se intitulaba, rindiendo culto a la brevedad anglosajona.

Las mismas interpelaciones formuladas en el Parlamento de los Estados Unidos a raíz de atropellos realizados en la isla por las tropas de ocupación no tuvieron repercusión alguna en América. En las Memorias que escribo serenamente en mi retiro he de dar detalles sobre estos y otros incidentes, atendiendo a la contribución que pueden aportar al conocimiento de la verdadera situación, y he de incluir cartas y fotografías de documentos que arrojarán luz sobre algunas cosas que parecen inexplicables. El mismo carácter patriótico y popular de la campaña me granjeaba, al par que los odios, la colaboración silenciosa de algunos de los mismos que intervenían en la acción, y todo ello debe llegar a ser conocido cuando, por encima de nuestras vidas, se pueda pensar en establecer verdades durables.

La Protesta de la Asociación Latinoamericana en esta ocasión, así como el Mensaje que enviamos al canciller del Brasil 135, y el estudio que publiqué sobre la filosofía de la guerra 136, estaban de tal suerte al margen de la preocupación reinante, que parecieron fruto de una obstinación anacrónica.

Una tentativa para formar un Comité Popular encaminado a crear, aprovechando las circunstancias, un fuerte ambiente nacional 137, tuvo la misma suerte. No había más horizonte que el de la guerra, y cuanto evolucionaba en otras órbitas estaba fuera de la humanidad.

El argumento prestigioso de defender a Francia y de preservar la civilización latina fue magnificada con éxito tan rotundo, que las líneas reales del conflicto desaparecieron, y todo se redujo a una lucha entre el idealismo y la noche. En favor de Francia estábamos todos; las fibras de nuestro ser palpitaban unánimes en el culto de una tradición y un pensamiento, que tan poderosamente ha intervenido en el desarrollo de la vida americana. Yo era y soy personalmente un apasionado de la gran patria, donde he vivido buena parte de mi juventud y donde he adquirido precisamente los conocimientos que me permitieron desarrollar la campaña antiimperialista. Pero los términos del problema eran otros.

Aunque estuviera en Francia el teatro de la guerra, los intereses que se debatían eran de orden más general, y Francia misma, al defender sus intereses directos, giraba dentro de la órbita de planes más complicados, como ha venido a probarlo la liquidación difícil. Las guerras antiguas se limitaban a un choque; las modernas revisten la forma de una partida de ajedrez. El ataque a una pieza no importa una finalidad: marca un episodio de la acción. Así como Bélgica fue una etapa para llegar a Francia, ésta pudo resultar víctima en la pugna entre el mundo germano y el mundo anglosajón. Claro está, que Francia, como Bélgica, defendía su territorio invadido y no podía obrar de otra suerte. Pero es en la síntesis de las consecuencias donde hay que buscar la armazón de una política que, en el curso de su desarrollo, fue poniendo en evidencia los ardides y revelando los objetivos. Inglaterra burló a Europa, y los Estados Unidos, al intervenir en último resorte, burlaron a Inglaterra. Las dos ramas anglosajonas se repartieron la preeminencia final, y la América latina, al apoyar románticamente a los aliados, no sirvió, en realidad, los intereses de Francia, cuyo dolor se exhibía para ganar prosélitos, sino la hegemonía final de los mismos que la habían amenazado siempre. La situación actual lo está proclamando a voces. Nuestro entusiasmo fue así una sugestión del cable, que nos deslumbraba con un resplandor.

Dadas las perspectivas que se anunciaban y la necesidad que en todos los tiempos ha hecho regular la política sobre intereses y no sobre simpatías, algunos pensamos que importaba adoptar una actitud atenta exclusivamente a preservar en medio de la tempestad el desarrollo y la prolongación de nuestras repúblicas. ¿No había llegado el momento de recuperar, aprovechando el entrevero, la libre disposición de movimientos dentro de la diplomacia? Los pueblos se han acercado o se han alejado siempre en la historia según la coincidencia o la antinomia de sus necesidades. Y era en nombre de estas últimas que había que adoptar una actitud de batalla mientras duraba el huracán.

Por esos días recibí del ministro mejicano acreditado en Buenos Aires una nota de agradecimiento 138 y poco después una invitación de la Universidad de México para ir a dictar en aquel Centro de estudios una serie de conferencias.

Dadas las circunstancias, el viaje tenía que dar lugar a las maniobras habituales. Oficiosamente se hizo saber al ministro de México que la Argentina veía el gesto con satisfacción, pero que el indicado para ir a aquel país no era el autor de este libro. Había intelectuales de mayor mérito, que harían un papel infinitamente más brillante. El ministro de México mantuvo su actitud, y la subrayó, ofreciendo al invitado un banquete de despedida, al cual concurrieron el embajador de España, el ministro de Portugal y todos los ministros latinoamericanos acreditados en el país, pero al cual se excusaron de asistir el secretario y subsecretario de Relaciones de la Argentina. Planteando en estos términos, el éxodo tenía que hallarse erizado de dificultades. Dada la inseguridad de las comunicaciones en el Atlántico, se adoptó el itinerario por Chile y Panamá, con escala en la Habana. Pero los mayores obstáculos no estaban en los transportes, sino en las resistencias de orden moral que se oponían a la realización del proyecto.

Hice antes de partir una visita al rector de la Universidad de Buenos Aires, quien declinó mi ofrecimiento de llevar un mensaje de una Universidad a otra, añadiendo que, a su juicio, el imperialismo no debía inquietar a la Argentina. El presidente de la república, a quien pedí una audiencia, no pudo recibirme. Y todo fue prudencia alrededor del franco tirador, que, dentro de las operaciones generales de América, iba a aventurarse hasta una posición abandonada.

A llegar a Chile, interrogado por los periodistas, expliqué en diversas interviús 139 las razones del viaje. Formamos una entidad distinta y debemos tener una política nuestra. En momentos en que la guerra modifica las perspectivas mundiales y asoman problemas inéditos, urge más que nunca estrechar los vínculos entre las naciones afines del Nuevo Mundo.

Tendremos que dejar de lado las tendencias demasiado ideológicas que han predominado hasta ahora, para encarar con sentido actual los rumbos posibles de nuestra diplomacia, desligándola de las influencias y dándole una fuerza propia de locomoción. Tal fue la síntesis de las declaraciones que algunos me reprocharon después. En lo que se refiere a la guerra misma, no escondí que la intervención en ella de los Estados Unidos planteaba para nuestras repúblicas un problema especial que no podía ser resuelto por las simpatías hacia este o aquel país de Europa, sino por un estudio directo de las conveniencias dentro del Continente, El Gobierno del general Carranza marcaba en aquellos momentos una hora especial de la política de América. Por la primera vez se enfrentaba una de nuestras repúblicas con el imperialismo y hablaba de igual a igual. Húmeda aún la sangre del último encuentro, fresca la visión de la retirada, el país débil respondía en notas serenas, pero llenas de energía y a veces de buen humor, a las intimaciones. Algunas tuvieron su hora de celebridad, como aquella en que el general Aguilar, a raíz de una reclamación de Inglaterra, hecha por intermedio de los Estados Unidos, lamentaba no poder dar satisfacción al deseo formulado, impidiendo las incursiones de los submarinos alemanes en las costas mejicanas, dada la carencia de escuadra suficiente, y sugería la idea de que acaso fuera mejor evitar nuevos contratiempos impidiendo que esos submarinos salieran de sus bases navales en Europa.

Carranza realizaba el tipo del clásico general sudamericano de las buenas épocas. Franco, sereno, paternal, poseído por un instinto fanático de patriotismo y una bravura ingénita, ejercía influencia segura sobre cuantos le rodeaban. Me recibió sin pompas protocolares, y durante la audiencia, que duró más de hora y media, habló de resistencias conjuntas, de ideales amplios, como jamás lo hizo ante mí otro presidente.

—En vista de los acontecimientos universales y dada la situación especial de México —le pregunté—, ¿sería nociva para la política del país una exteriorización completa de la verdad?

Exponga usted cuanto crea necesario -repuso después de ligera reflexión-, y tenga la certidumbre de que nunca dirá contra el imperialismo más de lo que yo pienso.

Hablando después de las gestiones que se hicieron para impedir mi llegada, refirió su diálogo con el ministro de los Estados Unidos. El diplomático había hecho valer las relaciones que empezaban a restablecerse entre las dos naciones después de retiradas las tropas de ocupación, y se quejó del desaire que importaban los agasajos a un hombre sindicado como hostil a la política de su patria.

Es una invitación de la Universidad —contestó Carranza—, y en México, como en los Estados Unidos, las Universidades son autónomas. No puedo tomar ninguna medida para que el escritor que debe visitarnos no desembarque en nuestras costas; pero si los Estados Unidos tienen interés en que no venga, en sus manos está no dejarle pasar por Panamá. Y el viejo patriota sonreía, acariciando su larga barba blanca.

—También hice notar al ministro —agregó— que en caso de haber podido yo prohibir la entrada al país de un hombre por haberse pronunciado contra la política de la nación vecina, hubiera tenido que solicitar la reciprocidad, porque en los Estados Unidos son muchos los que hablan contra México y su gobierno.

Pocos días después fui recibido por el ministro de Relaciones Exteriores. —No se imagina usted —me confesó el general Aguilar— las dificultades que hemos tenido que vencer para que usted llegue hasta México.

Completando lo que le contó el presidente, le diré que el propio representante de la Argentina me hizo una visita para insinuarme que usted no traía ningún carácter oficial, y que si era expulsado del país, él, como diplomático, no formularía la menor reclamación.

La efusión con que fue recibido el viajero cuando desembarcó en Veracruz 140, a su paso por Orizaba 141, y al llegar a la capital 142, acentuada por las fiestas que organizaron los estudiantes, para quienes llevaba mensajes de las Federaciones Universitarias de la Argentina y de Chile, no impidieron que, por influencias ajenas a la voluntad del gobierno, se organizara la primera conferencia en un local exiguo y tuviera por ese motivo que postergarse 143, hasta que se realizó pocos días después en un teatro144.

Una reseña sucinta de la evolución de nuestra diplomacia y de las exigencias del momento no tenía, desde luego, nada susceptible de molestar a ningún país. Incluida en el libro Mi campaña hispanoamericana ha circulado después esa conferencia sin objeciones. Sin embargo, en aquellos momentos levantó ásperas protestas de los que se hallaban obsesionados por el problema europeo. La segunda acentuó la impresión de la primera, y el rector de la Universidad, señor Macías, tuvo que hacer notar que esos actos, realizados en un teatro, no tenían carácter oficial. Algo análogo ocurrió con una bandera mejicana que la Federación Universitaria de México quería mandar a la Federación Universitaria de Buenos Aires. La bordaron las alumnas de las escuelas, se realizó la ceremonia de la entrega 145, pero argumentando un detalle que faltaba, la enseña quedó en la Universidad y no me ha sido entregada nunca. La noble intención juvenil fue anulada por maniobras subalternas, y el símbolo de un depósito de honor ofrecido por las nuevas generaciones de un extremo del Continente a las del otro extremo se redujo a una tentativa audaz que las pequeñas timideces interrumpieron en su vuelo.

La presión ejercida sobre México en aquellos momentos era tan formidable, que sólo la férrea voluntad de aquel pueblo podía resistirla. Porque lo que pesaba sobre aquella república no era sólo la imposición del vecino todopoderoso, sino la exigencia general de Europa que, obedeciendo a sus intereses, quería arrojar a la hoguera todos los combustibles. De ello se aprovechaba especialmente el imperialismo. Pero la resistencia fue tenaz; y se mantuvo el trípode de la neutralidad latinoamericana, cuyo ángulo superior estaba en México y cuya base residía en la actitud paralela de la Argentina y Chile.

Cuando después de visitar las ciudades de Puebla y Guadalajara, me embarqué en Salina Cruz con rumbo al Sur, sentí más que nunca en torno mío el peso de la vigilancia y de la intriga. En el plazo de cinco días, desde mi salida de la capital hasta mi llegada al barco, fui víctima de dos robos. Los ladrones se habían especializado en los papeles: la primera vez, me sustrajeron mi valija-escritorio, y la segunda, un voluminoso paquete de cartas que llevaba en el abrigo. Yo no tenía, desde luego, secretos que ocultar. Nada más claro y más limpio que la campaña emprendida. Pero la invitación mejicana, sumada a la continuidad del esfuerzo, hizo suponer quizá que aquello obedecía a hilos invisibles. Al llegar a Chile un tercer robo confirmó el sistema. Pero esta vez la operación se realizó con alevosía, tratando de hacerme pasar, cuando denuncié el caso a las autoridades, como víctima de un robo simulado. Se probó después hasta la evidencia la exactitud del delito. Pero de la acusación, aunque sea levantada, algo queda siempre.

Una escuadra norteamericana recorría en ese momento el Sur del Atlántico y era recibida con gran pompa en todos los puertos. El Brasil y el Uruguay, como naciones beligerantes, puesto que había declarado la guerra a Alemania, realizaban un gesto natural agasajando a un aliado. Pero la situación de la Argentina era diferente. Como neutral, tenía el deber de negarse a recibir en sus aguas o en sus costas a ninguna de las fuerzas en lucha. No es necesario ser especialista en derecho internacional para saber que neutralidad es equivalente de abstención, de equidistancia. De acuerdo con esta teoría, el gobierno argentino declinó el honor de la visita anunciada. Pero el visitante insistió, y después de varios días de vacilaciones y sigilosas consultas, vino la capitulación. Lo que constituye la gravedad del hecho no es la actitud, sino el cambio de actitud bajo una presión. No ignoro las razones de orden local que pudieron intervenir. En el terreno de la diplomacia, se puede decir que el almirante Caperton, que había tomado Montevideo apoyándose en Río de Janeiro, tomó después Buenos Aires apoyándose en Montevideo. La impresión nos puso en el trance de subrayar con un gesto obsequioso una estéril resistencia. Era la hora en que se ejercía la presión máxima para imponer una actitud. La cancillería argentina estaba a punto de ceder, y romper también la neutralidad, lo cual hubiera determinado, por el simple juego de los equilibrios, abandono de México a la influencia extranjera. Fue en esta oportunidad que dirigí desde Chile al canciller de la Argentina un telegrama que no obtuvo respuesta 146.

Porque hay que tener en cuenta que las dificultades sólo empezaron para la América latina desde que los Estados Unidos entraron en la guerra. Los aliados, en su primera expresión, nunca ejercieron presiones sobre nosotros. Hicieron su propaganda, difundieron sus argumentos, sacaron ventajas comerciales, trataron de ganar adhesiones, pero todo ello dentro del respeto más estricto a las autonomías regionales. La mejor prueba de ello es que el problema de nuestra intervención en la guerra nunca se planteó en esa etapa. Sólo se impuso después, cuando la América del Norte intervino en el conflicto.

La expectativa de los Estados Unidos, sólo fue una fórmula para dejar que se acentuaran los acontecimientos, hasta preparar el campo propicio para intervenir en la dosis oportuna, teniendo en cuenta el propósito primordial de asegurar la hegemonía sobre la América Latina y el fin más vasto de anular la irradiación mundial de Europa, o de sobreponerse a ella. Al entrar en la guerra trataron de arrastrar naturalmente al mayor número de naciones satélites, y así fue como en el plazo de pocas horas, Panamá, Cuba y otras repúblicas, se apresuraron a imitar la actitud, sin más urgencia o motivo que su sujeción a otras rotaciones.

Sobre los demás países pesó desde ese momento una sugestión de todas las horas. Con ayuda del cable se trató de influir sobre la decisión de éstos, adelantando inexactamente la decisión de aquéllos, en un círculo constantemente renovado de sutilezas. Por eso podemos decir que la neutralidad de las pocas repúblicas que se mantuvieron firmes, no fue en ninguna forma un signo de indiferencia hacia Francia. Ese reproche no nos lo hizo nunca Francia. Sólo empezó a ser formulado cuando del prestigio de Francia se sirvieron otros. Y la gran república latina, al amparo de cuya generosa hospitalidad escribimos este libro, comprendió muy bien nuestras actitudes. ¿Cómo íbamos a estar los latinoamericanos del lado de los Estados Unidos en una guerra que debía dar a los Estados Unidos una influencia exclusiva sobre todas nuestras repúblicas y la hegemonía mundial?

Por esos días llegó a Buenos Aires la misión Cabrera-Montes. El general Carranza, sitiado nacional y personalmente, enviaba al extremo Sur sus emisarios para intentar por lo menos una comunicación con las otras repúblicas. No quiero hablar, para no alargar este capítulo, de las dificultades que tuvieron que vencer el doctor Cabrera y el general Montes, molestados y registrados durante la travesía, antes de llegar a Buenos Aires, ni entiendo hacer referencia tampoco al brusco llamado del ministro de México en Buenos Aires, señor Fabela, a quien le fueron robadas al llegar a Cuba las valijas diplomáticas. Nada se nos ha dicho en América sobre el objeto de esa embajada, ni sobre las proyectadas comunicaciones inalámbricas entre México y Buenos Aires, ni sobre la posible creación de una línea directa de vapores entre Progreso y Bahía Blanca, cuya vida se hallaba asegurada con el transporte del sisal de Norte a Sur, y la conducción del trigo de Sur a Norte. Acaso hubo un momento en que pudo realizarse la ilusión de un intercambio directo de productos que hoy circulan con escalas e intermediarios extranjeros, y ese precedente será utilizado en el porvenir.

Cuando, pasada la desorientación, reaparezcan las verdaderas perspectivas, ha de asombrar que para combatir una idea se haya tratado de hundir a un hombre. Nunca pensé que el hecho de trabajar en favor de mi patria me valiera tantos odios. En el deseo de justificar la hostilidad, se llegó hasta atribuirme actos innobles. Y el mal de la calumnia no está en la calumnia misma, sino en la docilidad de los que la repiten. Hay insinuaciones que sólo manchan a los que se inclinan a recogerla. Esperé que saliera de la masa alguien para decir: “No puede ser vil quien ha dedicado su vida entera a la defensa de una doctrina; no puede ser venal quien sacrifica por su verdad cuanto tiene y se pone al margen de los honores oficiales”. Nadie alzó la voz en mi favor. Me encontré solo, pobre, difamado, derrotado en mi ideal, puesto que me quitaban el prestigio para defenderlo. Sin la convicción que sostiene, hubiera renunciado a la lucha. Pero hay circunstancias en que la forma extrema del valor consiste en esperar.

Y confié, confío, en que al fin se comprenderán los errores. Como hombre y como latinoamericano, no tengo más mancha que la de haberme obstinado en un ideal. Y si lo digo, no es para que mi patria repare la injusticia, sino para que la comprenda, devolviéndome la posibilidad de ser útil en la evolución de sus destinos.

Así que terminó la guerra, en la forma incongruente que tantas dificultades tenía que crear después, fui al ministerio a pedir un pasaporte para Europa, invocando la invitación que acababa de recibir del Centro de Cultura Hispanoamericana de Madrid.

Por renuncia de un colega, había asumido ocasionalmente el ministro de Relaciones la dirección de la instrucción pública. Mientras esperaba en la secretaría, llegó una delegación de estudiantes de la provincia de Córdoba.

Estaban en conflicto con las autoridades universitarias, se habían declarado en huelga y pedían un interventor.

— ¿Nos permite usted que propongamos su nombre? —me dijeron con el sano lirismo de la juventud.

El secretario del ministro me miró y los dos sonreímos. Acaso interpretaron los delegados esa actitud como desdén. Sepan ahora, si caen estas líneas bajo sus ojos, que el escepticismo nació de la antinomia entre la hipótesis y la realidad. Yo salía precisamente del país ante la evidencia de que nada podía pretender dentro de él, y había en la proposición una ironía involuntaria que ponía en evidencia la situación.

¿Qué había significado, en balance final, la guerra para nosotros? Ni se vendieron más caros nuestros productos, ni rescatamos las deudas, ni alcanzamos personería nacional. La mayor parte de las repúblicas que tomaron posición en el conflicto limitaron su beligerancia a apoderarse de dos o tres barcos anclados en el puerro, y este discutible beneficio estuvo contrapesado por tantas obligaciones, que no es posible tenerlo en cuenta. Las que permanecieron neutrales consintieron préstamos (ellas, que estaban endeudadas) y perdieron toda posibilidad de hacer valer su actitud. En cuanto a los portorriqueños, los nicaragüenses, que cayeron bajo los pliegues de la bandera norteamericana, no tendrán jamás un monumento ni serán recordados en el que perpetúa las glorias de la república del Norte; dieron su sangre para defender ideas generales cuando no había derramado una sola gota para reconquistar su territorio. La sugestión, que absorbía las fuerzas de la India, las vidas del África, la savia de todos los pueblos sojuzgados que se sacrificaban, los envolvió en el remolino. ¿Con el alto fin de defender a Francia? ¿Con el propósito magno de salvar el porvenir de Europa? Si hubiera sido así, bien muertos estaban. El resultado hubiera sido noble y favorable para nuestras repúblicas. Pero el único vencedor efectivo tenía que ser el rival cuyas fuerzas se acrecieron con toda la sangre y todo el oro que ardía en las hogueras del Marne y de Verdun. Sólo ayudaron a desplazar el eje de la política del mundo. Y frente a una Europa desquiciada por luchas implacables, en medio de las ruinas del cataclismo cuyas consecuencias no supimos prever, sólo cabe hoy, desde el punto de vista nuestro, multiplicar preguntas o lamentaciones a las cuales sólo contesta el silencio y la desorientación.

Notas

110 “Sí. Hay que decirlo tristemente. Las tres repúblicas hermanas, tres grandes pueblos latinos que piensan como nosotros, que viven con el mismo ideal, que alimentan las mismas esperanzas, se alían a los enemigos jurados de nuestra raza en el Continente americano, rompiendo bruscamente viejas tradiciones de sangre y de cultura. La Argentina, Brasil y Chile en su entente con los Estados Unidos, no reconocen aún al Gobierno de México. No culpamos por ello al pueblo de esas naciones, sino a sus Gobiernos, que, sin duda, tuercen y contradicen el deseo de la opinión. ¿Qué dirá ahora Manuel Ugarte?”- (El País, de México, 10 de septiembre 1913.)

111 “… El tiempo nos dirá que nuestro deber y nuestros intereses aconsejaban una política absolutamente contraria a la que se sigue. Cuando todos se den cuenta de ello, será tarde quizá.” (Interviú de La Tarde. Buenos Aires, 28 de octubre 1913.)

112 “Por la mañana, Manuel Ugarte, citado por el jefe de Policía, concurrió al Departamento Central, donde celebró una breve conferencia con el señor Udabe. Este funcionario insinuó al señor Ugarte, en nombre del ministro del Interior, la conveniencia de suspender la manifestación.

Por la tarde el señor Ugarte, a pedido del ministro de Relaciones Exteriores, concurrió a la cancillería, donde celebró una conferencia con el doctor Murature. El ministro le pidió que renunciara a la idea de realizar la manifestación, pues sería inoportuna en los momentos actuales en que se inician las gestiones de los mediadores.”- (La Prensa, de Buenos Aires, 29 de abril 1914.)

113 “El ministro del interior, por intermedio de la Jefatura de Policía, ha comunicado al Comité Pro-México, que preside don Manuel Ugarte, que se ha resuelto no autorizar la manifestación proyectada en homenaje al pueblo hermano.

El ministro del Interior se reserva las causas que le han inducido a esta denegatoria, causas que son del dominio público en los términos de la conferencia realizada ayer entre don Manuel Ugarte y el ministro de Relaciones Exteriores.”- (La Razón-, de Buenos Aires, 29 de abril 1914.)

114 “Recientemente, cuando Ugarte regresó de su viaje continental, pretendió dar una conferencia en el teatro Municipal. Su solicitud fue rechazada, asegurándose que en el rechazo intervinieron influencias poderosas. Ahora se niega al pueblo de Buenos Aires el derecho de demostrar a un país hermano las simpatías que merece su actitud, aplaudiéndole en nombre de la confraternidad americana. Indiscutiblemente los señores dirigentes del Gobierno argentino, halagados por los aplausos de los últimos viajeros yanquis, que tantos elogios les han prodigado, se inclinan del lado más fuerte. Es un dato que el pueblo debe tomar en consideración para cuando el peligro se vaya aproximando.” –  (Editorial de El Diario Español, de Buenos Aires, 29 de abril 1914.)

115 La Prensa, Buenos Aires. Asociación Periodistas Metropolitanos ciudad México, fraternalmente suplícales comunicar Manuel Ugarte profunda gratitud nuestra por su oportuna y valiente campaña Pro-México. Presidente, Mariano Ceballos. Secretario, Juan Seauterey.

116 La Argentina, de Buenos Aires, 22 de abril 1914. La Mañana, de Buenos Aires, 23 de abril 1914. La Tarde, de Buenos Aires, 20 de abril 1914. La Argentina, de Buenos Aires, 23 de abril 1914. Giornale d’ltalia, de Buenos Aires, 27 de abril 1914.

117 “EL Comité Pro-México, fundado con el fin inmediato de exteriorizar el empuje de simpatía que nos solidariza con la república hermana y de estrechar los lazos que su dolorosa situación robustece, no puede considerar terminado su cometido mientras las tropas extranjeras ocupen el pueblo de Veracruz, y mientras la solución internacional se halle pendiente del arreglo de los conflictos interiores. Pero dado que la conflagración mejicana ha contribuido a poner en evidencia los propósitos y los procedimientos de la política imperialista; dado el encadenamiento visible entre los sucesos que se desarrollan actualmente y los que hace algún tiempo tuvieron por teatro Cuba, Puerto Rico, Colombia y Nicaragua, y dada la inadmisible ambición que lleva a los Estados Unidos a desarrollar un plan de predominio y hegemonía en el Golfo de México y en el resto de América, el Comité, sin perder de vista la cuestión mejicana, resuelve habilitarse para encarar el problema en toda su amplitud, transformándose, bajo el nombre de Asociación Latinoamericana, en un organismo permanente, capacitado para hacer sentir su acción en todo momento y lugar, siempre que así lo exijan los sentimientos cada vez más robustos de confraternidad latinoamericana.” – (De la Declaración de Principios.)

118 “En la sala una enorme multitud entusiasta, vibrante de generosos sentimientos, que respondía simpáticamente a todas las emociones que se le transmitían, y aún las devolvía duplicadas. Tal fue la afluencia de público, que la Policía vióse en la imprescindible necesidad de cerrar las puertas de acceso al teatro.” (La Argentina, de Buenos Aires, 20 de Junio 1915)

119 Mi campaña hispanoamericana – (EDITORIAL CERVANTES, Barcelona, 1922.)

120 “La Asociación Latinoamericana organizó espontáneamente hace poco un acto en honor de Bélgica, ante el simple anuncio de una anexión posible. ¿Cómo no íbamos a hacer lo mismo ahora que en nombre de sentimientos de fraternidad intensamente compartidos nos expresa México su inquietud y su dolor? Hace pocos días era la carta de general Carranza, jefe de los ejércitos constitucionales, que revelaba a nuestro Gobierno las intenciones del invasor y pedía a la Argentina que no las favoreciera con su apoyo. Ayer era el impresionante telegrama de las agrupaciones obreras a los socialistas de la Argentina, en la cual acusaban al imperialismo de estar urdiendo la más condenable de las intrigas. Hoy es la juventud de allá la que se dirige a la juventud de aquí. Autoridades, clase obrera, masa universitaria, parece que todo México estuviera de pie para gritarnos desde un extremo a otro del Continente: “No hay que colaborar en lo que se prepara.” ¿Con qué justicia apoyaremos otra intervención en México, si México expresa de una manera tan definitiva su voluntad?”- (Fragmento del discurso publicado por La Argentina, de Buenos Aires, 23 de agosto 1915.)

121 Una vez terminados los discursos y dado por finalizado el acto, los concurrentes, en manifestación pacífica, desearon acompañar a don Manuel Ugarte hasta su domicilio, situado a muy corta distancia de la plaza del Congreso. Al llegar la manifestación a la esquina de la plaza y la calle de Rivadavia fue detenida por las fuerzas del Cuerpo de Seguridad, las que ordenaron la inmediata disolución de la columna.

Como la cabeza de la manifestación intentara seguir adelante, malogrando la orden policial, los agentes del escuadrón comenzaron a empujar con sus caballos. Ello motivó gritos de protesta, carreras y un mayor empeño de los manifestantes en su intento de acompañar al señor Ugarte. La violencia no se hizo esperar. Los agentes cargaron contra la multitud persiguiéndola hasta en las aceras.

Un grupo numeroso que se había establecido en la calle Pozos entre Victoria y Rivadavia, frente al domicilio del señor Ugarte, fue también disuelto por la fuerza. El estudiante del Colegio Nacional Avellaneda, Raúl Regueira, fue detenido y conducido a la comisaría sexta, siendo puesto en libertad poco después a solicitud del señor Ugarte. Varias personas estuvieron más tarde en nuestra redacción, protestando por la actitud que adoptó la policía.”— (La Nación, de Buenos Aires, 23 de agosto 1915.)

122 Policía de la capital. Urgente. Hágase saber al señor Ugarte, calle Corrientes 2038, concurra mañana a las 10 a. m. al despacho del señor jefe de Policía a efectos que se le comunicarán. — F. Correas.

123 “Por su carácter y sus destinos, la Argentina está obligada a mostrarse ante las grandes naciones tan inconmovible y entera como en las primeras épocas de su historia, ante las naciones menos fuertes tan deferente y desinteresada como cuando nuestros antepasados recorrían el Continente distribuyendo escarapelas de libertad.” – (Editorial de La Patria, 25 de enero 1916.)

124 La Paz, febrero 3. El rumor del probable nombramiento del señor Manuel Ugarte en misión especial, ha sido recibido con júbilo en Bolivia.- (La Razón, Buenos Aires, 3 de febrero 1916.)

125 “Un telegrama que acabamos de recibir de Buenos Aires, nos trae la grata noticia de la probabilidad de que sea nombrado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Bolivia, el distinguido literato y eminente escritor de fama mundial don Manuel Ugarte.

No podía el Gobierno argentino hacer una elección más acertada, dado el gran prestigio de que este notable personaje disfruta allí y las profundas simpatías y afectos que se le profesan en Bolivia y muy especialmente en La Paz, donde es personalmente conocido y sinceramente estimado.

Su nombramiento honraría a la representación argentina y sería recibido con placer y verdadera simpatía por el Gobierno y pueblo de Bolivia, y sería tanto más oportuna, si se considera que Manuel Ugarte es el más genuino representante de los elevados ideales de paz, justicia y confraternidad americana a que todos aspiramos en este Continente.”—(Editorial de El Diario, La Paz, 2 de febrero 1916.)

126 “Buenos Aires, marzo 12 – De fuente perfectamente fidedigna, tengo conocimiento de que el Gobierno argentino se abstuvo de designar a Manuel Ugarte ministro plenipotenciario en Bolivia, por razón de que es enemigo declarado de la política exterior que persigue el Gobierno de Estados Unidos para con los países americanos.” — (La Tribuna Popular, Montevideo, 12 de marzo 1916.)

127 Las tropas norteamericanas habían llegado hasta las inmediaciones de Naquimipa, y como trataran de continuar el avance, el general Treviño, jefe de las operaciones en Chihuahua, consultó al presidente Carranza. La orden fue terminante. Si pretenden seguir avanzando, hay que impedirlo. En la mañana del 21 de junio, el general Félix Gómez tuvo noticia de que un fuerte destacamento mandado por el capitán J. Moore trataba de apoderarse de la vía del ferrocarril central. Salió al encuentro de los invasores, dispuso su defensa, y para evitar un derramamiento de sangre, se adelantó seguido solamente por su asistente y el intérprete texano H. L. Spilliburg. Propuso que se detuviera el avance. Moore contestó que continuaría su marcha a pesar de todo. El general Gómez y su asistente cayeron muertos. Pero el segundo de la columna mejicana, coronel Rivas, dio la señal del ataque y derrotó a las tropas norteamericanas, haciéndoles numerosos muertos y diez y siete prisioneros, quince de ellos hombres de color. Se apoderó además de toda la caballada y municiones. El general Obregón, hoy presidente y por entonces ministro de la Guerra, contestó en estos términos al parte del general Treviño.

“Felicito a usted por el cumplimiento que ha sabido dar a las órdenes que tiene de no permitir a las fuerzas norteamericanas hacer nuevas incursiones al Sur, Este u Oeste del lagar en que se encuentran. Con pena, y a la vez con envidia, me enteré de la muerte del general Félix Gómez, a quien cabe la gloria de formar la vanguardia de los que estamos dispuestos al sacrificio para defender la dignidad nacional. Los prisioneros deben ser enviados a Chihuahua. Di cuenta de su mensaje al ciudadano primer jefe.— Obregón.”

128 “La reunión estaba anunciada para las nueve, pero media hora antes de esta hora, la amplia sala, el vestíbulo y los pasillos de la misma se hallaban totalmente ocupados por el público.” — (La Prensa, Buenos Aires,

“El señor Ugarte fue calurosamente aplaudido por el público que escuchó con evidente interés y visible emoción su largo discurso .Al final la asamblea aprobó por aclamación dirigir el siguiente Telegrama al pueblo de México: “Entusiasta asamblea popular se solidariza con el valiente pueblo mejicano.”— (La Nación, Buenos Aires, 27 de junio 1916.)

129 Washington, 21 de junio 1916. Dos representantes obrerismo organizado de México, vamos Argentina secundar campaña de usted contra política imperialista norteamericana descaradamente demostrada ahora. — C. Loveira y B. Pagues.

México, 20 de junio 1916. Como mejicano, como amigo, agradézcole gestiones solidarizar intereses indohispanos. Agradeceréle noticias. Salúdolo fraternalmente. — Juan- B. Delgado, jefe información Relaciones Exteriores.

México, 30 de junio 1916. Satisfáceme su cable. Pueblo mejicano al defender su soberanía defiende también la de los pueblos latinoamericanos. Saludos.- Venustiano Carranza-, presidente de la República.

México, 11 de julio 1916. He dirigídole dos cablegramas. Ayer conmemoróse fastuosamente Centenario Independencia Argentina. Desfile suntuoso integrado elementos intelectual y obrero. Discursos ante Consulado argentino y venezolano. Por correo remítole alocución general Cándido Aguilar, ministro Relaciones, pronunciada en Consulado argentino. Salúdole fraternalmente.- Juan B. Delgado, jefe información.

130 Sólo la isla de Puerto Rico dio a los Estados Unidos 140.000 soldados, según L’Action Française (junio 1922) y Revue de l’Amerique Latine (julio 1922).

131 Reforma Social, de Nueva York, diciembre 1916.

132 Imprenta Listín Diario, Santo Domingo, 1916.

133 Los Estados Unidos contra la libertad. Talleres gráficos Lux, Barcelona, 1920.

134 Gaceta Oficial, Santo Domingo, 17 de enero y 21 de febrero 1917

135 La Federación Universitaria, organismo central de las Sociedades estudiantiles argentinas, y la Asociación Latinoamericana, institución fundada con el propósito de estrechar los lazos entre las repúblicas afines de América, tienen el honor de presentar los mejores votos de bienvenida al digno representante del pueblo brasileño.

La profunda satisfacción con que asistimos a esta entrevista de cancilleres que marca una fecha memorable en la campaña de acercamiento, nos induce a pedir a V. E. que, aprovechando la sana atmósfera de confraternidad y poniendo a la vez de manifiesto los nobles propósitos del ABC, procure encontrar, en compañía de S. E. el señor ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina, a quien hacemos el mismo pedido, la mejor manera de resolver la condonación de la deuda y la devolución de los trofeos de guerra a la república del Paraguay.

Este acto simpático, que no necesita ser fundado porque es vieja aspiración de los pueblos argentinos y brasileños, después de una guerra de carácter tan peculiar que no dejó rencores, contribuiría a afianzar la confianza recíproca entre todas las repúblicas de nuestra América. -El presidente de la Asociación Latinoamericana, Manuel Ugarte- El presidente de la Federación Universitaria, Osvaldo Loudet. —El secretario de la Federación Universitaria, Luis Curutchet, — El secretario de la Asociación Latinoamericana, Bartolomé Zaneta.”

136 En este estudio, publicado en La Nación, de Buenos Aires, números del 16 y 20 de mayo 1916, y titulado “El ocaso socialista y la guerra europea”, decía: “Así como el siglo XVI fue el siglo de los debates religiosos y el siglo XVIII el de los debates políticos, el siglo en que estamos resultará el de los debates internacionales. Toda otra preocupación será desoída y sacrificada, porque las nuevas influencias dominantes y el desplazamiento producido por las modificaciones del mapa después de terminada la guerra, mantendrán en constante inquietud y movimiento a las naciones. Las repetidas anexiones, refundiciones y confederaciones que reducirán el número de entidades autónomas existentes, darán a las rivalidades indestructibles mayor amplitud y tenacidad. Con ello coincidirá una pavorosa expansión económica, y como es cosa sabida que para dominar virtualmente a un país basta con apoderarse de determinados resortes financieros, empezará la silenciosa y desesperada defensa de los débiles, empeñados en evitar la captación de sus fuerzas para que no desaparezca la autonomía real, dejando sólo en pie menguadas nacionalidades de cartón. En medio de los conflictos provocados por esta actividad substancial, encaminada a evitar vasallajes y a mantener la integridad de los grupos, surgirá una concepción nueva de la política, y demás está decir que de las ya mentadas ideologías de la juventud, sólo quedará la tendencia a la democratización total de la vida, no en nombre de ideales remotos, sino en nombre de intereses inmediatos, más que para rendir culto a la justicia, para llegar a una de las condiciones de la grandeza general.”

137 El programa comprendía:

Representación proporcional de las minorías. Protección y fomento de las industrias nacionales para preparar la emancipación económica del país. Reformas en la educación en el sentido de abreviar el término de los estudios preparatorios, extender la enseñanza profesional, crear escuelas para todos los niños y definir un plan global de la enseñanza argentina, de acuerdo con las características y las necesidades nuestras. Abaratamiento de los servicios ferroviarios y acción enérgica del Estado para hacer sentir su influencia sobre las Compañías. Abolición de la ley de residencia y su substitución por una ley orgánica de inmigración. Cultivar, especialmente, las relaciones económicas y diplomáticas con las repúblicas vecinas. Valorización y fomento de las riquezas minerales y forestales del país, especialmente el combustible y su explotación por el Estado. Reglamentación de las relaciones entre colonos y terratenientes y establecimiento de Colonias agrícolas como medio de combatir el latifundio y llegar a la subdivisión de la tierra. Impuesto al mayor valor de la propiedad territorial, simplificación del régimen impositivo, abolición progresiva de los impuestos al consumo. Eliminación de los obstáculos que impiden el crecimiento de la marina mercante nacional. Transformación progresiva de la Deuda exterior por medio de empréstitos internos. Extensión de los beneficios de las leyes de pensiones y jubilaciones ya votadas, a los gremios que no gozan todavía de ese privilegio. Ley de estabilidad de empleados públicos. Combatir los monopolios y propender por todos los medios al abaratamiento de los artículos de consumo, especialmente aquellos que son originarios del país y abundan en él. Estudiar el problema de la desocupación y tomar medidas para que todo hombre válido pueda encontrar oportunidad de ganarse la vida. Fomentar en todas las formas el patriotismo, el sentimiento de las responsabilidades nacionales, la austeridad política y el ímpetu reformador y creador que debe hacer la grandeza argentina.

138 Legación de México, Buenos Aires, 11 de diciembre 1916.

El general C. Aguilar, secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de mi país, me ha dirigido la nota que me complazco altamente en transcribir a usted: “Por la atenta de usted, número 6, registro 6, de fecha 15 de agosto próximo pasado, quedo enterado de lo que se sirve usted manifestarme respecto a que el distinguido escritor argentino don Manuel Ugarte, con motivo de las dificultades surgidas entre nuestro Gobierno y el de los Estados Unidos, organizó una manifestación popular en favor de México. Sírvase usted expresar al señor Ugarte los sinceros agradecimientos y simpatías personales del Gobierno constitucionalista por su labor en pro de la unión de la raza.”

A los agradecimientos del Gobierno de México, suplico a usted sea servido agregar las expresiones de reconocimiento de parte mía, etc.

139 El Mercurio, de Santiago, 14 de febrero 1917. La Nación, de Santiago, 14 de febrero 1917. La Opinión, de Santiago, 16 de febrero 1917. La Unión, de Santiago, 17 de febrero 1917.

140 “La Confederación de Sindicatos Obreros hace invitación en general a toda la clase obrera, especialmente a los grupos sindicados, para efectuar una demostración de cariño y simpatía al prohombre de los ideales de unión latinoamericana.”— (El Dictamen, de Veracruz, 8 de abril 1917.)

141 “El poeta salió en medio de cinco mil almas que ansiaban dar la bienvenida al representante de la nación hermana. Desde la estación hasta el hotel Diligencias, caminó entre el numeroso pueblo que no cesaba de aplaudir y vitorear a nuestra nación y a nuestra raza.”— (El Pueblo, de México, 16 de abril 1917.)

142 “Cuando el silbato de la locomotora se hizo, oír a lo lejos, un estremecimiento general se produjo en aquella ola humana, tal como si quisiera desbordarse de entusiasmo para sintetizar su intensa simpatía por el viajero.”— (Excélsior, de México, 12 de abril 1917.)

143 “La conferencia de Ugarte, anunciada para anoche, no se pudo realizar a causa de la gran concurrencia que se precipitó sobre el salón de actos de la Escuela de Ingenieros, lugar destinado al efecto. En vista de que el salón estaba completamente lleno desde antes de las seis y media, se pensó darla en el patio, pero se tuvo que desistir también.”— (El Demócrata, México, 10 de mayo 1917.)

144 “Ugarte habló durante hora y media, y aunque la mayor parte de conferencia la dijo con serenidad, tuvo períodos en que una exaltación profunda y sincera marcó sus palabras, produciendo hondas sensaciones que se resolvían al fin en aplausos estruendosos y vehementes.” — (Excelsior, de México, 13 de mayo 1917.)

“Al concluir el conferencista, estallaron vibrantes y prolongados aplausos de la concurrencia, epilogando así anteriores aclamaciones estruendosas, aplausos que se repitieron al abandonar el teatro acompañado de los miembros presentes de la Universidad Nacional.”— (El Universal, de México, 13 de mayo 1917.)

145 “Fue el sentimiento de una sólida fraternidad latinoamericana lo que indujo a nuestros estudiantes a poner en manos de Manuel Ugarte nuestra enseña nacional. Los estudiantes quisieron quedar estrechamente unidos a los de la juventud argentina con el lazo que mayor simbolismo encierra, y que mayor significación tiene: nuestra nacionalidad; y fue de ver al predicador de la doctrina de unión entre los pueblos latinos de la. América, levantar con veneración nuestra bandera para después besarla respetuosamente. Los estudiantes, electrizados por aquella acción, prorrumpieron en vivas a la Argentina y a la juventud del país hermano.” — (El Demócrata, 6 de junio 1917.)

146 “Un ciudadano argentino que nunca ha aspirado a los puestos públicos, no ha seguido jamás la senda de los honores, sino la del deber, se permite llamar respetuosamente la atención de ese Gobierno sobre la necesidad de pesar serenamente los actos que pudieran alejarnos de la neutralidad y de la paz propicia a todos los desarrollos futuros. Los acontecimientos últimos, por dolorosos y censurable que sean —y yo soy el primero en condenarlos—, no pueden hacernos desear que la América Latina olvide los agravios viejos por los entusiasmos nuevos y caiga mañana bajo la influencia de Inglaterra, cuyos procedimientos lamentamos en Malvinas, y de los Estados Unidos, que revelaron su programa en Panamá. Es con criterio continental el margen de los impresionismos actuales, y deseoso de que mantengamos dentro de la abstención un credo superiormente patriótico, que me permito formular esta solicitud, desafiando en el presente la impopularidad y asumiendo ante el porvenir las responsabilidades. Los hechos valen por sus prolongaciones y hay que medir las que tendría la ruptura en el futuro de América.”

CAPÍTULO X

ANTE LA VICTORIA ANGLOSAJONA

Evolución del hispanoamericanismo. La situación de Europa. La primacía mundial de los estados unidos. Fracaso del panamericanismo. Hacia el porvenir.

Los pueblos que deben perdurar se conglomeran en torno de una filiación racial, alrededor del hilo de oro de una cultura. Nuestra América, hispana por el origen, es esencialmente latina por sus tendencias e inspiraciones. Si no hace pie en los antecedentes y en los recuerdos, ¿de dónde sacaría, en medio de la dispersión y el cosmopolitismo, la fuerza necesaria para preservar su personalidad? Pueblo que surge renegando de su raza, es pueblo perdido. De acuerdo con esa dirección todas las fibras deben llevarnos hacia España, Francia e Italia, que sostienen la cúpula de la civilización secular. La personalidad nacional, las raíces autóctonas, serán más fuertes, cuanto más copioso sea el riego ideal que las fecunda desde los orígenes.

Al salir de Buenos Aires, creí poder continuar con más éxito la obra emprendida. Los centros fundados en diversos países de América se disolvían gradualmente. ¿Qué queda de aquel maravilloso empuje que animó con sus entusiasmos a la juventud? Unos se retiraron decepcionados por injusticias, otros perdieron rumbo durante la conflagración, otros naufragaron en la brega de los partidos. No faltaron los espíritus apresurados que buscan pretextos para ir desembarazándose de sus ilusiones, y arrojando, al azar de la carrera, los propios pensamientos para llegar más pronto. A ello se unió la pugna literaria, dado que el mismo instinto de emulación que determinó la anarquía política se hace sentir en la vida intelectual. Pero por encima de estas circunstancias subalternas y aplicables a un número reducido de hombres, en medio de un conjunto sano y lleno de vida generosa, hay que buscar las causas que hicieron ilusoria la tentativa en la irritada desorientación a que dio lugar la guerra. Entre las avalanchas enloquecidas, un ideal sólo podía ser la frágil hoja de papel que desaparece en el remolino. Convencido de que en realidad conducía un barco de humo, soñé intentar una acción diferente desde Europa, fundando una publicación de carácter continental que reuniera los hilos dispersos, que sirviera de punto de unión para las esperanzas.

¿Es necesario decir que estas ilusiones se desvanecieron también y que no ha surgido hasta ahora el Mecenas que pueda hacer posible esa nueva campaña? Porque quien había empezado la lucha quince años antes, basado en su independencia económica, salía de Buenos Aires sin más medio de vida que sus colaboraciones en los periódicos.

Llegué a España en 1919. Para algunos resultará difícil conciliar mi admiración por la madre patria y las críticas que en más de una oportunidad he formulado sobre algunas de sus características. Todo ello nace de un deseo de verla grande. Las “hermosas páginas” de la historia anglosajona, siempre han reportado ventajas; las “hermosas páginas” de la nuestra, sólo nos han valido sacrificios. Y es el ansia de una reacción que superponga a las excelencias conocidas una conciencia práctica, lo que ha dado a veces a la pluma involuntaria aspereza.

El viejo símil de las rocas azotadas por los elementos puede aplicarse a los pueblos que en la historia desarrollan una acción preponderante. A veces cargan con el peso de todas las culpas, y tienen que resignarse a ser responsables hasta de los crímenes que se esforzaron por evitar. Al hacerse dueña de un mundo y de un siglo, España exasperó las declamaciones humanitarias de sus rivales. Y no hay que basar la historia en la diatriba.

En lo que acierta plenamente la opinión es al calificar la rémora administrativa y la inconsistencia de los métodos colonizadores. Pero este es un fenómeno posterior a la conquista. El dueño del Nuevo Mundo cayó de la jactancia en el ensimismamiento, juzgando que el empuje realizado le conquistaba jerarquía perpetua. Olvidaba que, ya se trate de pueblos o de aeroplanos, cuando la hélice vacila y se detiene el motor, empieza el descenso, en forma de vuelo planeado o en forma de catástrofe, según la habilidad de los pilotos.

El tradicionalismo que se reflejó en el manejo de las colonias no fue más que una desorientación traducida en inmovilidad. Es lo que lo distingue del tradicionalismo inglés. El culto al pasado reviste en los dos pueblos caracteres distintos. Lo que ha mantenido Inglaterra son las formas, y lo que se eterniza en España son las inspiraciones. La mejor prueba de ello es que las causas por las cuales se perdieron las colonias subsisten aún en su virtud y operan sobre regiones sujetas al conjunto actual. El centralismo invoca principios de los cuales se sirven los intereses particulares 147 y a veces las influencias extrañas, prolongando a través de los siglos las direcciones que fracasaron.

Con ello se enlaza un error nuevo, que no es sólo de España, sino también de nuestra América. Me refiero a la tendencia a intentar política internacional con fragmentos de política interior, haciendo pesar en las relaciones con los demás pueblos las controversias ciudadanas. Así ha ocurrido que estas inclinaciones han regulado a veces la actitud de los partidos ante problemas nacionales, con gran quebranto de los intereses comunes y del prestigio de la bandera, porque la política interna, de suyo menguada, se inferioriza más aún al traspasar los límites en forma de actitud colectiva.

Desde el punto de vista material, España había dado indudablemente un salto enorme durante la guerra. Nunca alcanzó la peseta tan alta cotización. Los puertos parecían dominar las rutas comerciales. Barrios enteros se improvisaban en las ciudades, transformadas por la prosperidad creciente. Surgían grandes hoteles modernos. Y todo anunciaba fuerza, vitalidad, plétora de savia. Sin embargo, llegando al fondo de las cosas, no era difícil comprobar que de la situación única en la cual la colocaron los acontecimientos, España no había sacado más que ventajas temporales y pasajeras, que debían desvanecerse así que el mundo reanudara su actividad normal.

Desprovista, como nuestras repúblicas del Sur, del sentido práctico que exprime el jugo de las oportunidades, no había sabido retener, siquiera en parte, el presente de la casualidad.

Lo que la marea trajo, tendría que llevárselo la marea, dentro de un fatalismo extraño a la voluntad de los hombres.

En lo que se refiere a la política, encontré a la España secular, desangrada por la eterna guerra marroquí. No se hará nunca el cálculo de los tesoros y las energías que se han hundido en África sin esperanza de provecho alguno. Duelo y admira tan largo engaño y tan altiva obstinación. Vale decir que me hallé en presencia de una nación distraída, donde sólo se concedía una sonrisa indulgente al remoto hispanoamericanismo.

Hasta contra la fiesta de la Raza, lírica expresión del anhelo común, se escribían notas incrédulas en los periódicos. Me sorprendió en algunos cierta inclinación a contemporizar con el imperialismo. No eran muchos. Pero no faltaban políticos predispuestos a repetir lo que hizo México en la América Central, o a renovar lo que realizó el A B C en México, sin advertir que el día en que esa política se concrete se habrá consumado la última abdicación del Imperio de Carlos V, evocando otras catástrofes de la historia, otros hundimientos de irradiación y de poderío, que, al anular la influencia moral, afianzaron para siempre la ruina de las derrotas militares.

Yo no llegaba a Madrid como otros hispanoamericanos a renovar el simulacro de conferencia destinada a repercutir en el diario oficial del terruño. Me guiaba una idea central. Después de haber recorrido el Nuevo Mundo reclamando la conglomeración de voluntades, quería exponer en Madrid el resultado del esfuerzo contra la anulación de las supervivencias hispanas. Por eso fue mayor el desengaño cuando por la primera vez desde el principio de estas andanzas me hallé ante una sala casi vacía. La deferencia de las tres o cuatro docenas de auditores que siguieron atentamente mi exposición; las palabras de don Miguel Moya, presidente entonces de la Asociación de la Prensa, uno de los pocos españoles representativos que concurrieron, y la espuma abundante que hizo la Prensa alrededor del acto, no alcanzaron, con ser manifestaciones muy valiosas, a compensar aquella impresión. Al margen de las pequeñas vanidades, sorprendía la indiferencia ante el más trascendental de los problemas.

Después supe que la masa avanzada, a la cual había llegado, en forma inexacta, el eco de mi disidencia con los socialistas de la Argentina, entendió castigar una discrepancia que, a sus ojos, tomaba proporciones de claudicación.

Los núcleos intelectuales y la juventud —que durante la guerra abrazaron la causa aliadófila, seducidos por todo lo que ennoblece y levanta los espíritus, aunque no tiene aplicación segura en los debates por la preeminencia mundial—, quisieron, por su parte, ver en él que llegaba un elemento divergente. Una cuestión de política y una preferencia de espectador en controversias universales, relegaban así a segundo plano la preocupación esencial de velar sobre una corriente histórica que es la raíz de nuestros pueblos. A ello se unió la abstención recelosa de ciertos elementos conservadores, que seguían juzgando al viajero, respetuoso de todas las doctrinas, como escritor de combate 148, y las leyendas que difundía la vieja prédica disolvente. Si añadimos a esto el descrédito a que se había hecho acreedor cierto hispanoamericanismo empírico que ensordecía los ámbitos sin más finalidad que la vibración del momento, se comprende la reserva de la opinión. Hay nombres venerados, entre los hispanoamericanistas de España, y yo soy el primero en respetarlos; pero domina también en ciertas zonas un espíritu demasiado conciliante que empuja a algunos a dar saltos por encima de las realidades para seguir ignorando el imperialismo. No faltan oradores que al abordar el tema olvidan la presencia de soldados extranjeros en Cuba, en Panamá, en Santo Domingo, en Nicaragua, y lo que es más grave: ignoran que esa ceguera favorece al invasor. Para ellos no va el ideal más allá del aplauso de la asamblea, del elogio de los periódicos, de la sonrisa consagradora del Rey. Y aterra la pequeñez a que queda reducida la hermandad entre cien millones de hombres, cuando todo se subordina a la preocupación de la música. El fenómeno tiene su equivalente en el Nuevo Mundo. También existen en nuestras ciudades los que después de los desembarcos, las invasiones y la presión de todas las horas, nos preguntan maravillados: “¿Cree usted que el imperialismo pueda ser realmente un peligro para nosotros?

El verbo es el motor de todas las realizaciones, el alma que anima y vivifica los movimientos humanos. Pero en pueblos de oratoria fácil y suntuosa imaginación se ha hecho tanto abuso de la metáfora sonora, que se mira con desconfianza cuanto parece inclinado a renovar las vanas especulaciones.

Mi prédica marcaba, desde luego, una orientación diferente. Junto al hispanoamericanismo de juegos florales, más aún; al margen de él, frente a él quizá, hay una dirección política de aplicación real y benéfica, una fórmula diplomática de importancia mundial que será mañana en cierto modo la antítesis de la anticuada melodía que nos ha venido adormeciendo. Toda idea encierra un valor afirmativo y un valor combativo, pensamiento y músculo. Separar estos componentes, es matarla. Y el olvido de los que no han tenido en cuenta la acción que hay que desarrollar frente a las ambiciones de otros pueblos, me ha parecido siempre particularmente peligroso. No puede existir hispanoamericanismo viable sin un instinto de defensa legítima, sin una protesta contra lo que lastima a los núcleos afines, sin una concepción total del problema.

Sobre pocas cosas se ha escrito con tan insistente acritud como sobre la tarea de “estrechar lazos”. Si la mitad del ingenio y de la tinta que se derrochan en ridiculizar esa tendencia se empleara en ponerla en condiciones de evolucionar provechosamente, otra sería la situación de nuestro conjunto.

Algunos consideran signo de superioridad mental hablar contra lo que la rutina traduce con ayuda de un lugar común, sin advertir que la negación va resultando, con el correr de los años, otro lugar común más lamentable.

Lo que importa no es comprobar que las cosas se han hecho mal, sino hacerlas bien; sin buscar en los errores de ayer una excusa para la inmovilidad del presente. Hay que plantear el problema en sus verdaderos términos. El hispanoamericanismo no debe mirar hacia el pasado, sino hacia el porvenir. Será combativo o desaparecerá.

La cordial hospitalidad 149 y las deferencias múltiples que me fueron dispensadas en los comienzos de mi permanencia, no me impidieron advertir cierta reserva que vamos a tratar de explicar. Cuando hablé de la Rábida, en la Academia de Cádiz, ante la estatua de Colón, o en el Ayuntamiento en presencia del Rey 150, encontré cortés aprobación y simpatía. Pero sumando la impresión de esos momentos a las observaciones que pude hacer durante los discursos de otros oradores, comprendí que si se han desvanecido las desafinaciones que originó el separatismo, perdura un malestar, fruto, en primer término, de la bifurcación de las vidas y, en segundo término, y por ambas partes, de un mismo orgullo reservado y tenaz.

Si el español fraterniza en bloque con el hispanoamericano, en, quien no ve más que un hermano de raza, en ciertos círculos encontramos actitudes menos resueltas, porque en realidad no fue la nación la desposeída por la revolución de 1810, sino una oligarquía, y es en sus descendientes y continuadores donde más claramente asoma la inconfesada resistencia. El latinoamericano, por su parte, acaso sin quererlo, ha acentuado la desintegración, formulando críticas no siempre justas, atribuyéndose superioridades discutibles, y cultivando ironías tan desprovistas de originalidad como de sentido político. Por eso cabe preguntarse, dentro del ambiente sin reticencias en que escribimos esta obra, si existe en la realidad de los hechos y de los estados del alma una íntima y completa confraternidad entre España y las repúblicas que nacieron en su seno. La interrogación puede parecer áspera, pero vale más formularla, dando margen a que cada cual conteste según su conciencia, que prolongar el silencio propicio a todas las confusiones.

Mi probada adhesión aleja toda sospecha. Pocos hispanoamericanos quieren a España como yo. Pero en plena sinceridad debo declarar que, a mi juicio, falta entre la madre y las hijas el isocronismo en las vibraciones, que sería indispensable para realizar el porvenir. No nos referimos a empresas utópicas que sólo pueden nacer del delirio verbal en asambleas de ideólogos. Ni aún en el plano de la diplomacia cabe imaginar una acción única de España y los países ultramarinos, los pueblos de América tienen su rotación, y España gira en la órbita de los intereses europeos. Pero respetando estos rumbos, impuestos por las circunstancias, cabría en cierto radio un enlace superior de finalidades. Sin invocar el pasado, sino la realidad del momento, interpretando la identidad de idioma más que lazo tradicional como facilidad ofrecida a la mutua comprensión, haciendo valer para las aproximaciones por encima de las razones líricas los argumentos prácticos de la común debilidad, se puede fundamentar una acción seria y fecunda. Sin embargo, estas mismas direcciones experimentales requieren la base moral de una fraternidad efectiva y franca. Y ese es el sentimiento que acaso no existe aún con la debida intensidad entre nuestros pueblos.

Unas veces porque la costumbre de recordar se sobrepone al instinto de prevenir, otras porque puede más la susceptibilidad que el orgullo, no hay un empuje claro para definir la situación con criterio actual. España evoca sus desilusiones de Metrópoli. América rememora la sujeción colonial.

Ambas se acusan todavía sin palabras, dentro del fondo secreto de los espíritus. Y el principal obstáculo es la obstinación en volver los ojos hacia ayer, cuando todas las ventanas están sobre mañana.

Acaso los hombres nuevos no se han encarado hasta ahora con la dificultad.

De rememorar la historia, debiera ser para buscar lecciones, corrigiendo unos y otros las pasadas impericias. Ya hemos rendido suficiente culto a los fantasmas. “Y hay preguntas que podemos hacer colectivamente: ¿Qué rumbos tomó el oro de América? ¿Dónde están los tesoros de las galeras famosas? Basta mirar en torno para comprender que la riqueza de un Continente no hizo más que pasar por España para ir a los países que la supieron captar sin esfuerzo, y que la sangría de la tierra nueva, como el sacrificio de los conquistadores, se realizaron en beneficio de otras razas.

Lirismos, orgullos, preocupaciones dinásticas, ambiciones pequeñas, hicieron abortar el ímpetu y dieron lugar a que en las naciones jóvenes naciera cierto desinterés por las cosas de una España que tan dolorosamente había dilapidado el porvenir. La influencia anglosajona, representada según las regiones por Inglaterra o los Estados Unidos, puso de relieve contrastes que abren horizontes a las antiguas colonias, pero que entrañan grave peligro de desnacionalización. El deseo legítimo de prosperar empujó a pedir a las fuentes en auge nuevas inspiraciones. Y esa nutrición que fortifica y levanta, diluye la propia personalidad. Claro está que la grandeza naciente deriva de la modernización de los resortes. Pero la fuerza durable sólo puede venir de las raíces vivificadas. Y todo se conciliaría si en los nuevos caminos, en la actividad intensa, en la renovación mental, no viéramos unos y otros un obstáculo para la magnificación de los antecedentes, si nos supiésemos levantar hasta una concepción que abarque finalidades verdaderamente históricas.

Durante mi permanencia en España continuó desarrollándose el drama de América. Se produjo la caída del general Carranza, arrollado por una de esas tempestades fulminantes que traen los vientos del Norte. Los delegados de la república de Santo Domingo, señores Henríquez y Carbajal y Henríquez Ureña, que emprendieron, viaje a las repúblicas del Sur para solicitar un apoyo moral en favor de su país, agobiado bajo la ocupación extranjera, fueron recibidos fríamente y regresaron decepcionados. Una tentativa de confederación parcial, auspiciada por la opinión pública de Centro América, fracasó en manos de los que atendían, ante todo, a elevarse o a contemporizar.

Demás está decir que el telegrama que envié al ministro de Relaciones del Salvador 151 quedó sin respuesta. Por otra parte, La Prensa, de Buenos Aires, de 1º de junio de 1920, publicó un largo telegrama de Nueva York en el cual, al hablar de la gira de un senador portorriqueño, se decía que sus conferencias “contrarrestarían el daño causado por Manuel Ugarte, uno de los más acérrimos oradores contrarios a los Estados Unidos, que recibía un sueldo de un Banco alemán que estaba realizando toda clase de esfuerzos para establecer relaciones con la América del Sur antes de la guerra”. El mismo diario La Prensa me dio cumplida satisfacción pocos días después 152, pero de la calumnia algo queda, ya lo hemos dicho. Y ese es el fin que se ha perseguido siempre. La carta que escribí con tal motivo 153 no fue publicada por ningún diario, y la malévola versión hizo su obra. Al seguir viaje de España para Francia y al alejarme del ambiente amigo hacia el cual van mis predilecciones más desinteresadas, puesto que de él no he recibido nunca honores, condecoraciones o apoyos de ningún género, pensaba yo en la urgencia de ampliar los horizontes.

Sin una vasta coalición de esperanzas y de intereses, el latinoamericanismo marcará eternamente el paso alrededor de una sombra. Por encima de los exclusivismos y las limitaciones que nos han traído a la situación en que nos encontramos, conviene crear una acumulación de fuerzas capaces de neutralizar los vientos invasores, o disolventes, de la política internacional. Ante la perspectiva variable de los acontecimientos, nada es más vano que anclar en una afirmación. Lo que era fácil en 1850 fue imposible en 1900, y lo que parecía realizable en el umbral del siglo, resulta absurdo después de la guerra. Hay que vivir con el ritmo de la hora. El mal de España y el de América —séame permitida esta apreciación conjunta— ha sido siempre querer hacer entrar las realidades en los axiomas, en vez de deducir los axiomas de las realidades. No cabe duda de que, por encima del empirismo, empieza a delinearse la concepción práctica de una acción constructora, experimental, que acepta, respeta y admira cuanto hicieron los predecesores, pero que de acuerdo con los tiempos, desea ante todo obtener resultados. El latinoamericanismo ganará salud al abrir las ventanas y al mismo tiempo que las ventanas, los ojos sobre la realidad del siglo.

No hay que dejar que las palabras se interpongan. Cuando nos dicen que en los pueblos anglosajones se difunde el idioma castellano, lejos de interpretar el hecho como una victoria, o como un homenaje, reflexionemos sobre la contradicción que lleva a propagar nuestra lengua en Pensilvania, y a combatirla en Puerto Rico y en Filipinas. Al margen de la manifestación aislada, hay que abarcar los móviles, el programa y la lógica de los grandes movimientos. Salta a los ojos que los verdaderos triunfadores de la guerra han sido los Estados Unidos, cuyo poder económico y cuya influencia política no tienen hoy rival posible. Como el inevitable expansionismo de este país debe realizarse ante todo en detrimento de las supervivencias hispanas, se pone de manifiesto la magnitud de un problema y la inconsistencia de los líricos planes de reconquista espiritual. Hace cincuenta años, acaso era posible todavía equilibrar la fuerza imperialista con la influencia moral de España. Hace quince años, ese resultado sólo pudo ser alcanzado movilizando toda la latinidad. Para llegar a ese fin hoy, acaso baste apenas con la influencia global de Europa. No hay que ver, pues, en la ampliación del gesto una disminución de la tendencia, sino, por el contrario, un ímpetu para sacarla del marasmo y darle al fin fuerza motriz.

Para comprender la evolución posible de nuestra América, hay que tener en cuenta el panorama general del mundo después de la profunda remoción. Veamos sobre todo la situación de Francia, pero veámosla desde el punto de vista nuestro, que se acerca en cuanto es posible al punto de vista francés, pero que conserva, desde luego, el cuidado primordial de los intereses del conjunto latinoamericano. Al defender su territorio, Francia defendió, consecuente con su papel en los siglos, principios generales y superiores aplicables a todo el género humano. Pero la gran nación, víctima de la doble diplomacia, ha visto sus instintos generosos usufructuados en síntesis final, por pueblos más utilitarios que llevan la destreza hasta hacerla parecer hoy, dentro de las dificultades más arduas, como elemento perturbador de la paz. Se siente una mortal desilusión al descubrir los apetitos que se escondían tras las bellas palabras que llevaron a la muerte a tantos millones de hombres. Y hay un grito mezclado de irritación y descorazonamiento, un terremoto de ídolos y principios, una comprobación indignada y angustiosa del engaño.

El simple escalonamiento de las cotizaciones bursátiles, marca la proporción en que se repartieron los beneficios: de la victoria. Y nada es más contradictorio que acusar de voracidad precisamente a la nación que no ha cobrado.

En el programa anglosajón, entraba el propósito de anular a Alemania, cuya competencia comercial resultaba ruinosa; pero no figuró nunca, de más está decirlo, el fin de favorecer una prosperidad francesa. Por el contrario, alcanzando el triunfo, el mayor interés consistía en hacer imposible esa floración. Y así vemos hoy a la nación victoriosa frustrada en sus esperanzas y empujada por imposiciones del damero de Europa, a fomentar con el vecino un antagonismo durable que debe disminuir forzosamente su movilidad y limitar su intervención en los debates mundiales.

A estas comprobaciones de orden general, hay que añadir las que nacen de nuestro propio medio. Uno de los fenómenos más significativos de la posguerra, es el apresuramiento con que algunos francófilos de ayer se pronuncian contra sus antiguas predilecciones. No es posible admitir que lo que persiguieron a través de Francia, fue la sombra de Inglaterra o de los Estados Unidos. Pero la eterna sugestión del cable, prepara los apasionamientos nuevos, como ayer impuso los antiguos, obedeciendo a conveniencias que no siempre riman con las nuestras. La diplomacia tiene también como, las batallas, el camouflage, el humo que sirve para cubrir los movimientos, y es a través de todas las sutilezas que debemos ver el panorama de la época atormentada en que nos toca vivir.

Es la situación real, en su complicación política y su confusión económica lo que urge contemplar atentamente si queremos hacernos una idea de lo que cabe esperar o perseguir dentro del nuevo estado de cosas. La guerra ha agotado la potencialidad financiera de ciertas naciones. Por encima de las apariencias dictatoriales de Francia, del cesarismo italiano, de la actividad nerviosa de muchos pueblos, hay una depresión vital que emana de la formidable sangría de oro y de sangre determinada por la crisis. El malestar se completa con la inquietud que difunden las desavenencias cada vez más agrias, la rivalidad sorda, la lucha de todos los instantes, dentro de una paz que a nadie favorece, fuera del núcleo anglosajón. La anarquía reinante empuja a Rusia a poner todo su afán en difundir principios de su revolución; a Alemania, a concentrar sus energías para evitar el aniquilamiento; a Italia, a acentuar la fuerza de sus músculos en la obra de solidificación interna; a Francia, a debatirse dentro de las mayores dificultades para equilibrar su déficit, y en medio de la expectativa de enormes ‘zonas de producción y de consumo que suman ochenta millones de hombres en América, cincuenta millones en África, ochocientos millones en Asia, sólo asoman dos fuerzas de acción mundial que continúan irradiando plenamente: la Gran Bretaña, en Europa, y Estados Unidos, en América. Pero ¿quiere esto decir que en la universal victoria anglosajona sólo nos quede a los latinoamericanos la latitud de elegir entre las dos ramas que se disputan el predominio?

No es posible dejar de ver que ha habido en estos últimos años un desplazamiento fundamental de fuerzas, y que nos hallamos en presencia de un nuevo mapamundi de intereses. Nuestras repúblicas no pueden permanecer ajenas a la geografía política naciente. La idea de un latinoamericanismo que se apoyaría en Europa para mantener en el Nuevo Mundo el equilibrio entre dos civilizaciones, parece de ardua realización cuando medimos la violencia de los conflictos, la urgencia de las necesidades inmediatas que absorben la actividad de casi todas las grandes potencias y el resultado final de la conflagración.

Sin embargo, todas las naciones sienten la necesidad de buscar en mercados ultramarinos el equilibrio de su balanza comercial. Y en esa urgencia común puede afirmarse la esperanza nuestra para el porvenir. No podrá España ejercer una influencia decisiva; no logrará Francia, retenida por sus inquietudes del momento, desarrollar la acción que todos deseamos; pero del conjunto, sin exclusiones, podemos esperar corrientes que equilibren o regulen los fenómenos del Nuevo Mundo, siempre que logremos reaccionar contra los errores que nos debilitan.

Lo que son las revoluciones para ciertos pueblos de América, son ciertas concesiones comerciales para otros. Ya no es el agente oficioso que se inclina al oído de la ambición para decir al caudillo: “tengo fusiles y dinero; usted puede ser presidente también”, sino el hombre de negocios que mientras inicia las cosas de tal suerte que los mismos amenazados exclaman “nunca se han vendido tan caros los novillos”, prepara la fiscalización de los resortes vitales del país. El café del Brasil y la ganadería de la Argentina, pueden sufrir las mismas vicisitudes que el azúcar de Cuba. Y cuando citamos estos productos, nos referimos a todo en general. El mal deriva de que los verdaderos dueños de la riqueza no piensan en hacerla valer, aumentando con su esfuerzo la vitalidad común, sino en enajenarla, percibiendo un beneficio infinitamente inferior, pero que les exime de preocupación o trabajo. ¡Cuántas concesiones de ferrocarriles, cuántos negocios de todo orden se han conseguido con el único fin de traspasarlos! Y como siempre son compañías extranjeras las que adquieren, en nuestra hacienda, nuestra patria, nuestra bandera misma la que se está enajenando. Antes de empuñar las armas en la contienda civil, o en las estériles guerras entre nuestro conjunto, convendría aprender, en la paz, a fabricarlas. Y no sólo en ese orden hemos de empezar por el principio, sino en cuanto cabe realizar y mantener dentro de la colectividad. Desde el punto de vista económico, cada una de nuestras repúblicas es un negocio mal planteado, hasta cuando pretendemos dar prueba de perspicacia diligente. Nuestros representantes en Europa han hecho esfuerzos para conseguir la introducción de carnes congeladas, elaboradas, transportadas y vendidas por compañías inglesas o norteamericanas, olvidando que ellas dejan todos los beneficios en Londres o en Nueva York, sin que se sepa siquiera en el mundo cuál es la república de la cual proceden los productos frigoríficos X and Company, South America.

En política internacional no hay una verdad, sino tantas verdades como intereses internacionales están en pugna; y no hemos de hacer al imperialismo el reproche pueril de aprovechar las oportunidades que se le ofrecen. Por el contrario, se puede decir que los Estados Unidos han sido siempre supremamente idealistas. No en el sentido de ideologías que nada tienen que ver con el gobierno de los pueblos. Pero sí desde el punto de vista de una concepción superior y vasta, que persiguen, por encima de los mismos sacrificios impuestos a los demás, en vista de la grandeza y el porvenir de su conjunto. Como hispanoamericano me levanto contra esa política, arrojo al mar cuanto tengo y hago de mi vida una protesta inextinguible contra la posible anulación de nuestras nacionalidades. Pero engañaría a mis propios compatriotas, iría contra el mismo fin que persigo, si para halagar la corriente y disculpar nuestras faltas me sorprendiese ante maniobras que hallamos en cada recodo de la Historia Universal. Todos los pueblos tienen defectos: los anglosajones los tienen contra los demás, nosotros los tenemos contra nosotros mismos; y es más sensato tratar de corregir estos últimos que los primeros. Sería ingenuidad clamar contra la injusticia, puesto que ya hemos visto que cada núcleo extiende sus ambiciones hasta donde le alcanzan los brazos. Resultaría locura desear la ruina de los Estados Unidos, dado que al punto a que han llegado las cosas, esa ruina sería la señal de nuestra catástrofe. La situación no se remedia con lamentaciones ni con odios. Hay que encararse con la verdad en sus dos aspectos.

En el que nos lleve a comprender el verdadero volumen, a hacernos una idea clara de lo que representa en el mundo esa prodigiosa entidad que después de la guerra posee la mayor escuadra (ella que nos incita a desarmar en los Congresos Panamericanos), manipula la mayor riqueza conocida y ejerce una influencia preponderante sobre las naciones más fuertes. Si se intenta una comparación, algunas repúblicas de nuestra América desaparecen en realidad. Una sola compañía, la United Fruit Company —que no tiene la importancia de la Standard Oil, ni de otros monstruos análogos—, reparte como dividendo anual a sus accionistas una suma superior a la de los presupuestos reunidos de los cinco gobiernos de la América Central 154. Los más poderosos imperios de Europa y de Asia, antes de emprender una acción política, consultan la dirección del viento en Washington, porque todos están pendientes, aun dentro de su radio exclusivo, de los movimientos de la Casa Blanca. Por la fuerza económica y por el prestigio de las decisiones, sólo hay una palabra dominante. Dentro de la filosofía final, se puede decir que el mayor resultado de la guerra ha sido el desplazamiento del eje político del mundo. Las ciudades se extienden, de Este a Oeste, y parece que la dominación universal emigra en el mismo sentido. Después de las hegemonías asiáticas, vino la preeminencia griega, más tarde el auge de Roma, hoy el Mediterráneo y hasta el Canal de la Mancha, se hallan equilibrados por nuevos centros de atracción, y nos encontramos en presencia de otro salto prodigioso, que puede dejar mañana a Europa en situación menos brillante.

Hasta el mismo pueblo progenitor se halla amenazado. La desintegración iniciada por el Canadá y Australia podría comprometer el mismo poderío británico y acaso veremos, no es nuevo en los siglos, a la antigua colonia tratando de primar sobre la metrópoli de ayer, en una sustitución natural de las civilizaciones nuevas a las que, después de llegar al apogeo, no siguieron acelerando su evolución.

El segundo aspecto de la verdad es el que debe darnos la noción de nuestra situación exacta, la medida de las posibilidades, el ángulo visual certero para apreciar el porvenir. El ideal da a los pueblos una energía que es como un acento sobre una letra, y eso es lo que necesita la América latina para salir de la dispersión en que malgasta sus energías mejores. La difusión de la instrucción pública en la Argentina 155 y en el Uruguay, las leyes electorales democráticas, son un punto de partida para la renovación del conjunto. La movilización de la riqueza, la explotación de los recursos naturales, marcan una reacción vital de gran trascendencia. Pero lo primero tiene que ser puesto al servicio de un alto propósito, y lo segundo movido con manos propias. En la utilización de las ventajas adquiridas, estará el secreto de los desarrollos futuros.

Tenemos fe en la juventud de la América latina; tenemos confianza en que las nuevas generaciones se esforzarán por realizar la vida nueva, acelerando la depuración y el progreso de cada república, y preparando la conjunción de propósitos y el itinerario común. Muchos se hallan empeñados en poner el porvenir a la altura de sus desilusiones, y a pesar de la lucha penosa que hemos reseñado, estamos lejos de subrayar los pesimismos que engendran renunciamientos. La suerte dura mientras dura la energía para tener a raya la adversidad. Cuanto más graves sean las dificultades, mayor ha de ser nuestra firmeza para afrontarlas. La fuerza moral acaba por sobreponerse a todas las fuerzas materiales. “Pero el optimismo sólo es poderoso cuando se transforma en bandera de lucha. Y es sólo con ayuda de la acción intensa y durable, convirtiendo el pensamiento en obras y la voluntad en músculos que la juventud conseguirá vencer a las contingencias y tomar la dirección de los acontecimientos.

De nuestro extremo Sur, triunfante y próspero, podría nacer una fórmula de aplicación progresiva para todo el Continente. Entre las más claras enseñanzas de la guerra se destaca un nuevo axioma: la importancia ofensiva de los factores económicos, la eficacia guerrera de las actividades pacíficas de los pueblos, la beligerancia que se traduce en producción abundante de artículos de primera necesidad. La situación de Europa ha sido en todo tiempo paradojal. Países que proveen al mundo de cuanto es imaginable, desde el combustible y el hierro hasta los tejidos y las ideas, no hacen brotar de su suelo en cantidad suficiente los elementos que exige su propia alimentación. La última contienda fue un duelo de resistencias contra el hambre y una justa de dinero y de ardides para procurarse elementos alimenticios. Esta circunstancia puede ser aprovechada internacionalmente. En un siglo en que los Gobiernos que conceden empréstitos estipulan cómo se ha de emplear el dinero y dónde se efectuarán las compras; en una hora en que lo que se llamó internacional desaparece, y en que la riqueza se esgrime nacionalmente, continuando en la paz una guerra implacable, nosotros, que tenemos algo que vale más que la riqueza, debemos aprender a utilizarlo en la forma más provechosa para nuestra causa. Así como otros .saben el precio de lo que les falta, debemos saber el precio de lo que nos sobra, estableciendo equivalencias y dando lugar a una especie de pacto entre los Continentes. Europa está enferma y atormentada, pero constituye una masa formidable, susceptible de contrapesar por mucho tiempo, aunque sea en parte, las influencias decisivas. Hacia ella ha de tender la voluntad fervorosa de nuestras democracias del Sur, sustituyendo gradualmente a la adhesión unilateral que nació de la inexperiencia, una fórmula de beneficios y garantías recíprocas, una correspondencia de actitudes basadas en intereses concordantes. Ni en el orden económico, ni desde el punto de vista cultural, ni en el campo de los movimientos internacionales, debe nuestra América dejarse separar de Europa, porque en Europa está su único punto de apoyo en los conflictos que se anuncian.

El fracaso del panamericanismo en su forma actual es tan evidente que hasta sus más fieles adeptos vacilan. Hace largos años que el autor de este libro denuncia esa concepción política como una habilidad del expansionismo del Norte, como una tendencia suicida de la ingenuidad del Sur. El peligro que antes parecía basado en inducciones, se apoya ahora en realidades. Los hechos están diciendo que no cabe ceñirse a una evolución puramente continental, dentro de un Nuevo Mundo dominado por la preeminencia de una nación. El panamericanismo y la doctrina de Monroe son dos manifestaciones de una misma política, favorable exclusivamente a uno de los países contrayentes. Pero ha llegado el momento en que las manifestaciones son tan claras, que los mismos que antes nos motejaban de visionarios tienen la revelación brusca de la verdad. No es esta la hora de formular reproches.

Las faltas no deben ser evocadas para distribuir censuras, sino para recoger enseñanzas, porque por encima del ruido engañoso de los nombres y las actitudes, hay que buscar las direcciones durables. El Congreso panamericano de Chile, donde flotó un ambiente de desconfianza y hasta se desarrollaron escenas violentas 156, sólo llegó a poner de manifiesto su incapacidad para abordar problemas como la ocupación de Santo Domingo, la situación de Centroamérica o la intervención en los asuntos internos de México. Los países del Sur, en vez de llevar a la reunión un punto de vista aplicable a todas las repúblicas, en vez de erigirse en centro de atracción solidaria para los pueblos afines, se abstuvieron ante el mal de los otros, se enredaron en querellas secundarias, prolongaron la desorientación tradicional. Contra todo esto tiene que reaccionar el porvenir. “Si Cuba no ha de celebrar tratados con otras potencias por los que merme nuestra soberanía, ¿por qué nos- impusieron los Estados Unidos como precio irreductible a nuestra liberación la dolorosa cláusula intervencionista?” —dice don Luis Machado y Ortega en su libro La Enmienda Platt, sintetizando en el caso local una argumentación aplicable a la situación de varias repúblicas, a la teoría panamericana, a la doctrina de Monroe y a la presión comercial que anuncia, para todos la irradiación cada, vez más intensa de las exportaciones, los trusts y los empréstitos del Norte.

Por encima de los errores, el destino de nuestra América tiene que ser grandioso. Lo que surge en la Argentina y en algunas de nuestras tierras es una nueva humanidad. Y pocos sentirán, como el que escribe, el orgullo patriótico, que ha hecho temblar la pluma en algunos pasajes de este libro. La evocación se hace más emocionante por la misma distancia que nos separa del país natal. Es en la ausencia donde mejor apreciamos la emoción sagrada de la patria. Y es diciendo todo nuestro pensamiento como mejor la servimos. Lo que ha inspirado estas reflexiones es la inquietud ante la ardua interrogación: ¿Cuál será el destino de nuestras repúblicas? Pero no hay que interpretar como gesto de desaliento una voz de alarma, no hay que ver una duda en el deseo de que se fortifique la voluntad de las juventudes que tienen acción sobre los Gobiernos. El porvenir pertenece a los que saben a dónde van. Los indecisos, los inorientados, los mudables, pueden alcanzar victorias efímeras, pero no el triunfo que afianza en el porvenir. Y el porvenir tomará el color que le dé nuestra previsión y nuestro patriotismo. La patria será un reflejo de nuestro amor por ella. La América latina ocupará en el mundo el lugar que le conquiste la voluntad de sus hijos.

Nuestros diplomáticos, dando por resuelta una lucha que no se atrevieron a afrontar, han consentido capitulaciones elásticas, que no tienen término ni límite, porque en la cadena de las abdicaciones las tinieblas de la deferencia se confunden con las del renunciamiento. Y lo que más asombra es el poco partido que han sabido sacar de esa actitud. Puesto que se trataba de pactar con el imperialismo, era mejor encararse con la dificultad y delimitar hasta dónde pueden ir las exigencias y los abandonos. Aún después del desastre, Alemania ha podido preservar sus raíces, su porvenir. Nosotros, vencidos sin guerra en la simple gravitación cultural y comercial, pudimos obtener otras condiciones. Por eso hay que combatir en la propia casa contra el aturdimiento, la impericia y la docilidad. El imperialismo nace de las pusilanimidades. Y urge poner término a la neblina en que nos están haciendo naufragar.

“En diplomacia todo se improvisa”, oí decir cierta vez a un político. No cabe mayor despropósito. Hay que maniobrar en medio de las contingencias mudables con los ojos fijos en un fin lejano y superior. Conviene tener en conjunto una política latinoamericana a la cual se subordinen o se ajusten los intereses locales. Urge enlazar esa política con las corrientes comerciales europeas que aspiran a desarrollarse en nuestras comarcas.

En lo que se refiere al orden interior, cada región ha de consultar sus distintivas y sus posibilidades para desarrollar de una manera autónoma su personalidad. La fuerza de los pueblos no consiste en repetir gestos ajenos, sino en movilizar sus recursos, en descubrir el eje de su rotación futura. De sus minas de carbón sacó Inglaterra el florecimiento industrial y la dominación de los mares. No es el capricho el que ha hecho nacer en Estados Unidos minadas de fábricas alrededor de Kansas, Springfield, Charleston o Pittsburgh, sino la existencia en esas regiones de los elementos que debían alimentarlas. Hay una lógica del progreso que nacionaliza los problemas, y a ella ha de ajustarse el desarrollo de nuestras repúblicas. Consultar las posibilidades que ofrece cada zona y explotarlas de acuerdo con iniciativas nacionales, ha de ser la aspiración de cuantos desean el auge verdadero.

Robustecidas estas direcciones sobre la base primera de la paz interior y exterior, y exaltadas por un hálito de optimismo entusiasta, pueden determinar un movimiento triunfal. Estamos asistiendo a la irrupción de fuerzas nuevas dentro de la política del mundo, y la América latina representará acaso mañana un importante papel si, ateniéndose a las realidades, coordina los recursos que ofrece su volumen y su vitalidad.

En los siglos ningún pueblo es definitivamente inferior, ni superior en forma eterna. Los griegos, los romanos, los españoles de hoy, están lejos de conservar la influencia y el resplandor que alcanzaron en otras épocas. Son numerosas las colectividades que se han elevado desde situaciones inferiores para hacerse dirigentes. Hemos visto volver a la superficie a naciones vencidas y reducidas al sometimiento, como hemos visto caer en la decadencia a pueblos en otro tiempo triunfantes. Cuando César dominaba a los galos, estaba lejos de pensar que Napoleón llegaría a hacer un día la campaña de Italia. Fue una sublevación de esclavos lo que acabó con el imperio romano. La inestabilidad de las cotizaciones nacionales y raciales permite considerar nuestra situación actual como una etapa susceptible de cambiar, ya sea bajo la influencia de circunstancias generales, ya a consecuencia de esfuerzos hechos por la colectividad para transformar sus fuerzas negativas en fuerzas de afirmación. El destino de la América latina, depende, en último resorte, de los latinoamericanos mismos.

Y hay que terminar con una pregunta dirigida especialmente a la juventud: ¿Sabrán hacer ese esfuerzo los latinoamericanos, apoyados en patriotismo, en los intereses de Europa, y en el espíritu de la latinidad?

Notas

147 “Una tonelada de carbón embarcada en Barcelona para Palma de Mallorca y transportada en barco subvencionado por el Estado (diez horas de travesía), tiene de gastos 30 pesetas. La misma tonelada de carbón embarcada en Inglaterra en barcos no subvencionados (veinte días de travesía), tiene de gastos 22 pesetas.”- (Informe del Ayuntamiento de Palma el ministro de Fomento, 24 de enero 1921.)

148 Razón y Fe, de Madrid, junio 1921.

149 “El ilustre escritor argentino está de nuevo entre nosotros; no decimos que sea nuestro huésped, porque su amor a España le hace ser un hijo adoptivo de nuestro país.” (ABC, de Madrid, 12 de abril 1919.)

150 Alguna de estas oraciones figura en Mi campaña hispanoamericana.- (Editorial Cervantes, Barcelona, 1922.)

151 Madrid, 6 de junio 1920. Ministro Relaciones. San Salvador. Póngome desinteresadamente disposición ese Gobierno para grandioso proyecto unión centroamericana. Entusiasta felicitación valiente patriótica actitud salvadoreña. Manuel Ugarte.

152 “El escritor argentino tan torpemente tratado, es conocido dentro y fuera de nuestro país por la independencia de sus juicios y la honradez de su criterio. En sus propagandas políticas, a través del Continente, pudo ser censurado por el fuego que puso de sus ideas, contrarias a la política que él suponía perniciosa y agresiva de los Estados Unidos; pero nunca sospechando de servir por dinero la causa de ninguna nación europea o de imperialismos comerciales. Tal comentario, como se comprenderá, no lo hacemos para nuestro país, donde Ugarte es conocido y no necesita de más luz sobre su vida que la proyectada por su conducta honesta y su talento literario; la hacemos para el firmante, a quien le brindamos así la oportunidad de rectificarse con altivez de consciencia, y para el público que fuera de aquí pudiera acoger la misma versión. Debíamos esta actitud y esta palabra al escritor ausente y amigo, y no vacilamos en adoptarla y en pronunciarla.”— (La Prensa, de Buenos Aires, 5 de junio 1920.)

153 Después de resumir la lucha, decía: “¿Quién puede sacar de esta perseverante actitud, de esta terca unidad de una vida, argumentos contra mi honradez o mi sinceridad? Si yo fuera servidor de Alemania, estaría ahora con los Estados Unidos, único país que actualmente defiende al imperio vencido. De haber sido negociante, hubiera ganado sólida fortuna con sólo abstenerme de dar conferencias, dado que tantos Gobiernos ensayaron todos los medios para impedirlas. Si me sedujera el arribismo, hubiera tomado precisamente el camino contrario al que llevo, porque levantarse en América contra el coloso del Norte, ha sido en todo tiempo sinónimo de pobreza, ostracismo y, en algunos casos, deshonor y muerte. Los ejemplos abundan, desde Bolívar y San Martín, hasta los últimos presidentes derrocados. Sólo el propósito de disminuir la autoridad moral de un hombre ha podido dar lugar a la difamación absurda. Mi esfuerzo no ha tendido nunca a alcanzar situaciones, sino a defender verdades, aun sabiendo que ellas cierran el paso a las más legítimas ambiciones. No llegaré a ser nada en mi país, no seré quizá nada en el Continente; pero cuando nuestras repúblicas, maniatadas por el imperialismo desde el punto de vista político, diplomático o económico, se vean obligadas, dentro de algunas décadas, a acatar en una u otra forma una Enmienda Platt continental, alguien recordará que hubo un escritor que, en medio de la mofa, el silencio o la injuria, predicó desde los comienzos la resistencia coordinada del Sur, la única política que puede salvarnos. Y entonces saldrán a luz las intrigas, las conspiraciones, las dolorosas pruebas que viene sobrellevando esa individualidad aislada al pasear de ciudad en ciudad, no sólo una aspiración racial, sino el nombre de su propia tierra, porque lo que yo he hecho aclamar de Norte a Sur, es necesario que mi patria lo sepa una vez por todas, ha sido a la vez un ideal continental y la bandera argentina.”

154 New York Comercial, 24 de febrero de 1923

155 En el año 1921 funcionaron en la Argentina 9.648 escuelas primarias con 39.352 maestros y 1.195.382 alumnos.

156 “Santiago de Chile, 4 de mayo. En la penúltima sesión plenaria de la Conferencia panamericana, el dominicano Morillo y el haitiano Hudicurt, entregaron a los delegados, presidente de la Conferencia, diplomáticos y corresponsales de la prensa extranjera, ejemplares de unos folletos en que se protesta por la ocupación de sus países y pidiendo a la Conferencia que votara una medida para impedir la violación de la soberanía de los pequeños pueblos de América. Notóse visible disgusto de la delegación norteamericana. La prensa de esta ciudad no ha dado información sobre el incidente. El presidente de la Conferencia dijo que el asunto pasaría a comisión, aunque se teme que se guarde sobre él absoluto silencio. Las palabras que Manuel Morillo dirigió a los delegados fueron enérgicas, y ante la expectación general formuló la siguiente requisitoria. Señores delegados: en nombre de las repúblicas de Haití y Santo Domingo, reclamamos la reintegración de nuestra soberanía mutilada por los Estados Unidos, pedimos justicia. En este momento el presidente de la Conferencia hizo callar a Morillo y la Policía intentó sacarlo de la sala, no consiguiéndolo debido a la energía y sangre fría del dominicano.”- (El Universal, de México, 5 de mayo 1923)

LIBROS PUBLICADOS DE MANUEL UGARTE

CRÓNICAS DEL BULEVAR. Editorial Garnier Hermanos. París (Francia).

BURBUJAS DE LA VIDA. Editorial Librería P. Ollendorff. París (Francia).

LA JOVEN LITERATURA HISPANO AMERICANA. Editorial Armand Colin. París.

UNA TARDE DE OTOÑO. Editorial Garnier Hermanos. París.

PAISAJES PARISIENSES. Prólogo de Miguel de Unamuno. Epílogo de Francois Nion,

VENDIMIAS JUVENILES. Editorial Garnier Hermanos. París.

VISION DE ESPAÑA. Editorial Garnier Hermanos. París.

CUENTOS DE LA PAMPA. Editorial Espasa Calpe. Madrid (España).

LAS NUEVAS TENDENCIAS LITERARIAS. Sempere. Valencia (España).

El ARTE Y LA DEMOCRACIA. Sempere. Valencia (España).

POESÍAS COMPLETAS. Editorial Maucci. Barcelona (España)

LAS ESPONTANEAS. Editorial Ramón Sopena. Barcelona (España).

LOS ESTUDIANTES DE PARÍS. Editorial Librería Española. España.

MUJERES DE PARÍS. Biblioteca Diamante. Barcelona. España.

ENFERMEDADES SOCIALES. Editorial Ramón Sopena. Barcelona    (España).

CUENTOS ARGENTINOS. Editorial Garnier Hermanos. París.

MI CAMPAÑA HISPANOAMERICANA. Editorial Cervantes. Barcelona (España).

LA VIDA INVEROSÍMIL. Editorial Maucci. Barcelona (España).

El CRIMEN DE LAS MÁSCARAS. Editorial Sempere. Valencia   (España).

EL CAMINO DE LOS DIOSES. Editorial Sociedades de Publicaciones. Madrid (España).

EL DESTINO DE UN CONTINENTE. Editorial Mundo Latino. Madrid (España).

LA PATRIA GRANDE. Editorial International. Madrid (Espasa).

ESCRITORES IBEROAMERICANOS DE 1900. Editorial Vértice. México, año 1947.

EL NAUFRAGIO DE LOS ARGONAUTAS. Editorial Prensa Española. Madrid,

LA DRAMÁTICA INTIMIDAD DE UNA GENERACIÓN. Editorial Prensa. Española. Madrid (España).

EL PORVENIR DE LA AMERICA LATINA. Compañía Editores Sempere. Valencia (España)

ESCRITORES IBEROAMERICANOS DE 1900. Editorial ORBE. Santiago de Chile

LOS ESPÍAS DEL PACÍFICO. Editorial Zig-Zag. Santiago de Chile (Chile).

TRADUCCCIONES

LA JEUNE LITERATURE HISPANO-AMERICAINE. París.

CONTES DE LA PAMPA. Traducción Francesa. Editorial Garnier Hermanos. París.

RACCONTI DELLA PAMPA. Italiano, Rateli Treves. Milán (Italia)

THE DESTINY OF CONTINENT. Traducción al Inglés. Editorial Alfred A. Knoff. Nueva York.

CUENTOS DE LA PAMPA. Traducción ruso. Oapbnka. Benjio. Moscú (Rusia)

SEGUNDA Y TERCERA EDICIÓN

EL PORVENIR DE AMERICA LATINA. Segunda edición. Editorial Sempere. Valencia (España).

EL POERVENIR DE AMERICA LATINA. Tercera edición. Homenaje, con un estudio preliminar de Jorge Abelardo Ramos. 1953. Editorial Indoamérica.

LA PATRIA GRANDE. Editorial Coyoacán. Buenos Aires. 1961.

LA RECONSTRUCCIÓN DE HISPANOAMERICA. Buenos Aires. Editorial Coyoacán. 1961.

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